«No soy un cismático»: Viganò publica la carta que envió a León XIV en enero

«No soy un cismático»: Viganò publica la carta que envió a León XIV en enero

El arzobispo Carlo Maria Viganò ha hecho pública la carta que dirigió a León XIV el pasado 25 de enero de 2026, varios meses después de denunciar la cancelación de una audiencia que, según afirmó, había sido inicialmente aprobada por el Pontífice. La publicación del documento llega después de que el antiguo nuncio apostólico en Estados Unidos relatara los acontecimientos relacionados con aquella solicitud de encuentro y criticara la decisión de no recibirle en el Vaticano.

En el texto, Viganò repasa su trayectoria al servicio de la Santa Sede, cuestiona la legitimidad de la excomunión que le fue impuesta, reitera sus críticas al pontificado de Francisco y al Concilio Vaticano II, y solicita a León XIV una revisión de su situación canónica. El prelado sostiene que sus posiciones no constituyen un acto de cisma y pide al Papa que examine los argumentos doctrinales y eclesiales que expone en la misiva.

A continuación reproducimos íntegramente la carta publicada por Mons. Carlo Maria Viganò:

Santitad,

on esta carta deseo poner bajo su consideración los acontecimientos más importantes de mi vida personal y ministerial, con el fin de permitirle conocerme y situar las intenciones que me animan.

Nací el 16 de enero de 1941 en Varese, en el seno de una familia profundamente católica gracias a la cual pude crecer en la práctica diaria de la fe, recibir una sólida educación superior y madurar la vocación al sacerdocio. Fui ordenado sacerdote el 24 de marzo de 1968 y, después de un breve período de ministerio parroquial en Pavía, fui invitado por el entonces Sustituto de la Secretaría de Estado, Mons. Giovanni Benelli, a ingresar en la Pontificia Academia Eclesiástica, donde fui admitido en octubre de 1971.

He servido a cinco Pontífices: en las Nunciaturas de Bagdad, Kuwait y Londres; luego, desde enero de 1978, en la Secretaría de Estado durante más de diez años como secretario de tres sustitutos; finalmente, como Observador Permanente ante el Consejo de Europa y el Parlamento Europeo en Estrasburgo (1988-1992). Después de mi consagración episcopal, recibida de manos de Juan Pablo II, fui enviado a Nigeria como Nuncio Apostólico (1992-1998), para luego ser llamado a la Secretaría de Estado con el cargo de Delegado para las Representaciones Pontificias (1998-2009). En 2009, el Papa Benedicto XVI me nombró Secretario General del Gobernación y, en 2011, Nuncio Apostólico en los Estados Unidos de América, cargo que ejercí hasta 2016.

Fue en calidad de Delegado para las Representaciones Pontificias que me encontré tratando los procesos informativos para las promociones al Episcopado —tanto en la Curia como en las nunciaturas— y los casos más reservados y delicados referentes a obispos y cardenales, entre los cuales se contaba el dossier de Theodore McCarrick y de otros prelados homosexuales. Mi acción en este ámbito me valió la remoción de la Secretaría de Estado y mi traslado al Gobernación como Secretario General, donde el Papa Benedicto me encomendó combatir la mala gestión y la amplia red de corrupción financiera. Incluso en ese caso, a pesar de que había llevado el balance del Gobernación, en el transcurso de un año y medio, de un déficit de 15 millones de euros a un beneficio de 35 millones, y a pesar de que el Papa quería promoverme a la Presidencia del Pontificio Consejo para los Asuntos Económicos de la Santa Sede, fui apartado de la Curia Romana y enviado a Washington como Nuncio Apostólico. Mi acción molestaba a personas en ese momento muy poderosas y capaces de prevalecer sobre la voluntad del Papa Benedicto.

