La procesión del Santísimo presidida por el Papa recorrerá Madrid en una joya de la Contrarreforma

La procesión del Santísimo presidida por el Papa recorrerá Madrid en una joya de la Contrarreforma

La pieza de plata del siglo XVI, propiedad del Ayuntamiento y no de la Iglesia, será el centro de la liturgia del Corpus Christi que presidirá el Papa el 7 de junio. Es la primera vez que un pontífice encabeza esta procesión madrileña.

León XIV procesionará con la custodia de Madrid tras la misa del Corpus Christi que celebrará ante el Palacio de Cibeles, una de las citas centrales de su visita a la capital española entre los días 6 y 9 de junio. La pieza renacentista —vinculada a esta ceremonia desde el reinado de Felipe II— abandonará temporalmente el Museo de Historia de Madrid para ocupar su lugar tradicional en el cortejo eucarístico.

El desarrollo litúrgico previsto sigue el esquema clásico de la solemnidad: tras la comunión, la hostia consagrada se colocará en la custodia y se expondrá en el centro del altar. El Papa pronunciará la oración postcomunión, incensará el Santísimo Sacramento y dará inicio a la procesión, que recorrerá la calle Alcalá en dirección a la Gran Vía para regresar a Cibeles. Allí, tras nueva incensación y oración, León XIV impartirá la bendición con el Santísimo en la custodia.

Una custodia municipal, no eclesiástica

La singularidad de esta pieza reside en su titularidad civil. A diferencia de la inmensa mayoría de custodias procesionales españolas, la de Madrid no pertenece a ninguna iglesia, catedral ni institución religiosa, sino al Ayuntamiento de la Villa. Fue el propio Consistorio quien la encargó al platero Francisco Álvarez entre 1568 y 1574, durante el reinado de Felipe II, para dotar a la procesión del Corpus de un elemento acorde con la capitalidad recién adquirida por Madrid.

La custodia se compone de tres elementos diferenciados: las andas o templete exterior, con ocho columnas corintias y las figuras de los cuatro evangelistas coronadas por la imagen de Cristo Salvador; la custodia de asiento, en forma de doble templete con escenas de la Pasión en su base —la Santa Cena, el Lavatorio, la Oración en el Huerto y el Prendimiento—; y la custodia de sol o portátil, realizada en el siglo XIX por Francisco Moratilla, destinada a contener la Eucaristía.

El conjunto combina formas arquitectónicas clásicas con una decoración que alterna motivos eucarísticos —espigas y uvas— con figuras de profetas, ángeles, sibilas, sabios y músicos. Actualmente se conserva en la capilla del Museo de Historia de Madrid, tras concluir en noviembre de 2024 una restauración que costó 12.700 euros al erario municipal.

Cinco siglos de procesión y algún percance

La historia de la custodia está ligada a la del Corpus madrileño. En el siglo XVI, el cortejo partía de la iglesia de Santa María y recorría la Plaza Mayor, la iglesia de Santa Cruz, el convento de San Felipe y el antiguo Alcázar. Participaban cofradías, hermandades, comunidades religiosas, el clero, el Ayuntamiento y representantes del Estado, además de elementos populares como la tarasca, el mojigón y los gigantones. La custodia salía bajo palio, sostenido por los regidores municipales.

No todo ha sido solemnidad en la historia de la pieza. En 1854, un robo en la Casa de la Villa —donde entonces se custodiaba— se saldó con la sustracción del viril de diamantes, un florero y la esfera armilar que remataba el conjunto. También desapareció la figura de uno de los evangelistas, que sí pudo recuperarse posteriormente.

La elección de esta custodia para una celebración presidida por el Papa posee además una dimensión estética y simbólica que no pasa desapercibida. Frente a ciertas corrientes contemporáneas que han favorecido diseños litúrgicos cada vez más minimalistas, la histórica custodia madrileña representa la tradición clásica de la Iglesia en torno al culto eucarístico: riqueza iconográfica, profusión ornamental y voluntad explícita de expresar mediante el arte la centralidad de la Presencia Real. Su utilización en el Corpus presidido por León XIV supone, de hecho, una reafirmación de la estética monumental heredada de la Contrarreforma española y un descarte implícito de modelos más recientes de inspiración «hakunera», caracterizados por custodias de líneas simplificadas, escasa carga simbólica y una concepción visual más cercana al minimalismo contemporáneo que al lenguaje histórico de la liturgia católica.

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