La nota del cardenal Fernández contra la FSSPX abre una pregunta más grave que la del cisma selectivo: si Satanás tentó a Cristo y pidió cribar a Pedro, ¿por qué habría de mantenerse lejos de los dicasterios, los seminarios y los despachos donde se custodia, o se desfigura, la fe?
Ayer el cardenal Fernández volvió a dar su nota. En ella recordaba «formalmente» que las ordenaciones episcopales de la FSSPX constituyen un acto cismático, y que el cisma comporta la excomunión.
Lo primero que llama la atención es ver palabras tan gruesas salidas de una pluma tan fina. ¡Cisma! Esa palabra vetusta, con el sonido metálico de las advertencias romanas, en boca de un cardenal tan juvenil; ese grave concepto, que conserva el peso antiguo de las cosas últimas y sagradas, en la mente de un cardenal liviano, amante de la modernidad, y de todas sus cosas.
Hay que tomarse en serio la nota breve. La sucesión apostólica no es una herencia privada, ciertamente, y consagrar obispos sin mandato pontificio hiere la unidad visible de la Iglesia. Pero cabe preguntarse por qué Roma pronuncia la palabra «cisma» con tanta solemnidad cuando mira hacia Écône y se la queda dentro cuando asiste a toda esa colorida y colorista panoplia de rupturas doctrinales, litúrgicas, morales y sacramentales que desde hace décadas han entrado por la puerta grande de la Iglesia oficial.
De esa vistosa procesión de cromatismo convertido en programa acabamos de tener una estampa difícil de superar con la reciente visita de Sarah Mullally. La arzobispa de Canterbury ha sido recibida en el Vaticano con las formas propias de una dignidad eclesiástica e introducida en una oración común bajo techumbre apostólica. Ninguna nota breve ha tenido a bien recordar que León XIII declaró en Apostolicae curae la nulidad de las ordenaciones anglicanas, y que a esa nulidad se añade ahora, en una especie de desafío teatral, el hecho de que se trate de una mujer. Con la mayor naturalidad, a una figura que la doctrina católica no puede considerar obispo bajo ningún concepto, Roma la trata en público como si lo fuera, y la amable coreografía de la escena transmite urbi et orbe tanta aprobación como desaprobación la seca nota breve de Fernández.
Es un cisma «selectivo»: para la Pachamama hubo inculturación; para Lutero, memoria reconciliada; para las bendiciones equívocas, discernimiento pastoral; para los nombramientos episcopales bajo la sombra del Partido Comunista chino, realismo diplomático; para el enfriamiento de la mariología, sensibilidad ecuménica; para las liturgias de verbena, creatividad comunitaria. Para la Tradición, en cambio, vuelve milagrosamente el Código. De pronto, del rostro alegre de la Iglesia sinodal, líquida, dialogante, ecuménica, hospitalaria con todas las rarezas y comprensiva hasta la extenuación con cualquier extravío, surge la mueca severa de la condena: el Dicasterio para la Doctrina de la Fe liderado por el inefable cardenal recupera la solemnidad del viejo Santo Oficio para advertir de cisma a quienes conservan la liturgia romana, la moral católica y la doctrina que aprendieron generaciones enteras de fieles.
Pero abandonemos a Víctor Manuel Fernández, porque el cardenal novelista, desviado censor de desvíos, es solo la supuración de una enfermedad interior. Su permanencia al frente de Doctrina de la Fe expresa una de las inversiones más hirientes del postconcilio: un renovado Santo Oficio consagrado ahora a perseguir la Tradición. ¿Quién vigila a los guardianes cuando pierden el discernimiento elemental para distinguir el amigo del enemigo de la fe?
Vargas Llosa puso en boca de Zavalita aquel célebre «¿En qué momento se jodió el Perú?», una pregunta semejante a la que empieza a formular el católico de nuestro tiempo: ¿en qué momento empezó Roma a sentirse más incómoda ante la Tradición que ante la herejía? La respuesta no tiene una fecha única, aunque sí tiene una palabra fundacional, santo y seña de una época: aggiornamento. El Vaticano II presenta una anomalía histórica que rara vez se mira de frente: mientras que los grandes concilios nacieron para definir la fe ante errores que amenazaban su integridad —Nicea frente a Arrio; Trento frente a la revolución protestante; Vaticano I frente al asedio del racionalismo, el liberalismo y las nuevas formas de impugnación moderna—, Vaticano II acabó adaptándose al mundo que la herejía ya había colonizado. El modernismo imperaba en las universidades, en los seminarios, en la exégesis, en la teología moral, en la imaginación pastoral de tantos clérigos que soñaban con una Iglesia «reconciliada con el siglo», y desde entonces imperó también en el Vaticano.
