Por Casey Chalk
A principios de este mes, la evangelista e influencer de redes sociales con sede en Orlando, Whitney Lynn, publicó un video en el que se la ve ofreciendo una breve predicación mientras los pasajeros se preparaban para desembarcar de un avión en San Diego. Debajo del fragmento —en el que la mayoría de las personas parecían no darse cuenta o intentaban ignorarla—, Lynn escribió: «Simplemente me encanta tener una audiencia cautiva». El 30 de julio, Lynn incluso fue expulsada de un vuelo con destino a San Diego por sus predicaciones (algo que ella calificó como «guerra espiritual»).
Lynn no es un caso aislado. Como informa un artículo reciente del Washington Post, la predicación en los aviones es un fenómeno real, y que parece cada vez más común en nuestro mundo de influencers autopromocionados y tendencias en redes sociales. Como exevangélico, creo que hay algo unicamente protestante en la tentación de convertir un avión en un púlpito improvisado, una tentación que nos recuerda una diferencia importante en comparación con la evangelización católica.
Ciertamente, los cristianos estamos llamados a compartir nuestra fe (1 Pe 3, 15), y Jesús tiene palabras duras sobre aquellos que se avergüenzan de Él. (Lc 9, 26) Pocos cristianos poseen el talento para la predicación del venerable Fulton Sheen o del P. Mike Schmitz, pero se supone que todos debemos mostrar la valentía de hablar de Jesús, aunque parezcamos tontos o provoquemos burlas. A veces, el orador menos eficaz puede ser, aun así, un evangelizador eficaz. (1 Co 1, 17; 2, 1-5)
Dicho esto, existen sobradas razones para ser prudentes sobre cuándo y dónde hablamos de nuestra fe. Si sos un comerciante que intenta concretar una venta, por lo general no sería sensato instar a tu cliente potencial a que acepte a Jesús como su Señor y Salvador. Si sos el entrenador de un equipo deportivo juvenil, es probable que los padres no quieran que les expliques el rosario. Nuestros derechos de la Primera Enmienda nos dan un amplio margen para hablar de nuestra fe en casi cualquier foro imaginable. Pero eso no significa que debamos hacerlo siempre.
En un vuelo comercial de pasajeros, no vas a ningún lado. Estás en una posición inusualmente vulnerable, diferente de, digamos, caminar por la calle o incluso entrar a un local comercial. Como dijo la Sra. Lynn al Washington Post: «No tienen otra opción que escuchar la verdad».
Dada una experiencia que de por sí ya es incómoda, creo que prefiero mis vuelos «libres de predicaciones». Pagué para llegar a algún lado relativamente rápido, no para una «charla TED» religiosa. Además, consideremos el precedente que esto sienta. Como reconoce el WaPo, las políticas de las aerolíneas «por lo general exigen que los pasajeros obedezcan las instrucciones de la tripulación de vuelo y eviten comportamientos ofensivos, molestos o disruptivos», pero «no abordan específicamente la predicación en los vuelos».
Si la evangelista es libre de levantarse y ofrecer un sermón, por extensión eso significaría que los pasajeros están potencialmente sujetos a cualquier charla improvisada, ya sea de evangélicos, testigos de Jehová, musulmanes, socialistas democráticos o furries transgénero.
¿Habrá un maestro de ceremonias designado para supervisar y dirigir estas series de lecturas durante el embarque y desembarque?
Como era de esperar, las personas no religiosas (por no decir antirreligiosas) a las que no les gusta que les prediquen han armado un gran revuelo por este evangelismo aéreo improvisado. «Esa sería mi pesadilla», comentó una persona en respuesta a estos sermones en las aerolíneas; «ni siquiera podés alejarte». Otra persona escribió: «Yo abriría esa salida de emergencia».
Esa respuesta es absurda, pero puedo entender su molestia. Una cosa es que la gente intente sinceramente compartir su fe en un entorno donde las personas tienen la libertad de alejarse (como sostengo que los católicos deberíamos buscar hacer con frecuencia). Otra cosa muy distinta es cuando se trata de «influenciar» de manera manipuladora a alguien en un entorno donde no tiene más remedio que escuchar tu pontificado.
Lo cual, en el caso de la Sra. Lynn, incluye enfrentarse a oficiales federales en el aeropuerto que simplemente intentaban hacer su trabajo e investigar denuncias de alteración del orden público. (Para su crédito, la trataron con admirable profesionalismo).
Esto ilumina una diferencia sustancial entre el protestantismo y la fe católica. Aunque la conversión individual dramática no fue una característica común de la primera Reforma, a lo largo de los siglos el protestantismo, especialmente sus variantes evangélicas, ha llegado a asociarse con la idea de un momento singular y dramático en el que una persona «acepta a Jesucristo como su Señor y Salvador».
Este no era el propósito de Lutero o Calvino, pero parece inevitable, dado el énfasis que los Reformadores pusieron en la conciencia del cristiano individual al leer su Biblia. De ahí los llamados al altar, las invitaciones a orar y el antiguo «banco de los angustiados» del revivalismo estadounidense del siglo XIX. A través de tales invitaciones, muchos evangélicos creen que las personas no solo pueden convertirse, sino también experimentar el poder del Espíritu Santo.
Ahora bien, eso es ciertamente posible. Sería una insensatez por nuestra parte decirle a un Dios omnipotente lo que puede y no puede hacer. Y, sin duda, hay muchas historias de personas auténticas que tuvieron este tipo de experiencias de conversión que realmente cambiaron su vida para siempre (y, con un toque más cínico, muchas historias de personas que tienen esas experiencias una y otra vez).
Como católicos, creemos que, ordinariamente, la gracia de Dios actúa a través de los sacramentos. El Bautismo, la Confesión y la Confirmación son los momentos privilegiados que pueden suscitar una experiencia de conversión objetiva en los fieles, al convencernos de nuestros pecados y concedernos la gracia de cambiar y adentrarnos más profundamente en la vida en Cristo.
Y, también ordinariamente, están precedidos por la instrucción religiosa y la preparación espiritual. Pero la idea de predicar el Evangelio a un desconocido, invitarlo a tomar una decisión, orar por él y luego que cada uno siga su camino alegremente, no es la fe católica, sino un enfoque individualista y consumista de la evangelización.
El cual, por más admirable que sea la intención, es exactamente el aspecto que tienen los influencers que graban sus sermones improvisados en los aviones (uno de sus videos tuvo 3 millones de visitas en Instagram a las 24 horas de ser publicado).
¿Está la influencer aprovechando estos incidentes virales en las redes sociales para vender el producto que es ella misma, o se esfuerza por edificar el Reino de Cristo compartiendo su fe junto a ellos (y, con suerte, ayudándolos a encontrar la Iglesia de Cristo y comulgar con ella)? Tal vez argumentarían que ambas cosas. Y ese es, precisamente, el problema.
Sobre el autor
Casey Chalk es autor de «The Obscurity of Scripture» y «The Persecuted». Es colaborador de Crisis Magazine, The American Conservative y New Oxford Review. Tiene títulos en historia y docencia por la Universidad de Virginia y un máster en teología por el Christendom College.