Victoria a través del sufrimiento

Victoria a través del sufrimiento
The Last Supper mosaic [Monreale Cathedral, Palermo, Sicily]

Por el P. Thomas Kuffel

Nike, la empresa de calzado, no la antigua diosa griega, dijo famosamente: «Simplemente hacelo» (Just Do It). Pero, ¿por qué la empresa se llama «Nike» y qué significa esa palabra? Niké es la diosa griega de la victoria en la guerra… y en la vida. Las batallas traen la victoria, y ella le dio la victoria a Zeus, apoyándolo en sus guerras. Tomando nota de esto, Nike se convirtió en la empresa de calzado que les lleva la victoria a los atletas.

San Pablo también se fijó en esta mitología y la reordenó en función de Cristo: «En todo esto somos más que vencedores (hyper-nikomen) por medio de aquel que nos amó» (Romanos 8, 37-38). La victoria es nuestra porque Cristo intercede, no Nike. Jesús es el único Dios verdadero. Él no nos da la victoria en batallas míticas, sino en luchas reales y espirituales contra los Principados y las Potestades, los espíritus malignos que intentan conquistarnos a través de la tentación y el sufrimiento.

El sufrimiento es un problema profundo que quiebra a muchísima gente. Las personas que sufren se debilitan y, en su debilidad, abandonan la plenitud de la vida. Ceden ante las tentaciones, las pruebas y la tragedia. En el abismo del sufrimiento surge la desesperanza, y el pecado sofoca la esperanza. Sin embargo, San Pablo, un hombre que sufrió intensamente mientras vivía y predicaba el Evangelio, responde: «¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?» (Romanos 8, 35).

Moisés advirtió sobre estas siete tribulaciones cuando les dijo a los israelitas que, si rompían la alianza con Dios, sobrevendrían estas maldiciones, no como una condena sino como una corrección. Las correcciones causan sufrimiento, pero los sufrimientos son curativos, no dañinos. Aun así, muchos ven el sufrimiento como algo vengativo y critican a Dios, diciendo que Él provoca el sufrimiento y que, por lo tanto, no puede ser infinitamente bondadoso ni infinitamente amoroso.

En cambio, los sabios ven el sufrimiento como la vía que Dios utiliza para evitar que las personas pequen y pierdan la vida. El pecado nos destruye. Nos separa de Cristo, tal como nos dice San Pablo: «Les advierto, como ya lo hice antes, que los que hacen estas cosas no heredarán el Reino de Dios» (Gálatas 5, 21).

¿Qué cosas? «Inmoralidad sexual, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, pleitos, celos, ira, contiendas, disensiones, partidismos, envidias, borracheras, orgías y cosas semejantes» (Gálatas 5, 19-21).

Es el pecado, no el sufrimiento, lo que nos separa de Dios. Al estar separados de Él, la batalla espiritual se pierde (aunque la guerra general aún no haya terminado). El pecado le impide al Espíritu Santo actuar en nuestra vida. Dios, sin embargo, interviene y envía a su Hijo. En su muerte (irónicamente) y resurrección, Jesús resulta victorioso. Derrota a las Potestades y a los Principados, y nos devuelve a la vida con su gracia.

La gracia, al hacernos participantes de la vida de Dios, transforma los pecados en victoria y los sufrimientos en triunfo. Toda victoria cuesta. Implica sufrimiento, pero el padecimiento que soportamos tiene un propósito; no carece de valor. De hecho, Santiago nos dice: «Dichoso el hombre que soporta la prueba, porque, una vez superada, recibirá la corona de la vida que Dios ha prometido a los que lo aman» (Santiago 1, 12).

Sin embargo, muchas personas ven sus sufrimientos como algo absurdo. Viven en el aquí y el ahora, no en la eternidad del más allá. San Juan Pablo II lo sabía. En su gran obra Salvifici doloris, escribió:

El sufrimiento parece pertenecer a la trascendencia del hombre; es uno de esos puntos en los que el hombre está en cierto modo «destinado» a ir más allá de sí mismo, y es llamado a ello de manera misteriosa. (n. 2)

Ese llamado nos pide ir más allá de nuestro ser actual y descubrir la gran experiencia del encuentro con Dios. A través del sufrimiento, la pasión, muerte y resurrección de Cristo cobran vida en nosotros. Y a través de nuestra propia cruz, conformamos nuestra voluntad a la del Padre, tal como lo hizo Jesús. En otras palabras, el sufrimiento asumido con fe, salva.

En lugar de ver el sufrimiento como un camino hacia la victoria de Dios, muchos rechazan la voluntad divina pensando que sufrir es una insensatez. Cristo descarta ese pensamiento y nos pide que tomemos nuestra cruz cada día y lo sigamos.

Seguir a Jesús, en un principio, nos lleva al desierto. Solos, hambrientos y desorientados, Jesús nos habla. Se nos entrega a sí mismo no solo en palabras y milagros —los cuales muchos salían a ver mientras Él aún estaba en la tierra—, sino que la maravilla que Jesús quería darnos era la comunión con Él: darnos su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad. En la Fracción del Pan entramos en comunión con Él y obtenemos la verdadera victoria.

El hambre es un anhelo no solo de alimento, sino también de vida. Conociendo nuestras luchas contra el pecado y la muerte, Jesús nos alimenta con el Pan Vivo, que es Él mismo. Él no perece, sino que ofrece la vida eterna. En el milagro de la multiplicación de los panes, Jesús toma el pan, lo bendice, lo parte y se lo da a la gente. Durante la Última Cena hace lo mismo: toma el pan, lo bendice, lo parte y se lo da a sus discípulos, declarando: «Esto es mi cuerpo y mi sangre de la Nueva Alianza».

Lo que hizo en la Última Cena es lo mismo que hacemos en la Misa. Entramos en comunión con lo divino para liberarnos de los pecados y de su causa: Satanás, los Principados y las Potestades. Es ahí donde obtenemos la victoria sobre ambos.

El Papa Benedicto XVI lo afirmó en Sacramentum caritatis:

La institución de la Eucaristía muestra cómo la muerte de Jesús, con toda su violencia y absurdidad, se ha transformado en Él en un supremo acto de amor y en la liberación definitiva de la humanidad del mal.

El amor de Cristo es radical. Destruye los poderes del mal, a Lucifer y a sus camaradas caídos. Conquista el pecado a través del perdón y vence a la muerte mediante el ofrecimiento de su propia vida.

Por lo tanto, Jesús es verdaderamente el Dios que triunfa. Destruye la muerte y restaura la vida en un solo acto, que es su mayor milagro. Todos sus demás milagros fueron un anticipo de este, el cual revela que Jesús no es una falsa diosa como Niké, sino el Dios verdadero del cielo y de la tierra, que nos trae la victoria total: «En Él tenemos la redención por su sangre, el perdón de los pecados, según la riqueza de su gracia, que derramó sobre nosotros con abundancia» (Efesios 1, 7-8).

Sobre el autor

El P. Thomas Kuffel nació en Milwaukee, Wisconsin, fue ordenado sacerdote en 1989 y sirvió durante unos 25 años en la Diócesis de Lincoln, Nebraska. Posteriormente, sirvió durante seis años como sacerdote misionero en Fairbanks, Alaska. Tras esa misión, pidió trabajar en la Arquidiócesis de Denver y actualmente sirve en una zona rural de Colorado, a cargo de dos parroquias.

Ayuda a Infovaticana a seguir informando