El Vaticano vende una hagiografía de Sánchez a periodistas de todo el mundo

El Vaticano vende una hagiografía de Sánchez a periodistas de todo el mundo

Conviene empezar por explicar de qué hablamos, porque el asunto nace de un trámite gris y termina en algo muy parecido a una toma de partido. Cada viaje apostólico arrastra una costumbre poco conocida fuera del oficio: la Oficina de Prensa de la Santa Sede entrega a los periodistas acreditados un dossier de trabajo, elaborado por el Dicasterio para la Comunicación, que reúne cuanto el corresponsal pueda necesitar para cubrir la gira. Programa de actos, contexto religioso del país, datos históricos y, cómo no, retratos de las autoridades con las que el Papa se va a ver. Es material de cocina, no concebido para publicarse, pero que cumple una función decisiva y silenciosa: fija de antemano el marco con el que las redacciones de medio mundo van a leer todo lo que ocurra sobre el terreno. Quien escribe ese dossier escribe la primera impresión. Y en periodismo la primera impresión es casi siempre la única que cuaja.

Lo ha revelado María Rabell García, corresponsal en Roma de El Debate, y el dato merece quedar fijado con todas sus letras, porque es la clave del escándalo: el cuadernillo que la Santa Sede ha repartido para el viaje de León XIV a España, del 6 al 12 de junio, no lo van a leer cuatro vaticanistas españoles de misa diaria. Lo van a leer los enviados especiales de los grandes medios de todos los países relevantes del planeta, embarcados literalmente en el avión papal o desplegados sobre el terreno. Es la audiencia más amplia y más influyente que existe para fijar la imagen de un gobernante. Y a toda ella, en bloque, con el sello de la Iglesia y por adelantado, la Santa Sede le ha entregado una semblanza de Pedro Sánchez redactada en el tono de un panfleto de propaganda. No de una ficha informativa. De propaganda pura. El Vaticano ha decidido lavarle la cara al autócrata Sánchez ante la prensa del mundo entero, blanqueárselo en la única tribuna que ningún jefe de prensa de la Moncloa podría comprar jamás. Esa es la noticia. Y es de una gravedad que no admite eufemismo, rebaja ni contexto atenuante.

Porque para un español que conoce el percal, leer ese folleto no es leer un perfil: es asistir a una traición. La Santa Sede no describe a un presidente; blanquea a un autócrata. A un autócrata sometido a un cerco judicial sin precedentes en la democracia española, cuyo entorno más íntimo —su número dos en el partido, su exministro de confianza, su propio hermano, su mujer— desfila por los juzgados, y cuyo método de gobierno ha consistido, sin disimulo, en colonizar las instituciones, fundir el Estado con el partido, indultar a sus socios, amordazar a los contrapesos y tratar a la Justicia y a la prensa libre como enemigos a abatir. A ese personaje, y no a otro, el aparato comunicativo de la Iglesia lo presenta al mundo entero como un reformador progresista impecable, víctima de injusticias ajenas. Lo hace, además, en vísperas de una visita en la que el Papa pisará un país donde millones de católicos —los que llenan las iglesias que León XIV viene a abarrotar— resisten precisamente el proyecto de ese hombre, sufren su hostilidad y pagan su factura. Que Roma elija justo este momento para darle lustre internacional no es torpeza, ni descuido, ni neutralidad mal entendida: es alistamiento. La Santa Sede se ha puesto del lado del poder y contra los suyos. Y para el católico español que resiste, eso tiene un nombre exacto: la Iglesia le ha disparado por la espalda.

‘Cabasario’ Viaje Apostólico del Santo Padre a España. p.25

El texto se cubre las espaldas antes de empezar, y conviene leer la cláusula entera, porque se delata sola. Dice, en su original italiano, que el folleto «es un instrumento de trabajo del Dicasterio para la Comunicación, que integra informaciones de diversa naturaleza y procedencia, y no tiene carácter oficial». Y acto seguido aclara para qué sirve esa coletilla: «Eventuales diferencias con el desarrollo efectivo del Viaje Apostólico no han de considerarse «noticias» de relieve». Léase despacio, porque ahí está la trampa al descubierto: la advertencia está pensada para cubrir cambios de horario y de programa, no para amparar un retrato político. El propio documento confiesa el alcance de su descargo, y ese alcance no llega ni de lejos a una semblanza laudatoria de un jefe de Gobierno. Que un acto empiece diez minutos tarde no tiene carácter oficial; que el órgano de comunicación de la Santa Sede afirme que Sánchez «ha relanzado los derechos sociales en España» y lo reparta con su sello a los corresponsales del mundo entero, sí lo tiene, lo niegue o no una nota a pie de página. La cláusula no describe el documento: lo exonera. Y exonerarse por adelantado es la confesión de que alguien, dentro del aparato, sabía que el contenido no resistiría ser firmado. Se redacta la coartada antes que el delito.

