Preces por Babel

Preces por Babel

Pasó inadvertido, que es como pasan las cosas graves. Este domingo, en una parroquia cualquiera, la mía, se invitó a los fieles a rogar a Dios «para que todos los gobernantes y poderosos del mundo se unan». El añadido —«para dar una respuesta justa al drama de los emigrantes»— es el coadyuvante piadoso, la causa intachable bajo la que se cuela lo verdaderamente insólito: que la liturgia católica pida, en román paladino, la unión de los poderosos de la tierra. Una especie de Bilderberg, pero con bendición.

Conviene detenerse en el sujeto de la oración. No se pidió que las naciones cooperasen, ni que el derecho ordenara los flujos, ni que los pueblos se entendieran. Se pidió que se unan «los gobernantes y poderosos del mundo»: el poder en cuanto poder, sin más cualidad que su potencia, convergiendo en una sola voluntad. Quien haya leído el Génesis reconocerá el proyecto. Es, exactamente, el de Babel: los hombres que se concentran «para hacerse un nombre» y a quienes Dios dispersa, no por capricho, sino porque la unificación del poder humano al margen suyo es la forma misma de la soberbia. La Virgen, en el Magníficat, no pide que el Señor reúna a los poderosos: proclama que «derribó del trono a los poderosos» —deposuit potentes de sede— y «dispersó a los soberbios». La posición de la Escritura ante el cónclave de los fuertes es la dispersión. La parroquia pidió lo contrario, y lo pidió de rodillas.

La concentración del poder en la cúspide es, para la doctrina católica, un mal que conjurar, no un bien que implorar. El principio de subsidiariedad —columna de la doctrina social desde Quadragesimo anno— enseña que cada cosa debe resolverse en la instancia más próxima capaz de hacerlo, y que cuanto más arriba se acumula el poder, más se aleja de la persona y antes degenera. Una oración que aspira a que «los poderosos del mundo se unan» es, en su gramática misma, una oración contra la subsidiariedad.

Y así, entre un «roguemos al Señor» y el siguiente, sin que nadie alzara la voz, se le pidió a Dios que hiciera lo que en el Génesis impidió: juntar a los poderosos, unificar la lengua de los fuertes, reedificar la torre. Deposuit potentes de sede, dice el cántico. Que vuelvan a sentarse, y juntos, piden ahora las preces. Alguien tendría que explicar cuándo el Magníficat dejó de ser la oración de la Iglesia.

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