El papa León XIV viajó este sábado a Acerra, en la región italiana de Campania, para encontrarse con las poblaciones de la llamada “Tierra de los Fuegos”, una de las zonas más castigadas de Italia por la contaminación ambiental y el vertido ilegal de residuos tóxicos ligados durante décadas al crimen organizado y a redes de corrupción.
Durante su discurso en la catedral de Santa María Assunta, el Pontífice denunció con dureza los “oscuros intereses” y la “indiferencia hacia el bien común” que, según afirmó, han “envenenado el ambiente natural y social”.
“El grito de la creación y de los pobres entre vosotros se ha sentido aquí de manera más dramática, a causa de un concentrado mortal de oscuros intereses e indiferencia al bien común”, afirmó el Papa.
León XIV recupera una visita deseada por Francisco
El Papa recordó que Francisco ya había manifestado su deseo de visitar esta zona del sur de Italia, aunque finalmente no pudo hacerlo. León XIV explicó que con este viaje ha querido recoger aquel testigo y reivindicar también la herencia de la encíclica Laudato si’.
“Hoy queremos realizar su deseo”, afirmó, subrayando que la crisis ambiental y social de la “Tierra de los Fuegos” representa una llamada urgente a la conversión.
La expresión “Tierra de los Fuegos” hace referencia a amplias áreas entre Nápoles y Caserta donde durante años se enterraron y quemaron ilegalmente residuos tóxicos, provocando graves consecuencias sanitarias y medioambientales.
“No más fuego que destruye”
León XIV articuló gran parte de su discurso en torno a la visión bíblica del profeta Ezequiel y el valle de los huesos secos. Comparó la devastación ambiental de Campania con una tierra convertida en muerte por la corrupción, la criminalidad y la indiferencia.
“Parece que la muerte está en todas partes, que la injusticia ha vencido”, afirmó el Pontífice.
Sin embargo, el Papa insistió en que la respuesta cristiana no puede ser la resignación. Alabó el trabajo de las comunidades eclesiales que han denunciado la situación y acompañan a las familias afectadas.
“Vosotros habéis escogido la responsabilidad”, señaló, animando a continuar el trabajo por la justicia y la regeneración social.
En uno de los momentos más significativos del discurso, León XIV pidió que el fuego destructor sea sustituido por “el fuego del Espíritu”.
“No más fuego que destruye, sino fuego que reanima y calienta”, dijo.
Una llamada contra la cultura del privilegio y la corrupción
El Pontífice dirigió también palabras especialmente contundentes contra lo que definió como una “cultura del privilegio, de la prepotencia y de no rendir cuentas”.
“Esa cultura ha hecho muchísimo daño a esta tierra”, afirmó.
A sacerdotes, religiosos y responsables eclesiales les pidió ejercer una autoridad basada en el servicio y la cercanía, mientras que a las familias golpeadas por la tragedia ambiental las animó a no caer en el resentimiento y a transmitir a las nuevas generaciones un sentido de responsabilidad y cuidado del bien común.
El Papa llama a reconstruir desde el corazón
León XIV insistió en que la regeneración social y ambiental comienza por la conversión interior de las personas. Citando nuevamente al profeta Ezequiel, recordó la promesa bíblica de un “corazón nuevo”.
“El cambio del mundo comienza siempre desde el corazón”, afirmó.
El Pontífice concluirá su visita en la plaza Calipari, donde mantendrá un encuentro con alcaldes y fieles de distintos municipios de la “Tierra de los Fuegos”, una zona que desde hace años simboliza en Italia el vínculo entre degradación ambiental, corrupción política y crimen organizado.
Dejamos a continuación el mensaje completo de León XIV:
Eminencias, excelencias,
queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y gracias por vuestra acogida!
Doy gracias al Señor por poder encontrarme con vosotros, regresando a Campania pocos días después de mi visita al Santuario de Pompeya y a la ciudad de Nápoles. Sabéis que ya el papa Francisco había deseado venir aquí, a esta tierra que tristemente ha recibido el nombre de “Tierra de los Fuegos”, pero no le fue posible hacerlo. Hoy queremos cumplir su deseo, reconociendo el gran don que la encíclica Laudato si’ ha representado para la misión de la Iglesia en esta tierra. En efecto, el grito de la creación y de los pobres entre vosotros se ha percibido aquí de manera especialmente dramática, a causa de una mortal concentración de intereses oscuros e indiferencia hacia el bien común, que ha envenenado el ambiente natural y social. ¡Es un grito que pide conversión!
