Confidencias de un sacerdote sobre la octava de Pentecostés

Por: Mons. Alberto José González Chaves

Confidencias de un sacerdote sobre la octava de Pentecostés

El lunes de Pentecostés, un sacerdote muy amigo mío —tanto que no tiene secretos para mí— me hablaba con una mezcla de gozo y melancolía, en el tono sereno de quien no discute para vencer, sino que recuerda con amor. Durante toda esta semana, me decía, al celebrar la Santa Misa y rezar el Oficio Divino de la octava de Pentecostés, experimentaba una íntima gratitud difícil de explicar a quien no lo haya vivido nunca.

“No sabes —me decía— lo que es despertarse cada mañana y sentir que la Iglesia sigue respirando Pentecostés; que no se ha apagado el Fuego; que el Espíritu Santo no pasó fugazmente sobre el mundo como una ráfaga litúrgica de un solo día, sino que la Iglesia, como buena madre, quiere demorarse amorosamente en el misterio”.

Y añadía, con dolor fraternal:

“Me entristece que la inmensa mayoría de los sacerdotes y de las monjas se priven hoy de una riqueza espiritual incomparable. ¡Me resulta incomprensible que precisamente la fiesta que corona todo el año litúrgico haya perdido su octava! Porque la antigua liturgia romana comprende que los grandes misterios no pueden celebrarse de pasada. La Iglesia prolongó ocho días, durante siglos, la Pascua de Navidad, la de Resurrección florida y la de Pentecostés, sabiendo que el alma necesita demorarse en la phase, el paso de Dios. No hay flor sin fruto; si Pentecostés es la Pascua Granada, la cosecha espléndida de la Pascua Florida, la octava es la cosecha del fruto maduro de ese misterio”.

Ocho días bajo el fuego del Paráclito

Me hablaba después mi amigo de la belleza de estos días litúrgicos. Y me parecía escuchar el rumor suave de los antiguos coros monásticos, el paso silencioso de los monjes hacia los maitines nocturnos, el sonido grave del gregoriano subiendo en la penumbra.

“¡Es toda la Iglesia —me decía— viviendo en clave pneumatológica! La Santa Misa conserva diariamente el Gloria, el Credo, el aleluya jubiloso de Pentecostés, el Te Deum en el Oficio. Las antiguas témporas de Pentecostés, el miércoles, viernes y sábado, añaden profundidad ascética a esta semana, mas no con el tono austero y marcadamente penitencial de las témporas de Adviento o de Cuaresma. Aquí la penitencia aparece bañada por la alegría. Todo respira gratitud por la efusión del Espíritu Santo. Son días en los que la Iglesia ayuna con la boca llena de aleluyas”.

Y entonces comenzó a traerme textos de diversos días de la octava. Los recordaba casi de memoria.

Accéndat in nobis Dóminus ignem sui amóris et flammam ætérnæ caritátis.” “Que el Señor encienda en nosotros el fuego de su amor y la llama de la eterna caridad”.

Proseguía: “Factus est repente de cælo sonus, tamquam advenientis spiritus vehementis.” “De repente vino del cielo un ruido como de viento impetuoso”.

Enseguida: “Repleti sunt omnes Spiritu Sancto, alleluia: et cœperunt loqui.” “Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, aleluya, y comenzaron a hablar”.

Después abría el misal por las témporas y seguía leyendo: “Caritas Dei diffusa est in cordibus nostris per inhabitantem Spiritum eius in nobis.” “La caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu que habita en nosotros”.

Y todavía: “Spiritus Domini replevit orbem terrarum: alleluia.” “El Espíritu del Señor llenó el universo de las tierras: aleluya”.

Luego, con verdadera emoción: “Emitte Spiritum tuum et creabuntur, et renovabis faciem terræ.” “Envía tu Espíritu y serán creados, y renovarás la faz de la tierra”.

Y continuaba: “Dum complerentur dies Pentecostes, erant omnes pariter dicentes, alleluia.” “Al cumplirse los días de Pentecostés, estaban todos reunidos, diciendo: aleluya”.

