Conversión y Pasión de Cristina Campo, la mujer que redactó el Breve Examen Crítico de la Misa de los cardenales Ottaviani y Bacci (I)

Por: Una católica (ex)perpleja

Conversión y Pasión de Cristina Campo, la mujer que redactó el Breve Examen Crítico de la Misa de los cardenales Ottaviani y Bacci (I)

Sí. Fue una mujer laica quien redactó el Breve Examen Crítico de la Misa que los cardenales Bacci y Ottaviani se responsabilizaron de firmar ante Pablo VI en 1969. Pero no fue un trabajo de franco-tirador, sino un meticuloso trabajo en equipo sobre el que vamos a reflexionar hoy y mañana, junto con la conversión a la fe católica de esta escritora italiana, siguiendo con las historias dedicadas a las personas que se dejaron la vida, de manera literal en este caso, luchando por conservar la tradición de la Iglesia durante las duras décadas que siguieron al Concilio Vaticano II.

Para conocer a Cristina Campo, nos vamos a centrar en tres fuentes, que recomiendo que lean en toda su extensión, por su belleza y crudeza: la biografía que escribió Cristina De Stefano; el capítulo que le dedica Jean Madiran en el primer volumen de su “Historia de la Misa prohibida”; y el artículo del P. Gabriel Díaz Patri recogido en la obra “The Latin Mass and the intellectuals”, de Joseph Shaw.

Decididamente, el postconcilio es la hora de los laicos que despertaron en los turbulentos tiempos posteriores al Concilio Vaticano II: justamente lo que el Concilio pedía. Aunque no era precisamente este tipo de laicos el que tenían en mente los revolucionarios conciliares.

Cristina Campo nació en Bolonia el 29 de abril de 1923, hija del músico Guido Guerrini y nieta del aún más famoso compositor Ottorino Respighi. Fue bautizada como Vittoria María-Angélica Marcella Cristina. Así, su nombre era Vittoria Guerrini; pero Cristina Campo fue el más conocido de los diversos pseudónimos con que firmaba sus obras literarias.

Su salud fue siempre frágil debido a una malformación congénita del corazón que le impidió llevar una vida similar a la de otros niños, razón por la cual vivió los primeros años de su vida en el parque del hospital Rizzoli de Bolonia, y estudió en casa, no siguiendo un proceso normal de escolarización. 

Su familia se mudó a Florencia, donde pasó su infancia y adolescencia. Más tarde se describió a sí misma, en una carta enviada a Mons. Marcel Lefebvre, de esta manera: “Una hija muy delicada de padres puros y rectos, pero sin una educación religiosa profunda (mi madre, música, era cristiana de alma y de vida, pero apenas conocía la religión; mi padre, compositor y escritor, no encontró la práctica católica hasta la víspera de su muerte (…). Yo no tuve nada de eso. Mis padres, con gran sensatez, me enviaron a un colegio inglés dirigido por monjas; pero, por desgracia, allí recibí aún menos educación cristiana que en casa. Más tarde, nacida para escribir, frecuenté círculos intelectuales. He conocido a muchas almas extraordinariamente nobles y generosas, pero en cuanto a la «salud moral a toda prueba», eso era algo muy poco conocido…”

Desde muy temprana edad, Cristina tuvo lo que ella llamaba un «temperamento místico», que se intensificó con la lectura de ciertos autores: sobre todo, del escritor austriaco Hugo von Hofmannsthal: «ella, al igual que “su Hofmannsthal”, tenía un sentido inusualmente agudo para los patrimonios espirituales y una angustia continua, de hecho, un terror a que esos bienes perecieran», como recordaría su amigo Ernesto Marchese. Y también Simone Weil. A ambos les descubrió en la década de 1940. 

Frecuentó en Florencia círculos de escritores e intelectuales, pero no hubo en ella en su juventud rastro en ella de la fe católica en la que había sido bautizada, más allá de un misticismo ecléctico. Fue en Roma donde su espiritualidad se definió mejor. A la Ciudad Eterna se trasladó con sus padres, por razones laborales del padre, en 1955, cuando contaba 32 años de edad. Ese mismo año escribió a su amiga, la escritora y música Margarita Dalmati: «Y con Dios seguimos girando uno alrededor del otro, como dos caballeros armados con lanzas buscando el punto adecuado para golpear». Y en otra carta del mismo año le confesó: «En verdad es difícil ser poeta, es decir, un instrumento de mediación, sin una fe exacta». «Lo intento a veces —una fuerza me arrastra—, pero de Dios no sé nada». En aquella época leía textos sobre religión comparada y las vidas de los santos. Sentía que el círculo del Amado Divino se estrechaba a su alrededor.

