Santa coacción: Escrivá y el gobierno de las conciencias

Santa coacción: Escrivá y el gobierno de las conciencias

La Sala IV de la Cámara Federal de Casación argentina tiene en sus manos, a estas horas, decidir si sigue viva o prescribe la causa por trata de personas y reducción a la servidumbre que sostienen 44 mujeres, captadas de niñas o adolescentes entre 1972 y 2015 para acabar de numerarias auxiliares del Opus Dei. La cuestión sobre la mesa ya no es si aquello sucedió; es si sucedió hace demasiado tiempo. En Roma, entre tanto, León XIV despachaba en febrero con el prelado Ocáriz y con su vicario auxiliar, Mariano Fazio —cuya declaración indagatoria reclama desde julio la fiscalía federal—, y les confirmaba que la reforma de los estatutos de la Obra, ordenada hace ya casi cuatro años, sigue «en fase de estudio» y sin fecha. En Buenos Aires se juzga un sistema; en Roma se estudia cómo reformarlo sin nombrarlo. Y en ambos expedientes falta la pieza que los explica: los textos donde ese sistema quedó enunciado por su autor, con todas las letras, para consumo interno. Me hace llegar un buen amigo uno de esos textos: el tomo de meditaciones Mientras nos hablaba en el camino, impreso en Roma en 2000, cuya autenticidad la Obra nunca ha desmentido. Entre sus páginas 143 y 155 figura la meditación que José María Escrivá predicó a los suyos el 12 de marzo de 1961 bajo el título «El buen pastor». Hay que leerla despacio, porque frase a frase dice bastante más de lo que sus editores advirtieron al imprimirla.

En esa meditación cuenta Escrivá una escena de carretera castellana: unos hombres clavaban en tierra unos palos gruesos, tendían alrededor una red —«por eso se llama redil», explicó— y la dejaban abierta por un solo lado; después, uno llamaba a las ovejas a grandes gritos, «palabras que guardaban un no sé qué de cariño», y las ovejas iban entrando. «¡Qué escena tan actual!», celebró. Tenía razón, aunque no en el sentido que él creía. Pocas veces un autor ha suministrado una imagen tan exacta de su propio sistema: afecto en la boca de entrada, red alrededor, apertura en una sola dirección. Las trece páginas que siguen se emplean en construir exactamente eso con materiales del capítulo décimo de San Juan.

Formalmente es una exhortación a la confesión frecuente y a la apertura de conciencia, y en sus dos tercios es ascética convencional que firmaría cualquier director de ejercicios. La carga va en el tercio restante, y empieza por una operación quirúrgica sobre el texto sagrado. La meditación trabaja Juan 10, 1-13 y cita, con puntualidad de notario, diez de sus trece versículos: el 1, el 2, el 3, el 4, el 5, el 8, el 10, el 11, el 12 y el 13. Faltan tres. El 6 es una acotación del evangelista y su ausencia no significa nada. Los otros dos son el 7 y el 9: exactamente aquellos donde Cristo dice ego sum ostium —«yo soy la puerta de las ovejas»; «yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará», en la versión oficial de la Conferencia Episcopal—. La omisión no es distracción, es necesidad estructural, porque la puerta, en esta meditación, se desdobla. Para las ovejas sigue siendo Cristo —«cada uno de vosotros ha entrado por la puerta, por el amor de Cristo»—; para los pastores, el criterio de paso legítimo cambia de manos: «¿Sabéis quién es, para mis ovejas, el buen pastor? El que tiene misión otorgada por mí». En Juan la puerta es una sola y es la misma para el pastor que para el rebaño. Los dos versículos que impiden el desdoblamiento son los dos que no están.

Instalado en el hueco, el fundador ocupa el pronombre. Las ovejas de Cristo pasan a ser «mis ovejas». «Por mi boca os habla especialmente Jesucristo, porque yo especialmente en su nombre soy el buen Pastor»: el adverbio repetido hace todo el trabajo. «Dios os pedirá cuenta si no atendéis mis indicaciones». Y cuando la tesis necesita respaldo, el procedimiento es siempre el mismo: pregunta propia, respuesta propia, atribución divina retroactiva. «¿Y no podrían ir otros pastores a buscar a mis ovejas y apacentarlas? No. ¡No! Y no soy yo quien lo afirma sino el mismo Señor». El Señor, en Juan 10, no afirma nada sobre la dirección espiritual de una institución fundada en 1928; la exégesis se presenta como cita. La escala de valores queda tasada en una enumeración memorable: «Papas, conoceréis muchos; yo he conocido a varios. Cardenales, a montones. Obispos, más aún… pero Fundador del Opus Dei no hay más que uno». Cardenales a montones; fundador, pieza única. La jerarquía entera, cotizada por debajo del carisma propio en la única bolsa que aquí importa, la de la escasez.

