Hay una clase de generosidad que sólo florece donde no llega la factura. La proclama, esta semana, el padre Ángel, que ha fijado como «prioridad global» de Mensajeros de la Paz «que no haya nadie solo o durmiendo en la calle», así, en abstracto y en los ochenta países donde la entidad despliega su presencia. La fórmula se ofrece, como es habitual en estos casos, en contraste tácito con quienes hablan de prioridad nacional, esos sujetos toscos y presumiblemente fascistas que aún no han comprendido que el corazón, debidamente entrenado, no conoce fronteras ni, al parecer, presupuestos.
Conviene detenerse en la palabra, porque la palabra lo delata todo. Prioridad viene de prior: lo primero, lo que va delante porque algo, necesariamente, ha de quedar detrás. Priorizar es ordenar, y ordenar es excluir. Una prioridad que lo abarca todo y a todos, que no antepone a nadie porque no pospone a nadie, no es una prioridad más generosa: es, sencillamente, ninguna prioridad. Es el ruido amable que hace la conciencia cuando se le pide que no decida. Decir «mi prioridad es que nadie esté solo en ningún lugar de la tierra» equivale, en términos operativos, a no haber priorizado en absoluto; con la ventaja añadida de que la frase queda preciosa en una memoria anual presentada, cómo no, en la Fundación Telefónica.
El malentendido es viejo y tiene nombre técnico. Lord Robbins definió la economía, hace casi un siglo, como la ciencia que estudia la conducta humana en su relación entre fines y medios escasos de uso alternativo. La cursiva es suya y la cursiva es toda la cuestión. Los medios son escasos; los fines, infinitos; de manera que cada euro destinado al hambre del Sahel es un euro que no socorre al anciano que se apaga, solo, en un tercero sin ascensor de Vallecas. No es una crueldad: es una identidad contable. Quien niega que los recursos sean escasos no ha alcanzado una estatura moral superior. Simplemente, no ha tenido nunca que pagar de su bolsillo el coste de su propia bondad.
Y aquí está, me temo, el meollo del asunto. Resulta más sencillo proclamar la prioridad global cuando la prioridad la financia, en parte nada desdeñable, el contribuyente; cuando buena porción de los centros que se gestionan son públicos, sostenidos con presupuesto autonómico y municipal, y la caridad consiste en administrar con gesto franciscano un dinero que jamás salió del peculio propio. La generosidad con cargo ajeno tiene esa cualidad maravillosa: no se agota. Uno puede ser pródigo hasta el infinito mientras la cuenta la pase otro. De ahí que quienes nunca han tenido que escoger entre el mendigo de su portal y el de las antípodas contemplen con cierto pasmo, incluso con cierta lástima, a quienes sí deben hacerlo. Desde la torre se ve el horizonte entero y maravillosamente plano; lo que no se ve, desde la torre, son los escalones.
Lo verdaderamente cómico —y el adjetivo es caritativo— es que esta beatería universalista se presenta como la versión más cristiana de la caridad cuando es, doctrinalmente, la más floja. La tradición católica nunca enseñó que el amor debiera repartirse a granel y sin orden. San Agustín hablaba de ordinata dilectio, amor ordenado, y Santo Tomás dedicó en la Summa una cuestión entera al ordo caritatis: hay un orden en la caridad, y ese orden manda atender primero a los más próximos, no por mezquindad, sino porque la obligación que no distingue grados es una obligación que en la práctica no obliga a nada. El que pretende amar a toda la humanidad por igual termina, con notable frecuencia, no amando eficazmente a nadie en concreto: lo cual, dicho sea de paso, sale infinitamente más barato y queda muchísimo mejor en los titulares.
No se le reprocha al padre Ángel que socorra al extranjero; faltaría más. Se le señala la coartada: la de envolver en lenguaje evangélico una operación que consiste en negar la escasez, externalizar el coste y rebautizar como superioridad espiritual lo que es, más llanamente, la posición de quien jamás ha tenido que sumar. Vox dice prioridad nacional y queda como el avaro de la función. Mensajeros de la Paz dice prioridad global y se lleva el aplauso, la memoria ilustrada y la deducción en el impuesto de sociedades. Ambos, en el fondo, están discutiendo lo mismo: cómo repartir un pan que no da para todos. La diferencia es que uno lo reconoce y el otro ha descubierto que negarlo, además de gratis, es rentable.
Que nadie duerma solo en la calle es un deseo hermoso. También lo es que llueva champán. El problema empieza cuando se confunde el deseo con la política, y la política con la virtud; y se reserva el papel de santo para quien tiene la suerte —o el oficio— de no pagar la cuenta.