De pronto bajaba la voz al llegar a aquella oración antiquísima: “Adsit nobis virtus Spiritus Sancti.” “Que esté presente en nosotros la fuerza del Espíritu Santo”.

Sin detenerse, volvía a la secuencia: “Dulcis hospes animæ, dulce refrigerium.” “Dulce huésped del alma, dulce alivio”. “Lava quod est sordidum, riga quod est aridum, sana quod est saucium.” “Lava lo que está manchado, riega lo que está árido, sana lo que está herido”.

“¿Te das cuenta?”, me decía. “No son fórmulas piadosas superficiales. Toda esta liturgia, cuajada de Palabra de Dios, tiene fuego, viento, lágrimas, unción, luz, combate, fecundidad espiritual. ¡Todo respira Espíritu Santo durante ocho dias enteros, a toda hora! ¡Es un festín que tantos no disfrutan”.

Latín, adoración, ¡y vocaciones!

Mi amigo sacerdote volvía una y otra vez sobre ciertos temas que hoy parecen haberse vuelto incómodos incluso dentro de la misma Iglesia: el sentido de adoración, la centralidad de la cruz, el silencio sagrado, la orientación interior hacia Dios, la belleza del latín, el gregoriano, la gravedad serena del sacrificio. Lo decía sin agresividad, sin nostalgia amarga, sin resentimiento, más bien como quien contempla una bellísima catedral y siente pena de que tantos pasen junto a ella sin entrar.

“El latín —me decía— no es una barrera; es una atmósfera: yo no busco en la liturgia reconocerme a mí mismo, sino entrar humildemente en algo infinitamente más grande que yo mismo. La liturgia tradicional enseña sin discursos toda la teología: el sacrificio, la adoración, la corredención con Cristo, el temor reverencial y amoroso de Dios, la trascendencia divina, la continuidad de la Iglesia a través de los siglos. Forma almas sacerdotales y religiosas. Y familias. ¡Y vocaciones!”

Summorum Pontificum, y los monasterios que perdieron la ocasión

Aquí su voz se volvía especialmente dolorida…

“No logro comprender —me decía— cómo tantos monasterios, tantas comunidades contemplativas, tantas casas religiosas que habrían encontrado en esta liturgia un medio natural para custodiar el silencio, la adoración y la belleza sobrenatural, no aprovecharon más decididamente la posibilidad abierta por Summorum Pontificum”.

Y lo decía pensando sobre todo en las monjas: en monasterios antiguos, ya envejecidos, adonde una liturgia más contemplativa, más sacra, más orgánica, más impregnada de silencio y de misterio habría atraído muchas vocaciones jóvenes.

“Cuántas muchachas —me decía— buscan hoy precisamente eso: adoración, silencio, belleza, radicalidad, gregoriano, latín, vida coral seria, liturgia vivida sin banalidades. Y a veces tienen que irse lejos para encontrarlo”.

Entonces me habló de los veinte mil jóvenes que peregrinan cada año a Chartres, en Francia, o de los centenares que caminan a Covadonga en la peregrinación de Nuestra Señora de la Cristiandad en España, o hasta Basílica de Nuestra Señora de Luján en Argentina, o las iniciativas semejantes que comienzan a surgir también en Portugal.

“Muchos de esos jóvenes”, me decía, “desearían encontrar en sus propios países monasterios y seminarios donde la tradición litúrgica fuese vivida con naturalidad y sin complejos. Y muchas veces tienen que buscarlos lejos. O quizá… ¡ay!, son vocaciones que se pierden”.

Humedecidos sus ojos, recordaba entonces mi amigo, ¡con tanta gratitud!, el motu proprio Summorum Pontificum de Benedicto XVI, aquel gesto pacificador y profundamente eclesial con el que un Papa sabio y humilde quiso declarar que lo que había sido santo para generaciones enteras no puede convertirse súbitamente en algo sospechoso o proscrito. Y lamentaba:

“No se supo aprovechar aquella libertad. Muchos monasterios podrían haber redescubierto entonces un tesoro espiritual inmenso. Y hoy habrían aumentado en cantidad y calidad”.