El reverso de la operación es la suerte que corre el resto del clero católico. Los «ladrones y salteadores» de la parábola, que en el evangelio son quienes carecen de misión eclesial, pasan a designar a sacerdotes con licencias del Ordinario, es decir, aprobados por la Iglesia, que quedan reclasificados como «el extraño» y «el mal pastor» del que hay que huir, «aunque sean buenos pastores de otras ovejas y aunque sean santos», «aunque hagan milagros». Santidad y milagros, los dos criterios con que la Iglesia reconoce la aprobación divina, declarados insuficientes frente a la deputación interna; la dirección espiritual, en cambio, «compete a los Directores locales, laicos, ¡laicos!». Y para completar el arsenal, el compelle intrare de Lucas: donde el evangelio manda empujar a los extraños hacia dentro del banquete, la meditación invierte el vector y apunta la coacción hacia el interior, contra los propios hermanos, en escalada adjetival que merece lápida: «santa coacción», «bendita coacción, de amor», y por fin «esta hermosísima coacción de caridad, lejos de quitar la libertad a vuestro hermano, le ayuda delicadamente a administrarla bien». Cuatro adjetivos sucesivos sobre un sustantivo que no se toca. La coacción, redefinida como asesoría en la administración de la libertad ajena.

El corazón mecánico del texto es un doble vínculo de manual, y lo asombroso es que está enunciado sin pudor. Primero la concesión jurídica, solemne: «todos mis hijos gozan de la más absoluta libertad para confesarse con cualquier sacerdote aprobado por el Ordinario», sin obligación de comunicarlo a los Directores. Acto seguido, la anulación: «¿Uno que proceda así peca? ¡No! ¿Tiene buen espíritu? ¡No! Se ha puesto en camino de escuchar la voz del mal pastor». El propio Escrivá comprime el sistema en cuatro palabras que ningún crítico habría formulado mejor: «Podemos y no podemos. ¿Y peco? No. ¿Y tengo que decirlo a los Directores? No. Pero insisto: ¡ay de ti!, ¡pobre, pobrecito mío!». La maldición profética fundida con el diminutivo materno en la misma frase. El derecho sobrevive únicamente como materia de su propia renuncia: el primer sacrificio del buen hijo consiste en «no ejercitar aquel derecho —porque lo poseemos— si lo podemos evitar, y lo podemos evitar siempre o casi siempre». El inciso conserva la ficción jurídica dentro de la oración que la vacía.

Adviértase la arquitectura: tres capas normativas. En la jurídica, puedo. En la moral, no peco; se concede dos veces, con signos de admiración. Y en la tercera, la del «espíritu», caen sanciones que ningún pecado de este pasaje acarrea: «extravío de la paz y de la alegría», «precipicio», «abismo», «posible perdición del alma», «miserable», «canceroso que no se quería curar», y la cláusula terminal: «si de veras queréis ser santos; si no, estáis de más». De donde se sigue, por pura lógica interna del texto, algo teológicamente extraordinario: un alma puede llegar a la posible perdición sin haber cometido pecado alguno en el trayecto. O la meditación es incoherente, o el «buen espíritu» funciona como categoría soteriológica paralela a la ley moral y por encima de ella: la lealtad institucional rastrea la salvación allí donde el pecado no llega. Y el único pecado que el pasaje adjudica de verdad no recae en quien ejerce su derecho, sino en los espectadores insuficientemente coactivos: «no excusaría de pecado a los que convivieran con aquel hijo mío, porque no habrían sabido darle los medios para perseverar, medios a los que tenía derecho». El derecho individual a elegir confesor se renuncia como prueba de fidelidad; el derecho que se afirma con energía es el derecho a ser presionado.

