El separatismo catalán rabia al saber que el Papa bendecirá en español la torre de Gaudí

El separatismo catalán rabia al saber que el Papa bendecirá en español la torre de Gaudí

La visita de León XIV a Barcelona para bendecir la Torre de Jesucristo de la Sagrada Familia debería ser una de esas noticias que trascienden fronteras, ideologías e intereses locales. El Sucesor de Pedro acudirá al templo más universal de Gaudí para bendecir una torre dedicada a Cristo. Sin embargo, incluso antes de que el Papa llegue, el separatismo catalán ha conseguido reducir el acontecimiento a una discusión sobre el idioma de una bendición.

La publicación por parte de la Santa Sede del misal de la celebración prevista para el próximo 10 de junio ha abierto en menos de veinticuatro horas un frente político en Cataluña. El reparto de lenguas previsto para la celebración, con el castellano por encima del 70%, el catalán en torno al 20% y la bendición de la torre de Jesucristo íntegramente en castellano, ha recorrido el arco parlamentario catalán de un extremo al otro, con lecturas tan opuestas como previsibles. Lo que debía ser uno de los momentos culminantes de la visita papal ha terminado convertido en un debate sobre porcentajes lingüísticos, cuotas de representación y agravios identitarios.

La polémica se adelanta a la llegada del Papa

La líder de Aliança Catalana, Silvia Orriols, anunció públicamente que renunciaba a asistir al acto. «Como diputada, había solicitado asistir a la bendición de la Torre de Jesucristo de la Sagrada Familia, pero después de saber que se oficiará en castellano, renuncio», escribió en sus redes sociales. La dirigente justificó su decisión «por respeto a Gaudí y a Cataluña».

También cargó contra la decisión Jordi Fàbrega, diputado de Junts en el Parlamento de Cataluña y exalcalde de La Seu d’Urgell. Fàbrega denunció un supuesto «menosprecio absoluto» hacia Cataluña, Antoni Gaudí y la lengua catalana por el hecho de que la bendición principal no se realice en catalán.

Por su parte, el expresidente de la Generalitat Carles Puigdemont, calificó la situación de «vergüenza» y sostuvo que constituía un insulto a Cataluña y a la memoria de Gaudí. Además, acusó a la Iglesia de situarse del lado de «la lengua del poder» y llegó a vincular la decisión con un supuesto retorno al nacionalcatolicismo.

Las declaraciones son llamativas por lo que dicen, pero aún más por lo que revelan. Detrás de ellas aparece una forma de entender la realidad profundamente moderna y artificial, aunque se presente como ancestral. El nacionalismo contemporáneo lleva décadas intentando convencer a los europeos de que la identidad política más importante del ser humano es la pertenencia a una comunidad lingüística delimitada administrativamente. Todo debe someterse a ese criterio: la historia, la cultura, la educación, la religión e incluso una bendición papal.

La presión política llega hasta el Arzobispado

El Govern de la Generalidad se movió en paralelo, aunque con un registro institucional más contenido. Fuentes del ejecutivo catalán han trasladado que ya trabajan con la Conferencia Episcopal, con el arzobispo de Barcelona, el cardenal Joan Josep Omella, y con la Santa Sede para ampliar la presencia del catalán, con la pretensión expresa de que la lengua entre en la homilía del Papa y en la bendición de la torre, así como en el resto de intervenciones de León XIV durante su estancia.

Desde la esfera civil catalanista, la voz más audible fue la de la periodista Pilar Rahola, que resumió el agravio con una fórmula destinada a circular: «Menosprecian nuestro idioma en nuestro propio país». El reproche conecta con el malestar del catolicismo de sensibilidad catalanista, que ya había manifestado su decepción a través de entidades como la Fundación Joan Carrera o Joan Maluquer, miembro de la Lliga Espiritual de la Mare de Déu de Montserrat, que lamentó públicamente el papel reservado al catalán en la ceremonia y criticó que el Arzobispado de Barcelona no haya querido incorporar determinados símbolos identitarios catalanes en la organización del acto. A esto se sumaron párrocos que lamentan que la bendición no se pronuncie en catalán cuando, a su juicio, nada lo impedía.

Incluso el obispo de Girona, Octavi Vilà, manifestó que le habría parecido deseable una mayor presencia de la lengua catalana durante la bendición de la Torre de Jesucristo: 

«Habría sido más satisfactorio que la Torre de Jesús hubiera sido en catalán»

Aunque Vilà también señaló que prefiere esperar al desarrollo completo de las celebraciones para comprobar cuál será finalmente el papel del catalán en las distintas intervenciones.

