El eclipse y las matemáticas de Dios

El eclipse y las matemáticas de Dios

Esta tarde, cuando el sol en España todavía ocupe una posición de media tarde, la luna cubrirá exactamente su disco, sin que sobre ni falte un solo hilo de luz, y durante unos segundos el día se convertirá en un crepúsculo efímero. Esa coincidencia perfecta de dos círculos en el cielo nos recuerda la estructura matemática creación, llena de abrumadoras casualidades que llevan la firma de Dios.

El sol es unas cuatrocientas veces más grande que la luna, y está unas cuatrocientas veces más lejos de nosotros. Ninguna ley física exige esa doble proporción, pero de ella resulta que ambos astros, vistos desde la Tierra, presentan idéntico tamaño aparente. Por eso la luna encaja sobre el sol como la llave en su cerradura, ocultando el disco luminoso y dejando visible únicamente la corona.

En ningún otro planeta del sistema solar se da un ajuste semejante entre el astro central y sus lunas. Ni siquiera en la Tierra se ha dado siempre ni se dará eternamente: la luna se aleja de nosotros unos cuatro centímetros cada año, de modo que hubo un tiempo remoto en que la cubría con exceso y llegará, si Dios así lo estima, otro en que ya no alcanzará a cubrirla. Vivimos, cósmicamente hablando, en la breve ventana en que la medida es perfecta, y en esa ventana habita justamente la única criatura capaz de levantar la cabeza, comprender lo que ve y asombrarse.

Pero las matemáticas revelan otra propiedad desconcertante de la creación a quien la mira despacio: el universo es inmenso y diminuto al mismo tiempo, según el lado por el que se le contemple.

Mírese usted la uña, ese fragmento mínimo de materia. En ella hay del orden de diez mil trillones de átomos, una cifra similar al número de estrellas que los astrónomos estiman en todo el universo observable, con sus galaxias, sus soles y sus mundos que jamás llegaremos a ver. El firmamento entero, numéricamente hablando, cabe en la punta de un dedo.

Y lo pequeño, a su vez, desborda a lo inmenso. Las combinaciones posibles de una partida de ajedrez —sesenta y cuatro casillas, treinta y dos piezas de madera— superan en muchos órdenes de magnitud el número total de átomos del universo. Un tablero que cabe bajo el brazo alberga más mundos posibles que partículas de materia existen en el cosmos entero. Lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño se dan la mano en la obra de Dios, como si la creación estuviera plegada sobre sí misma y cada rincón contuviera, en cifra, la totalidad.

Con el tiempo pasa algo parecido. Imagine que se propone recitar en voz alta, a razón de una por minuto, todas las alineaciones posibles de dos equipos rivales de fútbol, con cada jugador en cada posición concebible. Parece un pasatiempo de sobremesa. Pues bien: necesitaría un tiempo millones de veces superior al transcurrido desde la creación del universo hasta esta mañana. Los trece mil ochocientos millones de años que la ciencia atribuye al cosmos no bastarían ni para pronunciar una fracción minúscula de la lista.

El tiempo cósmico, que nos parece inabarcable, resulta ridículamente breve comparado con las posibilidades que caben en la enumeración de una mísera convocatoria deportiva. La eternidad de Dios no puede ser «mucho tiempo», ni siquiera muchísimo tiempo: es otra cosa enteramente distinta, una plenitud que ni la combinatoria más desbocada alcanza a rozar.

«Todo lo dispusiste con medida, número y peso»

Nada de esto es una demostración matemática de la existencia de Dios, y sería ingenuo presentarlo así. Pero el creyente no necesita demostraciones para reconocer un estilo, igual que no hace falta ser experto para reconocer la mano de un pintor en su cuadro. El libro de la Sabiduría lo dejó escrito: «Todo lo dispusiste con medida, número y peso» (Sab 11, 20). Y el salmista lo cantó antes todavía: «Los cielos proclaman la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos» (Sal 19, 2).

Fue precisamente un eclipse total de sol, el de 1919, el que permitió confirmar la teoría de la relatividad de Einstein, al hacer visible por primera vez cómo la gravedad del sol curvaba la luz de las estrellas lejanas. La misma coincidencia «innecesaria» que hace posibles los eclipses ha resultado ser una de las herramientas con las que el hombre ha descifrado las leyes más profundas del cosmos. Como si el Creador no solo hubiera escrito el libro de la naturaleza, sino que hubiera dejado el marcapáginas puesto en la página exacta por la que debíamos empezar a leer.

Los antiguos veían en los eclipses presagios de desgracia y los recibían con temblor. Nosotros, que sabemos calcularlos al segundo con siglos de antelación, podemos recibirlos con gratitud ante la elegancia de una inteligencia que quiso que la razón humana pudiera entender el universo, y que de cuando en cuando, como hará esta tarde sobre el cielo de España, descorre el velo durante unos minutos para recordarnos que nada de esto era obligatorio. La medida, el número y el peso de todas las cosas no son necesidad, sino un regalo.

Ayuda a Infovaticana a seguir informando