La Sala IV de la Cámara Federal de Casación argentina tiene en sus manos, a estas horas, decidir si sigue viva o prescribe la causa por trata de personas y reducción a la servidumbre que sostienen 44 mujeres, captadas de niñas o adolescentes entre 1972 y 2015 para acabar de numerarias auxiliares del Opus Dei. La cuestión sobre la mesa ya no es si aquello sucedió; es si sucedió hace demasiado tiempo. En Roma, entre tanto, León XIV despachaba en febrero con el prelado Ocáriz y con su vicario auxiliar, Mariano Fazio —cuya declaración indagatoria reclama desde julio la fiscalía federal—, y les confirmaba que la reforma de los estatutos de la Obra, ordenada hace ya casi cuatro años, sigue «en fase de estudio» y sin fecha. En Buenos Aires se juzga un sistema; en Roma se estudia cómo reformarlo sin nombrarlo. Y en ambos expedientes falta la pieza que los explica: los textos donde ese sistema quedó enunciado por su autor, con todas las letras, para consumo interno. Me hace llegar un buen amigo uno de esos textos: el tomo de meditaciones Mientras nos hablaba en el camino, impreso en Roma en 2000, cuya autenticidad la Obra nunca ha desmentido. Entre sus páginas 143 y 155 figura la meditación que José María Escrivá predicó a los suyos el 12 de marzo de 1961 bajo el título «El buen pastor». Hay que leerla despacio, porque frase a frase dice bastante más de lo que sus editores advirtieron al imprimirla.
En esa meditación cuenta Escrivá una escena de carretera castellana: unos hombres clavaban en tierra unos palos gruesos, tendían alrededor una red —«por eso se llama redil», explicó— y la dejaban abierta por un solo lado; después, uno llamaba a las ovejas a grandes gritos, «palabras que guardaban un no sé qué de cariño», y las ovejas iban entrando. «¡Qué escena tan actual!», celebró. Tenía razón, aunque no en el sentido que él creía. Pocas veces un autor ha suministrado una imagen tan exacta de su propio sistema: afecto en la boca de entrada, red alrededor, apertura en una sola dirección. Las trece páginas que siguen se emplean en construir exactamente eso con materiales del capítulo décimo de San Juan.
Formalmente es una exhortación a la confesión frecuente y a la apertura de conciencia, y en sus dos tercios es ascética convencional que firmaría cualquier director de ejercicios. La carga va en el tercio restante, y empieza por una operación quirúrgica sobre el texto sagrado. La meditación trabaja Juan 10, 1-13 y cita, con puntualidad de notario, diez de sus trece versículos: el 1, el 2, el 3, el 4, el 5, el 8, el 10, el 11, el 12 y el 13. Faltan tres. El 6 es una acotación del evangelista y su ausencia no significa nada. Los otros dos son el 7 y el 9: exactamente aquellos donde Cristo dice ego sum ostium —«yo soy la puerta de las ovejas»; «yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará», en la versión oficial de la Conferencia Episcopal—. La omisión no es distracción, es necesidad estructural, porque la puerta, en esta meditación, se desdobla. Para las ovejas sigue siendo Cristo —«cada uno de vosotros ha entrado por la puerta, por el amor de Cristo»—; para los pastores, el criterio de paso legítimo cambia de manos: «¿Sabéis quién es, para mis ovejas, el buen pastor? El que tiene misión otorgada por mí». En Juan la puerta es una sola y es la misma para el pastor que para el rebaño. Los dos versículos que impiden el desdoblamiento son los dos que no están.
Instalado en el hueco, el fundador ocupa el pronombre. Las ovejas de Cristo pasan a ser «mis ovejas». «Por mi boca os habla especialmente Jesucristo, porque yo especialmente en su nombre soy el buen Pastor»: el adverbio repetido hace todo el trabajo. «Dios os pedirá cuenta si no atendéis mis indicaciones». Y cuando la tesis necesita respaldo, el procedimiento es siempre el mismo: pregunta propia, respuesta propia, atribución divina retroactiva. «¿Y no podrían ir otros pastores a buscar a mis ovejas y apacentarlas? No. ¡No! Y no soy yo quien lo afirma sino el mismo Señor». El Señor, en Juan 10, no afirma nada sobre la dirección espiritual de una institución fundada en 1928; la exégesis se presenta como cita. La escala de valores queda tasada en una enumeración memorable: «Papas, conoceréis muchos; yo he conocido a varios. Cardenales, a montones. Obispos, más aún… pero Fundador del Opus Dei no hay más que uno». Cardenales a montones; fundador, pieza única. La jerarquía entera, cotizada por debajo del carisma propio en la única bolsa que aquí importa, la de la escasez.