Hay además dos deslices que valen por una confesión. El primero, sobre el sigilo: «yo no confesaba de ordinario a ninguno de mis hijos, porque no juzgaba lógico quedarme con las manos atadas por el sigilo sacramental. Ellos, voluntariamente, me lo contaban todo, ¡todo!, fuera de la Confesión. De esta manera la dirección espiritual iba adelante espléndidamente». El sello sacramental, presentado como impedimento operativo del que gobierna y no como protección del penitente: la inversión exacta de la finalidad de la institución. El adverbio «voluntariamente» llega después de que el propio discurso haya definido la reserva como cobardía, mal espíritu y motivo de sobra, esto es, después de abolir las condiciones de la voluntariedad que invoca. Y no es anécdota fundacional clausurada: «como siguen haciendo ahora todos en la conversación fraterna con el Director». En la cúspide, la fusión completa de fuero y gobierno, en ambas direcciones: «ahora me confieso con un hermano vuestro, y cuando me levanto, se arrodilla él para que lo confiese yo». El segundo desliz asoma cuando hay que ilustrar el daño de confesarse fuera: aquel confesor, ante otra alma «que está pensando en solicitar la admisión en el Opus Dei, quizá se lo quitara de la cabeza». El libro de daños corre hacia el flujo vocacional. En la misma página, la doctrina del Cuerpo Místico —que es la Iglesia— se desliza sin costura hacia «el cuerpo entero de la Obra». Y el argumento entero descansa sobre una premisa que lo delata: tras asegurar que «ese confesor guardará el sigilo sacramental, desde luego», el «pero» siguiente imagina a ese mismo confesor orientando su consejo según lo sabido en confesión. Para probar que hay que confesarse dentro, necesita suponer que los de fuera hacen exactamente lo que el sigilo prohíbe.

El resto es la instalación del clima: todos pastores de todos («todos sois el buen pastor»), corrección fraterna «a veces con la mirada», «ninguno es un verso suelto», oves et milites Christi; y la reserva, patologizada sin descanso: quien no lo cuenta todo, «hasta las más nimias», es «un loco», su corazón está «podrido», hace falta «meter el bisturí, y cauterizar». Con esa antropología instalada, el doble vínculo ya no parece coacción: parece terapia. Todo bajo la norma fundacional enunciada con refranero: «la ropa sucia se lava en casa». Merece recordarse que la Iglesia había legislado ya contra esto: el canon 530 del Código de 1917 prohibía a los superiores inducir «de cualquier modo» la manifestación de conciencia de los súbditos, precisamente porque el legislador sabía que no hace falta precepto donde basta el terror espiritual. La razón de la norma no admite discusión, y esta meditación es su caso de manual.

Roma disolvió en 2025 el Sodalicio de Vida Cristiana con los abusos de conciencia en el centro del expediente. Nadie sensato equiparará los crímenes personales de un Figari con la biografía de Escrivá, y este artículo no lo hace. Pero la tecnología de gobierno es idéntica pieza a pieza: aislamiento del consejo externo, catastrofización de la salida, transparencia total hacia arriba, sacralización del fundador. Cada elemento está en estas trece páginas, en voz del fundador, en 1961, impreso por la propia institución en 2000. La pregunta, por tanto, no es psicológica ni póstuma; es eclesial: qué significa que la Iglesia canonizara en 2002, en un proceso célebre por su celeridad, al autor de un sistema cuyas réplicas hoy disuelve por decreto. «¡Qué escena tan actual!», dijo el Padre ante el redil de Castilla, la red tendida y las palabras de cariño en la única puerta. Es lo único de esta meditación que no ha envejecido.



Apéndice. Reproducimos a continuación, íntegra, la meditación «El buen pastor» (12-III-1961), según el tomo de meditaciones internas Mientras nos hablaba en el camino (Roma, 2000, pp. 143-155).

Un día de retiro, una jornada en la que el Señor nos concede especialmente gracias para considerar nuestro fin: santificarnos y santificar. Pero hoy yo querría señalaros una vez más cuál es el espíritu nuestro en un medio maravilloso de santificación, en un medio que está instituido por Jesucristo, porque es sacramento: la Confesión. Y, a partir de esa institución divina, deseo haceros algunas consideraciones sobre otro medio que es también una muestra de cariño materno de la Obra: la dirección espiritual con el Director, la charla fraterna.

