El diaconado, ¡todo un carácter!

Por: Mons. Alberto José González Chaves

El diaconado, ¡todo un carácter!

I. ¿Qué es el carácter?

¿Se da en el alma del ordenado, real, estable, irreversiblemente, una configuración sacramental con Cristo? Que tal sucede en el presbiterado es algo que la Iglesia enseña como una verdad esencial. El Concilio de Trento, en la Sesión VII, declara que hay sacramentos que imprimen carácter indeleble en el alma y que no pueden repetirse, entre ellos el Orden (Ses. VII, can. 9). Y más adelante, al tratar directamente de ese sacramento, vuelve a afirmar que por la sagrada ordenación se confiere el Espíritu Santo y se imprime carácter (Ses. XXIII, can. 4). Es un sello indeleble, una marca ontológica, una pertenencia nueva, una consagración que no se borra.

Pero, ¿y el diácono? ¿Es un laico al que se confían tareas, un colaborador cualificado, un grado intermedio meramente pedagógico, o… un hombre marcado por el sacramento del Orden? Porque también él es configurado con Cristo de un modo real y permanente. Y esto introduce ya una densidad nueva en su existencia, orientándola de forma irreversible hacia el misterio de Dios.

En el rito tradicional del Pontificale Romanum, cuando el obispo se dispone a conferir el diaconado se dirige a Dios suplicando la efusión del Espíritu:

Emitte in eos, quaesumus, Domine, Spiritum Sanctum, quo in opus ministerii fideliter exsequendi septiformis gratiae tuae munere roborentur.

Se implora que el Espíritu Santo sea enviado sobre los ordenandos para fortalecerlos con el don de la gracia en orden a su ministerio.

II. La arquitectura del Orden y su clave de bóveda eucarística

Para comprender la cualidad propia del carácter, es necesario penetrar en la lógica interna del sacramento del Orden. Y aquí sigue siendo decisiva la enseñanza de Santo Tomás de Aquino, para quien el Orden se define por su relación a la Eucaristía. No es una estructura autónoma ni un sistema de poderes independientes, sino una realidad orgánicamente orientada al Sacrificio eucarístico: el Orden se ordena a la consagración del Cuerpo de Cristo, y la distinción de sus grados procede de la diversa relación que cada uno tiene con ese acto central (cf. Summa Theologiae, Suppl., q. 37, a. 2).

El sacerdote lo es para consagrar: ese es su acto propio, su centro vital, aquello que da sentido a toda su potestad (cf. Suppl., q. 40, a. 2). En cambio, el diácono no recibe esa potestad, sino que es ordenado para servir en los misterios sagrados, asistiendo al sacerdote en la celebración y en la dispensación de lo santo (cf. Suppl., q. 37, a. 2, ad 1).

No se trata de una diferencia accidental, sino estructural. El Orden no es una acumulación de funciones, sino una jerarquía viva, una arquitectura armónica donde cada grado participa del mismo misterio de Cristo según una forma propia. El diácono pertenece a esa arquitectura, pero no ocupa su centro sacrificial; está en relación real con el altar, pero no actúa aún en el acto de la consagración.

Tal estructura aparece reflejada en el mismo rito del Pontificale Romanum. Cuando el obispo instruye a los candidatos, les recuerda que han sido elegidos ad ministerium altaris, para el servicio del altar, y no para el sacrificio mismo. Y en la entrega del libro de los Evangelios —uno de los gestos más elocuentes del rito— se les dice:

Accipe potestatem legendi Evangelium in Ecclesia Dei, tam pro vivis quam pro defunctis.

Es decir, su potestad propia es la de proclamar el Evangelio en la Iglesia. La liturgia traduce así en gesto y palabra lo que la teología expresa conceptualmente: una participación verdadera, pero no plena, en el misterio del Orden.

III. La “incoación”: comienzo real, plenitud no alcanzada

La teología habla del “carácter incoativo” del diaconado. No es una ocurrencia terminológica, sino una necesidad conceptual para expresar con precisión lo que ocurre.