La explicación más sobria del cambio la aportó el director de la Fundación Catalunya Religió, Jordi Llisterri, en declaraciones a RAC1. Llisterri atribuye la pérdida de peso del catalán a un cambio en la gestión del viaje: mientras la visita de Benedicto XVI en 2010 se coordinó esencialmente entre el Arzobispado de Barcelona y la Santa Sede, la de ahora ha pasado en buena parte por comisiones radicadas en Madrid y por una Conferencia Episcopal con un papel más decisivo. A ello suma un factor práctico: el castellano es la lengua que León XIV domina, y la que, por comodidad del propio pontífice, tiende a imponerse en las partes rituales.

Un contrapunto para los separatistas

En el extremo opuesto del arco, la reacción no entró siquiera a discutir el reparto de lenguas. El secretario general de Vox, Ignacio Garriga, respondió el 2 de junio en X desplazando el foco del idioma a la legitimidad misma de la protesta: calificó de «absolutamente inaceptables» las injerencias de los partidos separatistas en una celebración religiosa y les reprochó una hipocresía selectiva, recordando que no se les vio igual de preocupados por la lengua empleada en las mezquitas, los equipamientos públicos y las plazas donde se acababa de celebrar la Fiesta del Cordero. Cerraba emplazándolos a dedicar su tiempo a resolver la crisis social y de seguridad que, a su juicio, ellos mismos han provocado en Cataluña.

Era, en suma, la respuesta especular a Puigdemont: donde el independentismo lee marginación del catalán, Vox lee intromisión política en un acto de culto. La prensa conservadora madrileña fue por el mismo carril, describiendo la reacción independentista como una campaña de «victimismo lingüístico» y subrayando el dato que el catalanismo tiende a omitir, esto es, que las primeras palabras del Papa en el templo serán precisamente en catalán —la señal de la cruz y el saludo—, además del salmo responsorial, la lectura del Apocalipsis y el canto del Padrenuestro.

La visita de León XIV convertida en campo de batalla

La paradoja es que este tipo de nacionalismo se presenta como una defensa de las raíces cuando en realidad constituye una de las ideologías más recientes de la historia. Durante siglos, los catalanes fueron católicos, españoles, europeos y miembros de una multitud de comunidades superpuestas sin experimentar conflicto alguno entre ellas. La obsesión por convertir la lengua en el eje absoluto de la vida pública es un producto político relativamente reciente. No es una tradición; es una construcción ideológica.

Por eso resulta tan reveladora la polémica. La Sagrada Familia fue concebida por Gaudí como un templo expiatorio para la gloria de Dios. El Papa representa una institución bimilenaria que reúne a pueblos, culturas y lenguas de todos los continentes. La Iglesia habla literalmente todos los idiomas del mundo. Sin embargo, algunos contemplan semejante acontecimiento y solo son capaces de preguntarse cuántas frases se pronunciarán en catalán y cuántas en castellano.

Hay algo profundamente anacrónico en todo ello. En una época caracterizada por la globalización, las comunicaciones instantáneas y la movilidad permanente, cuando las nuevas generaciones consumen información, entretenimiento y cultura procedentes de cualquier rincón del planeta, el nacionalismo identitario sigue atrapado en disputas que recuerdan más al siglo XIX que al XXI. Su horizonte intelectual continúa siendo el mismo: delimitar tribus, levantar fronteras simbólicas y convertir cualquier realidad humana en un instrumento de afirmación colectiva.

Ni siquiera el Papa escapa a esa lógica. Ni siquiera Cristo. Ni siquiera la obra más universal de Gaudí. Todo debe ser reducido a una reivindicación local, a una reclamación burocrática, a una disputa sobre cuotas lingüísticas. Es la incapacidad de elevar la mirada por encima de la propia aldea.

Quizá por eso la controversia resulta tan pequeña frente a la magnitud del acontecimiento. León XIV viene a bendecir una torre dedicada a Jesucristo. Algunos han decidido que lo verdaderamente importante es el idioma en que se pronuncie la fórmula. Es difícil encontrar una imagen más precisa del agotamiento intelectual de un nacionalismo que, pretendiendo hablar en nombre de la historia, cada vez parece más una reliquia ideológica fuera de su tiempo.

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