El alcalde se confiesa en un podcast clerical y nadie le pregunta por la bandera arcoíris, por el aborto, ni por la corrupcion de menores en las guarderias municipales
I. La entrevista
El podcast se llama Rebeldes y lo presenta un sacerdote, el padre Ignacio, junto a Pablo Velasco, decano de Humanidades en el CEU. La cabecera lo deja claro desde la primera frase: ser rebelde, hoy, es seguir a Cristo. La idea es atractiva, casi heroica. La pregunta es si encaja con el invitado.
El invitado es José Luis Martínez-Almeida, alcalde de Madrid por el Partido Popular. Llega al estudio del CEU con el cargo, una mujer reciente, un hijo recién nacido y una sólida intención de no decepcionar a nadie. Y no decepciona. Durante una hora larga, Almeida despliega su catolicismo declarado con la fluidez de quien ha hecho los deberes: familia numerosa, Retamar, ICADE, padres practicantes, una madre apostólica en CAEC y en el Sagrado Corazón, un Emaús en 2018, lectura diaria del Evangelio, devoción a San José, Ave María preferida, audiencia privada con León XIV el día de la Sagrada Familia. Cuando uno de los entrevistadores le pregunta qué transmite a su hijo, contesta lo previsible y bonito: la fe primero, después los valores.
Cita La fiesta del chivo de Vargas Llosa. Tiene en la mesilla un libro sobre los juicios de Núremberg. Hace bromas sobre el Atleti y los humildes de corazón. Recuerda a Ángel Herrera Oria con la solvencia del opositor que fue. Y en el momento clave, el de la dirección del programa, despliega su credo cívico: «yo nunca he negado que era católico y que fuera practicante, porque seguro que muchos de los que me votan no lo son, estoy convencido, pero ellos prefieren que yo sea identificable y reconocible y conocer mis valores a que yo edulcore qué es lo que soy o qué es lo que no soy». Frase canónica, cuasi confesional: el político que no edulcora.
Cuenta, además, que el Papa le dio tres consejos en aquella audiencia: sé valiente, no renuncies a los principios y respeta siempre la vida y la dignidad de la persona. Almeida concluye, con sonrisa de niño bueno, que ya no tiene excusa. Me lo ha dicho el Papa, con lo cual no puedo poner ninguna excusa.
Sobre la visita pastoral del Papa a Madrid del 6 al 9 de junio, el alcalde se entrega: reto logístico, oportunidad histórica, ventana de Madrid al mundo, gracia derramada sobre la ciudad. Sobre el Congreso, donde León XIV se dirigirá a los grupos parlamentarios, defiende que la Iglesia debe ser signo de contradicción y que él no se siente interpelado cuando la Iglesia opina sobre lo que no le conviene a su partido. Sobre la inmigración, distingue: no le molesta que la Iglesia defienda la dignidad del migrante; le molesta cómo se han hecho las cosas. Sobre el aborto, sobre el matrimonio, sobre la eutanasia, sobre la ideología de género en los colegios públicos, sobre la Cibeles teñida de arcoíris cada junio, ni una palabra. Ni una pregunta.
Y aquí empieza lo otro.
II. El palo
Hay un género dentro del periodismo religioso español que consiste en blanquear a políticos del PP convirtiéndolos en penitentes ejemplares. Funciona desde hace décadas. El procedimiento es siempre el mismo: se invita al cargo, se le pregunta por la infancia, por la madre, por el rosario, por el santo predilecto. Se le permite confesar, sin contradicción, que el Evangelio le impulsa, que la fe lo es todo, que Dios afecta a cada dimensión de su vida pública. Y mientras tanto, ni una sola pregunta sobre lo que ese mismo cargo hace, vota, firma, ilumina o consiente desde su despacho. El sacerdote sonríe, el decano asiente, el cargo se va satisfecho. Todos contentos, nadie incómodo. Católicos a la salida del estudio, prudentes a la entrada del consejo de ministros, de la asamblea de Vallecas o del balcón de Cibeles.
A este género ya consolidado pertenece la entrevista de Rebeldes Podcast a José Luis Martínez-Almeida. Que esto se llame Rebeldes y que se presente, sin ironía visible, como un ejercicio de fe contracultural, contra el mundo, contra lo fácil, es la primera, y quizá la mayor, broma de toda la grabación. Porque rebelde, lo que se dice rebelde, frente al mundo, frente a lo fácil, no es exactamente la trayectoria del invitado.
