Mientras la ciudad donde habito es noticia internacional por una fiesta local —la Feria de Abril—, tan artificiosa y efímera como ayuna de virtudes teologales y cardinales, el Vicario de Cristo se ha marchado a África para proclamar la Buena Noticia de Jesús. Y ha concluido su viaje en el único país hispanohablante del continente, una antigua colonia española, Guinea Ecuatorial, regida durante décadas por un dictador con puño de hierro; más concretamente, su última visita la ha efectuado a una prisión de esa nación. Pero lo llamativo ha sido que muchos de sus reclusos —hermanos míos en la fe católica (y, desde luego, más hermanos que tantos neopaganos con los que convivo y me cruzo día a día en mi mariana ciudad)— han celebrado su venida con un canto y un baile que ha tocado el corazón de León XIV. Pero también —y de qué modo— el mío.
En el patio de esa cárcel, los presos ejecutaron una performance cuya letra rezaba así:
«Nuestro Santo Padre, te damos gracias, ora por nuestros pecados y nuestra libertad; nos arrepentimos por todo lo que ha pasado en nuestras vidas; muchos hemos sido engañados por el diablo y otros por malas influencias. Pero tenemos la esperanza de recuperar nuestra libertad. Somos creyentes, nunca seremos olvidados conforme a la ley, conforme a la voluntad de Dios. Nuestro Santo Padre, te damos gracias, ora por nuestros pecados y nuestra libertad».
Hablaban de pecado, de arrepentimiento, del diablo y sus engaños, de la libertad, de la esperanza, de la oración, de agradecimiento, de la voluntad de Dios sobre sus vidas… en fin, de lo que es la misma esencia del cristianismo, palabras que han dejado hoy de escucharse en Europa y en nuestro mundo occidental. Al concluir el baile-canción, yo estaba profundamente conmovido, puesto que enseguida asocié ese momento a uno de los más sublimes pasajes del Evangelio, solo narrado por Lucas (Lc. 4, 16-30): el anuncio cristiano de la libertad a los cautivos.
Recordemos que el Señor acababa de vencer al diablo en su primer asalto, cuando este le tentó en el desierto. El padre de la mentira le dijo expresamente que todo lo del mundo a él le pertenecía. A veces imagino que lo que le fue mostrado al Señor en ese monte altísimo fue un paisaje parecido al Real de la Feria —en cuyo límite se sitúa significativamente la denominada calle del Infierno—; Real donde todo exceso y vicio asienta sus reales. Si Él era —según decía— el Hijo de Dios, sus acciones —pensó el diablo— deberían ser tan espectaculares como las de un Júpiter; por eso, su tentación se centró en el placer, la fama y, sobre todo, el poder. Pero, sorprendentemente, el divino Jesús era la antítesis de todo lo que los vates griegos referían de sus dioses. Las Bienaventuranzas nos presentan el mundo al revés; en su vida, Él no tenía donde reclinar su cabeza (Mt. 8, 20); no quiso que se difundiera la noticia de sus curaciones (Mc. 8, 41-42), y menos aún que lo proclamaran rey (Jn. 6, 15); pasó su existencia sirviendo a los demás (Mc. 10, 45), sin pausa hasta la muerte, y una muerte de cruz, en la que canceló el acta de acusación por nuestros pecados (Col. 2, 14). No dejó absolutamente nada para sí: todo lo suyo nos lo entregó para siempre (su Cuerpo, su Alma, su Sangre y su Divinidad); hasta limpió, como un siervo, los pies de quienes luego le abandonarían vergonzosamente (Jn. 13, 1-20). Él prefería a las prostitutas, a los pobres y a los más despreciados de su sociedad (porque creyeron en Él), y los antepuso a los ricos, a los sabios, a sacerdotes, escribas y letrados (que le rechazaron) (Mt. 21, 31); Él vino a nosotros, en definitiva, a liberar a los cautivos y menesterosos (es decir, a todos los hombres, sin excepción), y lo logró de un modo asombroso: rescatándonos de las dos peores esclavitudes que alguien puede padecer (más incluso que una prisión de Guinea): una, la del pecado, y otra —mucho peor, y mucho más habitual—, la soberbia de suponer que estamos libres de él. Jesús carga y destruye nuestros pecados, pero, sobre todo, no deja de advertirnos del funesto error de creernos justos. De ahí la parábola del fariseo y el publicano en el templo (Lc. 18, 9-14). Fue el pecador publicano —y no el justo fariseo— el único justificado.
Tras la experiencia del desierto, Jesús expuso en la sinagoga de Nazaret —con palabras tomadas de Isaías— su programa de acción salvadora:
«El Espíritu del Señor está sobre Mí;
por cuanto me ha ungido para dar la buena nueva a los pobres,
me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón;
a pregonar la libertad a los cautivos,
y la vista a los ciegos.
A poner en libertad a los oprimidos
y a predicar el año de gracia del Señor».
Aquellos presos de Guinea verdaderamente tenían interiorizadas esas letras, quizás oídas durante la infancia, en la escuela o en la iglesia, o en alguna película cristiana que vieron en la televisión con sus familias. Pasó el tiempo, sus vidas se torcieron, y mucho, pero la luz de Cristo —su amor incondicional por los pecadores— nunca se apagó en sus corazones. Por ello, pudo activarse de nuevo y con gran intensidad tras la visita del sucesor de Pedro, de aquel a quien el Señor encomendó precisamente «confirmar en la fe a los hermanos» (Lc. 22, 32).
Gracias, en definitiva, querido Santo Padre León, por hacerlo, por ir a donde nadie en su sano juicio desea estar, por cumplir la obra de caridad de visitar presos, por fortalecer la fe en Jesús y llevarle a esos hombres la verdadera libertad que nos ha traído Nuestro Señor. Al igual que Jesús con el buen ladrón (Lc. 23, 43), has regalado la esperanza a aquellos cuyas malas acciones les habían conducido a perder la libertad. O como ellos mismos reconocen en su canción, están arrepentidos de sus malos actos, instigados directamente por el diablo (con sus tentaciones), o por las malas compañías (es decir, también por el diablo, aunque indirectamente). Pero, con todo, el Señor ya nos aseguró que solo podemos perder la libertad por el pecado (Jn. 8, 34), y creo que esos presos han asimilado muy bien esa profunda lección cristiana. De este modo, la cárcel —con ser muy dura, y más por el país que la alberga— se convierte en un problema secundario para quien ha recibido la paz y la libertad interior, algo que solo nos puede regalar la fe viva en Jesucristo. Y ha sido el Papa quien lo ha propiciado en este viaje apostólico, que comenzó en la patria de un gran pecador —San Agustín de Hipona— y concluye en esta cárcel guineana, símbolo —quién lo diría— de la irreductible esperanza cristiana.
¡Que el Señor le bendiga y le proteja, querido Santo Padre León!