Porque el contenido es indefendible. Según recoge El Debate, el documento describe a Sánchez como el dirigente que ha «relanzado el crecimiento económico y los derechos sociales en España». Conviene traducir qué son, en el currículum real del personaje, esos «derechos sociales» que el Vaticano celebra sin pestañear. Son, señaladamente, la ley de eutanasia —la primera de la democracia española— y la campaña, hoy en curso, para inscribir el aborto como «derecho constitucional» y blindarlo frente a cualquier mayoría futura. No se trata de un reproche ideológico de parte: es una contradicción documental flagrante. El mismo aparato eclesial que en 2024 promulgó Dignitas infinita —donde la eutanasia y el aborto figuran nominalmente entre las violaciones graves de la dignidad humana— reparte ahora por el mundo un texto que presenta exactamente esas dos políticas como un logro de gestión que cabe aplaudir. No hay hermenéutica que cierre esa grieta. O Dignitas infinita dice lo que dice, o el dicasterio que debería custodiar su doctrina la contradice en papel timbrado y a treinta mil pies de altura. Las dos cosas a la vez son imposibles, y el folleto obliga a elegir. El Vaticano ha elegido, y ha elegido al verdugo de la dignidad por encima de la doctrina que dice custodiar.

Hay más, y peor, porque el elogio convive con un silencio escogido con mano de cirujano. El Gobierno de Sánchez se ha distinguido por sus ataques recurrentes a la Iglesia española, casi siempre empuñando el argumento de los abusos como ariete: comisiones, informes, cifras infladas y un relato político que ha convertido la pederastia clerical en munición contra la institución. De todo eso, en la semblanza, no hay rastro. El dicasterio que debería ser el primero en conocer ese historial —porque lo ha sufrido en su propia casa— lo omite por completo y retrata al adversario como un estadista modélico. La Iglesia no solo bendice a quien la golpea: le redacta la nota de prensa, se la traduce y se la reparte a la corresponsalía internacional para que el mundo aplauda al verdugo. Es difícil imaginar una servidumbre más abyecta ni una rendición más completa.

La pieza alcanza su punto más revelador —y más indefendible— cuando administra las culpas, porque el folleto no calla la corrupción: la reparte con un criterio inequívoco. Menciona, con todas las letras, el «caso Gürtel» como un «escándalo de corrupción y fondos negros» que afectó al Partido Popular, y atribuye la actual «fuerte crisis de consenso» de Sánchez al escándalo del rescate de Plus Ultra, «que involucra al expremier socialista José Luis Rodríguez Zapatero, investigado por organización criminal, falsedad y tráfico de influencias». Toda la corrupción del relato tiene, pues, dueño, y el dueño es siempre otro: el PP y Zapatero. Del cerco judicial que rodea al propio Sánchez —su número dos en el partido, su exministro de confianza, su hermano, su mujer, todos transitando los juzgados— no hay una sola línea. Es más: el documento nombra a Begoña Gómez una única vez, y lo hace para presentarla como «empleada en una ONG», sin el menor rastro de su condición de investigada. No estamos, por tanto, ante un pudor general frente a los tribunales, sino ante una limpieza dirigida: se citan, e incluso se detallan, los casos que dañan a los rivales, y se borran sin excepción los que apuntan al protagonista. Eso no lo hace un perfil informativo: lo hace un gabinete de imagen. Y que el gabinete sea, en este caso, el Dicasterio para la Comunicación de la Santa Sede no atenúa la maniobra: le presta una autoridad moral que ningún jefe de prensa de la Moncloa podría comprar con dinero.

