Por John M. Grondelski
El Institute for Family Studies acaba de publicar «El callejón sin salida demográfico: sin medidas, la población estadounidense pronto disminuirá», el más reciente de numerosos estudios que señalan el inminente cataclismo para las sociedades occidentales a causa de períodos prolongados de fecundidad por debajo del nivel de reemplazo. El estudio del IFS no es ningún caso aislado: cada vez son más las personas e instituciones que abordan el declive demográfico y el envejecimiento de las sociedades.
A pesar de los lamentos, sin embargo, pocos políticos u otras figuras públicas están haciendo algo al respecto, y las soluciones propuestas están polarizadas: la izquierda propone mayoritariamente importar poblaciones de «reemplazo» del Tercer Mundo, en especial para realizar labores pesadas, mientras que la derecha recomienda secundar la «mano invisible» del mercado con subsidios estatales pronatalistas. Ambas posturas ignoran un postulado fundamental del pensamiento del Papa San Juan Pablo II: la cultura precede a la política y a la economía. No vamos a resolver nuestra escasez demográfica sin sanar primero nuestra cultura.
Y eso implica confrontar resueltamente la «ética de la elección». Las sociedades liberales occidentales consagran la libre «elección» como un valor primordial. Estados Unidos, en particular, ha defendido desde hace mucho tiempo una elección de tipo laissez-faire. Pero esa adopción de la libre elección estaba atenuada en nuestras sociedades por otros factores culturales.
La sociedad estadounidense, cuando aún estaba configurada por el protestantismo tradicional (con una minoría de inmigrantes católicos), moderaba la elección irrestricta mediante normas morales. Incluso en las sociedades occidentales que procuraron conscientemente desarraigar sus raíces religiosas —por ejemplo, la France laïque—, las reminiscencias culturales cristianas mantuvieron parcialmente a raya los peores impulsos de la libre elección desenfrenada, no en menor medida por la experiencia palpable de lo que sucede —como en el Reinado del Terror— cuando se ignoran tales frenos.
Esas sociedades prácticamente han desaparecido. La secularización ha disipado el cristianismo cultural, incluso en gran medida en los Estados Unidos. Numerosas confesiones cristianas han abandonado los bienes normativos: basta observar las fracturas, principalmente en torno a la sexualidad, en las iglesias protestantes históricas estadounidenses. También hay quienes en el catolicismo desearían seguir a esos nuevos flautistas de Hamelín neoprotestantes. Y, frente a las acusaciones de que oponerse a tales infidelidades equivale a importar una «teología pélvica» a un cristianismo que ha «avanzado» hacia asuntos «más serios», las cuestiones pélvicas difícilmente resultan accesorias, habida cuenta de que nadie existiría sin ellas.
El cristianismo tradicional reconocía que las personas tienen opciones. Sin embargo, existen elecciones buenas y elecciones malas, cuyo valor no depende de la intención de quien las realiza, sino de la naturaleza misma de lo que se elige.
Eso fue antes del predominio de lo que Joseph Ratzinger denominó «la dictadura del relativismo», un fenómeno propiciado por la resistencia de la filosofía moderna a reconocer el bien y el mal normativos, secundado por un «cristianismo» debilitado que encubre su cobardía tras la frase en apariencia virtuosa: «¿Quién soy yo para juzgar?».
Junto a esa relativización del bien sobrevino la exaltación de la libertad. El existencialismo ateo, en especial tras Sartre y Camus, alteró la función misma de la libertad. La libre elección, y no la realidad preexistente, pasó a ser constitutiva del bien. En lugar de hacer mío el bien (o el mal), la libertad convirtió en «buenos» actos moralmente amorfos. Obtuvimos «mi bien» y «tu bien», pero no «el bien». (La anterior presidenta de Harvard, destituida tras su desastroso testimonio ante el Congreso sobre el antisemitismo, se quejó tibiamente de no haber podido expresar «mi bien»).
Esa redefinición de la elección ha tenido consecuencias profundas para los hijos. En lugar de ser un don de Dios recibido como un bien, los hijos pasaron a ser «elecciones». Toda la ética del aborto en los Estados Unidos (y en gran parte del mundo occidental) se fundamentó en la ética de «la elección de la mujer». Si ella decidía continuar con la vida de su bebé, eso era bueno; pero si decidía ponerle fin, eso también era bueno.
Las calcomanías provida sintetizaron una verdad profunda: «Es un niño, no una elección». La dignidad ontológica de cada niño (la verdad fundamental de haber sido creados a imagen y semejanza de Dios) y su derecho a la vida no quedan establecidos ni anulados por una «elección» materna. Ella podrá optar por ignorar o negar dicha verdad, pero tal decisión no altera ni la realidad ni la cuestión moral de fondo.
Lo cual nos devuelve al punto de partida de nuestra tesis inicial: existen elecciones que deberíamos (y no deberíamos) tomar. Existen opciones al alcance de nuestra libertad para las cuales, no obstante, dicha libertad no debería emplearse.
Al afirmar esto, debemos ser conscientes de que la formulación misma de que «hay elecciones que deberíamos (o no deberíamos) hacer» resulta, en ciertos aspectos, incomprensible para el hombre contemporáneo. Para quienes han sido educados bajo una ética de la elección en la cual el propio acto de elegir constituye el factor determinante de la moralidad, la noción de que una decisión pueda estar sujeta a un «deber» (o, con mayor razón, a un «no deber») carece por completo de sentido.
Semejante razonamiento jamás se aplica fuera del ámbito sexual. Pocos sostendrían que, por el hecho de poder optar por mentir o robar, la mera decisión agota el juicio moral. La proscripción del «deber» es una peculiar excepción reservada al ámbito de la sexualidad.
Esa concepción distorsionada de la libertad de elección instalada en nuestra cultura constituye la causa primordial de nuestro invierno demográfico. Podrán atribuirse las culpas a toda suerte de «factores socioeconómicos», los cuales ciertamente existen; pero, en el fondo, se ha extraviado la premisa de sentido común, indiscutible para las generaciones pasadas, de que se deben tener hijos.
La certeza de que, alcanzada determinada madurez, la mayoría de los hombres y mujeres deben unirse en matrimonio y, posteriormente, concebir descendencia. Engendrar hijos no constituye meramente un proceso biológico, ni mucho menos una «maldición» que deba suprimirse mediante la farmacología o la técnica. Tener hijos no es simplemente una exigencia social ni un rol predeterminado. Constituye el desarrollo natural mediante el cual la persona madura y trasciende su individualidad en favor de la responsabilidad hacia el prójimo. A eso apuntaba Erik Erikson al postular su etapa de desarrollo psicosocial denominada «generatividad».
Restaurar nuestra cultura exige extirpar de raíz la falsa noción de «elección» —especialmente en el orden procreativo— según la cual la dignidad intrínseca de una nueva vida puede quedar subordinada al arbitrio individual. Mientras nuestro horizonte cultural no vuelva a impregnarse de sólidos principios sociales que reafirmen que tener un hijo es un hecho noble, natural y propio de la vocación humana, la importación de mano de obra o el incremento de asignaciones por maternidad apenas brindarán alivios marginales, sin llegar a corregir la raíz del problema.
Acerca del autor
John M. Grondelski John Grondelski (Doctor en Filosofía por la Universidad de Fordham) fue vicedecano de la Escuela de Teología de la Universidad Seton Hall, en South Orange, Nueva Jersey. Todas las opiniones expresadas en este artículo son de su exclusiva responsabilidad.