Un fuego antiguo para un tiempo cansado
Hay santos cuya memoria produce devoción y admiración histórica; hay otros que siguen inquietando siglos después, porque en ellos hubo una intensidad de Dios tan absorbente y total, que todavía hoy desinstala, incomoda y obliga a examinarse interiormente a quien se acerca a ellos sin el cómodo recurso de convertirlos en pieza ornamental de museo espiritual. San Juan de Ávila pertenece a esa raza peligrosa: en él todo es tremendamente serio, porque Dios es serio. Y seria la salvación de las almas, y la predicación y la Santa Misa. ¡Cómo fue serio el sacerdocio en el Maestro Ávila! En él no había nada teatral o personalista, nada crispado ni artificiosamente severo; por eso su palabra sigue produciendo hoy una sensación como la que experimenta quien sube a la altura abierta y silente, al viento limpio de las montañas.
Al acercarse a sus pláticas a sacerdotes o a sus cartas, es inevitable probar la dolorosa impresión de haber descendido de nivel, como si entre aquel sacerdocio y ciertas formas contemporáneas de ministerio se hubiese abierto una distancia mucho mayor de la que nos atrevemos a reconocer. Hoy sobre el sacerdocio se organizan encuentros, congresos, sínodos, planes pastorales, itinerarios, dinámicas, reflexiones, documentos interminables, pero, ¿sirve tanto palabreo para que no se ha evapore el temblor ante el misterio de haber sido escogido para tocar a Cristo, ofrecerlo, hablar y absolver en Su Nombre; para que el sacerdote no se acostumbre a lo que debe mantenerle interiormente arrodillado? El Maestro Ávila sigue recordando hoy a los clérigos:
«No sé otra cosa más eficaz con que a vuestras mercedes persuada lo que les conviene hacer que con traerles a la memoria la alteza del beneficio que Dios nos ha hecho en llamarnos para la alteza del oficio sacerdotal. Y si elegir sacerdotes entonces era gran beneficio, ¿qué será en el nuevo Testamento, en el cual los sacerdotes de él somos como sol en comparación de noche y como verdad en comparación de figura?»
El Padre Ávila jamás habría entendido un sacerdocio vivido en clave de instalación burguesa o de simple funcionalidad eclesiástica. Todo su lenguaje está atravesado por la conciencia de una elección terrible y gloriosa, de una dignidad que estremece y que exige una vida completamente entregada, totalmente vigilante, absolutamente abrasada por dentro.
«Mirémonos, padres, de pies a cabeza, ánima y cuerpo, y vernos hemos hechos semejables a la sacratísima Virgen María, que con sus palabras trajo a Dios a su vientre, y semejables al portal de Belén y pesebre donde fue reclinado, y a la cruz donde murió, y al sepulcro donde fue sepultado. Y todas estas son cosas santas, por haberlas Cristo tocado; y de lejanas tierras van a las ver, y derraman de devoción muchas lágrimas, y mudan sus vidas movidos por la gran santidad de aquellos lugares. ¿Por qué los sacerdotes no son santos, pues es lugar donde Dios viene glorioso, inmortal, inefable, como no vino en los otros lugares? Y el sacerdote le trae con las palabras de la consagración, y no lo trajeron los otros lugares, sacando a la Virgen. Relicarios somos de Dios, casa de Dios y, a modo de decir, criadores de Dios; a los cuales nombres conviene gran santidad».