Sucede que el modernismo, a pesar de la amabilidad de la palabra, de positivas connotaciones, es lo que san Pío X había identificado como la síntesis de todas las herejías. O sea, algo muy serio. Tan serio que el papa Pablo VI, después de haberle abierto él mismo las puertas y las ventanas del Vaticano, cayó en la cuenta de que con el modernismo se había colado en su Santa Sede «el humo de Satanás».
Y no estamos hablando de Satanás como metáfora. Hablamos de Satanás como realidad personal, inteligente, activa, enemiga de Dios y de las almas. La fe católica pierde el nervio cuando reduce al demonio a símbolo psicológico o a residuo literario de épocas crédulas. Cristo fue tentado por Satanás en el desierto; Judas, sentado a la mesa del Señor, recibió su influjo hasta consumar la traición; Pedro escuchó de labios de Cristo ese terrible «apártate de mí, Satanás» cuando quiso desviar al Señor del camino de la Cruz; y el mismo Pedro fue advertido de que Satanás lo había reclamado para cribarlo como trigo. La Escritura no coloca la acción diabólica en los márgenes pintorescos de la religión, sino en el centro mismo del drama de la salvación, allí donde se decide la fidelidad o la traición.
La objeción espontánea dice así: ¿cómo podría infiltrarse el Enemigo en la Iglesia, Esposa de Cristo? La respuesta meditada empieza por distinguir lo que Dios ha prometido de lo que nunca prometió. Cristo prometió que las puertas del infierno no prevalecerían contra su Iglesia; esa promesa asegura la indefectibilidad de la Esposa, la permanencia de la fe, la eficacia de los sacramentos, la victoria final de Cristo sobre las potestades adversas. Cristo no prometió pastores impecables, dicasterios inmunes, seminarios incorruptibles, liturgistas inspirados, teólogos dóciles ni cardenales edificantes. La santidad indefectible de la Iglesia convive, desde Judas, con la posibilidad tremenda de la traición situada dentro del recinto visible.
De hecho, la promesa de Cristo presupone el asalto: si las puertas del infierno no prevalecerán es porque intentarán prevalecer. La imagen carecería de sentido si la Iglesia estuviera situada en una campana de cristal, preservada de toda infiltración, de toda corrupción interior. San Pablo habló del mysterium iniquitatis, advirtió contra los falsos apóstoles y avisó a los presbíteros de Éfeso de que, después de su partida, entrarían lobos rapaces y se levantarían hombres de entre ellos mismos para arrastrar discípulos. «De entre vosotros mismos», dice el Apóstol.
La historia de la Iglesia confirma esa enseñanza. Arrio era presbítero; Nestorio fue patriarca de Constantinopla; Honorio fue papa; prelados del Renacimiento convirtieron la curia en una corte mundana, y funcionarios de la Iglesia modernos han deshecho desde sus cátedras lo que mártires y confesores sostuvieron con sangre. Nada de esto destruye la Iglesia, pero muestra el campo real de la batalla. La Esposa permanece santa por su Cabeza, que no es otro que Cristo, no su vicario, por la asistencia del Espíritu Santo y por la fidelidad de quienes, a menudo desde lugares humildes, siguen creyendo lo que la Iglesia recibió. Sus miembros visibles pueden mancharla ante los hombres, hacerla irreconocible durante un tiempo, convertir sus estructuras en instrumentos de confusión y sus palabras más venerables en coartadas de apostasía práctica.
Sí, la infiltración diabólica en la Iglesia resulta más que posible, esperable para cualquiera que crea de verdad en la Iglesia. Satanás no pierde el tiempo donde nada decisivo se juega. Su interés natural apunta al altar, al confesionario, al seminario, al episcopado, a la liturgia, a la doctrina, a la formación de los niños, al nombramiento de pastores, al lenguaje con que se nombran el pecado y la gracia. Si una mercería se equivoca, venderá malos botones. Si Roma se equivoca, puede desorientar almas. El Enemigo conoce la diferencia.