Por Luis Lugo
«Hoy más que nunca es… importante reafirmar que la teoría de la «guerra justa»… está ahora desactualizada». Con esa audaz declaración, acentuada por las comillas de sospecha, el párrafo 192 de Magnifica humanitas parece barrer con casi dos mil años de enseñanza cristiana sobre este tema. Si ese fuera el caso, sería una gran ironía. Pues la enseñanza de la Iglesia sobre la guerra justa está estrechamente asociada con San Agustín de Hipona, la inspiración para la Orden de nuestro Papa agustino.
Algunos han interpretado la afirmación anterior como una simple señal de la creencia de que esta enseñanza ya no es útil, que está desgastada u obsoleta y que, en consecuencia, debería guardarse de forma segura en algún lugar de los archivos del Vaticano. El Papa León da cierto crédito a esta visión al invocar el legado de su predecesor inmediato.
La conexión con el Papa Francisco se hace explícita no solo en el uso de la palabra «reaffirm» (reafirmar), sino también por una referencia a pie de página a Fratelli tutti (258). En esa encíclica, el difunto pontífice expresó graves dudas sobre la validez continua de esta enseñanza. En otra ocasión fue aún más enfático, al afirmar categóricamente que ya no podemos hablar de guerras justas porque las guerras son siempre injustas.
Si eso no expresa una adopción de principios del pacifismo, ciertamente ha dado como resultado que muchas autoridades de la Iglesia adopten una especie de pacifismo funcional. La pregunta es si el Papa León pretende ahora, tanto con esta encíclica como con sus contundentes declaraciones sobre la guerra de Irán, dar el siguiente paso y respaldar abiertamente una postura pacifista. Aunque es comprensible, esa conclusión tal vez sea un poco demasiado apresurada.
Para empezar, debemos observar atentamente los dos puntos suspensivos en la cita inicial. La primera afirmación omitida, que aquí pongo en cursiva, dice: «Hoy más que nunca, sin perjuicio del derecho a la legítima defensa en el sentido más estricto». La segunda sigue a continuación: «es importante reafirmar que la teoría de la «guerra justa», que con demasiada frecuencia se ha utilizado para justificar cualquier tipo de guerra, está ahora desactualizada».
La primera afirmación ratifica claramente una comprensión clásica del derecho a la legítima defensa, que siempre ha sido un pilar fundamental de la tradición de la guerra justa. Esto por sí solo contradice cualquier intento de dar un matiz pacifista a la encíclica. Con la segunda afirmación, el Papa advierte con razón contra las aplicaciones excesivamente amplias de este principio. Pero exigir una aplicación más rigurosa de un principio es diferente de repudiarlo; es otra forma de afirmar su validez.
La relevancia continua de la teoría de la guerra justa se asume en todas partes en esta sección de la encíclica. Por ejemplo, en su enérgica condena al uso de la fuerza por parte de actores no estatales, incluidos «los grupos yihadistas, las milicias privadas y las redes criminales». (196) Esta es simplemente una forma indirecta de afirmar otro principio importante de la guerra justa, a saber, que para que las guerras sean justas, deben ser libradas por una autoridad legítima. Como bien señaló San Agustín, al determinar la justicia de una guerra, «depende mucho de las causas por las que los hombres emprenden las guerras y de la autoridad que tienen para hacerlo».
La encíclica se apoya en otros principios fundacionales de la guerra justa. Que la guerra debe ser un último recurso, por ejemplo, lo cual es otra consideración importante para determinar la moralidad de cualquier guerra dada. En ese sentido, la encíclica sostiene claramente «el principio de que la fuerza armada debe utilizarse como último recurso en casos de legítima defensa legítima». (197)
Además, la encíclica también afirma ciertos principios relacionados con la conducta justa en la guerra. Uno de ellos implica mantener la distinción crucial entre combatientes y no combatientes. Otro es «el principio de proporcionalidad en la respuesta a la agresión». (203)
En resumen, si su intención era declarar obsoleta la teoría de la guerra justa, el Papa eligió una manera muy extraña de proceder. En todo caso, las numerosas afirmaciones de la encíclica sobre los principios de la guerra justa solo sirven para subrayar su relevancia continua en la reflexión moral de la Iglesia sobre la moralidad de la guerra.
Esto no es negar la necesidad de actualizar cómo se aplican estos principios duraderos de la guerra justa. Pero eso es cierto para todos los aspectos de la ley natural, cuya aplicación concreta debe tener en cuenta siempre, como dice el Catecismo, las «diversas condiciones de la vida según los lugares, los tiempos y las circunstancias».
La encíclica expresa de manera apropiada graves preocupaciones sobre algunas de las nuevas circunstancias, especialmente la perspectiva de desplegar armas autónomas en el campo de batalla impulsadas por IA. También llama la atención sobre lo que denomina «formas híbridas» de conflicto, incluidos los ciberataques y las campañas de desinformación.
Otra cuestión apremiante, a la que la encíclica alude solo indirectamente, es el uso de actores no estatales como intermediarios (proxies) para llevar la muerte y la destrucción a un enemigo. ¿No es esto una agresión por otros medios? Si es así, ¿cuáles son las implicaciones de esto para la forma en que pensamos sobre la legitimidad del uso preventivo de la fuerza militar contra quienes libran guerras no declaradas de este tipo?
Todos estos problemas (y más) subrayan la necesidad de una actualización reflexiva de las condiciones bajo las cuales deben aplicarse los principios de la guerra justa. Si la teoría de la guerra está desactualizada, entonces la respuesta adecuada es actualizarla, no desecharla.
Algunos han saltado con demasiada facilidad a la conclusión de que con esta encíclica el Papa León está guiando a la Iglesia hacia el bando pacifista. Pero esto asume que la Iglesia puede simplemente dejar de lado las exigencias de la ley natural, cuyos requerimientos sustentan los principios de la guerra justa. Como he intentado demostrar, una lectura atenta de la encíclica no respalda tal conclusión.
El desafío para la Iglesia hoy es actualizar —por la vía de un mayor desarrollo en lugar de un descarte— su enseñanza histórica sobre la guerra justa. Adoptar una postura pacifista solo servirá para marginar a los fieles católicos de las discusiones serias sobre un tema de trascendental importancia donde la sabiduría moral de la Iglesia es necesaria ahora más que nunca.
Sobre el autor
Luis E. Lugo es un profesor universitario jubilado y ejecutivo de fundaciones que escribe desde Rockford, Michigan.