Por Joseph R. Wood
Hace poco leí la afirmación de un autor que decía que “como cristianos no podemos simplemente ignorar la política. Se supone que debemos ser levadura en el mundo. Así que no podemos retirarnos a las colinas como lo hizo San Benito”.
En realidad, hoy en día la gente sí “se retira a las colinas” para vivir bajo la Regla de San Benito. Las comunidades benedictinas en muchos lugares, especialmente en las colinas, están floreciendo; del mismo modo las carmelitas. También lo están órdenes como los dominicos, franciscanos y otras que combinan el retiro del mundo con la acción en ese mundo. Todas ellas son una poderosa levadura.
Quizás el autor pretendía que aquello fuera un dardo al pasar contra la llamada “Opción Benedictina”, con sus muy debatidos méritos y cegueras. Pero parecía transmitir implícitamente que la vida contemplativa está obsoleta. Sin embargo, el Catecismo todavía respalda esta vida, incluso en el caso de los ermitaños, cuyo retiro es tal vez el más severo.
El autor parafraseó al Papa Benedicto XVI en apoyo del compromiso político cristiano. El Papa Benedicto también fue un ferviente defensor de la vida contemplativa. Su anillo episcopal llevaba una imagen de San Benito, “fundador del monacato occidental y patrono de mi pontificado”.
Al dirigirse a los cartujos con su profunda soledad y silencio, describió el “vínculo profundo… entre el servicio pastoral a la unidad de la Iglesia y la vocación contemplativa en la Iglesia”. Y continuó:
“Queridos hermanos, ustedes han encontrado el tesoro escondido, la perla de gran valor (cf. Mt 13, 44-46); han respondido radicalmente a la invitación de Jesús: ‘Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego ven y sígueme’ (Mt 19, 21). Cada monasterio —masculino o femenino— es un oasis en el que constantemente se cava, con la oración y la meditación, el pozo profundo del que extraer la ‘agua viva’ para calmar nuestra sed más profunda.”
El predecesor de Benedicto, el Papa Juan Pablo II, quien no era ajeno al compromiso político, ofreció pensamientos similares sobre la vida contemplativa tanto oriental como occidental en su Exhortación Apostólica de 1996 Vita Consecrata:
“Los ermitaños y las ermitañas, pertenecientes a Órdenes antiguas o a Institutos nuevos, o bien dependientes directamente del Obispo, testimonian la caducidad del tiempo presente con la separación interior y exterior del mundo, y atestiguan con el ayuno y la penitencia que no solo de pan vive el hombre, sino de la palabra de Dios (cf. Mt 4, 4). Una vida así, ‘en el desierto’, es una invitación para sus contemporáneos y para la misma comunidad eclesial a no perder nunca de vista la suprema vocación, que es la de estar siempre con el Señor. Los Institutos totalmente dedicados a la contemplación, integrados por mujeres o por hombres, son para la Iglesia motivo de orgullo y fuente de gracias celestiales. Con su vida y su misión, sus miembros imitan a Cristo en su oración en el monte, atestiguan la señoría de Dios sobre la historia y anticipan la gloria futura.”
El tipo de rechazo reflexivo a la vida contemplativa que señalé arriba proviene a veces de quienes, al final de sus carreras dentro o cerca del torbellino político, se encuentran preguntándose de qué se trató todo aquello. ¿Qué vacíos deja una vida de intensa preocupación por esa “caducidad del tiempo presente”, especialmente para aquellos cuyas esperanzas de progreso en la ciudad terrenal pueden haber sido más amplias de lo que San Agustín nos dijo que debíamos esperar?
El “Mi reino no es de este mundo” no se puede descartar con un encogimiento de hombros mientras se miran las últimas encuestas.
Pero el autor que he citado toca un problema real. ¿Cómo es posible vivir una vida más contemplativa si poner rumbo a las colinas no es una opción “realista” en las circunstancias de uno? Eso puede ser especialmente urgente para quienes se encuentran tanto repelidos —negativamente— por lo que hoy pasa por política y razón en nuestra cultura, sistema político e Iglesia, como llamados —positivamente— a una unión más cercana con Dios.
Una fuente rica para considerar esta cuestión es la obra del P. Donald Haggerty de Nueva York. En su libro, The Contemplative Hunger, el P. Haggerty se pregunta si una “revolución contemplativa” podría estar teniendo lugar en la Iglesia que “no proviene solo de los contemplativos que oran en clausuras y monasterios”. Puede que estemos en una época en la que muchos se sienten atraídos por un mayor silencio y soledad, y el P. Haggerty ofrece mucho para ayudar a quienes sienten esa atracción.
En un libro relacionado, The Hour of Testing: Spiritual Depth and Insight in a Time of Ecclesial Uncertainty, el P. Haggerty se pregunta si la confusión propagada por algunas autoridades católicas que traicionan verdades inmutables del Magisterio podría hacer tomar conciencia de que la Iglesia está pasando por una Pasión desde dentro, tal vez incluso una representación final del sufrimiento de Cristo.
Algunos católicos encontrarán en esta época un llamado a la contemplación y a un mayor ascetismo, en las colinas o en sus ciudades:
“Con la cultura secular oscurecida por una hostilidad hacia la verdad, y la Iglesia quizás demostrando poco valor moral en su liderazgo, las almas de Dios pueden tener una de dos opciones. En casos raros, pueden elegir alguna forma de separación de la sociedad y una vida de mayor soledad y silencio orante. La otra posibilidad es permanecer en el mundo, pero mientras se vive en el mundo, abrazar un compromiso con la oración que parecería inapropiado y excesivo en tiempos más ordinarios… Las almas contemplativas en una última era de la Iglesia serán servidoras de una santa preservación de la fe de una manera similar a los escribas monásticos en los monasterios de la Edad Oscura.”
Estos contemplativos deberían estar preparados para ser tildados de raros, antisociales, cobardes, irresponsables, vagos o algo peor, mientras que su entrega a Dios los volverá “inadecuados para la mera vida mundana”. Sin embargo, serán exactamente la levadura que la Iglesia y el mundo necesitan desesperadamente en este momento.
Sobre el autor:
Joseph Wood es profesor asistente universitario en la Escuela de Filosofía de The Catholic University of America. Es un filósofo peregrino y un ermitaño de fácil acceso.