En 2016, al cumplir exactamente los setenta y cinco años, Bergoglio me ordenó dejar la Nunciatura de Washington y me prohibió regresar al Vaticano, donde Juan Pablo II me había asignado permanentemente un apartamento. Asimismo, me prohibió residir en la residencia romana de los nuncios jubilados, especialmente dispuesta por el Papa Benedicto. Antes de morir, Bergoglio también me hizo revocar la ciudadanía vaticana y el pasaporte; me impidió disfrutar de la asistencia sanitaria proporcionada a los miembros del Servicio Diplomático, a pesar de que siempre he pagado regularmente las contribuciones. Bergoglio ordenó la baja de mi vehículo del Registro de Vehículos Vaticanos e impidió la renovación del permiso de conducir vaticano del que había disfrutado ininterrumpidamente desde 1973, causándome graves inconvenientes y condenándome, de hecho, a arresto domiciliario.

Después de haber hecho público en agosto de 2018 el impactante memorial sobre Theodore McCarrick y sobre la extensa red de corrupción y complicidad dentro de la Curia Romana —en la que estaba directamente involucrado el mismo Jorge Mario Bergoglio—, viví durante algunos años en lugares secretos, tal como me aconsejó el Cardenal Raymond Leo Burke. Esto se dispuso en consideración a las amenazas recibidas y al hecho de que mi inmediato predecesor en Washington, el Nuncio Pietro Sambi, había encontrado la muerte en circunstancias muy sospechosas, después de haber tenido duras confrontaciones con el entonces cardenal McCarrick al informarle las medidas tomadas por Benedicto XVI para contrarrestar sus crímenes como abusador serial.

La corrupción, los chantajes, los engaños y las traiciones con los que me he tenido que enfrentar me han llevado a cuestionarme sobre los orígenes profundos del estado desastroso en que se encuentra la Iglesia Católica.

Al volver con la memoria a los años de mi formación en la Universidad Lateranense (1960-1964) y en la Gregoriana (1965-1969), tuve que reconocer que, aun antes de la conclusión del Concilio Vaticano II, la orientación ideológica de todo el cursus studiorum —y del cuerpo docente— ya estaba marcada por las nuevas enseñanzas conciliares, aunque todavía no hubieran sido aprobadas. Recuerdo bien cómo en los seminarios romanos la disciplina clerical cedió al anarquismo en todos los frentes, y cómo eran los mismos superiores quienes alentaban la participación de los clérigos en las conferencias de los «nuevos teólogos»: me refiero a aquellos que, hasta pocos años antes, eran vistos con justificada sospecha por el Santo Oficio, como Küng, Ratzinger, Rahner, Schillebeeckx, Congar y, con ellos, ese submundo de modernistas que poco después infestaría las cátedras de los ateneos y los puestos de responsabilidad en el Vaticano y en las diócesis. Y como siempre ha ocurrido con todas las operaciones subversivas, el clima de cambio general, de reformas continuas y de enormes mutaciones fue creado artificialmente desde arriba.

Desde mi lugar privilegiado de observación como secretario del Sustituto, he sido testigo de la hemorragia de miles de vocaciones sacerdotales y religiosas, mientras que aquellos sacerdotes que no querían seguir el nuevo curso conciliar ni abandonar la Liturgia Tridentina eran objeto de ostracismo, tratados como herejes, excomulgados o suspendidos a divinis, privados de su salario o dejados morir en la soledad.

Releyendo esos eventos y esas reformas con la mirada desencantada de hoy y con la experiencia derivada de otros hechos similares —entre ellos, la gestión del Sínodo sobre la Familia que condujo a Amoris Lætitia y, sobre todo, la revolución sinodal en curso—, no me ha sido posible no ver en todo ello una mente que ya había predispuesto la acción subversiva que poco después mostraría sus efectos más demoledores.

La revolución conciliar siguió un guion muy preciso bajo una única dirección. Todo debía parecer perfectamente legal y conforme a la práctica ordinaria de la Iglesia: cada documento promulgado debía permitir una interpretación ortodoxa para tranquilizar a los Padres conciliares, y una interpretación herética para hacerla estallar posteriormente. Esos documentos revelan los verdaderos objetivos de quienes utilizaron dolosamente un Concilio para imponer errores doctrinales, morales y litúrgicos ya condenados por los Romanos Pontífices.