Como de costumbre, me he traído unos libros, fichas y papeles. Algunas veces sucede que, después, durante la meditación, me voy por otros caminos y no les hago caso. Pero a este libro sí le hago caso, siempre, porque es el Evangelio, y yo no pretendo hablar más que palabras de vida, las de Jesucristo Nuestro Señor.

En el redil de Cristo

Abramos el Evangelio de San Juan por el capítulo décimo: Amen, amen dico vobis, qui non intrat per ostium in ovile ovium, sed ascendit aliunde, ille fur est et latro [1]; en verdad, en verdad os digo, que quien no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que sube por otra parte, ése es un ladrón y salteador.

¡Hijos míos!, paz para vuestro corazón y para mi corazón. Nosotros no somos ladrones ni salteadores, porque hemos entrado per ostium; el que entra por la puerta, es pastor de las ovejas. A éste abre el portero, y las ovejas escuchan su voz, y él llama por su nombre a las ovejas propias y las saca fuera [2]. El Señor, el Buen Pastor, abre su redil, y las ovejas escuchan su voz, y Él las conoce a todas, una por una. ¡Qué vieja parece esta escena!, ¿verdad? Pero no penséis que sea tan antigua que no se repita hoy. Al contrario, sigue cargada de actualidad. Recuerdo que una vez, yendo por una carretera de Castilla, vimos a unos hombres que clavaban en tierra unos palos gruesos, fuertes; después tendían una red –por eso se llama redil- formando un círculo, que dejaban abierto por una parte. Al final, uno comenzó a pronunciar a grandes gritos palabras que guardaban un no sé qué de cariño. Y acudían las ovejas, e iban entrando. Él las llamaba una a una; y decía un piropo a ésta, y acariciaba a otra. Conocía a todas. ¡Qué escena tan actual!

¡Hijos míos!, ¡hijos de mi alma!: no me olvidéis que cada uno de vosotros ha entrado por la puerta, por el amor de Cristo. Sois ovejas del mismo redil y al mismo tiempo, de algún modo, además de ovejas de ese redil, cada uno de vosotros ha de ser también buen pastor de esas ovejas. Y que, si tiene el deber de dejarse conducir y responder por su nombre, tiene también el deber, no menos fuerte, de contribuir a la santidad y a la perseverancia de sus hermanos.

Si alguna vez, yo viese flaquear a uno, y flaquear hasta el extremo de perder su felicidad terrena y quizá la eterna; no excusaría de pecado a los que convivieran con aquel hijo mío, porque no habrían sabido darle los medios para perseverar, medios a los que tenía derecho.

Ninguno de vosotros está solo, ninguno es un verso suelto: somos versos del mismo poema, épico, divino. Y a cada uno de vosotros, como a mí, nos interesa que no se rompa esta unidad, esta armonía, unidos como un gran rebaño, como un gran ejército, oves et milites Christi, camino de la santidad.

Acudir al buen Pastor

Et cum proprias oves emiserit, ante eas vadit, et oves illum sequuntur, quia sciunt vocem eius [3] . El pastor, cuando ha hecho salir a sus ovejas, camina delante de todas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Debemos seguir a los que desempeñan el oficio de buenos pastores. También a cada uno de vosotros os debe escuchar vuestro hermano, cuando ejercitáis la corrección fraterna, a veces con la mirada, a veces con la consideración que el caso exija. En otras ocasiones, podéis acordaros de aquel compelle intrare del Evangelio [4]. Si el Señor quería que obligaran a ir al banquete a personas extrañas, ¡cuánto más querrá que uséis una santa coacción, una bendita coacción, de amor, con los hermanos vuestros, ovejas del mismo rebaño de Jesucristo! Esta hermosísima coacción de caridad, lejos de quitar la libertad a vuestro hermano, le ayuda delicadamente a administrarla bien. No lo olvidéis.