En esta catedral vivimos un primer momento, el eclesial y, me atrevería a decir, el más familiar de mi visita. Después, en la plaza, encontraremos idealmente a toda la sociedad. He venido ante todo para recoger las lágrimas de quienes han perdido a sus seres queridos, muertos a causa de la contaminación ambiental provocada por personas y organizaciones sin escrúpulos, que durante demasiado tiempo han podido actuar impunemente. Pero también estoy aquí para agradecer a quienes han respondido al mal con el bien, especialmente a una Iglesia que ha sabido atreverse a denunciar y a profetizar, reuniendo al pueblo en la esperanza. Así, sabiendo que os visitaba en vísperas de Pentecostés, he buscado en las Sagradas Escrituras una página que pudiera interpretar e inspirar vuestro camino. La he encontrado en una grandiosa visión del profeta Ezequiel, llevado por el Señor a vivir una experiencia que debía convertirse para el pueblo exiliado en un poderoso mensaje de resurrección. Ezequiel relata: «La mano del Señor vino sobre mí y el Señor me sacó en espíritu y me dejó en medio de una llanura llena de huesos. Me hizo pasar junto a ellos en todas direcciones. Vi que eran muchísimos sobre la superficie del valle y que estaban completamente secos» (Ez 37,1-2).
Queridísimos hermanos, Dios había colocado al hombre y a la mujer en un jardín para que lo cultivaran y lo custodiaran. Todo era vida, belleza y fertilidad. También esta tierra fue llamada antiguamente Campania felix, porque era capaz de maravillar por su fecundidad, sus productos y su cultura, como un himno a la vida. Y, sin embargo, aquí está la muerte, la de la tierra y la de los hombres. Podemos identificarnos con el desconcierto del profeta ante aquella extensión de huesos secos. Sufrimos por la devastación que ha comprometido un maravilloso ecosistema, lugares, historias y memorias. Ante esta realidad solo hay dos actitudes posibles: la indiferencia o la responsabilidad. Vosotros habéis elegido la responsabilidad y, con la ayuda de Dios, habéis iniciado un camino de compromiso y búsqueda de justicia.
El Señor plantea entonces a Ezequiel una pregunta: «Me dijo: “Hijo de hombre, ¿podrán revivir estos huesos?”. Yo respondí: “Señor Dios, tú lo sabes”» (Ez 37,3). Queridos hermanos y hermanas, Dios tiene para nosotros preguntas nuevas, preguntas que ensanchan nuestro horizonte. Él sabe que tenemos un corazón que busca la vida y suspira por la eternidad, pero que demasiado fácilmente la aplaza para un tiempo indefinido y lejano, para un mundo distinto que todavía no existe. Ezequiel, en cambio, debe servir a su pueblo, al pueblo real, en la situación concreta en la que se encuentra. Del mismo modo, nuestras Iglesias tienen la misión de hacer resonar aquí y ahora la Palabra de Dios. Esta Palabra nos pregunta si creemos en su misma fuerza: es Palabra de vida. Si hoy nos reunimos es para responder a esa Palabra. Y respondemos así: Señor, la muerte parece estar en todas partes; la injusticia parece haber vencido; la criminalidad, la corrupción y la indiferencia siguen matando; el bien parece haberse secado. Pero si Tú nos preguntas: “¿Podrán revivir estos huesos?”, nosotros creemos y decimos: “¡Señor Dios, Tú lo sabes!”. Tú sabes que podemos levantarnos porque Tú mismo nos tomas de la mano. Tú sabes que nuestro desierto puede florecer. Tú sabes transformar el duelo en alegría.
