Por David G Bonagura, Jr.
Estaba escuchando el podcast La Biblia en un año cuando aparecieron estas líneas de 2 Crónicas 28:3: “[El rey Acaz] quemó incienso en el valle del hijo de Hinón, y quemó a sus hijos como ofrenda, según las prácticas abominables de las naciones que el Señor había arrojado de delante de los hijos de Israel”.
“Pausá eso”, interrumpió mi hijo de seis años. No me había dado cuenta de que estaba escuchando con más atención que yo. “¿Por qué hizo eso?”. Mi hijo entendió la gravedad del asunto, y su tono revelaba aborrecimiento y confusión. “Porque era malo”, fue mi sobresaltada y poco inspirada respuesta. Pero los chicos pequeños tienen una forma de superar a sus padres, especialmente cuando reciben respuestas poco satisfactorias. “¿Por qué era malo?”.
“Porque eligió desobedecer a Dios”, intervino mi mujer. “Cuando no seguimos la voluntad de Dios, el corazón del hombre puede volverse hacia la oscuridad, y como resultado hacen cosas malas”. Nuestro hijo, bien formado en El Señor de los Anillos e inadecuadamente formado en Batman por gentileza de sus hermanos mayores, comprendió la conexión entre la oscuridad y el mal. La conversación terminó ahí.
Pero seguí considerando, no tanto su pregunta —el perenne problema del mal—, sino cómo la realidad del mal lo impactó a un nivel visceral. Suelo pensar en “el problema del mal” en contextos académicos y apologéticos, lo cual no está mal, aunque el aula despoje al mal de su conmoción y gravedad.
Cuando nos enfrentamos al mal de frente, las respuestas racionales, aunque sin duda desempeñan un papel al lidiar con él, pueden sonar como una flecha de bambú golpeando un tanque de acero. Lo cual puede explicar por qué, cuando me encuentro con noticias de un mal horrendo, paso a otra cosa lo más rápido posible en lugar de detenerme en ello.
La respuesta académica y apologética al problema del mal es correcta. Dios, que es infinitamente bueno y completo en Sí mismo, creó el mundo y los seres que habitan en él para compartir Su amor. Todo lo que creó es, a diferencia de Él, finito y sujeto al cambio; los seres intelectuales hechos a Su imagen poseen libertad, a través de la cual tienen el poder de elegir el bien. Pero el cambio puede causar destrucción, como ocurre con los desastres naturales y las enfermedades; la libertad puede usarse mal para infligir el mal a otros. Dios permite que el mal ocurra solo porque puede sacar un bien mayor de él.
Este es un argumento racional. Pero dada la fuerza perturbadora del mal, este argumento requiere una fe firme para ser aceptado verdaderamente. Quienes no tienen fe se quedan desconcertados en el mejor de los casos, o enojados en el peor, mientras ven cómo se desata el mal o lo padecen ellos mismos. Hace veinte años, Heather Mac Donald, del Manhattan Institute y no creyente, escribió que atribuir el bien a Dios pero disculparlo por el mal parece tener “un doble rasero de un tipo que haría que incluso la acción afirmativa parezca justa”.
Un ingrediente principal para formar una fe firme es una comprensión adecuada de Dios, a quien no se puede entender simplemente como otra persona más, ni siquiera como una superpersona, sujeta a los mismos juicios o dobles raseros que nosotros. Él es fundamentalmente distinto de lo que somos nosotros.
Cuando lo juzgamos según los parámetros humanos —incluyendo preguntarnos por qué no intervino para detener un mal— cometemos un enorme error de categoría, similar a juzgar a los perros según los parámetros humanos. ¿Acaso a un perro doméstico que ataca y mata a un ser humano se le deberían leer sus derechos, encarcelarlo, asignarle un abogado, obligarlo a esperar meses para un juicio, darle una selección de ropa elegante para la ocasión y permitirle elegir si declara en su propio favor?
Para nosotros, el hecho de que Dios permita el mal parece absurdo, contradictorio, injusto, cruel y tiránico. Pero Dios habita un reino que supera nuestra comprensión. Reconocer este hecho no es disculparlo; es reconocer la realidad de quién y qué es Él.
El ser de Dios incluye Su omnisciencia. Para Él, a diferencia de nosotros, el pasado, el presente y el futuro comprenden un solo momento. Él conoce el bien que seguirá a un mal antes de que el mal ocurra; nosotros tenemos que esperar y preguntarnos si ese bien llegará alguna vez, e incluso especular cuál podría ser ese bien. “Bajo nuestra condición de mortalidad”, escribe San Agustín en La ciudad de Dios, “no podemos observar todo el diseño [del universo], en el cual estas pequeñas partes, que resultan tan desagradables, encajan para formar un esquema de belleza ordenada”.
Tal vez el mayor desafío de la fe sea no confiar en que Dios es el Padre amoroso que ha revelado ser. Cuando las cosas no salen a nuestro favor, podemos sucumbir rápidamente a la perniciosa tentación de reducir a Dios a nuestro nivel. “Reduzcamos a Dios a nuestra propia imagen; a imagen del hombre lo debilitamos, mezquino y llorón lo creamos”.
Entonces es fácil culpar a Dios por nuestros problemas e incriminarlo cuando no responde. Las incriminaciones generalmente siguen tres líneas: no existe, no le importa, o es vengativo.
Ninguna de estas concepciones es cierta. La importancia del argumento académico que describe la naturaleza de Dios y cómo el mal coexiste con Él regresa aquí con fuerza. Puede reconstruir la confianza —la fe— que hemos perdido si estamos dispuestos a luchar seriamente con ello.
El argumento no tiene una fuerza visceral; no puede curar heridas ni quitar el dolor. Sin embargo, puede ayudarnos a sanar espiritualmente al garantizar que, a pesar de lo horribles que puedan ser las cosas, Dios tiene que estar al control; Él tiene que estar con nosotros; Él tiene que tener un plan para la situación, incluso si no lo vemos.
Cuando la fe fortifica la razón, especialmente el razonamiento teológico de la Iglesia, la razón puede, tal vez de manera inesperada, fortificar una fe tambaleante, desafiada y necesitada de un impulso.
Sobre el autor:
David G. Bonagura, Jr. es autor, más recientemente, de 100 Tough Questions for Catholics: Common Obstacles to Faith Today, y traductor de Jerome’s Tears: Letters to Friends in Mourning. Profesor adjunto en el Seminario St. Joseph y en la Catholic International University, se desempeña como editor de religión de University Bookman, una revista de reseñas de libros fundada en 1960 por Russell Kirk. Su sitio web personal se encuentra aquí.