Traditionis Custodes o estrechar el cerco

Después, inevitablemente, surgió la referencia al motu proprio Traditionis Custodes. Mi amigo hablaba sin dureza, sin descalificaciones ni espíritu de facción.

“Si se entendiera de verdad ese título”, me decía, “los obispos serían auténticos custodios de la tradición. Custodios, no administradores de una ruptura imaginaria. No se trata de enfrentamientos: la Iglesia no necesita más guerras internas, pero sí memoria historica de la buena, y humildad para reconocer que muchos tesoros fueron malbaratados demasiado deprisa, absurdamente”.

Después guardó un instante de silencio y añadió algo que me impresionó mucho:

“Resulta difícil comprender que precisamente en un momento histórico en que tantos jóvenes redescubren libremente la liturgia tradicional, no por ideología sino por hambre de Dios, se haya querido estrechar tanto su espacio vital dentro de la Iglesia”.

Y explicaba enseguida que lo que ve en esos jóvenes no es rebeldía, ni nostalgia política, ni arqueologismo estético.

“Lo que buscan”, me decía, “es adoración, sacrum silentium, continuidad logica, armónica, organica, como la del crecimiento de un cuerpo vivo. Quieren sentirse pequeños ante Dios y grandes únicamente por pertenecer a la Iglesia de siempre”.

Por eso le dolía que algunos mirasen este fenómeno casi exclusivamente desde categorías disciplinarias o sociológicas.

“Porque cuando un movimiento lleva a confesarse, a rezar el rosario, a hacer adoración eucarística, a amar el sacerdocio, a abrir seminarios, a llenar peregrinaciones penitenciales, a despertar vocaciones contemplativas y familias numerosas y creyentes, ¡esa corriente espiritual merece ser acompañada paternalmente, no torpemente contenida!”

Y aún añadía, con serena tristeza:

“Lo más hermoso de esta liturgia es precisamente que nunca encierra en sí misma: siempre empuja hacia Dios, hacia la santidad, hacia la continuidad católica, hacia la comunión de los siglos. No divide, como se dice con ignorante o malevola ligereza: ¡une, precisamente porque hace sentirse contemporáneo de todos los santos!”

Después, sonrió apenas: “Tal vez por eso algunos hablaron, con cierta ironía dolorida, de motu impropio”.

No había en sus palabras acritud, sino la perplejidad de quien contempla cómo, en una época que dice querer escuchar sinodalmente todos los carismas, precisamente uno de los fenómenos espirituales más fecundos y juveniles de las últimas décadas parece ser mirado con una cautela difícil de entender.

Pentecostés y Oriente

La conversación tomó entonces un giro especialmente hermoso.

“Hoy hablamos mucho —me decía mi amigo— de acercarnos a la espiritualidad oriental, porque Oriente ha conservado maravillosamente el sentido pneumatológico, la experiencia del Espíritu Santo, la mística de la divinización del hombre. Pero la liturgia romana posee también una riqueza inmensa en torno al Espíritu Santo que se ha dejado desvanecerse”.

Y volvió a citar textos…

Factus est repente de cælo sonus, tamquam advenientis spiritus vehementis.” “De repente vino del cielo un ruido como de viento impetuoso”. “Repleti sunt omnes Spiritu Sancto.” “Todos quedaron llenos del Espíritu Santo”. “Spiritus Domini replevit orbem terrarum.” “El Espíritu del Señor llenó el universo”. “Confirma hoc Deus quod operatus es in nobis.” “Confirma, oh Dios, lo que has obrado en nosotros”.

Después abrió su breviario y me leyó una bellísima lección patrística, de San Gregorio Magno: “Spiritus Sanctus mentem quam repleverit, hanc ad amorem invisibilium rapit.” “El Espíritu Santo arrebata hacia el amor de las cosas invisibles al alma que llena”. Y otra de San Agustín de Hipona: “Ipse est Deus caritas.” “Él mismo es Dios-Amor”. Y todavía otra de San León Magno: “Pentecostes initium est omnium gentium vocationis.” “Pentecostés es el comienzo de la vocación de todos los pueblos”.