Son frases – seamos sinceros – que hoy no nos atrevemos a pronunciar: quizá nos parecen excesivas, desmesuradas o impropias de una época acostumbrada a rebajar todos los ideales para hacerlos psicológicamente soportables. Sin embargo, durante siglos alimentaron la espiritualidad sacerdotal de la Iglesia sin producir extrañeza, porque el sacerdote se sabía segregado del mundo precisamente para recordar al mundo que Dios existe. En la homilía de su canonización, señaló Pablo VI:
«Él advierte profundamente lo que hoy algunos sacerdotes y muchos seminaristas no consideran ya como un deber corroborante y un título específico de la calificación ministerial en la Iglesia, la propia definición —llamémosla si se quiere sociológica— que le viene de ser siervo de Jesucristo y como el apóstol san Pablo decía de sí mismo: «Segregado para anunciar el Evangelio de Dios» (Rm 1, 1). Esta segregación, esta especificación, la cual es además la de un órgano distinto e indispensable para el bien de un entero cuerpo viviente (cf. 1 Co 12, 16 ss.), es hoy la primera característica del sacerdocio católico que es discutida e incluso «contestada» por motivos, frecuentemente nobles en sí mismos y, bajo ciertos aspectos, admisibles; pero cuando estos motivos tienden a cancelar esta «segregación», a asimilar el estado eclesiástico al laico y profano y a justificar en el elegido la experiencia de la vida mundana con el pretexto de que no debe ser menos que cualquier otro hombre, fácilmente llevan al elegido fuera de su camino y hacen fácilmente del sacerdote un hombre cualquiera, una sal sin sabor, un inhábil para el sacrificio interior y un carente de poder de juicio, de palabra y de ejemplo propios de quien es un fuerte, puro y libre seguidor de Cristo. La palabra tajante y exigente del Señor: «Ninguno que mire atrás mientras tiene la mano puesta en el arado es idóneo para el reino de los cielos» (Lc 9, 62), había penetrado profundamente en este ejemplar sacerdote que en la totalidad de su donación a Cristo encontró sus energías centuplicadas».
La tragedia de acostumbrarse a Dios
El drama eclesial hodierno no es precisamente la inactividad: nunca ha habido tantas reuniones, estructuras, iniciativas y palabras; nunca tantos medios, discursos y proyectos. El problema parece más profundo y más grave: el acostumbramiento. La aburrida y atónica rutina de hablar de Dios sin temblor, de tocar lo santo sin estremecimiento, de vivir junto al altar sin que el altar abrase ya el alma, de pronunciar diariamente palabras eternas con un corazón distraído y una vida interior erosionada por el ruido, la dispersión y el cansancio espiritual.
En San Juan de Ávila todo está impregnado de conciencia sobrenatural. No dice que el sacerdote “preside una asamblea” sino que representa sacramentalmente a Cristo. Y eso cambia completamente la atmósfera interior de una existencia que no se pertenece a sí misma. El sacerdote ya no puede organizarse únicamente según el gusto personal, la comodidad o la búsqueda de instalación; queda incorporado a una lógica más alta y más dolorosa: la de Cristo Sacerdote y Víctima, Pastor y Cordero que salva inmolándose por las almas. Y el sacerdote, con y como Él:
«Esto, padres, es ser sacerdotes: que amansen a Dios cuando estuviere, ¡ay!, enojado con su pueblo; que tengan experiencia que Dios oye sus oraciones y les da lo que piden, y tengan tanta familiaridad con él; que tengan virtudes más que de hombres y pongan admiración a los que los vieren: hombres celestiales o ángeles terrenales; y aun, si pudiere ser, mejor que ellos, pues tienen oficio más alto que ellos».
En la espiritualidad avilista la Santa Misa ocupa un lugar absolutamente central, no sólo como obligación litúrgica ni como eje doctrinal de la vida cristiana, sino como el gran Acto configurador del alma sacerdotal. El Santo Maestro sabía que un pueblo puede olvidar muchas predicaciones, pero rara vez olvida la impresión producida por un sacerdote que celebra verdaderamente como quien cree lo que está haciendo. En las últimas décadas, mientras, cual tópico que provoca una pereza aplastante, se cacarea que vivimos “una primavera eclesial”, hemos asistido a una desaparición progresiva del sentido de adoración visible, de gravedad sagrada y de recogimiento contemplativo que durante siglos la liturgia romana tradicional imprimió espontáneamente en el sacerdote y en el pueblo fiel. El Padre Ávila celebró siempre según el venerable rito antiguo de la Iglesia latina que había moldeado durante siglos generaciones enteras de sacerdotes, un rito donde todo —los ornamentos, el protagonismo de la cruz, el silencio, las inclinaciones, los besos al altar, las genuflexiones repetidas, el canon susurrado, la orientación común hacia Dios, la gravedad de los gestos, el latín— contribuye a recordar al sacerdote que él no es protagonista de nada, sino apenas instrumento tembloroso de un Misterio infinitamente mayor que él: «En la misa nos ponemos en el altar en persona de Cristo a hacer el oficio del mismo Redentor». No es casualidad que de aquella liturgia nacieran hombres como Juan de Ávila, capaces de pasar horas ante el Sagrario, de subir al altar con santo temor y de tratar con Dios familiarmente. Porque el pueblo aprende mucho más de cómo el sacerdote celebra que de cuanto él pueda explicar después sobre la Eucaristía. Aprende viendo si el celebrante se apresura o adora; si se expone a sí mismo o desaparece; si parece estar gestionando algo rutinario o entrando verdaderamente en el Santo Sacrificio de Cristo, que el Santo Maestro presenta como la realidad constitutiva de la identidad sacerdotal, y así le resulta inconcebible separar el ministerio de la santidad, la acción pastoral de la vida interior, el altar de la cruz:
«Diga misa cada día, aunque no sienta devoción, y… serle ha este Santísimo Sacramento grandísima dulcedumbre y consolación. Si alguna persona le importunare mucho que la confiese, hágalo con aquel aparejo como cuando va a decir misa; y no querría que fuesen mujeres, ni que fuese a muchos, sino a alguna cosa particular que parezca mandarla Dios».