Hermanos y hermanas, todo esto es muy concreto: es una promesa que ya comienza a hacerse realidad. El papa Francisco, en la encíclica Laudato si’, aun denunciando un paradigma de muerte, anunció claramente la irrupción silenciosa de una vida nueva. Después de enumerar situaciones en las que las personas ya recomienzan juntas y dan una nueva forma a la justicia social y ambiental, escribió: «La auténtica humanidad, que invita a una nueva síntesis, parece habitar en medio de la civilización tecnológica, casi imperceptiblemente […]. ¿Será una promesa permanente, pese a todo, que brota como una obstinada resistencia de lo auténtico?» (Laudato si’, 112). Queridos hermanos, sed testigos de esta “obstinada resistencia” que se convierte en renacimiento allí donde el Evangelio ilumina y transforma la vida. Esto nos lo enseñó el Concilio Vaticano II, especialmente con la constitución Gaudium et spes. El Señor nos plantea nuevas preguntas sobre cómo se vive en nuestros barrios, sobre la disponibilidad para trabajar juntos entre personas e instituciones, sobre nuestra pasión educativa, sobre la honestidad en el trabajo, sobre la justa distribución del poder y de las riquezas, sobre el respeto hacia las personas y hacia todas las criaturas. ¿Podrán revivir estas tierras? Sed vosotros mismos la respuesta: una comunidad unida en la fe y en el compromiso. Entonces la vida se multiplicará.
Y llega el mandato del Señor a su profeta: «Profetiza sobre estos huesos y diles: “Huesos secos, escuchad la palabra del Señor. Así dice el Señor Dios a estos huesos: Yo haré entrar espíritu en vosotros y viviréis”» (Ez 37,4-5). Ezequiel obedece y observa: «Profeticé como se me había mandado. Mientras profetizaba, se oyó un ruido y vi un movimiento entre los huesos, que se juntaban unos con otros. Miré, y vi que aparecían nervios sobre ellos, crecía la carne y la piel los recubría, pero no había espíritu en ellos» (Ez 37,7-8). Comprendemos así que el milagro no sucede de una sola vez. El profeta ciertamente queda maravillado por lo que ve y oye, pero todavía no basta, todavía falta algo. También para nosotros es así: hace falta seguir confiando, seguir escuchando, seguir creyendo. Las decisiones que habéis tomado, el camino eclesial que habéis recorrido, los pequeños y grandes recomienzos con los que habéis afrontado el dolor, no lo son todavía todo. Si uno se detiene, retrocede. En efecto, el Señor vuelve a hablar a Ezequiel: «Profetiza al espíritu, profetiza, hijo de hombre, y di al espíritu: “Así dice el Señor Dios: Espíritu, ven de los cuatro vientos y sopla sobre estos muertos para que revivan”. Yo profeticé como me había mandado, y el espíritu entró en ellos; revivieron y se pusieron en pie. Era un ejército inmenso» (Ez 37,9-10).
Hermanos y hermanas, que el Espíritu Santo os conceda ver un “ejército” de paz que se pone en pie y cura las heridas de esta tierra y de sus comunidades. Ya no el fuego que destruye, sino el fuego que reanima y calienta: el fuego del Espíritu, que enciende los corazones y las mentes de miles y miles de hombres y mujeres, de niños y ancianos, e inspira cuidado, consuelo, atención y amor verdadero. Vosotras, familias golpeadas por la muerte, generad vida nueva transmitiendo a hijos, hijas, nietos y vecinos ese sentido de responsabilidad que demasiadas veces ha faltado hasta ahora. Dejad morir el resentimiento, practicad vosotros mismos la justicia que reclamáis, dad testimonio de la vida, educad en el cuidado.
Y vosotros, ministros ordenados, religiosas y religiosos, sed miembros vivos de este pueblo: manifestad cada día la autoridad del servicio, que se abaja y se acerca, que da el primer paso y perdona. Debe ser desmantelada una cultura del privilegio, de la prepotencia y de la falta de rendición de cuentas, que tanto daño ha hecho a esta tierra, como a muchas otras regiones de Italia y del mundo. Que el Espíritu sople desde los cuatro vientos e inspire nuevas formas de anuncio, de cooperación y de regeneración ambiental y social. Existe una espiritualidad de los lugares, pero depende totalmente de la espiritualidad de las personas. El cambio del mundo comienza siempre desde el corazón. El propio Ezequiel, antes de esta profecía de muerte y resurrección, anunció la renovación de la que solo Dios es capaz: «Así dice el Señor Dios […] os daré un corazón nuevo, pondré dentro de vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Pondré mi espíritu dentro de vosotros y haré que caminéis según mis leyes y observéis y practiquéis mis mandamientos. Habitaréis la tierra que di a vuestros padres; vosotros seréis mi pueblo y Yo seré vuestro Dios» (Ez 36,22.27-28).
Que Jesús resucitado nos conceda habitar juntos de esta manera, capaces de acoger y poner en práctica la Palabra de Dios, peregrinos aquí abajo y ciudadanos de su eternidad.