Por Robert Royal
En Magnifica humanitas, el Papa León invoca la historia bíblica de Nehemías reconstruyendo las murallas de Jerusalén como una alternativa conmovedora al esfuerzo de la Torre de Babel por llegar al Cielo sin Dios. Es un buen recordatorio, pero de algo más de lo que el Papa indicó. En los días de las ciudades amuralladas, reconstruir las murallas era una medida defensiva, que establecía un perímetro seguro antes de que la reconstrucción de la ciudad misma pudiera llevarse a cabo. Había amenazas afuera, y adentro: “la mitad de mis servidores trabajaba en la construcción, y la otra mitad sostenía las lanzas, escudos, arcos y corazas… cada uno labraba en la obra con una mano y sostenía su arma con la otra”. (Nehemías 4:16-17)
Y una vez que las murallas fueron reconstruidas, Nehemías hizo que el sacerdote Esdras recitara públicamente la Ley de Moisés ante todo el pueblo, que se comprometió de nuevo con la Alianza.
Si pudiera tener un deseo en este aniversario, es que nosotros —al menos muchos de nosotros— lleguemos a darnos cuenta de que Estados Unidos debe ser defendido además de consagrado de nuevo. Desarrollamos una alergia a esta verdad porque no queremos parecer “defensivos”. Pero sin una defensa, aquellos que son ofensivos —y son legión— harán lo que quieran con nosotros y con muchas otras naciones.
Esto no se detiene ahí. La defensa existe para que podamos construir, y abundantemente —tanto en un sentido físico como moral— porque el tiempo siempre está desgastando las cosas. Debemos trabajar no solo para mantener lo que tenemos, sino para extenderlo para nosotros mismos y para aquellos que vendrán después.
En un tiempo confuso y disputado como el nuestro, eso parece imposible porque nuestras divisiones son tan profundas que ni siquiera podemos ponernos de acuerdo sobre lo que significaría reconstruir.
Pero acá hay una propuesta. Todos los años, durante casi un cuarto de siglo, estuve dirigiendo un Seminario de Verano sobre la Sociedad Libre en la República Eslovaca, fundado por el gran católico y estadounidense, Michael Novak. En la sesión de clausura, guío a los estudiantes a través de “The Gift Outright”, un poema que Robert Frost leyó en la asunción de nuestro primer presidente católico, John F. Kennedy (Kennedy le había pedido a Frost que escribiera algo para la ocasión, lo cual hizo, pero el día estaba tan soleado —y los ojos envejecidos de Frost tan débiles— que no pudo leer el texto, y en su lugar recitó este poema de memoria).
Lamenta cómo los estadounidenses siguieron siendo coloniales, hasta que cambiaron. Termina:
Algo que estábamos reteniendo nos hacía débiles
Hasta que descubrimos que éramos nosotros mismos
A quienes estábamos reteniendo de nuestra tierra de vivos,
Y de inmediato encontramos la salvación en la entrega.
Tal como éramos nos entregamos por completo
(El acto de entrega fue muchos actos de guerra)
A la tierra que se realizaba vagamente hacia el oeste,
Pero aún sin historia, sin arte, sin realzar,
Tal como era, tal como llegaría a ser.
Esa transformación no fue pacífica (“muchos actos de guerra”), pero fue sentida, un regalo libre para un futuro incierto, en resumen, lo único que podría renovarnos a todos, de cualquier convicción, una vez más: un amor incondicional por esta tierra.
Sobre el autor
Robert Royal es editor en jefe de The Catholic Thing y presidente del Faith & Reason Institute en Washington, D.C. Sus libros más recientes son The Martyrs of the New Millennium: The Global Persecution of Christians in the Twenty-First Century, Columbus and the Crisis of the West y A Deeper Vision: The Catholic Intellectual Tradition in the Twentieth Century.