En Roma conoció al psiquiatra Ernst Bernhard por un problema de agorafobia que había comenzado a padecer en Florencia tres años antes. La primera pregunta que él le hizo en la terapia fue: «¿Cuál es tu postura respecto a tu tradición?». La relación del individuo con su propia tradición se convertiría en un tema recurrente en sus cartas y en un tema constitutivo de su pensamiento. Poco a poco, vio en la religión una respuesta a los problemas de la modernidad, que, precisamente debido a la pérdida de las antiguas tradiciones, ya no es capaz de transmitir al hombre una orientación espiritual, un sentido de su existencia.

En 1958 conoció a un joven intelectual brillante: Elémire Zolla. Rápidamente establecieron una «comunidad de vida y pensamiento» que, al principio, supuso intensificar esa búsqueda y estrechar sus lazos, aunque con el tiempo su relación se convertiría en el gran obstáculo en su camino. Si bien la relación con Zolla transformó su vida, había en ella una dificultad fundamental en el camino hacia la fe: Zolla estaba casado. Era un matrimonio civil y la relación había fracasado rápidamente, pero en aquella época no existía la ley del divorcio en Italia, e incluso una anulación eclesiástica no habría permitido a Zolla volver a casarse. Campo y Zolla, por lo demás, encajaban a la perfección y se enriquecían mutuamente porque, como explica el P. Gabriel Díaz Patri, eran como polos opuestos: ella impetuosa, él distante; ella centrada en unos pocos temas recurrentes, él ecléctico e inquieto. 

No se conoce exactamente cómo tuvo lugar la conversión de Cristina Campo: «el momento en que todo se reúne y se reconcilia». Parece haber sido un lento camino que se va cumpliendo con los años, un periodo de nuevos comienzos; algunos amigos hablaban de «un retorno», porque siempre se había sentido atraída por las cosas del espíritu. Otros, como el P. Paul Augustine Mayer, monje benedictino de la Abadía de San Anselmo en Roma, quien llegó a conocerla de manera profunda, hablaron de una profunda ruptura con un pasado que ella recordaría de entonces en adelante como «muy tormentoso».

Su biógrafa Cristina De Stefano señala que “la conversión de Cristina Campo a la religión católica es una historia secreta, difícil de descifrar (…). No se conoce con exactitud cómo se produjo esa conversión”.

Durante años había sentido un interés cada vez mayor por la religión católica, sentía curiosidad por la liturgia y le fascinaban los lugares sagrados. En el periodo previo a su conversión, solía visitar Subiaco con sus padres. Se sentía atraída por las abadías, por esos lugares silenciosos donde nació el monacato occidental. «Conduje 60 km con fiebre —allí arriba, hacia el crepúsculo, la cueva sagrada desierta—, las gargantas, el bosque sagrado, los frescos medio en la sombra. Como un sueño a punto de desvanecerse, al que uno dice: todavía no».

El 19 de marzo de 1964 fue por primera vez a la abadía de San Anselmo, en la colina romana del Aventino, residencia del Abad Primado de la Orden de San Benito y sede del Pontificio Instituto Litúrgico, donde vivían y viven monjes de todo el mundo para estudiar en Roma. Iba acompañada de su madre y de Zolla. Recordará claramente esa fecha, quizá porque su conversión tuvo lugar precisamente ese mismo día. Y, si no fue así, al menos fue por esas fechas. Más tarde escribiría: «Fue un momento grandioso, el de las Vísperas, para mí, han pasado siete años. Como para Adán en el Edén. Algo que apenas me atrevo a recordar, tan desgarrador es el pensamiento de no haber correspondido en absoluto a esos encuentros divinos “en la brisa del atardecer”». En 1966 escribió: «Se conocen muchas conversiones debidas a la predicación, pero la chispa puede encenderse con un solo y perfecto gesto litúrgico; hay quienes se han convertido al ver a dos monjes inclinarse profundamente juntos, primero ante el altar, luego el uno ante el otro, y luego retirarse a las profundidades de los bancos del coro». A su amiga Giuseppina Azzaro le confió haber tenido una verdadera y propia revelación, en «un momento que lo iluminó todo con sentido».

Sin duda, entre 1964 y 1965 algo le habló, llegando hasta ella desde distancias infinitas. Pasaba horas en las iglesias. Se sentaba a meditar en el monasterio de Tre Fontane; asistía a las vísperas en San Anselmo, quizá sin saber que treinta años antes, en 1937, Simone Weil se había sentado en esos mismos bancos.

