Por Robert Royal
Este es el primer verano en bastante tiempo en el que las circunstancias me han impedido hacer una peregrinación a pie, habitualmente algo como el Camino de Santiago o la Vía Francígena (que casi me mata hace unos años entre el calor y la distancia). Sin embargo, mi favorito sigue siendo el Camino de San Cutberto, que va desde Melrose en Escocia, pasando por las montañas de la frontera con Inglaterra, y baja hasta la Isla Santa de Lindisfarne.
Estoy profundamente convencido de que una peregrinación a pie —en su combinación de lo espiritual y lo físico sobre la verde tierra de Dios— posee un valor humano y religioso mucho mayor que cualquier cosa que hayamos visto hasta ahora en el «caminar juntos» sinodal e interminablemente burocrático.
Pero debe ser una verdadera peregrinación, y existen señales inquietantes de que muchas personas están convirtiendo incluso algunas de las rutas de peregrinación más sagradas, recorridas por grandes santos y pecadores penitentes a lo largo de siglos, en solo un camino ensimismado más hacia la «autorrealización personal». Hay incluso influencers de peregrinaciones, y quienes se adentran en senderos clásicos en busca de «bienestar» (Señor, ten piedad).
Para ser claros: una peregrinación no tiene por qué ser un ejercicio ascético o espiritual perfecto, ni nada perfecto. Ya en la Edad Media, Chaucer (de forma realista) incluyó a la desinhibida esposa de Bath y al molinero achispado en Los cuentos de Canterbury, su relato poético de un grupo de peregrinos —pecadores como lo somos todos— en camino hacia el santuario del gran mártir San Tomás Becket.
Cualquiera que haga una peregrinación a pie hoy en día descubrirá que hay días de trabajo pesado y distracción en medio de otros de ligereza y propósito. A veces, incluso un solo día te llevará a través de muchas combinaciones y permutaciones de altibajos. En todo eso, el caminar se asemeja a la vida en general, con la diferencia de que has elegido —si has elegido con sabiduría— seguir un camino particular hacia un fin determinado, algo que no suele hacerse todos los días. Y si además tenés suerte, hará que otros caminos sean más claros y llevaderos.
Hay una especie de «autorrealización personal» en todo esto, pero es una realización que resulta de estar menos centrado en uno mismo y más centrado en el Camino. Creo que esta es una de las razones por las que los primeros cristianos a menudo eran descriptos como seguidores de ἡ ὁδός (hē hodós), «el Camino» (Hch 9, 2, etc.). Ese Camino sería Aquel mismo que nos dijo que Él era el Camino, la Verdad y la Vida.
Vale la pena reflexionar sobre ese hecho histórico. Más tarde, por supuesto, tal vez un decenio después de la Crucifixión, el nombre cambió: «fue en Antioquía donde los discípulos recibieron por primera vez el nombre de cristianos» (Hch 11, 26). Lo cual parece sugerir que era, al menos al principio, tan importante predicar con el ejemplo como hablar de la fe.
Como descubrieron los discípulos en el camino a Emaús y San Pablo en el camino a Damasco, pueden ocurrir cosas conmovedoras cuando dejás lo conocido y estás «en el camino».
Los apóstoles viajaron lejos, la mayor parte del tiempo a pie: Pablo, por supuesto, por todo el Mediterráneo oriental; Pedro a varios lugares y, junto con Pablo, finalmente a Roma; Santiago, tal vez (según registros posteriores) a España y luego de regreso al martirio en Jerusalén; Andrés a Rusia; Felipe a Turquía; Mateo a Etiopía; Tomás a la India, etc.
Dónde y cómo murieron en varios casos resulta ahora, como muchas cosas antiguas, algo incierto en las brumas del tiempo. Pero podemos estar seguros de que todos se tomaron en serio el gran mandato de Jesús de predicar el Evangelio a todas las naciones. Por eso sus tumbas también se han convertido, en sí mismas, en lugares de peregrinación.
Hay algo reconfortante en levantarse por la mañana y, en lugar de seguir tu rutina habitual o subirte al auto, atarte los zapatos de caminar y partir hacia no sabés qué.
Tengo amigos y familiares a quienes les gusta lo predecible y se resisten a la idea de emprender caminos desconocidos. Hasta cierto punto lo entiendo. Es bueno y necesario tener cierta previsibilidad en los días, pero también es una ilusión. Incluso si hoy estás sentado en casa (lo cual puede no ser tan mala idea dada la ola de calor actual), no sabés realmente qué pasará en el camino ni dónde estarás al atardecer.
Es un cliché, lo que equivale a decir que es una verdad conocida y probada que debería desempolvarse y reapropiarse, pero la vida es una peregrinación, lo sepas o no. No saberlo es condenarte al camino no tomado.
Permítanme pedir la indulgencia de los lectores y dirigirlos, una vez más, a las palabras del sommo poeta, Dante Alighieri, en el Infierno, porque nos ha dado una síntesis muy vívida de tantas verdades sobre la vida cristiana.
Como sabés, o deberías saber si te hacés el favor de volver o acudir a las primeras páginas de ese poema supremo, el propio Dante (el peregrino de la historia) duda antes de emprender el camino. No soy Pablo ni Eneas, dice (ambos visitaron el otro mundo estando aún vivos en este), no estoy al nivel del gran Apóstol de los Gentiles ni del mítico fundador de Roma.
Pero en realidad, como dejan en claro los primeros versos del poema, es precisamente porque la verace via era smarrita —«la verdadera vía se había perdido»— por lo que todos tenemos que ponernos de nuevo en el camino correcto. No hacerlo, como pronto aprendemos, es unirse a un penoso grupo de personas que ni siquiera son dignas de condena, sino que vagan en su elegida falta de sentido:
Fama de ellos el mundo no conserva;
misericordia y justicia los desdeñan:
no hablemos de ellos, mira y pasa.
(Inf. III)
Así que, sea cual sea la forma en que lo logres, querido lector, huí hoy de este, el peor de todos los destinos. Es verano, pero camina hacia la luz por cualquier medio que puedas. Evita el camino no tomado. Camina de verdad.
Sobre el autor
Robert Royal es director ejecutivo de The Catholic Thing y presidente del Faith & Reason Institute en Washington, D.C. Sus libros más recientes son «Los mártires del nuevo milenio: la persecución global de los cristianos en el siglo XXI», «Colón y la crisis de Occidente» y «Una visión más profunda: la tradición intelectual católica en el siglo XX».