«Misa Azteca»: La catedral de Los Ángeles convierte el altar en escenario para un espectáculo musical

«Misa Azteca»: La catedral de Los Ángeles convierte el altar en escenario para un espectáculo musical
OSV News photo/Reese Cuevas, courtesy Archdiocese of Los Angeles

La Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles, sede de la arquidiócesis de Los Ángeles (California, Estados Unidos), acogió el pasado 27 de junio un espectáculo musical y escénico titulado «Misa Azteca». No se trató de una celebración eucarística, sino de un concierto representado en el presbiterio de la catedral, donde el entorno del altar sirvió como escenario para una producción que fusionó el texto del Ordinario de la Misa con poesía en náhuatl, teatro, danza e instrumentos indígenas.

La producción, organizada por los propios coros de la catedral como concierto de clausura de la temporada musical 2025-2026, contó con la colaboración de la Grandeza Mexicana Folk Ballet Company y de la Latino Theater Company. El programa oficial define la obra como un oratorio que combina las oraciones de la Misa romana con los Cantares Mexicanos, una recopilación de poesía indígena pre y posconquista, con el propósito de «unir dos mundos».

Un espectáculo representado en el presbiterio de la catedral

La velada comenzó con una entrada ceremonial de bailarines vestidos con grandes penachos y trajes inspirados en las culturas prehispánicas, seguida de una representación teatral sobre las apariciones de la Virgen de Guadalupe. Después se sucedieron diversas coreografías y números de danza —entre ellos «Danza Azteca», «Los Misioneros», «La Aparición», «La Procesión», «Concheros» y «Huapango»— antes de la interpretación de los ocho movimientos de la denominada «Misa Azteca», desde el Kyrie hasta el Ite, missa est.

La interpretación estuvo dirigida por José Juan Delgadillo y reunió a los Coros de la Catedral, una orquesta de cámara y los solistas Dalia Rosibel, Delia Ríos y Joey Molina. En el libreto del concierto, el propio director invita al público a contemplar la historia de Nuestra Señora de Guadalupe «a través del canto, la música y la danza», presentando la producción como la culminación de la temporada de conciertos de la catedral.

El compositor asegura que la obra nació de una inspiración «del cielo»

El autor de la composición, Joseph Julián González, explicó que comenzó a concebir la obra a principios de la década de 1990 mientras conducía desde Los Ángeles hacia el Valle Central de California.

Según relató al semanario Angelus, comenzó a escuchar mentalmente el Kyrie de la Misa latina acompañado por ritmos de danza azteca, una experiencia que interpretó como una inspiración sobrenatural.

«Llevo treinta años trabajando como compositor profesional para cine y televisión y nunca había experimentado que una obra completa llegara de golpe a mi mente. Estoy convencido de que vino del cielo», afirmó el compositor.

OSV News photo/Reese Cuevas, courtesy Archdiocese of Los Angeles

El Ordinario de la Misa mezclado con elementos de la religiosidad nahua

El libreto distribuido por la propia catedral muestra que la obra no consiste únicamente en una musicalización del Ordinario de la Misa. Los textos litúrgicos aparecen entrelazados con composiciones tomadas de los Cantares Mexicanos y con referencias procedentes de la tradición religiosa nahua.

Así, el Kyrie incorpora invocaciones a Ipaltinemi, término traducido como «el Dador de la Vida», mientras que el séptimo movimiento recibe el título de «Salve Regina Tonantzín», combinando la tradicional antífona mariana con referencias presentes en el mundo prehispánico. Todo ello forma parte del planteamiento artístico con el que el programa presenta la obra como la unión de dos tradiciones culturales a partir del acontecimiento guadalupano.

El problema no es la cultura, sino la pérdida del sentido de lo sagrado

La riqueza cultural de los pueblos evangelizados ha encontrado desde hace siglos un lugar en la vida de la Iglesia. El empleo del náhuatl, de melodías tradicionales o de la devoción guadalupana no supone, por sí mismo, una ruptura con la tradición católica. La cuestión es si esos elementos permanecen al servicio de la liturgia o si terminan alterando el sentido del templo y del espacio reservado al culto.

Un ejemplo lo ofreció la Mass of the Americas, compuesta por Frank La Rocca e impulsada por el arzobispo Salvatore Cordileone. La obra incorporó himnos marianos mexicanos e incluso un Ave María en náhuatl, pero lo hizo respetando plenamente la celebración litúrgica y el carácter sagrado del templo. La música acompañaba el culto divino y enriquecía la liturgia sin invadir el espacio reservado a los santos misterios.

Lo sucedido en la Catedral de Los Ángeles responde a una lógica distinta. No hubo una celebración eucarística, sino un concierto escénico desarrollado íntegramente en el presbiterio. El programa oficial incluyó una sucesión de danzas, representaciones teatrales y coreografías en el entorno del altar antes de la interpretación de la obra musical, cuyo libreto entrelaza las oraciones del Ordinario con textos procedentes de los Cantares Mexicanos e introduce referencias como Ipaltinemi y un movimiento titulado «Salve Regina Tonantzín».

La Iglesia siempre ha evangelizado las culturas, incorporando a la música sacra expresiones propias de los distintos pueblos sin perder nunca el sentido del culto divino. Precisamente por eso resulta significativa la diferencia entre una obra concebida para acompañar la liturgia y un espectáculo representado en el lugar donde habitualmente se celebra el Sacrificio eucarístico.

En la Catedral de Los Ángeles no se celebró una Misa, sino un concierto. Sin embargo, la elección del presbiterio como escenario, el uso del entorno del altar para las coreografías y representaciones, y la utilización del texto del Ordinario de la Misa como parte de una producción teatral y musical desdibujan el carácter propio de un espacio reservado al culto. Cuando el presbiterio de una catedral se convierte en el escenario de un espectáculo, el templo deja de manifestar con claridad aquello para lo que fue consagrado. La cultura puede y debe encontrar su lugar en la vida de la Iglesia, pero sin relegar a un segundo plano la sacralidad del espacio donde se celebra el misterio central de la fe católica.

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