Durante los largos años de mi ministerio al servicio de la Sede Apostólica, la obediencia incondicional a los Pontífices y el haber estado totalmente absorbido por las tareas que se me confiaban no me permitieron comprender la revolución en curso. ¿Cómo podría haber imaginado la subversión y la traición que se estaban consumando? ¿Cómo podría haber creído que la suprema Autoridad de la Iglesia y todo el Episcopado podrían haberse convertido en cómplices de los enemigos más insidiosos de Cristo, a quienes San Pío X había identificado en los modernistas?

La «jubilación» ocurrida en 2016 me permitió dedicar oración, estudio y meditación a estos graves problemas. Así he adquirido la conciencia de que el Concilio Vaticano II, aun manteniendo las características de un Concilio Ecuménico, fue deseado con la intención de ser utilizado para revolucionar todo el edificio eclesial y subvertirlo en cada uno de sus componentes: en la doctrina, en la liturgia, en la disciplina, en las normas canónicas y, especialmente, en su constitución jerárquica. Fueron los mismos artífices del Vaticano II quienes lo definieron como «el 1789 de la Iglesia» y consideraron este su experimento subversivo como el Concilio por antonomasia, demostrando así su heterogeneidad respecto a todos los demás concilios y a la perenne Tradición de la Iglesia.

Tanto Jorge Bergoglio como los papas del postconcilio han reivindicado orgullosamente su continuidad ideológica con el Vaticano II para ejecutar y legitimar cada una de sus «reformas». Significativamente, todo el corpus magisterial postconciliar establece un nuevo paradigma sancionado por el Concilio. Sus doctrinas fluidas —en continua evolución, como lo está la síntesis hegeliana que subyace a ellas— están en evidente ruptura con el Magisterio bimilenario de la Iglesia anterior al Vaticano II.

El Concilio ha favorecido y contribuido a la descristianización de Occidente y a la instauración, en la esfera civil, de un nuevo orden conforme a los planes de la Masonería. Son bien conocidos los planes de las logias y conocemos los medios que se habrían adoptado para alcanzar los objetivos propuestos: se trataba de infiltrar la Iglesia Católica y atacarla desde dentro.

La discusión sobre el Vaticano II y el golpe en la Iglesia me han llevado a redescubrir, en tiempos relativamente recientes, el Rito Tradicional. El abandono de la misa montiniana marcó una nueva etapa de mi ministerio episcopal. Junto con la misa tridentina (que fue la de mi ordenación sacerdotal), descubrí un universo sumergido de sacerdotes, religiosos y seminaristas perseguidos y marginados. Consideré mi deber apostólico escuchar su grito de ayuda, ofreciéndoles una respuesta que devolviera una confianza renovada hacia esa Iglesia por la que se sentían traicionados y expulsados.

Esto me llevó a instaurar la Fundación Exsurge Domine, haciendo todo lo necesario para garantizar los medios de subsistencia —espirituales y materiales— y una identidad eclesial auténticamente católica a quienes, por su fidelidad a la Tradición, han sido injustamente afectados por el terror bergogliano. Entre ellos se encuentran los miembros de la Fraternidad Sacerdotal Familia Christi, nacida y reconocida primero en el ámbito de Ecclesia Dei, y luego brutalmente destruida y cancelada. Sus miembros han sido víctimas de una terrible persecución —que usted no puede ignorar— por parte del actual arzobispo de Ferrara, Gian Carlo Perego, y de la misma Santa Sede. A estos clérigos, que se dirigieron a mí después de haber sido abandonados a sí mismos sin sustento, y a los candidatos al sacerdocio que se han unido a ellos, les estoy asegurando mi cuidado paternal.

