León XIV recibió este jueves en el Aula Nueva del Sínodo a los responsables internacionales de asociaciones de fieles, movimientos eclesiales y nuevas comunidades, reunidos en Roma por iniciativa del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida. En un discurso de fuerte contenido eclesiológico, el Papa defendió el valor de los carismas y movimientos como “un don inestimable para la Iglesia”, pero al mismo tiempo advirtió contra las dinámicas autorreferenciales, los personalismos y las tensiones con los obispos.
El Pontífice insistió especialmente en que ningún movimiento puede considerarse “la única Iglesia” ni vivir aislado del resto del cuerpo eclesial. León XIV subrayó además que la autoridad dentro de las comunidades nunca debe convertirse en una forma de poder mundano y recordó la importancia de la comunión con los pastores y con toda la Iglesia universal.
Dejamos a continuación el mensaje completo de León XIV:
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
¡La paz esté con ustedes!
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días a todos!
Es un placer encontrarme con ustedes esta mañana, compartir unas palabras, algunas reflexiones, pero sobre todo pensar en la importancia de los carismas del Espíritu Santo, especialmente en estos días previos a Pentecostés.
Me complace darles la bienvenida también este año, al inicio de su encuentro. Ustedes son responsables, a nivel internacional, de diversas realidades laicales, y han sido convocados por el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida para fortalecer la comunión entre ustedes y reflexionar juntos sobre el tema del gobierno de una comunidad eclesial.
En toda entidad social se percibe la necesidad de contar con personas y estructuras adecuadas que se ocupen de guiar y coordinar la vida en común. En su raíz, el término «gobernar» remite a la acción de «sostener el timón», de «pilotar un barco». Se trata, por tanto, de marcar un rumbo seguro, de modo que la comunidad sea un lugar de crecimiento para las personas que la integran. Así, también en la Iglesia hay quienes están encargados del gobierno.
Sin embargo, en la Iglesia el gobierno no surge de la simple exigencia de coordinar las necesidades religiosas de sus miembros. La Iglesia fue instituida por Cristo como signo perenne de su voluntad salvífica universal y es el lugar, querido por Dios, donde todos los seres humanos, en cualquier época, pueden recibir los frutos de la Redención y experimentar la vida nueva que Cristo nos ha donado. En este sentido, la naturaleza de la Iglesia es sacramental: ciertamente tiene una dimensión exterior e institucional con sus estructuras y, al mismo tiempo, es un signo eficaz de la comunión a través de la cual participamos de la vida misma de la Trinidad.
Estas características peculiares de la Iglesia están necesariamente presentes también en su gobierno, que nunca es solo técnico; por el contrario, tiene en sí mismo una orientación salvífica, es decir, debe tender al bien espiritual de los fieles. De hecho, San Pablo lo incluye entre los carismas: «Hay milagros —escribe—, luego el don de sanar, de asistir, de gobernar, de hablar en diversas lenguas» (1 Cor 12,28).
Partiendo de estas premisas, dirijamos ahora la mirada hacia las asociaciones de fieles y los movimientos eclesiales. Aquí el gobierno se confía generalmente a los laicos y expresa la participación en el munus regale de Cristo recibido en el Bautismo. Se pone al servicio de los demás fieles y de la vida asociativa, y es fruto de elecciones libres, que deben entenderse como expresión de un discernimiento común: permitir que la voz de todos se exprese libremente.
Si, como hemos dicho, el gobierno es un don particular del Espíritu Santo, que los miembros de una comunidad reconocen presente en algunos de sus hermanos en la fe, de ello se derivan al menos tres consecuencias. La primera es que debe ser para el bien de todos (cf. 1 Cor 12,7), es decir, para promover el bien de la comunidad, de la asociación y de toda la Iglesia. El gobierno, por lo tanto, nunca puede ser aprovechado para intereses personales o formas mundanas de prestigio y poder. La segunda consecuencia es que nunca puede ser impuesto desde arriba, sino que debe ser un don reconocible en la comunidad y libremente acogido; de ahí la importancia de las elecciones libres para hacerlo efectivo. La tercera consecuencia es que, como todo carisma, también el gobierno de una asociación está sujeto al discernimiento de los Pastores, quienes velan por la autenticidad y el ejercicio razonable de los carismas (cf. Lumen gentium, 12; Iuvenescit Ecclesia, 9 y 17).