El reverso de la operación es la suerte que corre el resto del clero católico. Los «ladrones y salteadores» de la parábola, que en el evangelio son quienes carecen de misión eclesial, pasan a designar a sacerdotes con licencias del Ordinario, es decir, aprobados por la Iglesia, que quedan reclasificados como «el extraño» y «el mal pastor» del que hay que huir, «aunque sean buenos pastores de otras ovejas y aunque sean santos», «aunque hagan milagros». Santidad y milagros, los dos criterios con que la Iglesia reconoce la aprobación divina, declarados insuficientes frente a la deputación interna; la dirección espiritual, en cambio, «compete a los Directores locales, laicos, ¡laicos!». Y para completar el arsenal, el compelle intrare de Lucas: donde el evangelio manda empujar a los extraños hacia dentro del banquete, la meditación invierte el vector y apunta la coacción hacia el interior, contra los propios hermanos, en escalada adjetival que merece lápida: «santa coacción», «bendita coacción, de amor», y por fin «esta hermosísima coacción de caridad, lejos de quitar la libertad a vuestro hermano, le ayuda delicadamente a administrarla bien». Cuatro adjetivos sucesivos sobre un sustantivo que no se toca. La coacción, redefinida como asesoría en la administración de la libertad ajena.
El corazón mecánico del texto es un doble vínculo de manual, y lo asombroso es que está enunciado sin pudor. Primero la concesión jurídica, solemne: «todos mis hijos gozan de la más absoluta libertad para confesarse con cualquier sacerdote aprobado por el Ordinario», sin obligación de comunicarlo a los Directores. Acto seguido, la anulación: «¿Uno que proceda así peca? ¡No! ¿Tiene buen espíritu? ¡No! Se ha puesto en camino de escuchar la voz del mal pastor». El propio Escrivá comprime el sistema en cuatro palabras que ningún crítico habría formulado mejor: «Podemos y no podemos. ¿Y peco? No. ¿Y tengo que decirlo a los Directores? No. Pero insisto: ¡ay de ti!, ¡pobre, pobrecito mío!». La maldición profética fundida con el diminutivo materno en la misma frase. El derecho sobrevive únicamente como materia de su propia renuncia: el primer sacrificio del buen hijo consiste en «no ejercitar aquel derecho —porque lo poseemos— si lo podemos evitar, y lo podemos evitar siempre o casi siempre». El inciso conserva la ficción jurídica dentro de la oración que la vacía.
Adviértase la arquitectura: tres capas normativas. En la jurídica, puedo. En la moral, no peco; se concede dos veces, con signos de admiración. Y en la tercera, la del «espíritu», caen sanciones que ningún pecado de este pasaje acarrea: «extravío de la paz y de la alegría», «precipicio», «abismo», «posible perdición del alma», «miserable», «canceroso que no se quería curar», y la cláusula terminal: «si de veras queréis ser santos; si no, estáis de más». De donde se sigue, por pura lógica interna del texto, algo teológicamente extraordinario: un alma puede llegar a la posible perdición sin haber cometido pecado alguno en el trayecto. O la meditación es incoherente, o el «buen espíritu» funciona como categoría soteriológica paralela a la ley moral y por encima de ella: la lealtad institucional rastrea la salvación allí donde el pecado no llega. Y el único pecado que el pasaje adjudica de verdad no recae en quien ejerce su derecho, sino en los espectadores insuficientemente coactivos: «no excusaría de pecado a los que convivieran con aquel hijo mío, porque no habrían sabido darle los medios para perseverar, medios a los que tenía derecho». El derecho individual a elegir confesor se renuncia como prueba de fidelidad; el derecho que se afirma con energía es el derecho a ser presionado.