Yo ya no soy joven. No lo digo por darme el gusto de llamarme viejo, sino porque siento el deber de transmitiros esta idea, que parece de poca importancia, y sin embargo tiene mucho relieve. Tomad vuestras notas, y grabad en vuestro corazón lo que os digo. Porque no sólo os habla un sacerdote: es el Fundador, y no hay más que uno. Papas, conoceréis muchos; yo he conocido a varios. Cardenales, a montones. Obispos, más aún… pero Fundador del Opus Dei no hay más que uno, aunque sea de tan poco fundamento como yo: ¡uno sólo! Y Dios os pedirá cuenta si no atendéis mis indicaciones. Por mi boca os habla especialmente Jesucristo, porque yo especialmente en su nombre soy el buen Pastor. E insisto en que cada uno de vosotros es también buen pastor.

Alienum autem non sequuntur [5], las ovejas no siguen al pastor extraño. Significa que, al apartarse de esta enseñanza de Jesús, comienza la equivocación que lleva al extravío de la paz y de la alegría, y a la posible perdición del alma. Porque a veces, en vez de huir del extraño – alienum autem non sequuntur-, alguno podría alejarse de sus Directores, de sus hermanos; y acudir a un hombre lo suficientemente ignorante o imprudente o poco avisado, capaz de conducirle adelante por el camino de la perdición.

Hijos míos, vosotros debéis formular el propósito firme de no cometer esa equivocación en vuestra vida. El mismo Señor, por medio de San Juan, nos advierte que no hay que buscar consejo fuera, que eso sería como ir voluntariamente al precipicio. ¡Se debe huir del extraño: sed fugiunt ab eo! [6], ¡debéis escuchar sólo la voz del buen pastor!

¿Sabéis quién es, para mis ovejas, el buen pastor? El que tiene misión otorgada por mí. Y yo la doy ordinariamente a los Directores y a los sacerdotes de la Obra. Gente que no conoce el Opus Dei, no está en condiciones de actuar como pastor de mis ovejas, aunque sean buenos pastores de otras ovejas y aunque sean santos. Para mis hijos, no son el buen pastor del que habla Jesucristo. ¿Está claro? Sed fugiunt ab eo! [7]. Seguid el consejo del Maestro: huir. ¿Por qué habríamos de escuchar la voz de quien no conoce el espíritu de nuestra Obra? Hay que oír la voz del buen pastor, de los que han recibido la misión para apacentar las ovejas del Opus Dei. Todos los demás no son pastores con esa misión específica.

El médico que puede curar

Hijos míos, quiero ahora que consideremos lo que está indicado en nuestro Derecho particular. Os he repetido miles de veces que soy muy amigo de la libertad, como también se que mis hijos tienen sentido común. No puedo aceptar que ningún Director local – que ha de intervenir para abrir las puertas del Opus Dei a esas ovejas de Cristo- se muestre tan corto que haya permitido entrar a quienes no discurran como me detendré a explicaros ahora en concreto.

En la Obra, todos debemos acudir al sacramento de la Confesión al menos una vez por semana. Conviene que os confeséis con los sacerdotes que están designados. Podéis hacerlo con cualquier sacerdote que cuente con licencias del Ordinario. De esta manera, yo defiendo la libertad, pero con sentido común. Todos mis hijos gozan de la más absoluta libertad para confesarse con cualquier sacerdote aprobado por el Ordinario, y no se encuentra obligado a decir a los Directores de la Obra que lo ha hecho. ¿Uno que proceda así peca? ¡No! ¿Tiene buen espíritu? ¡No! Se ha puesto en camino de escuchar la voz del mal pastor.

Ciertamente, como la mayor parte de los miembros del Opus Dei viven en sus casas, en los lugares más diversos, no siempre podrán dirigirse a los sacerdotes de la Obra, y algunas veces se confesarán con otros. Cuando así actúen, al abrir su conciencia, se despertará un suavísimo aroma de campo cuajado, bendecido por el Señor [8], la fragancia de una vida entregada plenamente a Dios y embellecida por la delicadeza de conciencia. Pero si, en algún caso, en su alma no se diera esa situación, conviene que se ponga en manos de su hermano, el buen pastor, aun cuando para eso haya de emplear medios que se salgan de lo corriente.

Si el alma en circunstancias particulares necesita una medicación –por decirlo así- más cuidadosa, esto es, si se requiere el oportuno y rápido consejo, la dirección espiritual más intensa, no debe buscarse fuera de la Obra. Quien se comportara de otro modo, se apartaría voluntariamente del buen camino e iría hacia el abismo; sin duda, habría perdido el buen espíritu.