Repasemos. Almeida es el alcalde de la ciudad cuyo Ayuntamiento, sede en el Palacio de Cibeles, ilumina los 2.800 metros cuadrados de fachada con los colores de la bandera LGTBI durante las fiestas del Orgullo; el alcalde que, para el Orgullo de 2025, ha aceptado por primera vez en tres años un cartel municipal con un fondo arcoíris emanando del propio Palacio de Cibeles bajo el lema «Libertad y diversidad»; el alcalde cuyo gobierno municipal, en palabras del delegado de Familia, considera que «nada mejor que iluminar el edificio de todos con los colores de la bandera y la fuente de la diosa de Cibeles»; el alcalde que, ante las críticas, despacha el debate con un displicente «esto no va de banderas, esto no va de broncas y enfrentamientos, esto va de políticas». Si el problema es la bandera, dice Almeida, entonces no hay problema.
Bien. Aceptemos por un momento la lógica del alcalde y miremos las políticas. Almeida pertenece a un partido cuyo presidente, Alberto Núñez Feijóo, ha declarado que la ley de plazos del aborto, esa que en 2010 introdujo el aborto libre hasta la semana decimocuarta, le parece «correcta» y «bien construida». Pertenece a un partido que en octubre de 2025 ha cerrado a sus diputados toda posibilidad de votar en conciencia la reforma constitucional que blinda el aborto, no porque tenga otra propuesta más respetuosa con la vida, sino porque considera que el debate es otro. Pertenece a un partido cuya principal dirigente regional, Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la comunidad donde Almeida es alcalde, replicó desde el pleno de la Asamblea, ante la exigencia gubernamental de elaborar el registro de objetores: «Váyanse a abortar a otra comunidad», en la misma comunidad en la que más del 99% de las interrupciones del embarazo se realizan en clínicas privadas, es decir, allí donde Ayuntamiento, Comunidad y Gobierno central, en perfecta concordia institucional, se aseguran de que el negocio funcione sin contratiempos.
Sobre nada de esto le preguntan al alcalde. Tampoco sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo, que el PP recurrió ante el Tribunal Constitucional y al que después se acogió con la naturalidad del cordero que se acomoda a la trasquila. Tampoco sobre las leyes trans, que el PP de Ayuso aplica en Madrid con escrupuloso celo administrativo. Tampoco sobre las clases de Educación para la Ciudadanía, hoy rebautizadas, mañana ampliadas, que el PP gestiona en sus consejerías sin retirar una coma de los marcos ideológicos que dice combatir en los mítines. Tampoco sobre el Ayuntamiento que el propio Almeida preside cuando autoriza desfiles, subvenciones, conciertos y campañas publicitarias del MADO con la misma rúbrica con la que después firma su asistencia a la procesión del Corpus.
Esto, conviene decirlo, no es hipocresía. La hipocresía requiere conciencia del desajuste. Lo que hay aquí es otra cosa: una arquitectura mental perfectamente cómoda en la que el catolicismo personal y la gestión política habitan dos pisos distintos del mismo edificio sin que ninguno moleste al otro. El alcalde reza el Ave María. El alcalde ilumina Cibeles de arcoíris. El alcalde escucha la primera lectura del día. El alcalde paga la cabalgata del Orgullo. El alcalde recibe consejos del Papa sobre el respeto a la vida y la dignidad de la persona. El alcalde milita en un partido que asume como propia, en sede parlamentaria, la legislación que niega la vida y la dignidad de la persona en sus primeras semanas. No hay desgarro. No hay siquiera tensión. Hay coexistencia pacífica, lubricada por el lenguaje espiritual del alzar la mirada y la pasión madrileña por el Real Madrid.
Que un político actúe así es legítimo en una democracia. Que se presente como modelo de catolicismo público es discutible. Que un programa que se llama Rebeldes Podcast, dirigido por un sacerdote y emitido en una facultad de la Iglesia, lo presente como tal, sin formular ninguna de las preguntas elementales, ya no pertenece al género del reportaje religioso: pertenece al de la propaganda. Y la propaganda con sotana es un viejo problema español, lo bastante viejo como para que merezca un nombre técnico. Lo tiene: clericalismo. La función histórica del clericalismo consiste, precisamente, en eso: en santificar al poder a cambio de no pedirle nada que el poder no quiera dar.
Vamos al detalle, porque importa. El alcalde dice, en un pasaje notable, que la Iglesia tiene que ser signo de contradicción. Lo dice además con elegancia: que la Iglesia opine aunque a él le incomode, que no se identifique con ningún partido, que ejerza su papel. Suena espléndido. Lo malo es que lo dice en un podcast donde la Iglesia, encarnada en un sacerdote y un decano católico, ha decidido renunciar voluntariamente, durante hora y media, a ser signo de contradicción de absolutamente nada. La Iglesia, ahí, ha sido signo de aplauso. Y un signo de aplauso no es un signo de contradicción: es lo contrario.