Hay además dos deslices que valen por una confesión. El primero, sobre el sigilo: «yo no confesaba de ordinario a ninguno de mis hijos, porque no juzgaba lógico quedarme con las manos atadas por el sigilo sacramental. Ellos, voluntariamente, me lo contaban todo, ¡todo!, fuera de la Confesión. De esta manera la dirección espiritual iba adelante espléndidamente». El sello sacramental, presentado como impedimento operativo del que gobierna y no como protección del penitente: la inversión exacta de la finalidad de la institución. El adverbio «voluntariamente» llega después de que el propio discurso haya definido la reserva como cobardía, mal espíritu y motivo de sobra, esto es, después de abolir las condiciones de la voluntariedad que invoca. Y no es anécdota fundacional clausurada: «como siguen haciendo ahora todos en la conversación fraterna con el Director». En la cúspide, la fusión completa de fuero y gobierno, en ambas direcciones: «ahora me confieso con un hermano vuestro, y cuando me levanto, se arrodilla él para que lo confiese yo». El segundo desliz asoma cuando hay que ilustrar el daño de confesarse fuera: aquel confesor, ante otra alma «que está pensando en solicitar la admisión en el Opus Dei, quizá se lo quitara de la cabeza». El libro de daños corre hacia el flujo vocacional. En la misma página, la doctrina del Cuerpo Místico —que es la Iglesia— se desliza sin costura hacia «el cuerpo entero de la Obra». Y el argumento entero descansa sobre una premisa que lo delata: tras asegurar que «ese confesor guardará el sigilo sacramental, desde luego», el «pero» siguiente imagina a ese mismo confesor orientando su consejo según lo sabido en confesión. Para probar que hay que confesarse dentro, necesita suponer que los de fuera hacen exactamente lo que el sigilo prohíbe.
El resto es la instalación del clima: todos pastores de todos («todos sois el buen pastor»), corrección fraterna «a veces con la mirada», «ninguno es un verso suelto», oves et milites Christi; y la reserva, patologizada sin descanso: quien no lo cuenta todo, «hasta las más nimias», es «un loco», su corazón está «podrido», hace falta «meter el bisturí, y cauterizar». Con esa antropología instalada, el doble vínculo ya no parece coacción: parece terapia. Todo bajo la norma fundacional enunciada con refranero: «la ropa sucia se lava en casa». Merece recordarse que la Iglesia había legislado ya contra esto: el canon 530 del Código de 1917 prohibía a los superiores inducir «de cualquier modo» la manifestación de conciencia de los súbditos, precisamente porque el legislador sabía que no hace falta precepto donde basta el terror espiritual. La razón de la norma no admite discusión, y esta meditación es su caso de manual.
Roma disolvió en 2025 el Sodalicio de Vida Cristiana con los abusos de conciencia en el centro del expediente. Nadie sensato equiparará los crímenes personales de un Figari con la biografía de Escrivá, y este artículo no lo hace. Pero la tecnología de gobierno es idéntica pieza a pieza: aislamiento del consejo externo, catastrofización de la salida, transparencia total hacia arriba, sacralización del fundador. Cada elemento está en estas trece páginas, en voz del fundador, en 1961, impreso por la propia institución en 2000. La pregunta, por tanto, no es psicológica ni póstuma; es eclesial: qué significa que la Iglesia canonizara en 2002, en un proceso célebre por su celeridad, al autor de un sistema cuyas réplicas hoy disuelve por decreto. «¡Qué escena tan actual!», dijo el Padre ante el redil de Castilla, la red tendida y las palabras de cariño en la única puerta. Es lo único de esta meditación que no ha envejecido.
De las trece páginas de la meditación «El buen pastor», predicada el 12 de marzo de 1961 y recogida en el tomo de meditaciones internas Mientras nos hablaba en el camino (Josemaría Escrivá de Balaguer, edición interna del Opus Dei, Roma, 2000, pp. 143-155), bastan cinco pasajes para entender el sistema que hoy examinan los tribunales argentinos. Todas las citas que siguen proceden de esa edición.
El primero redefine la presión sobre el hermano como acto de amor. Partiendo del compelle intrare evangélico —donde la coacción del banquete se dirige a extraños—, Escrivá invierte el vector y la apunta hacia dentro:
«También a cada uno de vosotros os debe escuchar vuestro hermano, cuando ejercitáis la corrección fraterna, a veces con la mirada, a veces con la consideración que el caso exija. En otras ocasiones, podéis acordaros de aquel compelle intrare del Evangelio. Si el Señor quería que obligaran a ir al banquete a personas extrañas, ¡cuánto más querrá que uséis una santa coacción, una bendita coacción, de amor, con los hermanos vuestros, ovejas del mismo rebaño de Jesucristo! Esta hermosísima coacción de caridad, lejos de quitar la libertad a vuestro hermano, le ayuda delicadamente a administrarla bien. No lo olvidéis».