Decidme: un enfermo que se quiere curar, ¿qué hace? Va a un médico determinado, que le conoce. –Míreme bien, hágame análisis, tómeme la presión, la temperatura… y le reconoce, y le ausculta, y le mira por rayos X, bien examinado. Si el médico trabaja como debe, procurará que el enfermo, por debilidad, por inadvertencia, no deje de contarle alguna cosa que pueda ser de interés. Entonces el enfermo, si no es un loco, se apresurará a decir al médico todos los síntomas, todas las circunstancias, que a él le parece que son manifestaciones de su enfermedad, hasta las más nimias. No se le ocurre ir a un médico cualquiera –y luego a otro, y a un tercero, y a más…- para que le recete una aspirina, sino que corre al médico que le conoce bien.

Vosotros iréis a sacerdotes hermanos vuestros, como voy yo. Y les abriréis el corazón de par en par -¡podrido, si estuviese podrido!-, con sinceridad, con ganas de curaros; si no, esa podredumbre no se curaría nunca. Y del mismo modo se produce en la dirección espiritual personal, con el Director o con quien tenga el encargo de recibir vuestra charla fraterna. Si fuésemos a una persona que sólo puede curarnos superficialmente la herida… es porque seríamos cobardes, porque no nos conduciríamos como buenas ovejas, porque iríamos a ocultar la verdad, en daño de nuestra alma. Y causándonos este mal, buscando un médico de ocasión, sin capacidad de dedicarnos más que unos segundos, que no puede meter el bisturí, y cauterizar la herida, también estaríamos provocando un daño a la Obra. Si tú hicieras esto, tendrías mal espíritu, serías un desgraciado. Por ese acto no pecarías, pero ¡ay de ti!, habrías comenzado a errar, a equivocarte. Habrías empezado a oír la voz del mal pastor, al no querer curarte, al no querer poner los medios.

Estarías, además, perjudicando a los demás. Ese confesor guardará el sigilo sacramental, desde luego: todos los sacerdotes lo cuidan celosamente, siempre. Pero cuando se le presente otra alma a pedirle consejo, y le manifieste que está pensando en solicitar la admisión en el Opus Dei, quizá se lo quitara de la cabeza. Aquel confesor no podrá evitar el pensamiento: ¿ir al sitio donde está aquel miserable, aquel canceroso que no se quería curar?

Tú conoces la doctrina del Cuerpo Místico, de la Comunión de los Santos. Pues estarías haciendo daño a tus hermanos, y a los que están por venir, y a ti mismo, al cuerpo entero de la Obra. Porque además aquel mal pastor no venía a buscarte, habrías sido sólo tú el responsable. Porque ese otro, que no es buen pastor, al no conocer los remedios oportunos, non venit nisi ut furetur et mactet et perdat [9], no viene sino para robar y matar y causar estrago. Nosotros necesitamos vivir ese espíritu determinado y concreto que el Señor quiere. Nuestro espíritu está muy claro: nuestra ascética, nuestra mística, clarísima. Y, todo lo que sea deformar este espíritu, es robar y matar.

¡Propósitos! ¡Claridad de ideas! Podemos y no podemos. ¿Y peco? No. ¿Y tengo que decirlo a los Directores? No. Pero insisto: ¡ay de ti!, ¡pobre, pobrecito mío! Omnes quotquot venerunt fures sunt et latrones [10]. Los que no son el buen pastor, resultan ladrones y salteadores. Sólo es buen pastor el que, conociendo y viviendo el espíritu que anima tu vida, recibe esa misión de quien puede entregársela: a éste abre el portero, y las ovejas escuchan su voz, y él llama por su nombre a las ovejas propias y las saca fuera. Y, cuando ha hecho salir a sus propias ovejas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz [11]. Por eso, los miembros del Opus Dei, si de verdad quieren ser fieles, no siguen a un extraño, sino que huyen de él, porque no conocen la voz de los extraños [12].

