La Iglesia celebra cada año la memoria de los mártires de Uganda, un grupo de jóvenes cristianos asesinados entre 1885 y 1887 por negarse a abandonar su fe y someterse a las exigencias del rey Mwanga II. Su testimonio continúa siendo una de las páginas más impresionantes de la historia del cristianismo en África.
En un artículo publicado por Catholic Exchange, la historiadora y escritora Theresa Civantos Barber recuerda las circunstancias que rodearon el nacimiento de la Iglesia en el reino africano de Buganda y el testimonio de quienes fueron capaces de afrontar la muerte antes que traicionar a Cristo.
La llegada del cristianismo a Buganda
Durante la segunda mitad del siglo XIX, exploradores, comerciantes y misioneros europeos comenzaron a llegar a distintas regiones de África. En el reino de Buganda, situado en la actual Uganda, convivieron durante algunos años influencias musulmanas, protestantes y católicas.
El rey Mutesa I permitió la entrada de misioneros cristianos en su territorio a partir de 1875. Tanto católicos como anglicanos comenzaron a evangelizar y lograron numerosas conversiones entre los habitantes del reino y entre los miembros de la corte real.
La situación cambió con la llegada al poder de Mwanga II, que sucedió a su padre siendo todavía muy joven. Los misioneros describieron al nuevo monarca como una persona impulsiva e imprevisible, que veía con creciente preocupación la expansión del cristianismo entre sus colaboradores más cercanos.
El asesinato de José Mukasa
Uno de los primeros conflictos estalló en 1885 tras el asesinato del obispo anglicano James Hannington por orden del propio Mwanga.
José Mukasa Balikuddembe, un destacado miembro de la corte convertido al catolicismo, reprochó abiertamente al rey aquella decisión y le recordó que su padre jamás habría actuado de ese modo.
La reacción del monarca fue inmediata. El 15 de noviembre de 1885 acusó públicamente a José de traición y ordenó su ejecución.
Según los testimonios recogidos por los misioneros de la época, José afrontó la muerte proclamando su fe y perdonando a quienes iban a ejecutarlo. Fue decapitado y posteriormente su cuerpo fue quemado.
La persecución contra los jóvenes cristianos
Lejos de frenar las conversiones, la muerte de José Mukasa provocó que numerosos jóvenes de la corte comenzaran a acercarse a los misioneros para recibir instrucción religiosa y solicitar el bautismo.
Muchos de ellos eran pajes que servían directamente al rey. La enseñanza cristiana chocaba con algunas prácticas habituales de la corte, entre ellas los abusos sexuales que Mwanga ejercía sobre varios de esos adolescentes.
La negativa de los jóvenes cristianos a participar en esas conductas aumentó la hostilidad del monarca hacia la nueva religión.
En mayo de 1886, al descubrir que varios de sus pajes estaban siendo instruidos en la fe cristiana, Mwanga decidió actuar de forma contundente.
«Nunca dejaremos de ser cristianos»
El rey reunió a los jóvenes de la corte y exigió que quienes fueran cristianos se identificaran públicamente.
Según las crónicas de la época, les preguntó si estaban decididos a seguir siendo cristianos. La respuesta fue unánime.
«Nunca dejaremos de ser cristianos, cualquiera que sea el resultado», respondieron.
Tras aquella declaración, varios de ellos fueron condenados a muerte y enviados a Namugongo, lugar habitual de las ejecuciones reales.
El martirio de Carlos Lwanga y sus compañeros
El grupo estaba encabezado por Carlos Lwanga, catequista y responsable de varios de los jóvenes conversos.
Los condenados fueron obligados a recorrer durante varios días el camino hasta el lugar de ejecución. Algunos fueron asesinados durante el trayecto.
El 3 de junio de 1886, Carlos Lwanga y otros once compañeros fueron quemados vivos en una gran hoguera preparada por los verdugos.
Los relatos de los testigos destacan la serenidad con la que afrontaron la muerte. Mientras las llamas avanzaban, continuaron rezando y animándose mutuamente.
En total, veintidós católicos fueron asesinados durante aquella persecución y posteriormente reconocidos por la Iglesia como mártires.
Un testimonio que sigue vivo
Los mártires de Uganda fueron canonizados por san Pablo VI en 1964, durante el Concilio Vaticano II, convirtiéndose en uno de los símbolos más importantes del crecimiento del cristianismo en África.
Su historia sigue siendo recordada no solo por la violencia de la persecución que padecieron, sino por la firmeza con la que defendieron su fe.
Como subraya el artículo de Catholic Exchange, los jóvenes no murieron por cuestiones políticas o coloniales, sino por una convicción religiosa que consideraban superior a su propia vida: la certeza de que Cristo merecía ser seguido incluso al precio del martirio.