Hay una figura retórica que merece nombre propio, porque su eficacia consiste precisamente en no terminarse: la frase inacabada. Don José Ignacio Munilla la maneja con destreza de viejo predicador cuando, en su programa de la mañana de las vísperas de Pentecostés, alude a esos «medios que se dicen católicos» y deja, con la naturalidad del que sabe que el oyente completará solo lo que él prefiere no firmar, la elipsis suspendida en el aire. No hace falta acabar la frase. Todos entendemos lo que sigue: medios que se dicen católicos pero que en realidad son fariseos, violentos, racistas, instrumentalizadores de la fe, agitadores que se recrean en la sangre del adversario. El obispo no lo dice; lo deja dicho, que es una forma más cómoda y considerablemente menos costosa de decirlo, pues le permite la acusación sin el peso de sostenerla y la condena sin la incomodidad de argumentarla. Talleyrand, que de elipsis sabía lo suyo, habría apreciado la economía.
Conviene, por eso, devolverle al obispo una cortesía que él no se concede a sí mismo, que es la de terminar las frases. Si va a acusarnos —y está en su pleno derecho, faltaría más, que para eso tiene micrófono, diócesis y la robusta certeza de quien nunca duda de hallarse del lado correcto—, que nos acuse del todo. Que diga quiénes, que diga qué, que diga cuándo. Porque la insinuación tiene una ventaja inestimable sobre la afirmación: no se puede refutar lo que no se ha llegado a enunciar, y el que insinúa conserva siempre la salida del «yo no he dicho eso» mientras recoge íntegros los réditos de haberlo sugerido. Es la calumnia con coartada incorporada, el género literario favorito de quienes han descubierto que la caridad bien entendida empieza por uno mismo.
Pero hay algo más interesante que la cobardía gramatical de la frase a medias, y es la asimetría que la sostiene. Imaginemos por un momento que alguno de esos medios que se dicen católicos —pongamos, por hipótesis, uno cualquiera— se refiriese al propio Munilla, o a cualquier otro prelado de su cuerda, con la fórmula «obispos que se dicen católicos». Imaginemos el escándalo. Imaginemos las invocaciones a la comunión eclesial, al respeto debido al sucesor de los apóstoles, a la prudencia, a la unidad, a la mansedumbre evangélica que un periodicucho resentido jamás sabrá comprender. Y sin embargo la fórmula sería exactamente la misma, con la misma estructura, el mismo veneno y la misma elipsis: obispos que se dicen católicos, pero que en realidad. La diferencia no está en la frase. La diferencia está en quién puede permitirse pronunciarla. El obispo se arroga la facultad de dictaminar quién permanece dentro de los márgenes de la catolicidad y quién ha sido ya cordialmente expulsado de ellos —siempre, claro, los que discrepan de él, en una coincidencia tan perfecta entre la ortodoxia y su propia opinión que uno empieza a sospechar que ambas se confunden en su cabeza— mientras a los expulsados no se les reconoce ni el derecho a devolver la pelota. Hay aquí una teología implícita digna de estudio: la de un magisterio que se ejerce hacia abajo y nunca admite reciprocidad, porque juzgar la conciencia ajena es abuso intolerable cuando lo hacen los otros y discernimiento pastoral cuando lo practica uno mismo.
El vídeo de “Alzad la mirada” y el hombre de paja
Vengamos ahora al fondo, porque el obispo tiene la elegancia de proporcionarnos, en el mismo programa, dos muestras espléndidas de cómo se construye un hombre de paja para tener después el gusto de derribarlo.
La primera es la del vídeo. La Conferencia Episcopal ha lanzado una campaña —»Alzad la mirada»— cuya pieza estrella muestra un vagón de metro lleno de individuos absortos en sus pantallas hasta que una voz los invita a levantar los ojos y mirarse los unos a los otros, a descubrir que el del maletín y el estudiante, la chica de los lunares y el muchacho de enfrente, comparten cansancios, dudas y sueños. Es, técnicamente, una pieza impecable. Es también, y esto importa más, un anuncio que podría servir igual de bien para una compañía telefónica, una entidad bancaria con vocación social o el sorteo de Navidad, y al que únicamente un rótulo final adherido con prisa revela como antesala de la visita del Sucesor de Pedro.
En esos noventa segundos de buenismo terapéutico no aparece Cristo. No aparece su Madre. No aparece la Cruz, ni la salvación, ni la conversión, ni el pecado, ni la gracia, ni una sola de las palabras que distinguen al Evangelio de un cursillo de inteligencia emocional. Aparece, eso sí, la empatía. Mucha empatía. La empatía es la única trascendencia que el algoritmo tolera sin protestar, y no es casualidad que la propia campaña se presente a los anunciantes como una iniciativa «contra la polarización» que «trasciende lo religioso para situarse en el debate social»: lo confiesan ellos, no nosotros.
Esa es la crítica. Esa, y ninguna otra. Que la Iglesia se presente ante España, en la víspera de recibir al Papa, convertida en una agencia de filantropía indefinida que ha decidido prescindir del único nombre que justifica su existencia.