Mi denuncia de la apostasía de la iglesia conciliar y sinodal y de su ruptura con la Tradición, junto con las dudas fundamentadas sobre la legitimidad del «pontificado» de Bergoglio —que en conciencia he enfrentado con la convicción de cumplir con el mandato de sucesor de los Apóstoles—, me han valido una excomunión injusta, ilegítima e ideológicamente motivada. Esta sanción canónica, aunque la considere nula, conlleva graves repercusiones eclesiales, institucionales y personales que me entristecen profundamente, y que resultan chirriantes si se comparan con la impunidad de la que gozan cardenales, obispos y sacerdotes notoriamente heréticos y corruptos.

Entre estos no puedo dejar de mencionar a Eleuterio Vásquez Gonzales, conocido en Chiclayo como «padre Lute», acusado de haber abusado sexualmente de algunas jóvenes víctimas. La Santa Sede ha concedido recientemente al «padre Lute» la dimisión del estado clerical sin un proceso canónico regular, dejándolo de hecho impune; mientras tanto, el abogado canonista de las víctimas, Mons. Ricardo Coronado Arrascue, fue apartado de sus funciones legales, reducido al estado laical e investigado por acusaciones difamatorias. La historia me fue documentada y detalladamente expuesta por el mismo Mons. Coronado. Este caso repite el mismo modus operandi de Bergoglio ya adoptado con McCarrick y revela una aberrante administración de la justicia por parte de la Santa Sede.

Frente a la excomunión que se me ha impuesto ilegítimamente, ¡reivindico no ser un cismático! Por gracia de Dios, soy y seré un devoto hijo de la Santa Iglesia Romana y un fiel súbdito del Pontificado Romano. Creo firmemente en la Comunión Apostólica y reconozco el Primado Petrino. Reconozco igualmente la necesidad de pertenecer no solo al Cuerpo Místico invisible, sino también al cuerpo eclesial institucional y visible. Junto conmigo, en el banquillo de los acusados del ex-Santo Oficio, han sido llamados todos los Papas de la historia hasta Pío XII.

Me he preguntado varias veces la razón de la persecución que debo enfrentar en la fase final de mi vida terrenal, y si mi convicción de actuar correctamente y según la voluntad de Dios pudo haber sido errónea. Pero, por mucho que trate de examinar mis acciones, como si me encontrara ante Cristo Juez en el momento del tránsito, no encuentro nada moralmente incorrecto. Mis acusadores se limitaron a dar curso a una sentencia ya escrita, con el fin de excluir mediante un expediente «canónico» a quien había denunciado la infidelidad de la jerarquía católica, proclamando la Verdad sin mordazas. Una voz —la mía— que no podía ser silenciada simplemente porque nadie jamás pudo corromperme ni extorsionarme.

Los oficiales del ex-Santo Oficio no han sido capaces de refutar ni uno solo de los argumentos que he expuesto. Les bastó que yo me atreviera a criticar el Vaticano II y a Jorge Mario Bergoglio para condenarme a la excomunión por el delito de cisma, precisamente cuando es mi amor por el Papado y por el Magisterio permanente de la Iglesia lo que me expone a este despiadado ataque por parte del Vaticano. Nunca he tenido la intención de separarme de la Comunión Apostólica, ni de desobedecer al Vicario de Cristo, ni de fundar una «iglesia paralela», como algunos me han acusado de querer hacer. Creo, al contrario, que no podría haber servido mejor al Papado y a la Santa Iglesia sino hablando y actuando como lo hice, enfrentando los sufrimientos que de ello se derivaron en un espíritu de unión con los padecimientos del Divino Redentor.

Me dirijo a usted como arzobispo anciano, por amor a Nuestro Señor y en fidelidad a la Santa Iglesia. Me dirijo a usted para expresarle el tormento de ver a la Iglesia Católica eclipsada y desfigurada por quienes la ocupan y detentan el poder. No logro entender cómo, después de la desastrosa experiencia de Jorge Bergoglio, usted no solo no quiera condenar sus errores y escándalos, sino que no pierda ocasión para reafirmar su total continuidad con ellos, en nombre de una «iglesia sinodal» que adultera la estructura jerárquica y la naturaleza monárquica que Nuestro Señor quiso dar a su Iglesia, y destruye todo su edificio doctrinal.

