A prueba del vacío

A prueba del vacío
Matelda by George Dunlop Leslie, 1859 [private collection]

Por Michael Pakaluk

El domingo pasado, en la pequeña parroquia del pueblo de montaña donde estaba de vacaciones, cantaron —sorprendentemente— las nueve estrofas del famoso himno de Isaac Watts, “O God Our Help in Ages Past” (“Oh Dios, nuestro amparo en los tiempos pasados”). Se cantó como himno final, poniendo a prueba a aquellos feligreses más firmes en eso de no irse a sus autos hasta que termine el canto.

Seguramente te acordás de la parte que habla del “tiempo como un torrente que corre sin cesar”. Pero apuesto a que nunca cantaste estos versos:

Las tribus afanosas de carne y hueso,
con todas sus vidas y preocupaciones,
son arrastradas hacia abajo por la corriente,
y se pierden en los años subsiguientes.

¿Lúgubre? Sí, y sin embargo también verdadero. La mayoría de nosotros somos olvidados poco después de morir, ciertamente en lo que respecta a nuestro trabajo. Si tenemos suerte, los hijos y los nietos nos recordarán en sus oraciones. Pero incluso los más piadosos de nosotros no rezamos por nuestros tatarabuelos.

Ese himno es muy querido porque nos invita a mirar nuestros esfuerzos materiales desde el punto de vista de Dios. Vemos que todo aquello que ahora consideramos importante se reducirá a la nada. Esto debería liberarnos de la preocupación —“¿no es la vida más que el alimento y el vestido?”— si nos encomendamos a Dios.

Ese es un “si” importante. Bertrand Russell, en su libro La conquista de la felicidad, describe una técnica atea que es análoga al himno: “Cuando amenace alguna desgracia, considerá seriamente y con deliberación qué es lo peor que podría pasar. Una vez que hayas mirado de frente a esa posible desgracia, date razones sólidas para pensar que, después de todo, no sería un desastre tan terrible. Esas razones siempre existen ya que, en el peor de los casos, nada de lo que le pasa a uno tiene importancia cósmica”. En otro lugar, aconseja: pensá en lo insignificante que parecerá tu preocupación dentro de cien años.

Esa técnica, sin embargo, hace desaparecer tanto lo bueno como lo malo. Sin Dios, todas las personas de nuestra vida y todos nuestros bienes carecen de importancia cósmica. La vida sería “un cuento contado por un idiota”. El nihilismo estaría justificado. Dentro de cien años, tu cónyuge no tendrá ninguna importancia. Pasá a doscientos, y tu hijo tampoco. Pasá a mil, y tu país tampoco. Todo lo valioso es arrastrado hacia abajo por la corriente y “vuela olvidado como un sueño”.

Sabemos que en Cristo se nos promete la vida eterna. ¿Pero qué pasa con la inmunidad frente a la pérdida de cualquier bien? Suponé que alguien te dijera: “Acá hay una palabra especial, y si decís esta palabra mientras hacés algo bueno, entonces el valor de esa buena acción no será arrastrado por el tiempo, sino que se conservará para siempre”. ¿No estarías ansioso por conocer esa palabra y asegurarte de usarla?

Sería como tantas otras cosas en el cristianismo: casi sin esfuerzo podemos adquirir un gran bien, y todo lo que necesitamos hacer es no descuidar los medios ofrecidos. Cada día en la vida cristiana nos enfrentamos a una situación como la de Naamán, un general del rey de Aram que buscaba curarse de su lepra, y lo único que tenía que hacer era lavarse en el río siete veces. (2 Reyes 5)

Me refiero a ofrecer las cosas buenas de nuestra vida a Dios. De esto, santo Domingo Savio o san Juan Vianney —el Santo Cura de Ars— decía: “¡Oh, qué cosa tan hermosa es hacer todas las cosas en unión con el buen Dios! Ánimo, alma mía; si trabajás con Dios, vos ciertamente harás el trabajo, pero Él lo bendecirá; vos caminarás, y Él bendecirá tus pasos”.

Hasta acá, habla de la bendición. Pero luego pasa a la conservación: “Todo se tendrá en cuenta, el privarse de una mirada, de alguna gratificación; todo quedará registrado”.

En su Catecismo, el santo incluso utiliza la posibilidad de ofrecer algo como una prueba de su bondad. (Era duro con el baile. Pero esa serie de televisión tan provocativa que te resulta tan cautivadora, ¿estará Dios complacido con que la mires, como una ofrenda?).

Los santos reconocieron dos momentos clave en los que se puede pronunciar esa “palabra especial” para que abarque cada pensamiento, palabra y acción a lo largo del día: a saber, en el “ofrecimiento de la mañana” y en la Sagrada Misa.

Los ofrecimientos de la mañana pueden ser cortos y sencillos, y probablemente deberían serlo para un laico. Me encantan un par de jaculatorias de san Felipe Neri: “¡Señor, hoy es el día en que empiezo!” y “Oh Señor, mantené tu mano este día sobre Felipe; si no lo hacés, Felipe te traicionará”. Pero estas no son, estrictamente, ofrendas.

La más hermosa que conozco es de santa Matilde, la asombrosa monja benedictina del siglo XIII, y probablemente la dama, Matelda, que es alabada por su excelsa sabiduría por Dante en el Purgatorio. Las líneas clave de su oración son:

Único Amado de mi alma, te ofrezco mi corazón como una rosa en flor, cuya belleza pueda atraer tus ojos durante todo el día, y cuya fragancia pueda deleitar tu Divino Corazón.

Te ofrezco también mi corazón, para que puedas usarlo como una copa, en la que puedas beber la dulzura de tu propio Ser, junto con todo lo que te dignes obrar en mí durante este día.

Además, te ofrezco mi corazón como una granada, de un sabor sumamente dulce y digno de tu banquete real, para que al comerlo lo transformes de tal modo en Ti mismo que, en el futuro, se sienta felizmente dentro de Ti;

y, al mismo tiempo, te ruego que cada pensamiento, palabra, obra y toda mi voluntad sean dirigidos hoy según el buen placer de tu muy bondadosa Voluntad.

Matilde relató que después de que Jesús le dictó esta oración, añadió: “Repetís esta palabra en cada una de tus acciones, cuando las comiences… y tené confianza en Dios, que la obra que estás haciendo entonces nunca podrá perecer”.

La palabra del Señor permanece por encima del torrente que corre sin cesar.

Sobre el autor

Michael Pakaluk, especialista en Aristóteles y Ordinario de la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino, es profesor de Economía Política en la Busch School of Business de la Catholic University of America. Vive en Hyattsville, Maryland, con su esposa Catherine, también profesora en la Busch School, y sus hijos. Su colección de ensayos, The Shock of Holiness (Ignatius Press), ya está disponible. Su libro sobre la amistad cristiana, The Company We Keep, ya está disponible en Scepter Press. Fue colaborador en Natural Law: Five Views, publicado por Zondervan el pasado mayo, y su libro más reciente sobre el Evangelio salió con Regnery Gateway en marzo, Be Good Bankers: The Economic Interpretation of Matthew’s Gospel. Podés seguirlo en Substack en Michael Pakaluk.

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