Sobre este particular dice en otra carta a otro sacerdote, con prudente realismo:
«No se dé mucho a confesiones de mujeres, especialmente mozas, que es una muy peligrosa negociación, si no hay muy particular don de Dios, que haga la carne como insensible. Y generalmente ponga más los ojos en aprovechamiento de hombres, porque si comienza a mirar a ellas, no le vagará entender en otra cosa, según hacen gastar el tiempo en cosas de poco provecho».
Nadie da lo que no tiene
San Juan de Ávila enseña la absoluta centralidad de la oración. No como refugio intimista, sentimiento piadoso o terapia espiritual, sino como cuestión de vida o muerte para el sacerdote, que puede conservar durante años una actividad externa aparentemente fecunda mientras interiormente se ha ido secando; puede seguir predicando, organizando, acompañando y trabajando, aun cuando el trato real y silencioso con Dios se haya debilitado peligrosamente, y entonces comienza a producirse la dicotomía de seguir hablando de Dios después de haber dejado casi de tratar con Él: «Dícenme que Vuestra Merced trabaja mucho: querría que se templase…, porque cierto somos de carne, la cual es flaca aunque el espíritu sea fuerte… Esto es en cuanto á lo del cuerpo, en lo cual encomiendo que ni sea regalado ni demasiadamente lo trabaje… Quanto á lo del ánima, le encomiendo que de tal manera aproveche á otros que nunca pierda su oración mental y recogimiento; y en esto mire muy mucho, porque he visto algunos que han dado cuanto tenían y quedáronse pobres para sí y para otros… Más dura y más aprovecha lo que va más poco á poco, y más imprime una palabra después de haber estado en oración, que diez sin ella: no en mucho hablar, mas en devotamente orar y bien obrar está el aprovechamiento: y por eso así hemos de mantener a los otros, como nunca nos apartemos de nuestro pesebre, y nunca falte el fuego de Dios en nuestro altar. No sea pues muy continuo demasiadamente en darse a otros, mas tenga sus buenos ratos diputados para sí». Porque no basta estudiar para predicar, sin oración. El estudio sin oración hace presuntuosos, y la oración sin estudio fácilmente yerra. Quiere Dios «hablar, siendo Dios, por una lengua de carne, y levantar al hombre a que sea órgano de la divina voz y oráculo del Espíritu Santo».
Tal concepto del ministerio sacerdotal se halla a una distancia infinita respecto a la trivialización contemporánea de la predicación, convertida tantas veces en comentario sociológico, improvisación sentimental o conversación amable sin densidad sobrenatural, como si bastara la cercanía humana allí donde antes se esperaba fuego de Dios, doctrina sólida, vida penitente y palabras nacidas de la contemplación. Juan de Ávila no concebía que un sacerdote subiera al púlpito sin haber permanecido mucho tiempo de rodillas, dejando que la Palabra atravesara primero la propia vida antes que la de los demás. Y el verdadero católico percibe cuándo una homilía nace de silencio, lágrimas, penitencia, adoración y vida interior: en medio de la confusión de nuestro tiempo, se reconoce si un sacerdote habla solo de Dios o también desde Dios.