Hay algunas características que deben estar siempre presentes en el gobierno: la escucha recíproca, la corresponsabilidad, la transparencia, la cercanía fraterna y el discernimiento comunitario (cf. Discurso a los participantes en el Capítulo General de los Legionarios de Cristo, 19 de febrero de 2026). Además de esto, quisiera recordar que «un buen gobierno, en lugar de concentrarlo todo en sí mismo, promueve la subsidiariedad y la participación responsable de todos los miembros de la comunidad» (ibíd.). Son indicaciones sencillas, pero que deben tenerse siempre presentes en el ejercicio de la autoridad.
Queridísimos, sus asociaciones y movimientos tienen orígenes diversos y cuentan con una historia, una identidad e ideales bien definidos. Quienes los dirigen, por lo tanto, asumen una tarea delicada: por un lado, están llamados a custodiar y valorizar la memoria de un patrimonio vivo; por otro, tienen un papel «profético», que implica estar atentos a las urgencias pastorales actuales para comprender de qué manera responder a los nuevos desafíos y a las sensibilidades culturales, sociales y espirituales de nuestro tiempo. Solo así, de hecho, se puede ser cristiano, discípulo y misionero en la sociedad y la Iglesia de hoy. Una parte de la tarea profética de quienes gobiernan consiste, por lo tanto, en favorecer la apertura de la asociación o del movimiento, y de cada uno de sus miembros, a las situaciones históricas. La pertenencia, de hecho, es auténtica y fecunda cuando no se agota en la participación en actividades internas del grupo, sino que interpreta los signos de los tiempos y se proyecta hacia el exterior, dirigiéndose a todos, a la cultura de la época y a los campos de misión aún no explorados.
Otro elemento de vital importancia es la comunión. Quien gobierna está llamado a tener una sensibilidad particular por la salvaguardia, el crecimiento y la consolidación de la comunión. Esto vale tanto para la vida interna de la asociación o del movimiento, como para la comunión con las demás realidades eclesiales y con la Iglesia en su conjunto. Quien ejerce una misión de gobierno en la Iglesia debe aprender a escuchar y acoger opiniones diversas, orientaciones culturales y espirituales diferentes, temperamentos personales distintos, procurando siempre conservar, sobre todo en las decisiones necesarias y a menudo difíciles de tomar, el bien superior de la comunión. Esto exige un testimonio de mansedumbre, de desapego y de amor desinteresado hacia los hermanos y la comunidad, que sea ejemplo para todos. Aquí quisiera subrayar la importancia de esta dimensión de la comunión con toda la Iglesia. A veces encontramos grupos que se encierran en sí mismos y piensan que su realidad específica es la única o es la Iglesia, pero la Iglesia somos todos nosotros, ¡es mucho más! Por lo tanto, nuestros movimientos deben buscar verdaderamente cómo vivir en comunión con toda la Iglesia, a nivel diocesano. Y por eso el obispo es una figura de referencia muy importante, y si un grupo dice: «No, con ese obispo no estamos en comunión, queremos otro», eso no está bien. Debemos tratar de vivir en comunión con toda la Iglesia, tanto a nivel diocesano como a nivel universal.
Desde esta perspectiva podemos comprender mejor el sentido de la fidelidad al carisma fundacional, que constituye una referencia imprescindible para el gobierno de una realidad eclesial. Todo carisma auténtico incluye ya en sí mismo la fidelidad y la apertura a la Iglesia. Gobernar de manera fiel al carisma fundacional significa, por lo tanto, encontrar en él la inspiración para abrirse al camino que la Iglesia recorre en el presente, sin limitarse a los modelos, por muy positivos que sean, del pasado, sino dejándose interpelar por nuevas realidades y desafíos, en diálogo con todos los demás componentes del cuerpo eclesial.
Queridísimos, les agradezco todo lo que son y lo que hacen. Las asociaciones de fieles y los movimientos eclesiales son un don inestimable para la Iglesia. Hay una gran riqueza entre ustedes, muchas personas bien formadas y muchos buenos evangelizadores; muchos jóvenes y diversas vocaciones a la vida sacerdotal y matrimonial. La variedad de carismas, dones y métodos de apostolado desarrollados a lo largo de los años les permite estar presentes en los ámbitos de la cultura, el arte, lo social y el trabajo, llevando a todas partes la luz del Evangelio. ¡Cuiden y, con la gracia de Dios, hagan crecer todos estos dones! La Iglesia los sostiene y los acompaña.
Los bendigo de corazón, invocando para todos ustedes la intercesión de la Virgen María, Madre de la Iglesia. Gracias.