Por Richard A. Spinello
Hay muchas crisis hoy en la Iglesia Católica, pero una de las más graves es el deplorable estado de la teología moral. Esa crisis tiene sus raíces en la confusión y la agitación intelectual que se produjeron tras el Vaticano II. Los teólogos morales progresistas propusieron teorías morales cuestionables como el proporcionalismo y la “opción fundamental”, mientras que destacados académicos como Bernard Häring disintieron en cuestiones vitales de la enseñanza moral recibida, tales como la inadmisibilidad de la anticoncepción y la indisolubilidad del matrimonio.
Estos teólogos disidentes tenían visiones diferentes, pero un tema en común: la Iglesia no tenía autoridad para proclamar normas morales específicas y sin excepciones basadas en la ley natural. Lo mejor que podía hacer era enseñar principios morales formales. Los preceptos morales específicos como “el adulterio siempre está mal” son altamente problemáticos, a su modo de ver, porque puede haber excepciones válidas. Un corolario de esto es la autonomía de la conciencia junto con el “discernimiento” al tomar decisiones morales. En lugar de la ley natural, recomendaron teorías más flexibles que permiten el compromiso moral en algunas situaciones.
Juan Pablo II buscó corregir estos errores en su encíclica Veritatis splendor. La opción fundamental, el proporcionalismo, la soberanía de la conciencia y el subjetivismo moral —todas las doctrinas heterodoxas— fueron minuciosamente refutados mediante un razonamiento basado en principios. También reafirmó el compromiso de la Iglesia con la ley natural y su premisa antropológica de una naturaleza humana común y fija que sirve de puente hacia esa ley. Los bienes intrínsecos como la vida y la salud, el matrimonio y la amistad, constituyen nuestra realización humana. Un conjunto de normas morales fluye de los primeros preceptos de la ley natural y prohíbe males intrínsecos como el adulterio o la privación de la vida inocente.
Por un tiempo, pareció que el Papa filósofo había tenido éxito en su hercúleo esfuerzo por renovar la teología moral. Pero luego vino el pontificado del Papa Francisco, el cual ha buscado de manera constante destronar los principios de la teoría tradicional de la ley natural. El arzobispo Vincenzo Paglia lo admite abiertamente en su reciente entrevista, “Mis reformas con Francisco”. Relata cómo el Papa Francisco lo envió a reinventar el Instituto Juan Pablo II en Roma para superar el marco rígido y moralista de la ley natural que estaba en el centro del plan de estudios. Lo que era necesario, declara monseñor Paglia, “era replantear el concepto de ‘naturaleza’, que sustentaba una visión estática e inmutable de la ley natural, y con ello el cuestionamiento del paradigma esencialista y ahistórico que había sostenido… la teología moral”.
La exhortación Amoris laetitia del Papa Francisco fue un intento de avanzar en esta dirección, y reemplazó a la Veritatis splendor como texto guía en el Instituto JPII. La encíclica del Papa Francisco se inclina claramente del lado del ala progresista de la Iglesia en cuestiones como el mal intrínseco. En el capítulo octavo, explica:
Por eso, un pastor no puede sentirse satisfecho solo aplicando leyes morales a quienes viven en situaciones «irregulares», como si fueran piedras que se lanzan contra la vida de las personas. […] Es verdad que las normas generales presentan un bien que nunca se debe desatender ni descuidar, pero en su formulación no pueden abarcar absolutamente todas las situaciones particulares. (304)
La “norma general” en cuestión es la prohibición de Jesús contra el nuevo matrimonio para alguien divorciado de su cónyuge, porque equivale al adulterio. Pero Amoris laetitia claramente no considera que esta norma carezca de excepciones, ni considera que el adulterio sea un mal intrínseco, algo que siempre, objetivamente, está mal y es perjudicial, incluso si no existe culpabilidad subjetiva.
Desde Amoris laetitia, ha habido muchos otros asaltos a la ley natural tradicional y a las normas morales absolutas. Durante un congreso internacional de teología moral en la Universidad Gregoriana de Roma, el orador principal, el padre Julio Martínez, habló sobre la necesidad de “desatar los nudos que la Veritatis splendor hizo en la teología moral”. Uno de esos nudos es el concepto de mal intrínseco, que introduce “graves dificultades para la teología moral” y crea obstáculos para el discernimiento.
Más recientemente, el informe del Grupo de Estudio Sinodal Nueve sobre cuestiones “emergentes”, Criterios teológicos y metodologías sinodales para el discernimiento compartido de cuestiones doctrinales, pastorales y éticas emergentes, propuso alejarse de la aplicación de principios morales “abstractos” y “rígidos” a las vidas humanas. El documento advierte “contra la tentación de la osificación estéril y regresiva de principios y enunciados, de normas y reglas, independientemente de la experiencia de los individuos y de las comunidades”. Este es un ataque velado no solo contra las normas morales sin excepciones, sino contra el razonamiento moral deductivo que aplica esas normas.
La discordia actual en la Iglesia significa que nos enfrentamos a una opción ineludible entre la teología de la Veritatis splendor o la teología de la Amoris laetitia, el magisterio del Papa Juan Pablo II o el magisterio del Papa Francisco. Los teólogos y prelados como monseñor Paglia que llevan la antorcha de la teología de la Amoris laetitia argumentan que, debido a que la naturaleza humana cambia, también debe cambiar la ley moral.
Pero la noción de que la naturaleza humana cambia esencialmente es un mito progresista. Por supuesto, existen muchas transformaciones culturales junto con puntos de inflexión trascendentales en la historia que afectan a la humanidad para bien o para mal. Pero como señala John Finnis, estos teólogos no pueden proporcionar ningún ejemplo concreto que ilustre la mutabilidad de la naturaleza humana porque la naturaleza humana, adecuadamente entendida en términos de posibilidades humanas básicas o formas de realización, nunca ha cambiado.
No podemos encontrar a lo largo del curso de la historia humana a ninguna persona que no fuera un ser corporal y racional, para quien esos bienes intrínsecos como la vida y la salud, el matrimonio y el conocimiento, no fueran la fuente de su realización.
Está muy bien redactar encíclicas sobre temas sociales como la Inteligencia Artificial. Pero el Papa León se enfrenta a preguntas más fundamentales: ¿a través de qué lente moral evaluará la Iglesia esos problemas? Puede ser fiel a la tradición de la ley natural o regresar a la moral desinflada propuesta por el humanismo secular, que favorece la experiencia y la armonía social. Las respuestas a las disputas morales más preocupantes solo pueden encontrarse profundamente en el suelo del razonamiento de la ley natural que reconoce el orden eterno del ser y de la naturaleza.
Sobre el autor
Richard A. Spinello es profesor en el Boston College y miembro del cuerpo docente adjunto en el Seminario St. John. Es autor de numerosos libros y artículos sobre filosofía y ética, entre ellos Four Catholic Philosophers: Rejoicing in the Truth (Jacques Maritain, Edith Stein, Dietrich von Hildebrand, Karol Wojtyła).