“Incoativo” significa comenzado, iniciado de verdad, pero no llevado todavía a su perfección. No indica una realidad aparente o incompleta en sentido negativo, sino una presencia auténtica en estado de inicio.

El diácono ha sido verdaderamente introducido en el sacramento del Orden, ha recibido un carácter indeleble, ha sido configurado con Cristo; pero no ha sido constituido aún en la plenitud del sacerdocio ministerial, porque no ha recibido la potestad de consagrar ni de actuar sacrificialmente in persona Christi.

Por eso su carácter es real y, al mismo tiempo, incoado. Real, porque transforma el ser; incoado, porque no alcanza la forma plena del sacerdocio. Se podría decir que en él el sacerdocio ha comenzado sacramentalmente, pero no ha llegado aún a su expresión culminante.

Sin contradecir Lumen gentium, 29, el Catecismo de la Iglesia Católica enseña que los diáconos reciben el sacramento del Orden y quedan marcados con un carácter indeleble que los configura con Cristo servidor (CEC 1570). Si bien no están ordenados al sacerdocio en sentido estricto, sí reciben el Orden; no realizan el sacrificio, pero pertenecen sacramentalmente a su economía, introducidos ya para siempre en la órbita sacra del altar.

En la oración consecratoria del Pontificale Romanum, la Iglesia pide para los diáconos las virtudes propias de quienes han de vivir en ese umbral sagrado:

abundet in eis omnis forma virtutum, auctoritas modesta, pudor constans, innocentiae puritas et spiritualis observantia disciplinae.

No se pide aún la potestad de ofrecer el Sacrificio, sino la conformación interior con un estilo de vida que sirva a los misterios. Es la gracia del comienzo real, exigente, irreversible.

IV. Cristo Siervo: forma propia del diaconado

El diácono expresa sacramentalmente una dimensión esencial del misterio de Cristo: su condición de Servidor, que no solo ofrece el sacrificio, sino que se entrega, se inclina, lava los pies, se pone en medio como quien sirve.

A esa forma de Cristo queda el diácono configurado; es configurado con Cristo que se hizo “diácono”, es decir, servidor de todos (CEC 1570). No es un añadido espiritual, sino la forma sacramental misma de su identidad: su ministerio no es una simple ayuda externa, sino la expresión visible de esa dimensión de Cristo que sostiene y acompaña toda la vida de la Iglesia.

Proclama el Evangelio, prepara el Sacrificio, asiste al sacerdote, distribuye la comunión, sirve a los pobres. Todo en él está orientado hacia la Eucaristía, en forma de servicio.

Y precisamente por eso su carácter es incoactivo: porque participa realmente del misterio, pero bajo la modalidad de quien dispone y sirve, no de quien consagra.

Esta forma servicial aparece en el rito cuando el nuevo diácono es revestido con la dalmática, signo litúrgico del servicio gozoso. No se le entrega aún el cáliz para consagrar, pero sí el Evangelio para proclamar; no se le constituye en oferente del Sacrificio, pero sí en ministro de la palabra y del altar.

Todo en el rito habla de una configuración real con Cristo en la forma humilde del servicio.

V. La aurora del sacerdocio

No es un simple paso dentro de un itinerario formativo, sino el comienzo sacramental de una configuración. El diaconado es la aurora del sacerdocio.

No es la noche, porque ya hay luz; no es todavía el mediodía, porque la plenitud no ha llegado. Es la primera claridad del altar en el alma de un hombre. Es Cristo que empieza a imprimir en él su forma, su sello, su pertenencia.

Por eso la expresión “carácter incoativo” no empobrece el diaconado, sino que lo sitúa en su verdad exacta y lo salva de dos reducciones opuestas: la de convertirlo en una función meramente pastoral y la de confundirlo con el sacerdocio pleno.

Es carácter, porque es sello indeleble; es incoactivo, porque es comienzo real que tiende a su plenitud.

Cuando el rito concluye y el nuevo diácono se retira con la dalmática y el Evangelio recibidos, sabe que todo ha comenzado ya para siempre. Porque en el Orden sacerdotal, cuando Dios empieza, no está ensayando: consagra, sella, transforma.

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