¿Y no podrían ir otros pastores a buscar a mis ovejas y apacentarlas buen? No. El Señor lo dice terminantemente: qui non intrat per ostium in ovile ovium, sed ascendit aliunde, ille fur est et latro [13]; quien no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que sube por otra parte, es un ladrón y salteador. ¿Acaso no podrá acudir alguno de buena voluntad a dar una ayuda, a tomar un hatillo de ovejas y ofrecerles buen pasto, y volverlas al redil? No. ¡No! Y no soy yo quien lo afirma sino el mismo Señor. Los que no tienen misión encomendada por los Directores, no son buenos pastores, aunque hagan milagros. Porque el sacerdote que recibe la confesión no actúa solamente como juez, sino también como maestro, médico, padre: pastor. ¿Cómo podría ejercer bien esas funciones quien ignorase lo que Dios espera de nosotros, según la vocación que nos ha concedido? ¿Cómo, si no posee nuestro espíritu? ¿Cómo, si carece del mandato legítimo, y por tanto de la gracia especial para ejercitar bien su misión?

Ego sum pastor bonus. Bonus pastor animam suma dat pro ovibus suis [14]; Yo soy el Buen Pastor. El Buen Pastor sacrifica su vida por sus ovejas. Hijos míos, no importa que os lo cuente. Ocurrió hace muchos años. Vosotros sabéis que las instituciones promovidas por Dios sufren –sobre todo en los comienzos- la incomprensión, y que el Señor permite tantas contrariedades… A veces son los buenos quienes levantan la persecución. Objetivamente, una labor diabólica; subjetivamente, no la podemos juzgar.

Pues, en un momento duro, muy duro, hace años, el hijo mío que estaba en conocimiento de esas penas, encargó que se colocara en el cuarto de trabajo del Padre, junto a la puerta que se abre a la tribuna del oratorio de la Santísima Trinidad, una lápida de travertino con una reproducción del Buen Pastor que se encuentra en las catacumbas y estos versos de Juan del Enzina: tan buen ganadico, / y más en tal valle, / placer es guardalle. / Y tengo jurado / de nunca dejalle, / mas siempre guardalle. Desde el primer día, desde aquel 2 de octubre de 1928, siento el impulso divino, paterno y materno, hacia vosotros y hacia vuestras vidas. Nada de ninguno de vosotros me es extraño, ni de esos miles de hijas e hijos míos que no conozco.

Hizo muy bien vuestro hermano, en aquellas circunstancias de peligro, del que nos avisó el Cardenal Schuster. El Cardenal de Milán se comportó estupendamente; era un santo, y quizá alguno de vosotros lo veréis en los altares. Fueron a visitarme dos hijos míos, el Director y el sacerdote del Centro de Milán. El Cardenal les preguntó: ¿cómo está el Padre?; ¿conocen si ha encontrado alguna cruz? Le contestaron: pues no sabemos nada de especial, pero si la tiene, vivirá contento, porque siempre nos ha dicho que si encontramos la Cruz, es señal de que nos hallamos cerca de Cristo… El cardenal entonces añadió: comunicadle que esté preparado; que se acuerde de su paisano; San José de Calasanz, y que se mueva.

Efectivamente, vuestro Padre, un pobre hombre, pero que quiere portarse como buen pastor, se fue… Pero, dejemos esto por ahora, y guardad lo que os he referido en vuestro corazón.

Buen pastor. Pero también buenas ovejas. ¿Buenas ovejas? Sí, hijos míos: sí, sí; buenas ovejas. No dudo lo más mínimo de que todos seréis siempre buenas ovejas.

Abrir el alma con sinceridad

La dirección espiritual. En el Catecismo de la Obra habréis estudiado que, en primer término, compete a los Directores locales, laicos, ¡laicos! También imparte la dirección espiritual el sacerdote designado, en el ejercicio de su ministerio. Pero ninguno forma su capillita, su grupito. No se tolera ninguna división, nadie puede sostener: yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cefas, yo de Cristo. ¿Acaso Cristo se ha dividido? [15]. Fulanito no es director espiritual, porque en la Obra la dirección espiritual se ejercita sólo in actu; en otras palabras, el Director laico, cuando recibe la charla fraterna o van a consultarle algo; y el sacerdote cuando confiesa.

También vosotros, cada uno de vosotros, con la corrección fraterna, asume el deber de una dirección espiritual prudente, pero heroica, con los otros hermanos que se encuentran cerca de él. Todos sois el buen pastor. Todos, por el hecho de estar en el Opus Dei, realizamos esta misión, que significa el deber y el derecho sacrosanto de ayudar a santificarse a los demás.