El Maestro Ávila unía santidad y estudio, frente a la tentación de oponer profundidad espiritual y formación intelectual, como si el amor a Dios dispensara del esfuerzo serio de pensar y bastara cierta espontaneidad pastoral para sustituir años de estudio riguroso, lectura, contemplación teológica y disciplina mental. Juan de Ávila considera eso una irresponsabilidad pastoral y una verdadera falta de caridad hacia las almas. Pablo VI recordó en la homilía de la canonización del Santo Maestro:
«Su palabra de predicador se hizo poderosa y resonó renovadora. San Juan de Ávila puede ser todavía hoy maestro de predicación, tanto más digno de ser escuchado e imitado, cuanto menos indulgente era con los oradores artificiales y literarios de su tiempo, y cuanto más rebosante se presentaba de sabiduría impregnada en las fuentes bíblicas y patrísticas. Su personalidad se manifiesta y engrandece en el ministerio de la predicación».
El sacerdote debe estudiar si ama a las almas. Debe prepararse porque va a responder ante Dios de cada palabra pronunciada en su nombre, y porque sabe que una ignorancia satisfecha de sí misma puede hacer muchísimo daño precisamente cuando se reviste de lenguaje religioso y se presenta como cercanía pastoral. He aquí otra pobreza de nuestro tiempo: cierta superficialidad intelectual satisfecha de sí misma, donde a veces se sustituye la teología por opiniones, la doctrina por impresiones y el pensamiento por ocurrencias pastorales, como si la claridad doctrinal fuese un lujo secundario y no una forma concreta de amor a las almas sencillas, que tienen derecho a recibir de labios del sacerdote no sus estados de ánimo, ni sus intuiciones personales, ni sus improvisaciones psicológicas, sino la verdad luminosa y exigente del Evangelio. En San Juan de Ávila hay fuego en el corazón y gravedad en la inteligencia, las dos cosas, por eso sus palabras siguen teniendo peso cinco siglos después, mientras tantas palabras contemporáneas, pronunciadas con enorme aparato y rápidamente difundidas, envejecen en cuestión de meses porque les falta lo que sostiene las palabras verdaderamente sacerdotales: oración y sacrificio.
Hay en el Maestro Ávila otro aspecto que hoy necesitamos redescubrir con especial urgencia: su inmensa labor de dirección espiritual.
«Conoció – dijo Pablo VI – el ejercicio de la palabra personal e interior, propia del ministerio del sacramento de la penitencia y de la dirección espiritual. Y quizás todavía más en este ministerio paciente y silencioso, extremadamente delicado y prudente, su personalidad sobresale por encima de la de orador».
No fue solamente un gran predicador popular ni un reformador del clero; fue, sobre todo, un padre de almas, un hombre al que acudían sacerdotes, religiosos, nobles, universitarios, jóvenes inquietos y discípulos de toda condición buscando luz, corrección, consuelo y verdad. Su autoridad espiritual no nacía de técnicas psicológicas ni de habilidades relacionales aprendidas, sino de santidad, de oración y de experiencia interior de Dios. Para Juan de Ávila el sacerdote no está llamado únicamente a administrar sacramentos o coordinar actividades, sino también a acompañar sobrenaturalmente las almas, discernirlas, corregirlas, alentarlas y conducirlas pacientemente hacia Dios, como verdadero médico del espíritu. Por eso sus discípulos no buscaban en él simplemente comprensión humana, sino orientación. No acudían para verse confirmados en sí mismos, sino para ser ayudados a convertirse. La verdadera dirección espiritual no puede ser sustituida por acompañamientos vagamente terapéuticos donde casi nunca se corrige, ni se exige, ni se conduce realmente hacia la santidad. El Santo Maestro sabía que amar un alma significa también ayudarla a salir de sí misma.
Que el pueblo vuelva a ver a Dios en sus sacerdotes
Leyendo al Maestro, impresiona también la fortaleza espiritual que da por supuesta en un sacerdote. Sin rastro de blandura sentimental, habla continuamente de combate interior, de renuncia, de cruz, de mortificación, de vigilancia sobre sí mismo, de perseverancia escondida y de aceptación amorosa del desgaste sacerdotal, pues que quien ha sido configurado sacramentalmente con Cristo no puede pretender después una existencia cuidadosamente protegida del sufrimiento, la contradicción y la entrega dolorosa. No puede maravillarse de las tentaciones y trabajos un ministro del Crucificado, pues no hay camino más cierto para aprovechar que padecer. Los regalos y deleites no son para los soldados de Cristo: no quiere Dios corazones flojos en sus ministros, que han de ser hombres crucificados al mundo.
