He aquí otro santo que los historiadores modernos contemplan con gesto escéptico; pesan documentos, discuten fechas, afinan manuscritos, sospechan interpolaciones y revisan leyendas con el bisturí frío de la crítica. Pero después de tanta disección, el pueblo cristiano continúa arrodillándose exactamente en el mismo lugar de siempre. Tal sucede con San Simón Stock. Desde hace años, algunos estudiosos relativizan o incluso niegan su historicidad concreta y la de la aparición de la Virgen del Carmen entregándole el escapulario. Pero miles de catolicos siguen besando el escapulario con una confianza filial que atraviesa los siglos.
Porque si la tradición del escapulario no puede salir de un laboratorio documental, ha impregnado de tal manera la oración, la liturgia, la iconografía y la vida espiritual de la Iglesia, que es imposible arrancarla del alma católica.
El muchacho del tronco hueco
Fue Simón un muchacho singularísimo. A los doce años —dice la piadosa narración medieval— se retiró a vivir dentro del hueco de un árbol, entregado a la oración y a la penitencia. De ahí habría venido el sobrenombre de Stock, tronco. La imagen tiene algo profundamente bíblico y profundamente inglés al mismo tiempo: un adolescente escondido en un árbol como un pequeño profeta de bosque húmedo y cielo gris.
¿Ocurrió exactamente así? Que los historiadores siguan discutiéndolo: lo cierto es que la tradición quiso ver en él a un hombre radicalmente enamorado de Dios y de la Virgen, un alma contemplativa y fuerte, moldeada por el silencio y por la austeridad. Algo que encaja admirablemente con el espíritu del Carmelo naciente.
El escapulario no cae del cielo como si hubiera descendido flotando solo, sin historia, sin manos, sin rostro, sin contexto humano. Dios nunca obra así: se sirve de hombres concretos, de biografías reales, de almas preparadas durante años.
La Virgen vino a darle el escapulario a un hombre, un varón fuerte enamorado de María, un hijo apasionado de la Señora del Carmelo. Hacía falta un religioso capaz de recibir aquel don y transmitirlo después a generaciones enteras. Y ahí aparece Simón Stock. Aunque algunos quieran desdibujarlo entre nieblas documentales, la tradición carmelitana lo ha venerado durante siglos como el gran receptor de aquella confidencia maternal de María.
“Recibe, hijo amadísimo…”
Estamos conmemorando el 775 aniversario (Año Jubilar), porque la tradición sitúa la aparición el 16 de julio de 1251. La Virgen habría dado el escapulario a Simón, apenado por la deriva de la Orden, naciente y moribunda, diciéndole: «Recibe, hijo amadísimo, este escapulario de tu Orden; señal de mi confraternidad, privilegio para ti y para todos los carmelitas. Quien muera con él no padecerá el fuego eterno».
Naturalmente, los teólogos han explicado siempre que esta promesa no debe entenderse de manera mágica ni supersticiosa. El escapulario no es un amuleto. Es un signo de consagración, de pertenencia, de vida cristiana, de confianza filial en María vivida seriamente. No se puede vaciar de contenido sobrenatural una tradición abrazada durante siglos por tantos santos, pontífices y fieles.
Los Papas han hablado del escapulario con inmenso respeto y profunda devoción; no como quien tolera una ingenuidad medieval, sino como quien reconoce un verdadero camino espiritual mariano.
Juan XXII difundió el llamado «privilegio sabatino», según el cual la Virgen llevará al cielo, el sabado siguiente a su muerte, a quien lleve devotamente el escapulario y haya vivido cristianamente.
Mucho después, Pío XII escribió sobre el escapulario preciosamente en su carta «Neminem profecto latet» (1950), el texto pontificio más bellos sobre esta devoción carmelitana. Allí llama al escapulario “signo de consagración al Inmaculado Corazón de María” y lo califica como la primera entre todas las devociones marianas.
¿Solo un pedazo de tela?
Hay algo conmovedoramente católico en el escapulario. Dos pequeños trozos de tela marrón: nada espectacular ni deslumbrante. Nada moderno. Y, sin embargo, detrás de él, siglos de procesiones, agonías acompañadas, conversiones silenciosas, marineros, ancianas, soldados, niños, conventos enteros, seminaristas, campesinos y moribundos.
¡Cuántas veces el escapulario fue el último objeto besado antes de morir! ¡Cuántas madres lo colgaron al cuello de sus hijos! ¡Cuántos sacerdotes lo impusieron al neófito, temblando un poco, conscientes de estar entregando algo infinitamente más grande que una simple devoción externa! Porque el escapulario resume admirablemente el estilo de María: discreto, silencioso, humilde, protector.
Yo seguiré celebrando cada 16 de mayo a San Simón Stock. Y seguiré haciéndolo aunque algún especialista me asegure un día, con gesto doctoral y pie de página impecable, que quizá no existió exactamente como lo hemos imaginado. Francamente, me da igual. Porque si no hubiera existido, habría que inventar a ese viejo carmelita inglés que mira a la Virgen con ojos de hijo enamorado. Habría que inventar a ese hombre silencioso que recibe sobre sus hombros un hábito de misericordia para millones de almas. Habría que inventar a ese fraile austero que aparece en los cuadros sosteniendo el escapulario como quien sostiene una promesa.
Pero no hace falta inventarlo: Simón sobrevive a la crítica histórica por la fuerza espiritual de lo que transmiten. Y el pueblo cristiano posee un misterioso instinto de autenticidad que no cabe en las notas de una edición académica.
Tal vez ahí esté el secreto último del escapulario carmelitano: en que no deslumbra la lana humilde y parda de María. No es una corona de oro; es un trocico de estameña: tela pobre, monástica, hogareña, maternal.
La Virgen del Carmen no quiso dejar a sus hijos una joya, sino un vestido; no un símbolo de poder, sino de cobijo; de algo apoyado sobre el pecho, junto al corazón. Por eso el escapulario sigue atravesando los siglos con una fuerza que desconcierta a los modernos. Y es que el hombre contemporáneo, aunque no lo confiese, sigue necesitando lo mismo que necesitaba Simón Stock: sentirse cubierto por el abrazo de una Madre.