“¿Comprendes?”, me decía. “Durante ocho días enteros la Iglesia vive sumergida en este océano del Espíritu Santo. ¿Cómo puede abandonarse esto sin que Ella se resienta de un deficit de santidad, de apostolado, de vocaciones?”

El respiro de la Iglesia madre

Me hizo gracia y casi me produjo ternura oír a mi amigo hablarme incluso de la estructura de maitines.

“La Iglesia, que es madre, hasta piensa en el cansancio de los sacerdotes”, me decía sonriendo. “Por eso durante la octava de Pentecostés los maitines son más breves: en el Breviario romano, las octavas de Pascua y Pentecostés tienen maitines con un solo nocturno de tres salmos y tres lecciones. Esa reducción no es pobreza, sino delicadeza: esa cierta brevedad no significa menor solemnidad. Al contrario: es una solemnidad tan alta que parece simplificarse por exceso de luz. Como si la Iglesia, deslumbrada ante la Resurrección y abrasada en Pentecostés, no quisiera multiplicar las palabras, sino concentrarlas. En las octavas mayores —Pascua y Pentecostés— la oración nocturna se hace más breve exteriormente, pero más densa interiormente; menos discursiva, pero más intensa; menos fatigosa para el ministro, pero no menos cargada de misterio”.

Mi amigo sacerdote lo decía como quien está habituado al munus suavissimum de rezar, por él mismo y por el pueblo, el opus Dei:

“Es una misericordia litúrgica: la Iglesia no quiere agotar al sacerdote precisamente en los días en que más quiere alegrarlo. Le quita algo de longitud, pero no le escatima hondura; le ahorra cansancio, no contemplación”.

Y tenía razón. Porque, en esos días, el Oficio no pierde grandeza: conserva el Te Deum, el tono festivo, la respiración solemne del misterio. En las de Pascua y Pentecostés, las grandes octavas mistagógicas del año cristiano, la Iglesia no cambia de tema cada día, sino que vuelve, una y otra vez, sobre el mismo abismo luminoso: Cristo resucitado y el Espíritu derramado.

“Es como cuando uno está ante algo demasiado grande”, me decía mi amigo. “No necesita hablar mucho, sino quedarse allí a contemplar”.

No hablaba como un rubricista, sino como un enamorado, porque lo que le dolia que hubieran perdido sus hermanos sacerdotes no eran ceremonias antiguas, sino densidad sobrenatural: una manera de permanecer ante el misterio, con lentitud sagrada.

¿Por qué se lamentaba mi amigo sacerdote?

Comprendí que si aquel sacerdote hablaba con tanta emoción de la octava de Pentecostés no era por simple nostalgia estética ni por arqueología litúrgica. Menos aun por un rechazo visceral del presente. Lo que le dolía era otra cosa mucho más honda: que la Iglesia contemporánea, tan necesitada del Espíritu Santo, haya eliminado una semana donde Ella aprendía a dejarse abrasar por Él.

Porque la octava de Pentecostés enseña que el Espíritu Santo no es un recuerdo piadoso de hace veinte siglos, sino el Fuego permanente de la Iglesia. Enseña a vivir bajo su soplo, a demorarse, deleitándose en Él, dejándose modelar por Él.

Mientras me hablaba mi amigo, yo recordé aquellas palabras antiguas que durante siglos han resonado en la liturgia romana durante ocho deliciosas jornadas:

Emitte Spiritum tuum et creabuntur, et renovabis faciem terræ.” “Envía tu Espíritu y serán creados, y renovarás la faz de la tierra”.

Acaso, a la postre, mi amigo sacerdote no se lamentaba sólo de una octava perdida; quizá se dolía, sobre todo, de que hoy no nos recreemos con el Consolador, gozando durante ocho días enteros junto a la Llama de Amor viva.

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