J. Escrivá, «El buen pastor» (12-III-1961), Mientras nos hablaba en el camino, Roma, 2000, pp. 143-155.
Cuatro adjetivos sucesivos sobre un sustantivo —coacción— que nunca se retira. El segundo pasaje establece quién habla, con qué autoridad y sobre ovejas de quién:
«Tomad vuestras notas, y grabad en vuestro corazón lo que os digo. Porque no sólo os habla un sacerdote: es el Fundador, y no hay más que uno. Papas, conoceréis muchos; yo he conocido a varios. Cardenales, a montones. Obispos, más aún… pero Fundador del Opus Dei no hay más que uno, aunque sea de tan poco fundamento como yo: ¡uno sólo! Y Dios os pedirá cuenta si no atendéis mis indicaciones. Por mi boca os habla especialmente Jesucristo, porque yo especialmente en su nombre soy el buen Pastor. […] ¿Sabéis quién es, para mis ovejas, el buen pastor? El que tiene misión otorgada por mí. […] Gente que no conoce el Opus Dei, no está en condiciones de actuar como pastor de mis ovejas, aunque sean buenos pastores de otras ovejas y aunque sean santos».
Ibid.
La jerarquía entera tasada por debajo del carisma propio, y las ovejas de Cristo convertidas en «mis ovejas». Sobre esa autoridad se monta el mecanismo central, un doble vínculo enunciado sin pudor: el derecho a confesarse fuera existe, pero ejercerlo tiene precio en una tercera capa normativa —el «espíritu»— donde caen sanciones que ningún pecado acarrea:
«Todos mis hijos gozan de la más absoluta libertad para confesarse con cualquier sacerdote aprobado por el Ordinario, y no se encuentra obligado a decir a los Directores de la Obra que lo ha hecho. ¿Uno que proceda así peca? ¡No! ¿Tiene buen espíritu? ¡No! Se ha puesto en camino de escuchar la voz del mal pastor. […] Si el alma […] requiere el oportuno y rápido consejo, la dirección espiritual más intensa, no debe buscarse fuera de la Obra. Quien se comportara de otro modo, se apartaría voluntariamente del buen camino e iría hacia el abismo; sin duda, habría perdido el buen espíritu. […] Si tú hicieras esto, tendrías mal espíritu, serías un desgraciado. Por ese acto no pecarías, pero ¡ay de ti! […] ¡Propósitos! ¡Claridad de ideas! Podemos y no podemos. ¿Y peco? No. ¿Y tengo que decirlo a los Directores? No. Pero insisto: ¡ay de ti!, ¡pobre, pobrecito mío!».
Ibid.
El cuarto pasaje revela para qué sirve ese embudo. El secreto de confesión, presentado como estorbo operativo del que gobierna, y una práctica que el propio texto declara vigente:
«Hijos míos, ¡abrid el alma! Vuestros primeros hermanos os han dejado un ejemplo colosal. Yo no los quería confesar. Ahora me confieso con un hermano vuestro, y cuando me levanto, se arrodilla él para que lo confiese yo. Llevamos ya muchos años así. Pero, al comienzo, yo no confesaba de ordinario a ninguno de mis hijos, porque no juzgaba lógico quedarme con las manos atadas por el sigilo sacramental. Ellos, voluntariamente, me lo contaban todo, ¡todo!, fuera de la Confesión. De esta manera la dirección espiritual iba adelante espléndidamente y las almas se santificaban. […] como siguen haciendo ahora todos en la conversación fraterna con el Director».
Ibid.
La «voluntariedad» llega después de que el discurso haya calificado la reserva de cobardía y mal espíritu. Y el cierre convierte la renuncia al derecho en prueba de pertenencia, con la insularidad elevada a norma fundacional:
«Y vosotros debéis estar dispuestos a afrontarlos todos también. Y el primero resulta bien claro: no ejercitar aquel derecho —porque lo poseemos— si lo podemos evitar, y lo podemos evitar siempre o casi siempre. Propósito firme: el primer sacrificio consiste en no olvidar, en la vida, lo que expresan en Castilla de modo muy gráfico: que la ropa sucia se lava en casa. La primera manifestación de que os dais, es no tener la cobardía de ir a lavar fuera de la Obra la ropa sucia. Si de veras queréis ser santos; si no, estáis de más. […] os decidiréis con buen sentido a no usar de ciertos derechos, para conseguir, en cambio, una mayor eficacia en la labor de vuestra santificación y de la santificación de toda la Obra».
Ibid.
Aislamiento del consejo externo, sacralización del fundador, anulación práctica de un derecho formalmente concedido y transparencia total hacia arriba: cada pieza está enunciada por su autor, para consumo interno, e impresa por la propia institución.
Fuente de las citas: Josemaría Escrivá de Balaguer, meditación «El buen pastor» (12 de marzo de 1961), en Mientras nos hablaba en el camino, tomo de meditaciones de circulación interna, Opus Dei, Roma, 2000, pp. 143-155. Los fragmentos se reproducen al amparo del derecho de cita (art. 32.1 de la Ley de Propiedad Intelectual) con fines de información, análisis y juicio crítico.