Clamo a otro León, al gran Papa Vincenzo Gioacchino Pecci, en la paradójica situación de saber que él encontraría mis palabras compartibles y merecedoras de elogio, mientras que la iglesia bergogliana las ha juzgado dignas de un cismático. ¿Qué ha ocurrido en la Iglesia Católica en el transcurso de algunas décadas para que yo me encuentre condenado, y conmigo todos los papas preconciliares? Quomodo facta es meretrix civitas fidelis? (Is 1, 21).

La fe que profeso, la misa tridentina que celebro, los concilios y los actos magisteriales que acojo, la Profesión de Fe Tridentina y el juramento antimodernista que tantas veces he repetido son comunes a toda la Iglesia y me unen a ella. De esta Iglesia Una, Santa, Católica, Apostólica y Romana, inmutable en la doctrina y en la moral, me llamo hijo y siervo devoto. De ese Papado, igualmente inmutable, que es el Papado Romano al que soy obediente, pues en la voz del Vicario resuena la Verdad del Buen Pastor que da la vida por las ovejas (Jn 10, 11).

La autoridad de las Santas Llaves debe abrir las puertas de la Jerusalén celestial a los justos y excluir de ellas a los réprobos, no al contrario. Esta autoridad emana de Nuestro Señor (Rm 13, 1) y es vicaria de su autoridad. No es posible que se utilice para legitimar lo que Él condena, ni mucho menos para condenar lo que Él ha ordenado. Por esto, no puedo obedecer a quien, constituido en autoridad, se niega a estar a su vez sometido y obediente a la suma Autoridad de Dios.

Pienso en las palabras de San Pablo: «Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema» (Gál 1, 8). ¿De qué Iglesia estoy separado? ¿Y qué autoridad me condena? ¿La del Vicario de Cristo o la de quien predica un evangelio diferente del recibido de Nuestro Señor?

Dejo en sus manos esta carta para que usted conozca las razones de mis posiciones y de mi acción, con la esperanza de poder impulsarle a un profundo examen de conciencia y a una conversión del corazón, de la mente y de la voluntad, tan necesaria como inaplazable, recordando las palabras de Nuestro Señor: «Simón, Simón, Satanás os ha buscado para zarandearos como el trigo; pero yo he pedido por ti, para que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos» (Lc 22, 31-32).

Le pido que ejerza su suprema autoridad para confirmar a los hermanos en la fe. Le pido que me confirme en la fe: hágalo, por favor. O dígame dónde estoy equivocado y en qué contradigo el Depositum Fidei que usted debe custodiar y sobre el cual se basa la unidad católica. Es sobre la profesión de la verdadera fe que debo ser juzgado: dígame entonces en qué contradigo la fe católica y me enmendaré.

Sin embargo, no hay argumentos que legitimen mi excomunión: me ha sido impuesta ilegalmente para destruir mi persona y mi acción en defensa de la Verdad Católica; una sanción motivada, no en última instancia, por el odio implacable de Jorge Mario Bergoglio hacia mí. Una injusticia que exige reparación por el gravísimo daño causado a mi persona y a la causa de la Santa Iglesia Romana.

Confío en que usted querrá concederme una audiencia, después de la cancelación de la que me había sido otorgada para el pasado 11 de diciembre. Podré entonces comunicarle en persona algunas cuestiones de la máxima importancia relativas a mi ministerio apostólico y a la necesidad de asegurarle continuidad y futuro.

Desde ahora, reitero la intención incondicional de cumplir con toda obligación que se me imponga como sucesor de los Apóstoles,

in Christo Rege,

+ Carlo Maria Viganò
Arzobispo titular de Ulpiana, Nuncio Apostólico

Viterbo, 25 de Enero 2026

In Conversione S. Pauli Apostoli

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