En ese momento ocurrió un acontecimiento que supondría un duro golpe en su vida: en la víspera de Navidad de 1964, su madre falleció repentinamente. El funeral tuvo lugar en la cripta de San Anselmo, en una ceremonia discreta. Esta autorización inusual y otros indicios parecen confirmar que durante ese año 1964 no solo había frecuentado San Anselmo con regularidad, sino que también había mantenido contacto con los monjes.

Los meses siguientes fueron especialmente duros. Como escribió en una carta en junio de 1965: “Durante once meses mi trabajo principal (por no decir el único) fue el de enfermera. Una terrible caída (…) condenó a mi padre a un sufrimiento casi ininterrumpido, a peligros continuos y múltiples, a una condición de equilibrio inestable que a veces roza el milagro cotidiano. Es inútil, aunque fuera posible, describirte el efecto de una situación que ha desestabilizado muchas relaciones, ha tocado tantos misterios, ha establecido una geometría completamente nueva en mis pensamientos, así como en mis días. El Libro de Tobías… Acabo de empezar a leerlo en profundidad. A esto se suma (utilizo el mínimo de palabras, la desgracia enseña el «minus dicere») el estallido de una revolución espiritual que ha metamorfoseado por completo la poca rutina que quedaba de mi existencia. Pero esta historia no admite en absoluto una narración”.

Cristina De Stefano considera que, seguramente, este profundo y doloroso por la muerte de ambos progenitores con tan poca diferencia temporal aceleró su conversión: “lo que sí es cierto es que entre 1964 y 1965 hay algo que le habla, algo que la alcanza desde distancias infinitas. Pese al dolor, o quizá, precisamente, por el dolor”. Pasa horas en las iglesias, escucha vísperas en San Anselmo. 

Pero justo en ese momento, también, ese mundo que acababa de descubrir, que la había conquistado radicalmente y se había convertido en su refugio en este tiempo de prueba, aquel que probablemente sentía como el punto de llegada de su viaje espiritual e intelectual, su «tierra prometida», estaba amenazado.

El 8 de diciembre de 1965, después de tres años de trabajos, se clausura en Roma el Concilio Vaticano II. Su repercusión en la opinión pública fue vastísima. Desde el principio, Cristina vio cómo se formaban dos coaliciones contrapuestas entre los padres conciliares: los modernizadores, sobre todo alemanes, franceses y canadienses, y los conservadores, entre los que predominaban los latinos. Las conclusiones, resumidas en cuatro Constituciones, fueron moderadas, pero en los años sucesivos se aplicaron en sentido modernizador, lo que supuso la victoria a posteriori de este partido. El ejemplo más evidente es el de la liturgia. Si bien el concilio había ordenado la conservación del latín, admitiendo sólo en casos concretos el uso de las lenguas nacionales, los modernizadores crean un Consejo para la aplicación de la reforma litúrgica con el fin de llevar a cabo su línea: hacer más comprensible el rito, pasar del latín a la lengua vernácula, buscando involucrar más a los fieles. En menos de cuatro años el latín desaparece de la misa. Poco a poco se va prescindiendo del canto gregoriano. Todo un mundo desaparece: el Rorate del Adviento, el Gloria del domingo de Ramos, el Exsultet de la vigilia pascual, el Dies irae de la Misa de difuntos, el Te Deum de la acción de gracias, el Parce Domine de las desgracias pública. Cristina Campo, que había descubierto la belleza de la liturgia latina precisamente en esos años, se siente aterrorizada.

En ese año de 1965, cuando ella tenía 42 años, comenzaron a celebrarse en Italia las primeras misas en lengua vernácula y comenzó a hacerse evidente el alcance devastador de la reforma litúrgica de Pablo VI, que culminó en el Novus Ordo Missae. Cristina Campo se sintió conmocionada por ello y desarrolló un amor creciente por la misa tradicional

Tras su conversión, la relación sentimental que mantenía desde 1959 con Elémire Zolla se volvió inestable, aunque nunca finalizó. Zolla estaba casado y era un esoterista; Cristina Campo era una impetuosa buscadora de la verdad. Él quería desacatolicizarla; ella quería convertirlo. 

El P. Gabriel Díaz Patri recomienza el libro Cristina Campo o l’ambiguità della Tradizione del P. Francesco Ricossa para intentar comprender la complejidad de la figura de Cristina Campo y la historia de su conversión: “como señala acertadamente el P. Ricossa , al examinar el itinerario espiritual de la escritora – narra el P. Díaz Patri-, para ella era como si en un platillo de la balanza pesara su lucha por la Misa romana y en el otro una tendencia hacia el gnosticismo, alimentada por su relación con Zolla. Pero, concluye Ricossa, «Cristina Campo contribuyó a salvar la Misa: esperemos que esta generosa batalla haya contribuido a la salvación de su alma».

 

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