Encontrados y encontrando, comprados y comprando

Encontrados y encontrando, comprados y comprando
Ronald Arbuthnott Knox by Howard Coster, 1938 [National Portrait Gallery, London]

Por P. Paul D. Scalia

Tradicionalmente, dos de las parábolas que se nos presentan hoy se entienden como lecciones sobre el costo del discipulado. El tesoro escondido en el campo y la perla de gran valor significan el Reino de Dios. (Ver Mateo 13, 44-46). Vale la pena entregar todo lo que tenemos para obtenerlos. Aunque esta interpretación es profundamente verdadera, el gran erudito moderno y traductor de la Escritura, Monseñor Ronald Knox, sugiere otra.

Según Knox, podemos entender a Cristo mismo como el hombre que encuentra un tesoro en el campo y el comerciante que halla la perla de gran valor. El hombre caído es el tesoro. Nosotros somos la perla de gran valor. Cristo nos ha encontrado y vende todo lo que tiene para comprarnos.

Ahora bien, esta interpretación no es contraria a la tradicional. Pero tampoco es meramente una alternativa. Más bien, es anterior. Precede y habilita nuestro propio discipulado, nuestro propio encontrar y comprar. No podemos asumir el costo del discipulado, no podemos vender todo lo que tenemos, hasta y a menos que nosotros mismos seamos comprados. Debemos ser encontrados antes de encontrar, comprados antes de poder comprar.

Esta es la estructura de la salvación. Dios toma la iniciativa; nosotros respondemos. “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados”. (1 Juan 4, 10). El Reino de Dios no se trata solo —ni principalmente— de que nosotros encontremos y atesoremos a Jesucristo. Se trata, ante todo, de que Dios nos encuentra, nos ama y nos compra.

Así, Jesús nos encontró enterrados bajo la tierra y la mugre del pecado. Nuestros pecados nos cubren de tal manera que nuestra gloria y nobleza no pueden verse. Pero Él nos encontró, nos sacó de la tierra y vio en nosotros un tesoro. Para comprarnos, dejó de lado su gloria celestial, abandonó la pacífica Nazaret, sufrió torturas y humillaciones, y murió en la Cruz. “Ustedes han sido comprados a un gran precio”. (1 Corintios 6, 20).

Resulta interesante que el hombre del Evangelio no compra solo el tesoro, sino el campo entero. De la misma manera, mediante su muerte, Jesús no solo nos ha comprado a nosotros, sino también a nuestro entorno, a todo lo que nos rodea. No hay nada en nuestras vidas que Él no haya muerto para redimir y santificar. Nuestras familias, amistades, finanzas, trabajo, descanso, entretenimiento, pasado, presente y futuro: todo esto es el campo que nos rodea y que Él ha redimido, comprándolo para sí.

Jesús es del mismo modo el comerciante en busca de perlas finas. Nosotros somos esa perla de gran valor. Él nos mira y ve belleza, bondad y un valor infinito. Nos busca no porque nos necesite (nadie necesita una perla), sino simplemente porque desea tenernos para sí.

Notemos que Él está buscando. Este es un elemento que distingue al cristianismo de cualquier otra religión. Todas las demás son la búsqueda del hombre hacia Dios; el cristianismo es la búsqueda de Dios hacia el hombre. Así como el Señor Dios nos preguntó una vez en el Jardín: “¿Dónde estás?” (Génesis 3, 9), así Jesús viene ahora a este mundo en nuestra búsqueda, la perla fina. “Porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido”. (Lucas 19, 10).

Cuando comprendemos estas parábolas como centradas en primer lugar en Cristo, recién entonces podemos aplicarlas con mayor precisión a nosotros mismos. Podemos buscarlo porque Él ya nos ha encontrado. Podemos comprar el campo y adquirir la perla porque Él ha dado todo por nosotros.

El tesoro y la perla no pueden esconderse. Lamentablemente, nosotros sí podemos. Podemos evitar a Aquel que nos busca. Podemos intentar no ser encontrados. De hecho, el hábito está profundamente arraigado en nosotros: “Oí tus pasos en el jardín y tuve miedo, porque estaba desnudo; por eso me escondí”. (Génesis 3, 10).

Somos expertos en escondernos. Nos escondemos en nuestro trabajo o en las obligaciones familiares (estoy demasiado ocupado para rezar). Incluso nos escondemos en la oración: cuando recitamos oraciones en lugar de orar, cuando nos quedamos en la superficie de nuestra fe, cuando usamos nuestra oración estructurada como una forma de mantenerlo a distancia. (Déjame en paz, Señor, estoy rezando el Rosario).

Nuestra salvación está íntimamente unida a ser encontrados —conocidos— por Dios. San Pablo les recuerda a los Gálatas cómo han “llegado a conocer a Dios”, y de inmediato se corrige: “o mejor dicho, a ser conocidos por Dios” (Gálatas 4, 9). La parte más importante no es conocer, sino ser conocido. Del mismo modo, al describir la vida eterna a los Corintios, observa: “Ahora vemos de manera imperfecta, como en un espejo; pero entonces veremos cara a cara. Ahora conozco parcialmente; pero entonces conoceré plenamente, así como soy plenamente conocido”. (1 Corintios 13, 12). El cielo incluye el ser plenamente conocido. Encontrado.

El primer paso del discipulado no es encontrar ni comprar, sino permitirnos ser encontrados y comprados. Significa permitirle a Él que nos conozca. Sí, Él ya nos conoce porque lo sabe todo. Pero quiere conocernos no solo como el Creador conoce a sus criaturas, sino como el Padre debe conocer a sus hijos y el Cristo a sus amigos. Quiere conocernos porque nos hemos dado a conocer, porque lo hemos invitado a entrar en nuestras vidas, mentes y corazones. Eso es lo que significa ser encontrado.

Ser conocidos por Él significa aprender nuestro verdadero valor. Solo con la confianza de ese valor podemos convertirnos en aquellos que lo buscan constantemente a Él, el tesoro y la perla, y entregan todo lo que tienen para ganarlo.

The Pearl of Great Price by Sir John Everett Millais, 1864 [Royal Academy of Art, London]

Sobre el autor

El P. Paul Scalia es sacerdote de la diócesis de Arlington, VA, donde se desempeña como Vicario Episcopal para el Clero y Párroco de Saint James en Falls Church. Es autor de That Nothing May Be Lost: Reflections on Catholic Doctrine and Devotion y editor de Sermons in Times of Crisis: Twelve Homilies to Stir Your Soul.

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