El apartado migratorio cierra el cuadro y desnuda su lógica. El documento elogia la política de inmigración de Sánchez como herramienta «para sostener el sistema de bienestar» y subraya, según El Debate, que «recientemente ha regularizado a medio millón de inmigrantes» frente al envejecimiento demográfico. Repárese en la antropología que late ahí, porque es exactamente la inversa de la que la Iglesia dice profesar: el inmigrante no aparece como persona dotada de dignidad inviolable, sino como insumo para cuadrar la pirámide poblacional y pagar pensiones. Es, palabra por palabra, la reducción utilitarista del ser humano que el magisterio asegura combatir. Y no es un desliz inocente, porque el propio cabasario, al describir las etapas canarias del viaje, coloca a Cáritas en el centro de la escena: es la entidad que, según el texto, «socorrió a los náufragos» en el puerto de Arguineguín, y su director diocesano figura entre quienes recibirán al Papa. La misma Iglesia que gestiona sobre el terreno la acogida —con una red de entidades de matriz eclesial o concertada que viven de fondos públicos atados a esa acogida— es la que, en el mismo folleto, aplaude la regularización que alimenta esa red. El entusiasmo por el «medio millón de inmigrantes» regularizados no es, pues, una opinión desinteresada flotando en el vacío: tiene destinatarios materiales con nómina. Que esa instrumentalización venga firmada —perdón, no firmada— por el Vaticano debería incomodar sobre todo a quienes invocan la dignidad del migrante únicamente cuando sirve para descalificar al adversario interno.

Queda el gesto geopolítico, por si faltaba color al conjunto. El presidente es «aclamado», dice el texto, «por no haber expresado ningún temor reverencial» ante la administración Trump. La Santa Sede, que ha hecho de la equidistancia diplomática una doctrina casi dogmática, reparte aquí a la prensa internacional una valoración abiertamente partidista de un jefe de Gobierno frente a un jefe de Estado extranjero. Lo de menos es si uno comparte la pulla a Trump; eso es legítimo discutirlo en una tribuna. Lo grave es el quién y el dónde: una alineación geopolítica explícita, colada en el material de trabajo que la Iglesia entrega a los periodistas como si fuera un dato objetivo más.

Conviene recordar, llegados aquí, quién responde de todo esto, porque no hay difuminar la responsabilidad en una niebla institucional. Para empezar, el libretto no es anónimo: lleva firma. Está «realizado por» una redactora con nombre y apellidos, bajo el sello del Dicasterium pro Communicatione, lo que descarta de raíz la excusa del descuido impersonal o del becario despistado. Detrás hay una mano concreta y, sobre ella, una cadena de mando que culmina en el Dicasterio para la Comunicación —el que aún dirige Paolo Ruffini hasta que el próximo noviembre lo releve la laica Montserrat Alvarado—, que ha puesto en manos de los corresponsales de medio planeta el relato con el que esos periodistas interpretarán cada gesto de los próximos días. Y tampoco es un exceso de un funcionario suelto: el propio Pontífice recibió a Sánchez en el Palacio Apostólico el pasado 27 de mayo, días antes de emprender el viaje, según consigna el mismo documento. No es un detalle logístico ni una torpeza: es la fijación del marco, hecha desde el centro mismo del aparato vaticano. Cuando León XIV y Sánchez se reúnan el lunes en Madrid, buena parte de la sala ya habrá leído que tiene delante a un reformador progresista, defensor de derechos sociales y acosado injustamente por causas que no son suyas. El encuadre no lo impuso la Moncloa: lo regaló la propia Iglesia, gratis y por adelantado, a escala global.

Y ahí está el verdadero escándalo, que no es de protocolo sino de coherencia, y la coherencia es lo único que sostiene la credibilidad de una institución que pretende hablarle al mundo en nombre de una verdad. Un pontificado que se llena la boca con la dignidad humana consiente que su aparato comunicativo canonice de a bordo, ante el periodismo de medio planeta, a un autócrata que ha legislado contra esa dignidad y ha hecho de la Iglesia española un adversario al que apalear. No es un patinazo: es una elección. La maquinaria que custodia el mensaje de la Iglesia ha decidido a quién sirve, y no sirve a los fieles que la llenan ni a la verdad que dice guardar: sirve al poder, al poder concreto que hoy gobierna España contra ellos. Y luego, cuando el bochorno asoma, se escuda en que el folleto no es suyo. Esa cláusula —«no tiene carácter oficial»— es lo único honesto del documento: reconoce, sin querer y a su pesar, que ni la propia Santa Sede se atreve a firmar lo que ha escrito. Lo escribe, lo reparte por el mundo y lo desfirma. Sabe lo que hace, sabe a quién favorece y sabe que está mal. Por eso no lo firma. A los españoles que estos días esperan al Papa con el corazón abierto, Roma les manda este recado en la maleta de los periodistas: vuestro verdugo nos cae bien.

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