Pues bien: el obispo coge esa crítica, la dobla con cuidado, la guarda en un cajón y saca en su lugar otra completamente distinta, fabricada por él mismo a la medida de su comodidad. Según su relato, quienes critican el vídeo lo hacen porque desean la polarización, porque les conviene la tensión, porque necesitan el enfrentamiento entre españoles para sus turbios fines políticos; y a continuación, con un sentido de la oportunidad que merecería mejor causa, desentierra el micrófono abierto de Zapatero en 2008 —»nos conviene que haya tensión», «voy a empezar a dramatizar»— para insinuar que los críticos del vídeo son los herederos espirituales de aquella estrategia, solo que desde la otra orilla.
La maniobra es tan vistosa como deshonesta. Nadie, absolutamente nadie, ha criticado la campaña por defecto de crispación. A nadie se le ha ocurrido reprochar a la Conferencia Episcopal que el vídeo sea poco beligerante. Lo que se le reprocha es exactamente lo contrario de lo que el obispo finge rebatir: que haya disuelto el anuncio del Evangelio en un caldo de fraternidad genérica donde Cristo sobra.
Pero contra esa objeción no tiene respuesta, y entonces hace lo que hace el polemista cuando la verdad le resulta incómoda: cambia la pregunta. Combate con denuedo una posición que nadie sostiene para no tener que defender la suya, que es indefendible. A las hormigas rojas y negras de su parábola habría que añadir una tercera especie: la que agita el bote y luego predica serenidad.
La falsa equivalencia moral
Y la segunda muestra, la más grave, porque ya no toca la estrategia sino la doctrina. Dice el obispo, con ese aire de equilibrista que ha confundido la equidistancia con la prudencia, que hoy en España no hay ningún partido plenamente identificable con el Evangelio, que todos tienen incoherencias graves, todos, y procede entonces a la enumeración: unos chocan con la defensa de la vida, la familia, la antropología cristiana; otros se alejan en cuestiones de justicia social, migraciones o «dignidad de los pobres»; otros han abrazado discursos belicistas; y prácticamente todos subordinan el bien común a sus estrategias de poder.
La frase tiene la apariencia tranquilizadora de las verdades obvias —por supuesto que ningún partido es la Ciudad de Dios, faltaría más— y esconde bajo esa apariencia un error que la propia Iglesia que el obispo dice servir ha condenado con todas las letras. Porque meter en la misma enumeración, con la misma cadencia y el mismo «todos», el aborto y la política migratoria es no haber entendido —o haber decidido olvidar por conveniencia retórica— la diferencia entre lo que la teología moral llama un mal intrínseco y lo que pertenece al orden del juicio prudencial.
El aborto es la supresión deliberada de un inocente: un intrinsece malum, un acto que ninguna circunstancia, ninguna ponderación, ningún bien ulterior puede volver lícito. Lo enseña Evangelium vitae, lo recordó la Congregación para la Doctrina de la Fe en su nota de 2002 sobre el compromiso político de los católicos, lo precisó Benedicto XVI al distinguir entre valores no negociables y opciones contingentes.
La política migratoria, en cambio —cuántos acoger, con qué ritmo, bajo qué condiciones, en qué equilibrio entre el deber de hospitalidad y la capacidad real de integración que el propio Catecismo somete al bien común de la comunidad de acogida— pertenece al terreno donde caben legítimamente posiciones católicas opuestas, donde el fiel puede discrepar del obispo sin salirse un milímetro de la ortodoxia, y donde el pastor que pretende imponer su preferencia prudencial como si fuera dogma comete exactamente el abuso que tanto le indigna cuando cree advertirlo en los demás.
Igualar ambas cosas, alinearlas en una misma lista de «incoherencias graves», repartir el reproche con la ecuanimidad simétrica del que quiere quedar bien con todos, no es prudencia: es relativismo moral con sotana. Es nivelar la montaña y el grano de arena para poder decir, satisfecho, que al fin y al cabo todo son montículos. Y el efecto último —lo diga o no lo diga el obispo, lo quiera o no— es la coartada perfecta para el votante que prefiere no jerarquizar nada porque jerarquizar obliga, y obligar incomoda.
La condescendencia clerical
Resulta entonces que el prelado que tan severamente nos reprende a los demás por instrumentalizar a la Iglesia ha instrumentalizado, en una sola mañana de radio, la palabra de Acquaviva para vestir de mansedumbre su comodidad, la anécdota de Zapatero para combatir a un adversario inexistente, y la insinuación elíptica para excomulgar sin firmar la sentencia.
Todo ello, naturalmente, con un tono que él juzga caritativo y que en rigor es la forma más refinada de la soberbia: la del que se ha repartido a sí mismo el papel de los amables, los amorosos, los serenos, los que alzan la mirada, y ha asignado a quien le contradice el de los resentidos que se recrean en la sangre.
No hay agresividad en su voz, es verdad. Hay algo peor, que es esa condescendencia clerical, suave como el guante de seda de la máxima jesuita, con la que se palmea la cabeza del discrepante antes de dejarlo, con infinita ternura pastoral, extramuros de la catolicidad.
Alzad la mirada, nos pide el obispo. De acuerdo. Alcémosla. Pero alcémosla del todo, hasta lo alto, hasta la Cruz, que es donde está escrito el único nombre que su campaña olvidó mencionar; y no la detengamos, por caridad, a la cómoda altura de su propia opinión.