Una luz brilla en las tinieblas

Una luz brilla en las tinieblas
The Incarnation as Fulfillment of All the Prophecies by Peter Paul Rubens, c. 1628–1629 [Barnes Foundation, Philadelphia]

Por Stephen P. White

Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. Dios mismo, por tanto, es el punto de referencia primario para la autocomprensión del hombre. En consecuencia, cuando el hombre pierde de vista a Dios, pierde de vista su propia humanidad.

Esta es la historia de nuestra era secular a gran escala. Es también, en cierto sentido vagamente tranquilizador, la historia del hombre en general. Digo «tranquilizador» en el sentido de que nuestros fallos rara vez son tan novedosos como pensamos, lo que significa que los remedios son menos inaccesibles de lo que supondríamos de otro modo.

Desde los primeros capítulos del Génesis, vemos cómo la desobediencia hacia Dios conduce a una disminución de nuestra humanidad. La Caída fue un evento moral —un acto de desobediencia y un fallo de la voluntad— que provocó un oscurecimiento del intelecto. El pecado, como suele decirse, nos vuelve estúpidos. Cada uno de nosotros entiende esto porque cada uno ve esa misma desobediencia en sí mismo. Todos nosotros somos como Adán y Eva.

Nuestro Señor puede decir (y yo puedo asentir con Él) que «el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil». Conocer esto sobre el espíritu y la carne no me ayuda a elegir el bien, como tampoco me ayuda a elegirlo el saber que Jesús lo sabía. Pero saber que Él y yo estamos en la misma sintonía —que lo que le tentó a Él me tienta a mí— es, no obstante, edificante. Existe esta solidaridad entre los descendientes de Adán y Eva.

Incluso fuera de un sentido estrictamente teológico o bíblico, el materialismo (ya sea de tipo práctico o ideológico) conduce invariablemente a la inhumanidad, precisamente en la medida en que niega lo que es más alto y mejor en la persona humana.

El Papa León XIII, en su gran encíclica sobre la restauración de la filosofía cristiana, Aeterni Patris, indicó claramente que la causa de las «luchas de estos días» era una confusión sobre las «cosas divinas y humanas» originada en las «escuelas de filosofía», y que se extendía de allí al Estado y a las masas.

El Concilio Vaticano II, en uno de sus pasajes más densos y concisos, expone la cuestión de forma sucinta:

La verdad es que solo en el misterio del Verbo encarnado se aclara verdaderamente el misterio del hombre. Pues Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, de Cristo el Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación.

«El error fundamental del socialismo», insistió el Papa Juan Pablo II unos tres decenios más tarde, «es de carácter antropológico». ¿Y qué señaló como causa primera de ese error antropológico? El ateísmo. Además, la «sociedad de consumo», según el Papa polaco, «coincide con el marxismo» en la medida en que «reduce totalmente al hombre a la esfera de lo económico y a la satisfacción de las necesidades materiales».

Como ocurrió en los días del Papa León XIII y en los de Juan Pablo II, ocurre también en los nuestros. La confusión sobre las cosas de Dios y del hombre conduce a la injusticia, al conflicto y a la miseria. Para quienes vivimos en una sociedad cristiana (o postcristiana), este parece ser el orden causal obvio del problema: cuando perdemos de vista a Dios, perdemos de vista al hombre. Para los lectores de The Catholic Thing, todo esto es terreno conocido.

Pero resulta que lo contrario también es cierto: cuando se pierde de vista la naturaleza —y particularmente la naturaleza humana—, se vuelve cada vez más difícil vislumbrar a Dios, particularmente al Dios cristiano. Y puede que estemos menos acostumbrados a pensar las cosas de esa manera.

Si partimos de una visión inadecuada de la persona humana, ciertas preguntas sobre Dios no solo son más difíciles de responder; ¡pueden incluso dejar de parecer relevantes!

La mayoría de las grandes controversias de la Iglesia primitiva —y las correspondientes herejías: docetismo, arrianismo, nestorianismo, etc.— estaban ligadas a cuestiones cristológicas. ¿Quién era este Jesucristo? ¿Era humano o divino? ¿Tenía una naturaleza o dos? Estas eran preguntas existenciales para la Iglesia primitiva porque comprendían las implicaciones de la Encarnación, tanto para lo que ese evento revela sobre Dios como para lo que revela sobre nuestra humanidad.

La Iglesia fue capaz de reflexionar sobre estas controversias no solo porque tenía un sentido claro de lo divino, sino porque poseía un firme conocimiento de la naturaleza y de lo que significa ser humano. Hoy, nuestro mundo ha perdido de vista la naturaleza humana de forma tan profunda que a menudo le cuesta entender por qué la Encarnación podría tener implicación alguna.

«El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros». ¿Qué podría significar tal afirmación para un pueblo que ha dejado de creer que la «naturaleza humana» tiene algún significado permanente y duradero?

Nuestro mundo no logra ver la relevancia de la Encarnación, no simplemente porque haya perdido de vista a Dios, sino porque no tiene concepto de qué fue lo que Dios asumió en sí mismo, a saber, la naturaleza humana.

Si el mundo que nos rodea se compone de mera materia y energía, y si este mundo material se rige no por la «naturaleza» en el sentido de los «fines» o «causas finales» pretendidos por Dios, sino por leyes de la naturaleza descubribles por la ciencia, y si comprender estas leyes nos permite manipular el mundo material de formas asombrosas en beneficio de la humanidad, ¿qué necesidad tenemos entonces de la antigua especulación metafísica sobre la «naturaleza humana»?

Esa forma de ver el mundo no podría construir una máquina de vapor ni desarrollar inteligencia artificial. Entonces, ¿para qué sirve?

Cuando perdemos de vista a Dios, nos perdemos de vista a nosotros mismos. Pero recordemos todos también que para ver a Dios, para ver lo que Él ha hecho por nosotros, también podemos ascender desde lo que Él ha creado, empezando por la corona de su creación:

En él estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en la tiniebla,
y la tiniebla no la recibió.

Acerca del autor

Stephen P. White es director ejecutivo del Santuario Nacional San Juan Pablo II y miembro de Estudios Católicos en el Ethics and Public Policy Center.

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