Para la misa con que León XIV pondrá fin a su viaje a España, el viernes 12 de junio, en la dársena del puerto de Santa Cruz de Tenerife, el comité organizador ha dispuesto tres cayucos —embarcaciones reales, de las que arriban cargadas a Canarias— fondeados en torno al altar. El altar mismo se levanta con madera de cayuco; a su espalda, el Atlántico que los propios organizadores describen como «ruta mortal»; al frente, mil plantas autóctonas y la piedra volcánica. La escena, han dicho, aspira a ser «una presencia significativa y silenciosa de esa realidad migratoria». El verbo que la gobierna no lo aporto yo: lo aportan ellos, y es «visibilizar».
Detengámonos en él, porque ahí está el nudo de la desazón que muchos católicos sentirán esos días y que pocos sabrán nombrar. Visibilizar es orientar algo hacia un espectador. Una misa, sin embargo, no se orienta hacia un espectador: se orienta hacia Dios. Esa es, técnicamente, toda la diferencia entre la liturgia y el teatro. Guardini lo dijo mejor que nadie: la liturgia es un jugar ante Dios, una santa inutilidad que no persigue efecto alguno porque su único destinatario no necesita ser informado de nada. En el instante en que el altar se dispone para que las cámaras lean «migración», la misa ha cambiado de destinatario. Ha dejado de mirar hacia arriba —«Alzad la mirada», reza, no sin ironía, el lema del viaje— para mirar hacia la línea de flotación.
Conviene precisar qué ofende y qué no, porque la confusión en este punto es la que arruina los buenos argumentos. No ofende la caridad con el que llega: la Iglesia ha hospedado al forastero durante veinte siglos sin necesidad de fondear nada junto al sagrario, y el «fui forastero y me acogisteis» no es una glosa progresista de Mateo sino Mateo. Lo que produce el desasosiego es la sospecha —fundada en las palabras de los propios organizadores— de que el sacrificio se ha convertido en soporte de un mensaje; de que lo que importa de la escena no es lo que ocurre sobre el altar, sino lo que lo rodea y lo que de ello se deduce. Una cosa es que la misa diga «acoge al que llega». Otra muy distinta es que la misa sirva para decirlo. En el primer caso la caridad brota del culto; en el segundo el culto se subordina a una tesis sobre política migratoria que podría enunciarse, exactamente igual, sin Eucaristía de por medio.
Y aquí es donde quisiera proponer algo impopular entre los escandalizados, que son hoy mayoría y son, además, gente seria: desconectada.
No lo digo como quien recomienda mirar hacia otro lado. Lo digo en un sentido más exigente. El católico que permita que esta escenografía le agrie la fe habrá concedido, sin advertirlo, la premisa entera del montaje: que el catolicismo es una cosa que sucede sobre un escenario y que sube o baja según lo que el Papa haga delante de una cámara. Quien se desespera ante el gesto pontificio y quien lo idolatra padecen, en el fondo, la misma enfermedad: ambos han hecho depender su fe de un hombre. La papolatría y el escándalo son gemelos. Nacen el mismo día —ese día, no tan antiguo, en que el Papa dejó de ser una autoridad lejana y se convirtió en personaje global, primero gracias al avión, después a la televisión, hoy al teléfono que usted lleva en el bolsillo— y se alimentan de lo mismo: de la atención.
Hubo, durante la mayor parte de la historia cristiana, católicos que no sabían el nombre del Papa. A veces ni eso. Un labrador de Astorga en 1700 no se escandalizaba por lo que se hiciera ante un altar en Tenerife, entre otras razones porque no se enteraba, pero sobre todo porque su fe no transitaba por ese cable. Reposaba en la misa de su parroquia, en el catecismo, en el rosario, en los sacramentos: en lo perenne, no en lo retransmitido. No era un católico peor por su ignorancia. Era, con frecuencia, mucho mejor, porque su adhesión no era una opinión sobre la actualidad eclesiástica sino una vida. La modernidad nos ha hecho a todos corresponsales vaticanos, y al hacerlo nos ha vuelto, paradójicamente, más frágiles: nuestra fe se ha vuelto comentario, y el comentario depende del acontecimiento, y el acontecimiento lo programa otro.
Hay aquí una ironía que el tradicionalista debería rumiar despacio, porque le concierne más que a nadie. Quien más se enorgullece de lo perenne suele ser quien más se agita ante lo efímero. El que dice despreciar el espectáculo es muchas veces el que con más fidelidad lo consume, indignado, hilo a hilo, a las dos de la madrugada. La desazón es real y es legítima; pero conviene examinarla, no sea que esconda una forma sutil de vanidad: la de querer una Iglesia a la medida de la propia sensibilidad estética y litúrgica, y la de tomarse el disgusto privado por una causa pública. El acto verdaderamente tradicional, ante el viaje, no es el comentario indignado. Es ir a misa, rezar, formarse con el catecismo y con los Padres, y dejar que el decorado pase.
Conviene, eso sí, no convertir el «desconectad» en una coartada, porque sería traicionar la mitad del argumento. Desconectar del espectáculo no es fingir que no ocurre. Quien ve con claridad que un altar se ha vuelto atrezo no está obligado a callar el diagnóstico; está obligado, en cambio, a no entregarle a ese atrezo el gobierno de su vida interior. Y resulta que solo el desconectado ve con claridad, precisamente porque no está dentro de la máquina que necesita su indignación para funcionar. El que mira desde fuera del foco puede permitirse la única respuesta que el montaje no sabe administrar: la indiferencia hacia el escenario y la fidelidad a lo que el escenario pretendía tapar.
Porque eso es lo que ocurrirá. Pasada la misa retirarán los cayucos de la dársena. El mensaje se disolverá en el siguiente ciclo informativo, como se disuelven todos. Y la misa —esa que no necesita cámaras, ni embarcaciones, ni el Atlántico de fondo para significar lo que significa— seguirá diciéndose, idéntica, en diez mil parroquias donde no mira nadie. Aquello es la Iglesia. Lo demás es producción. Y a la producción no se la combate con aplausos ni con escándalo, que son las dos reacciones que tenía previstas, sino con algo que no figuraba en el guion: que el espectador, encogiéndose de hombros, se levante y se vaya a rezar.