Ego sum pastor bonus. Bonus pastor animam suma dat pro ovibus suis [16]; Yo soy el buen pastor. El buen pastor sacrifica su vida por sus ovejas. Hace todos los sacrificios. Y vosotros debéis estar dispuestos a afrontarlos todos también. Y el primero resulta bien claro: no ejercitar aquel derecho –porque lo poseemos- si lo podemos evitar, y lo podemos evitar siempre o casi siempre. Propósito firme: el primer sacrificio consiste en no olvidar, en la vida, lo que expresan en Castilla de modo muy gráfico: que la ropa sucia se lava en casa. La primera manifestación de que os dais, es no tener la cobardía de ir a lavar fuera de la Obra la ropa sucia. Si de veras queréis ser santos; si no, estáis de más.

Cuando me noto enfermo… Ya sabéis que a temporadas lo he estado; y en el año actual habéis visto que apenas he podido bajar a veros. Hoy, en cuanto ha sabido que hacíais el retiro, he llamado el Rector, porque tenía ganas, verdaderos deseos de pasar un rato con vosotros… Pues os decía que, cuando me encuentro más enfermo, acudo con mayor frecuencia al médico; y le dejo que me examine, que palpe donde quiera, y contesto a todas sus preguntas. Si no, me comportaría como un loco. Pues llevad este comportamiento a la vida espiritual.

El buen pastor da la vida por sus ovejas. Pero el mercenario y el que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, viendo venir al lobo desampara las ovejas y huye, y el lobo las arrebata y dispersa el rebaño. El mercenario huye, porque es asalariado y no tiene interés alguno en las ovejas [17]. Ahí tenéis el relato exacto de cómo se comporta el hombre que no ha recibido la misión de apacentar la grey. Si es buen sacerdote, hace lo justo, da unos consejitos genéricos: procure usted mejorar, rece un avemaría… ¡Qué misión de doctor, de médico, de padre, ni de juez! Y ahí descubrís, también, el fin desgraciado del que imprudentemente busca el consejo de un pastor extraño.

Hijos míos, ¡abrid el alma! Vuestros primeros hermanos os han dejado un ejemplo colosal. Yo no los quería confesar. Ahora me confieso con un hermano vuestro, y cuando me levanto, se arrodilla él para que lo confiese yo. Llevamos ya muchos años así. Pero, al comienzo, yo no confesaba de ordinario a ninguno de mis hijos, porque no juzgaba lógico quedarme con las manos atadas por el sigilo sacramental. Ellos, voluntariamente, me lo contaban todo, ¡todo!, fuera de la Confesión. De esta manera la dirección espiritual iba adelante espléndidamente y las almas se santificaban.

Me preocupa la formación de la gente joven; siento el miedo de que se vuelvan un poco señoritos. En aquellos primeros tiempos vivíamos con una carencia de todo o de casi todo; maltratados, calumniados… Y siempre alegres, siempre sonrientes, siempre eficaces. Vuestros hermanos tenían que ir a la universidad, y dar clases, y trabajar, para ganarse la vida. Yo estoy contento de vosotros, hijos míos: sé que sois estudiosos y alegres. Pero rezad para que acertemos, de modo que todos mis hijos, desde jóvenes, se mantengan de lo que ganen y sepan lo que cuesta el dinero. Así no habrá ningún señoritismo.

Vuestros hermanos, os decía, me abrían el alma fuera de la Confesión, con sencillez y sinceridad total, como siguen haciendo ahora todos en la conversación fraterna con el Director. Hijos míos, que no os acobardéis porque tengáis en el corazón el fommes peccati. No os asustéis de nada. ¡Fieles de verdad! ¡Sinceros! ¡Sinceros! Actuemos con el sentido común y el espíritu sobrenatural de saber que si el Padre, por ser padre y por ser madre, deja las cosas muy anchas, vosotros, por ser ovejas firmes, seguras, para permitir trabajar al buen pastor, os decidiréis con buen sentido a no usar de ciertos derechos, para conseguir, en cambio, una mayor eficacia en la labor de vuestra santificación y de la santificación de toda la Obra, de la santificación de vuestros hermanos y de tantas almas, y de la Iglesia.

Santa María, Refugio de los pecadores y Madre nuestra, presenta estos propósitos ante el trono de Dios, y vuélvelos eficaces con tu intercesión poderosa.

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