Por Amy Fahey
La estrella de fútbol noruega Erling Haaland fue noticia recientemente no por su desempeño deportivo ni por sus travesuras de pseudovikingo, sino por la compra, batiendo récords, de una edición impresa de 1594 del Heimskringla: las vidas de los reyes noruegos desde sus legendarios comienzos hasta la muerte de Magnus V en 1184. Haaland y su padre donaron el volumen a la biblioteca de su ciudad natal para promover la lectura: “Quiero que el libro esté siempre abierto para que la gente pueda leer sobre aquellos que vinieron del lugar de donde yo vengo. Es más fácil sentirse atraído por la lectura cuando podés reconocerte en las personas y los lugares sobre los que se escribe”.
Su padre coincidió: “Las raíces son importantes… raíces profundas que se pueden encontrar en las historias de las sagas de los reyes de Snorre”.
Casi un tercio del volumen relata la vida del rey Olaf Haraldsson (c. 995-1030), hoy conocido como San Olaf, cuya festividad se celebra el 29 de julio, fecha en que cayó en la batalla de Stiklestad en su intento de unir a los divididos y pequeños reinos de la región bajo una única estructura política fundamentada en la ley cristiana.
Casi inmediatamente después de su muerte, el rencor y la división se calmaron, y la santidad de Olaf fue confirmada a través de innumerables milagros. Fue canonizado localmente por el obispo Grimkell de Nidaros en 1031, lo cual fue confirmado por el Papa Alejandro III en 1164.
El Kristenret o “ley de Cristo” de San Olaf incluía prohibiciones contra el abandono de lactantes y la infidelidad en el matrimonio, entre otras prácticas paganas habituales. Es el santo patrón de los matrimonios en dificultad y de los talladores de madera. Mi historia favorita sobre él en el Heimskringla (una que también impresionó a C.S. Lewis) cuenta que se puso a tallar madera en el día del Señor mientras estaba mentalmente preocupado por asuntos mundanos.
“Cayó en un profundo pensamiento y no prestó atención a las horas”, dice la saga. Su sirviente le recordó entonces que era domingo. Olaf le pidió que “le trajera una vela encendida y recogió en su mano todas las virutas que había cortado; le prendió fuego y dejó que las virutas se quemaran en el hueco de su mano. Con ello hizo notar que se aferraría a la ley y a los mandamientos de Dios y que no dejaría de lado lo que sabía que era correcto”.
Quizá sea un poco de teatralidad vikinga, pero cualquiera que haya leído las sagas sabe que extirpar del corazón humano lo que Tolkien denominó con razón “el yo y la voluntad indomable” requiere medidas radicales en cualquier época. Tanto el autor de la saga como el santo nos dan pruebas viscerales de ello.
Alguien que siguió el deseo de “reconocerse a sí misma” en la cautivadora y compleja historia de San Olaf y encontró en ella las “raíces profundas” que había estado buscando fue la novelista noruega, conversa al catolicismo, ganadora del Premio Nobel y ahora próxima a ser Sierva de Dios, Sigrid Undset. Enfrentada a las consecuencias de sus propios pecados y de su propia voluntad, la joven Undset encontró en San Olaf un modelo de perseverancia y redención sobre el cual reconstruir su propia vida.
En su obra Saga de los santos (1934), Undset señala: “[Olaf] era un hombre en cuya mente la mayoría de los demás hombres podían encontrar algo afín a sí mismos, pero había sometido su propia naturaleza pagana, había luchado en la oración para que Dios lo moldeara como Él quisiera. Y así Dios le había concedido el poder de convertirse en un amigo de la humanidad”.
En su homilía de 2025 en la fiesta de San Olaf, Erik Varden, obispo de Trondheim, señaló: “Veneramos y amamos a San Olaf no porque haya nacido santo, sino porque se convirtió en tal a través de una batalla perseverante contra todo lo que era falso, indigno y feo en sí mismo y en el mundo; luchó para dejar que la paz de Cristo gobernara en su corazón”.
En la monumental y magistral Kristin Lavransdatter de Sigrid Undset, el personaje principal realiza una peregrinación penitencial al santuario de San Olaf con su hijo recién nacido. “Lloró tan fuertemente que no tuvo fuerzas para levantarse cuando los demás se pusieron de pie durante el servicio; se quedó allí, derrumbada en un montón, sosteniendo a su hijo”.
Luego escucha a San Olaf hablar en su corazón sobre su nación extraviada: “Señor, escucha mi oración por este pueblo, al que amo tanto que prefiero sufrir el exilio, la necesidad, el odio y la muerte antes que ver a un solo hombre o mujer crecer en Noruega sin saber que moriste para salvar a todos los pecadores”.
Las novelas históricas funcionan en varios niveles: comentan la época en la que están ambientadas y la época en la que fueron escritas. Hablan a cualquier lector que se encuentre con ellas en cualquier época; y, en última instancia, existen en un perpetuo presente literario.
Las palabras imaginadas que Undset pone en boca de San Olaf funcionan en todos estos niveles. También le hablaron directamente a Undset, sellando su ingreso a la Iglesia Católica a los 42 años. Cuando se convirtió en terciaria dominica, eligió la forma femenina del nombre de su más querido “amigo de Dios”: Olave.
Y sin embargo, la oración ficcional que Undset atribuye a San Olaf va aún más lejos, pues Undset la convierte en última instancia en su propia oración, en su intento de ayudar a sus compatriotas noruegos y a todos los no creyentes a encontrar a Cristo.
Undset sufrió “exilio, necesidad u odio” por su abierta oposición a la tiranía, la eugenesia y otros males morales, y por su defensa pública del catolicismo. Dedicó sus limitados recursos financieros y su considerable influencia a diversas causas católicas y provida en Noruega y más allá. Ayudó a financiar la construcción de una capilla católica en Stiklestad. El 20 de mayo, día de su cumpleaños, el obispo Varden rededicó la capilla, habiendo encargado nuevas y brillantes imágenes devocionales a la iconógrafa noruega Solrunn Nes.
El obispo Varden señaló en su homilía de rededicación: “La devoción a la Sabiduría era parte del proyecto político y (me arriesgo al término) existencial de Olaf… La Sabiduría que la Iglesia trae, de la que da testimonio, no es una herramienta opcional para el automejoramiento; representa el principio por el cual nosotros, y nuestras elecciones, seremos juzgados”. Sigrid Undset, al igual que San Olaf, comprendió esto con claridad. Recemos para que los impulsos de sus vidas y testimonios se sigan sintiendo en Escandinavia y mucho más allá.
Sobre la autora
Amy Fahey es profesora en el Thomas More College of Liberal Arts. Su ensayo, “Sigrid Undset, Novelist of Mercy” aparece en el próximo volumen, Women of the Catholic Imagination (Word on Fire, 2024).