A las puertas del consistorio convocado por el papa León XIV, el sacerdote y teólogo italiano Nicola Bux ha dirigido una carta abierta al Pontífice en la que le pide que afronte sin demora algunas de las cuestiones más delicadas que han marcado la vida de la Iglesia en los últimos años. La misiva, difundida por el vaticanista Edward Pentin, está escrita en un tono filial, pero no oculta la urgencia que, a juicio de su autor, requieren asuntos como la relación con la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, las restricciones a la liturgia tradicional, la falta de respuesta a los dubia planteados por varios cardenales durante el pontificado de Francisco o la deriva doctrinal del Camino Sinodal alemán.
Bux, estrecho colaborador del entonces cardenal Joseph Ratzinger y posteriormente consultor de distintos dicasterios de la Santa Sede durante el pontificado de Benedicto XVI, considera que el nuevo Papa tiene una oportunidad histórica para sanar las divisiones internas de la Iglesia. En particular, le insta a retomar el camino de reconciliación abierto por Benedicto XVI con la Fraternidad San Pío X antes de que ésta lleve a cabo nuevas consagraciones episcopales sin mandato pontificio.
A continuación ofrecemos la traducción íntegra de la carta:
Santísimo Padre:
Con sentimientos de profunda y filial devoción me atrevo a dirigir a Vuestra Santidad este sentido llamamiento, después de haber tenido la gracia de colaborar primero con el cardenal Joseph Ratzinger y, posteriormente, con el Santo Padre Benedicto XVI, antes de dedicar estos últimos trece años a la oración, al sacrificio y a un trabajo discreto pero constante por la unidad de la Iglesia.
La Iglesia es el puente entre Dios y la humanidad, del cual el Papa es el pontifex; en efecto, ella es sinónimo de la paz que Cristo le ha señalado como su horizonte: edificar la Iglesia no es otra cosa que construir la paz; separar ambas realidades es socavar la misión del Evangelio. Por ello, suplico a Vuestra Santidad que continúe en esta única dirección, para resolver en la verdad —y solo en la verdad— las muchas «polarizaciones» que atraviesan el cuerpo eclesial. Ahora que hemos adquirido experiencia en el diálogo con personas y grupos fuera de la Iglesia, ¿no deberíamos también, y sobre todo, dialogar dentro de nuestra propia casa, haciendo todo lo posible para que ninguno de aquellos hermanos y hermanas que el Señor nos ha confiado se pierda?
Refiriéndome en particular a la grave decisión anunciada por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, le ruego que vuelva a tender el «puente» concebido por Benedicto XVI mediante el Motu Proprio Summorum Pontificum y, en consecuencia, mediante el levantamiento de la excomunión. Contemplando la realidad de tantos obispos que, con equilibrio, han logrado una armonía litúrgica en sus propias diócesis, Vuestra Santidad podría dar ejemplo concediendo a toda la Iglesia la posibilidad de celebrar, junto al nuevo rito, el antiguo rito romano, reafirmando al mismo tiempo la validez de la reforma litúrgica y la inviolabilidad del Concilio Vaticano II, así como de todos los demás concilios ecuménicos.
En cuanto al Synodaler Weg alemán, imploro al Santo Padre que aclare que el «camino sinodal» no puede deliberar sobre cuestiones de doctrina, moral y práctica sacramental, y que la acción pastoral no puede separarse de ellas; de lo contrario, el llamado «acompañamiento» nunca conducirá a la necesaria conversión, pues el pecador no sería apartado del pecado, sino que, por el contrario, sería confirmado en él e incluso se llegaría a su reconocimiento institucional. Vuestra Santidad ya ha afirmado que determinadas cuestiones divisivas «no pueden ser objeto de deliberaciones o decisiones por parte de una Iglesia particular», pero sin duda es consciente de que esta grave fractura podría extenderse a otros episcopados. La Iglesia solo es verdaderamente inclusiva si quienes desean entrar reciben la iniciación sacramental y quienes desean regresar recorren el camino penitencial.
Finalmente, Vuestra Santidad, le suplico que elimine otro obstáculo para la verdad y la comunión: la falta de respuesta, o la respuesta insuficiente, a los Dubia presentados por los cardenales sobre las cuestiones doctrinales y pastorales surgidas en los recientes sínodos. Muchos fieles de todo el mundo esperan esa respuesta, no en forma de una entrevista —las entrevistas reducen las palabras y el magisterio del Papa a una opinión más entre muchas—, sino mediante un documento de igual o mayor autoridad.
Los fieles necesitan ser confirmados en la verdad, la estabilidad y la sustancial inmutabilidad de la fe, porque el Espíritu Santo no puede negar aquello que ha inspirado en la Iglesia a lo largo de sus dos mil años de historia. Los fieles necesitan redescubrir, con san Ireneo, que Cristo trajo toda la novedad trayéndose a sí mismo, y que no cabe esperar ninguna otra novedad, salvo el anuncio siempre nuevo del Evangelio de Cristo.
Los fieles deben poder escuchar del Sucesor de Pedro, después de más de una década de confusión, que el Espíritu Santo verdaderamente hace nuevas todas las cosas, pero en el sentido de que las conduce a su cumplimiento definitivo (novus), en armonía —y no en contradicción— con todo aquello que ha inspirado hasta ahora.
En virtud de la prerrogativa indispensable del munus petrino, suplico a Vuestra Santidad que declare con claridad qué es verdad y qué es error, para que toda la Iglesia pueda conformarse a su palabra. Vuestra Santidad ha dicho con acierto que seguir a Cristo exige conversión y «que debemos buscar caminos para construir nuestra unidad sobre Jesucristo y sobre lo que Jesucristo enseña». Pues bien, Santo Padre, el único camino que conocemos para lograrlo consiste precisamente y únicamente en sostener la verdad. Le suplico que actúe con prontitud, Santo Padre. No permitamos que el cisma latente llegue a hacerse irreparable.
Rezamos por Vuestra Santidad con la firme esperanza de que, en el seno del Consistorio, pueda iniciar y conducir una reflexión fecunda sobre estas cuestiones tan urgentes.
En Cristo Jesús,
P. Nicola Bux
24 de junio de 2026
Fiesta de la Natividad de San Juan Bautista