Cuidar el sacerdote su porte exterior, su traje, su compostura y su manera de presentarse ante el pueblo, no es esteticismo superficial ni clericalismo mundano, sino entender que pertenece visiblemente a Dios y que también su presencia externa debe transparentar gravedad, recogimiento y consagración, honestidad y ejemplo. El sacerdote no es un hombre indistinguible del mundo, cuidadosamente disimulado entre él para no incomodar a nadie, sino un signo visible de otra realidad: su modo de vestir, de hablar, de caminar y de comportarse debe recordar la existencia de lo sobrenatural. Al leer al Maestro Ávila, uno no puede evitar preguntarse si, con tanta Ratio formationis, no hemos formado generaciones incapaces de soportar la soledad, el silencio, el sacrificio, la frustración o la perseverancia escondida; enseñado muchas estrategias pastorales, pero muy poco acerca de la alegría austera y viril de permanecer junto a la cruz sin huir de ella, sin narcotizarse continuamente con distracciones y sin convertir el “me apetece” en criterio supremo de discernimiento.
Que el ministerio vaya desgastando lentamente la vida entera del sacerdote contemporáneo, consumiendo sus fuerzas y llevándolo a una configuración real con Cristo crucificado es muy hermoso, no porque el sufrimiento tenga valor por sí mismo, sino porque existe una misteriosa fecundidad sacerdotal que brota cuando la vida deja de reservarse egoístamente y comienza a gastarse silenciosamente por Dios y por las almas, sin necesidad de aplausos, sin ansias de reconocimiento, sin la permanente preocupación por protegerse a sí mismo.
No era el Maestro Ávila un pálido asceta encerrado en su ebúrneo torreón. Todo lo contrario: ardía de amor por las almas, pasaba horas confesando, predicaba hasta el agotamiento, escribía cartas inmensas de dirección espiritual, lloraba viendo la ignorancia religiosa del pueblo, sufría por los sacerdotes tibios. Y precisamente porque amaba tan apasionadamente a las almas, no rebajaba jamás el ideal sacerdotal, pues sabía que el pueblo puede soportar la pobreza, la sencillez e incluso ciertas limitaciones humanas de sus sacerdotes, pero termina muriendo lentamente cuando deja de encontrar en ellos hombres verdaderamente poseídos por Dios. «Ensanche vuestra merced su pequeño corazón en aquella inmensidad de amor con que el Padre nos dio a su Hijo, y con Él nos dio a sí mismo, y al Espíritu Santo y todas las cosas». «Vuestros prójimos son cosa que a Jesucristo toca», por eso, «la prueba del perfecto amor de nuestro Señor es el perfecto amor del prójimo»
El pueblo cristiano sigue teniendo una necesidad inmensa —aunque no siempre sepa expresarla— de encontrarse con sacerdotes que vivan de verdad como hombres de Dios. Sacerdotes cuya manera de celebrar la Santa Misa haga recordar que allí sucede algo sobrenatural; cuya palabra nazca de la oración; cuya mirada no esté constantemente vuelta hacia sí mismos; cuya pobreza, pureza, caridad y gravedad interior devuelvan al mundo la nostalgia de Dios; cuya presencia introduzca un poco de silencio sobrenatural en medio de esta civilización agotada de ruido, de banalidad y de exhibicionismo permanente. Que baste verlos para acordarse de Dios.
Tal es la gran pregunta que San Juan de Ávila nos haría hoy, no con amargura o nostalgia de otros tiempos, sino con su mezcla de ternura sacerdotal y fuego interior que vuelve difícil defenderse de sus palabras. No si el sacerdote resulta simpático, si es moderno, comunica bien o sabe adaptarse a todos los lenguajes, sino algo infinitamente más serio, más sacerdotal y más urgente: si, al mirarle, todavía es posible acordarse de Dios.