Imaginemos, por ejercicio, la entrevista que no se le hizo a Almeida. Imaginemos que tras la confesión sobre Lucas, sobre Teresa, sobre los padres fallecidos, sobre la oración del buen humor de Tomás Moro, alguien hubiera preguntado: alcalde, ¿qué hará usted con la fuente de Cibeles el próximo 28 de junio? ¿Defenderá usted ante su partido la derogación de la ley de plazos, o asume usted, como Feijóo, que es una ley correcta? ¿Pedirá usted a Ayuso que retire el «váyanse a abortar a otra comunidad» o le parece a usted, como alcalde católico, una expresión compatible con la dignidad de la persona que el Papa le pidió defender? ¿Considera usted compatible la procesión del Corpus por las calles de Madrid con la cabalgata del MADO patrocinada por el Ayuntamiento que usted preside? Si lo es, ¿por qué? Si no lo es, ¿qué va a cambiar?
Ninguna de estas preguntas es ofensiva, ni partidista, ni sectaria. Son las preguntas que cualquier sacerdote, en sede pastoral, le formularía a un fiel adulto que se presenta voluntariamente como católico practicante en una emisión pública. No se hicieron. No se hicieron porque el género del programa, Rebeldes Podcast, no las contempla. No las contempla porque el contrato implícito con el invitado lo excluye. Y porque la facultad anfitriona no parece dispuesta a incomodar a un alcalde que acude a sus actos, que entrega sus premios, que recuerda con afecto a Herrera Oria y que firma con celeridad los convenios institucionales que necesita la universidad. Hay cosas en las que la roca de Pedro funda menos firmemente que el ladrillo de Cibeles.
Una observación adicional, casi marginal, sobre el detalle del Sé valiente. El alcalde cuenta que el Papa, en audiencia privada, le pidió ser valiente, no renunciar a los principios y respetar la vida. Es de admirar la fidelidad con la que Almeida transmite el consejo. Es de lamentar la fidelidad con la que después lo aplica. La valentía, en su acepción cristiana, no consiste en confesar la fe ante sacerdotes amistosos y en facultades amigas; consiste en confesarla ante los enemigos, en los foros adversos, en los plenos en los que cuesta votos. La valentía no es ir a Rebeldes Podcast. La valentía sería retirar la iluminación arcoíris de la fachada del Palacio de Cibeles y explicárselo, sin coartadas jurídicas y sin el escudo de la sentencia del Supremo, a los electores progresistas que también le votan. Eso sería un acto contracultural. Eso sería rebeldía. Lo otro es la rutina segura de quien ya sabe que el aplauso está garantizado antes de abrir la boca.
Tercera observación, y esta sobre el podcast mismo y no sobre el invitado. El programa se cierra con una pregunta lírica: ¿qué pondrías en una manta en el cielo para que todo el mundo la leyera? El alcalde responde, oportuno, el amor de Dios es el amor al prójimo. Bien. Recordemos entonces dónde está, en el orden eclesial, el prójimo. El prójimo es el migrante que el PP de Almeida critica cuando el Gobierno regulariza, y al que Cáritas, financiada con limosna y subsidio, atiende cuando el sistema lo deja en la calle. El prójimo es el feto al que la ley de plazos, que el PP acepta como correcta, deja sin protección hasta la semana decimocuarta. El prójimo es la mujer en situación de calle por la que las misioneras de la Caridad de Carabanchel, a las que el alcalde dice deberle su conversión, intercedieron antes de que él fuera nadie. El prójimo es también el contribuyente al que se le hace pagar, vía partida municipal, una campaña LGTBI que su párroco condena el domingo en la homilía. Todos esos son el prójimo. Cuál de ellos prima en cada decisión concreta no es una cuestión espiritual: es una cuestión política. Y la política, esa que el alcalde dice ser el camino más corto para el bien común, no se resuelve con el Ave María. Se resuelve votando, firmando, iluminando, presupuestando, contratando, autorizando. Y se resuelve, sobre todo, eligiendo a quién se incomoda.
Almeida ha elegido. Y, conviene decirlo, ha elegido coherentemente desde hace años: no incomodar nunca al votante mayoritario de su distrito electoral, que no es católico, ni al sector mediático de su socio de gobierno, ni a la presidenta de su comunidad, ni a su jefe nacional. Incomodar, en cambio, al votante católico que aún confía en su partido por inercia, por miedo a la izquierda o por falta de alternativa, sale gratis: ese votante ya no se va a ningún sitio porque no tiene a dónde irse. Es una clientela cautiva, satisfecha con podcasts, audiencias papales y libros sobre Núremberg en la mesilla. El cálculo es impecable.
Lo único que falta, para cerrar el círculo, es que la Iglesia española, sus parroquias, sus seminarios, sus universidades, sus podcasts, dejen de servirle a Almeida la red sobre la que ese cálculo se sostiene. Mientras la Iglesia siga produciendo Rebeldes Podcast del tipo que acabamos de oír, el alcalde no necesita modificar absolutamente nada. Le basta con seguir leyendo el Evangelio por las mañanas, encender los focos arcoíris en junio y rezar el Ave María en agosto.
Que cada cual juzgue si eso, según el diccionario, se llama rebeldía o se llama otra cosa.