¿Y si bastara con un poco de pudor?

¿Y si bastara con un poco de pudor?

Hay un género literario que Roma cultivó con maestría y que la Iglesia, durante siglos, miró con la prudente desconfianza de quien conoce el corazón humano: el panegírico. Plinio el Joven lo elevó a arte ante Trajano, y desde entonces sabemos que no hay forma más eficaz de empequeñecer a un hombre que ponerse a engrandecerlo en voz alta. La cuenta oficial de la Archidiócesis de Valladolid parece haber redescubierto el género esta semana, aunque con una variante que ni a los aduladores imperiales se les ocurrió: aquí el panegirista y el panegirizado comparten nómina.

 

Conviene reparar en lo que de verdad ocurrió, más allá del aplauso. No es que un tercero, conmovido, celebrara la agudeza del arzobispo. Es que el aparato de prensa del propio arzobispado se asomó a la red para anunciar al mundo la «brillante respuesta» de su titular. Emisor y elogiado son, administrativamente, la misma casa. El becerro y el orfebre, fundidos en un solo tuit. Uno imagina al community manager —ese cortesano de nuestro tiempo, cuya función ha derivado en buscar cada mañana un superlativo inédito para el jefe— dudando entre «brillante» y «genial» y resolviendo, salomónico, que cabían ambos a lo largo de la semana.

¿Y en qué consistió la brillantez? Preguntado por algo perfectamente concreto —a qué se debió la ovación a León XIV—, monseñor Argüello respondió, según su propia diócesis nos invita a admirar, con una sucesión de hipótesis: «¿Y si creemos que el misterio existe? ¿Y si el asombro de lo católico puede tocar el corazón…?». La pregunta era por una causa; la respuesta fue una salva de condicionales. Se nos presenta como profundidad socrática lo que es, técnicamente, no contestar. Sócrates preguntaba para desarmar la falsa certeza ajena; aquí se pregunta para no tener que afirmar nada propio. Mayéutica del que ha decidido, sabiamente, no mojarse, y a quien sus subordinados aplauden precisamente por ello.

Mención aparte merece el dato estrella, ese que la diócesis subraya con un emoji —«duró 7 minutos»— como si la trascendencia de un discurso se midiera en unidades de palma por segundo. La cronometría del aplauso es un registro estético que el siglo XX nos enseñó a reconocer: la ovación cerrada, los minutos en pie, la métrica de la adhesión. Que una sede episcopal cuantifique la gloria en minutos de palmas la retrata mejor que cualquier glosa. Y hay un detalle que la prisa hagiográfica pasó por alto: mientras Valladolid canta siete minutos, el propio Vatican News se conformó con «más de cinco». O alguien redondea al alza, o ni siquiera el prodigio de las palmas resiste un cotejo de fuentes. Sabíamos que la fe mueve montañas; ignorábamos que además añadía dos minutos al cronómetro.

Lo melancólico no es la vanidad —vanidad hubo siempre, y la habrá—, sino su domicilio. Que la institución que durante veinte siglos predicó vanitas vanitatum, que enterró a sus papas recordándoles sic transit gloria mundi, dedique hoy sus energías comunicativas a darse «me gusta» a sí misma, es un signo de los tiempos más elocuente que muchas encíclicas. El presidente de la Conferencia Episcopal, llamado a encarnar cierta gravedad, reconvertido por sus propios servicios de prensa en contenido viral: clip con subtítulos y escudo en la esquina.

De modo que sí, monseñor: ¿y si el misterio existe? Concedido. Pero permítanos su diócesis, ya puestos a formular hipótesis, una última, acaso la más audaz de todas: ¿y si, alguna vez, una oficina de prensa eclesiástica resistiera la tentación de aplaudirse a sí misma? Esa sí sería una respuesta brillante. Y tendría, encima, la rara virtud de ser verdadera.

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