Raúl Murcia, miembro del equipo de Terra Ignota que participó en la realización del documental sobre el Valle de los Caídos, comparte esta carta con motivo de la manifestación convocada para esta tarde, a las 18:00 horas, frente a la sede de la Conferencia Episcopal Española, en defensa de la inviolabilidad de la Basílica y en apoyo a la comunidad benedictina del Valle
No soy ateo, pero tampoco un creyente al uso. No voy a misa los domingos ni me confieso una vez al año, como manda la tradición. Mi relación con la religión es más bien distante.
Pero hay cosas que uno reconoce aunque no las practique. Porque no hace falta creer para darse cuenta de que hay lugares que tienen un significado especial.
Esa fue mi primera sensación al llegar.
El Valle de los Caídos nunca me había llamado especialmente la atención. Una gran Cruz, eso sí, que veía a lo lejos en cada viaje de vuelta a casa por la A-6. Mirarla, saludarla con respeto y hasta la próxima.
Aquel día, cuando por fin pudimos agarrar las cámaras y empezar a rodar nuestro documental sobre el Valle, no me impresionó la entrada. Subí la pista más preocupado por no salirme, con la niebla con la que habíamos amanecido. Y una vez arriba, aquello me pareció un patio de armas más. Muy grande, eso sí, pero uno más.
Sólo cuando miré hacia arriba y vi la Cruz, imponente, me di cuenta de que estaba en uno de esos lugares diferentes. Y sólo después de conocer a los monjes pude entender su significado.
Hay algo en esos lugares que impone respeto. No es cuestión de ideas ni de ideología. Es una sensación básica: uno entra y sabe que no está en un sitio cualquiera.
Por eso choca tanto la idea de que un templo pueda convertirse en un espacio donde se introduzcan lecturas políticas o ajustes revanchistas sobre el pasado. No porque el pasado no deba discutirse, sino porque hay sitios donde no es apropiado hacerlo.
De ahí mi gran desconcierto por el acuerdo firmado por el cardenal Cobo con el ministro Bolaños.
Más allá de explicaciones técnicas o de quién tiene o no tiene competencia, lo que se percibe desde fuera es algo más simple: se ha tomado una decisión sobre un sitio que no parece del todo suyo. Y se ha tomado sin contar con quienes viven allí, con quienes entienden perfectamente lo que es y, además, sin dar demasiadas explicaciones.
Si se tratara de un museo o de un edificio público, la cosa ya sería discutible. Pero una basílica no es lo mismo. No lo es ni siquiera para quien no pisa una iglesia desde hace años.
No todo vale en todas partes. Y desde luego, no todo vale dentro de una basílica.
Esta semana, el presidente de la Conferencia Episcopal ha invitado al Gobierno y a los monjes del Valle a alcanzar “un acuerdo razonable y satisfactorio para ambas partes” que sea “un testimonio de que es posible superar la polarización y encontrar vías de encuentro”.
Conviene decir tres cosas al respecto. Las tres, en positivo. Y las tres, con contundencia y sin rodeos.
La primera. Recibo con agrado esa petición, precisamente porque significa, de facto, que lo firmado por el cardenal Cobo no tiene ningún valor.
Gracias, señores obispos, por escuchar a quien se deben: sus fieles.
Unos fieles preocupados durante tantos meses al ver cómo se iba a profanar un templo sagrado y que nadie parecía hacer nada por evitarlo.
Si la Conferencia Episcopal pide ahora un nuevo acuerdo, es porque el anterior no era el camino.
No hace falta añadir más. El gesto habla por sí solo y hay que agradecerlo.
La segunda. Ese nuevo acuerdo “satisfactorio” entre los monjes y el Gobierno no será posible sin una condición previa e innegociable: la inviolabilidad de la basílica.
Un acuerdo puede negociar muchas cosas. Pero hay algo que no está sobre la mesa.
Un templo consagrado no se resignifica. Una basílica no se somete a lectura política.
Lo sagrado, por definición, está fuera de lo que una negociación entre partes puede tocar.
Si eso no se garantiza, por mucho que alguien lo firme y por muchos actos solemnes que se organicen para bendecirlo, no habrá acuerdo.
Y allí estaremos de nuevo para defenderlo si fuera necesario.
La tercera. Pedimos a la Conferencia Episcopal que se pronuncie con claridad y que apoye sin fisuras a los monjes en su defensa de la sacralidad de la basílica.
Lo pedimos con respeto, pero sin rodeos. Porque el cariño a los pastores no se demuestra callando; se demuestra diciéndoles lo que es necesario decirles.
Los monjes no pueden quedarse solos en esto, contra lo que tienen enfrente. Una comunidad benedictina, por muy recia que sea, no puede pelear sola contra el aparato del Estado.
Y nosotros —los de misa de doce y los que no vamos tanto— necesitamos ver a su Iglesia detrás de ellos, hablando claro.
La Iglesia no está para entrar en discusiones políticas, y estoy de acuerdo. Pero tampoco puede caer en una cautela excesiva, hasta el punto de parecerse demasiado al miedo, al silencio y después a la complacencia.
No parece tan complicado.
Se trata de defender sus ritos, sus lugares sagrados y a sus fieles. Con tanta contundencia como la prudencia que siempre tuvo. Más aún cuando tiene enfrente a quien tiene.
Porque no nos engañemos: lo que está en juego no es sólo el Valle.
Si la naturaleza sagrada de un templo puede pactarse, habrá quedado abierta una puerta por la que mañana podrá entrar hasta el mismísimo Belcebú.
Hoy es el Valle. Mañana puede ser la Basílica del Pilar, que precisamente por ser su patrona Capitana General no les faltará interés en gestionarla y resignificarla “en aras de un supuesto valor democrático”, desposeyéndola de su verdadera razón de ser: dar consuelo a todo aquel que quiera, cuando pasa por Zaragoza. Podrá ser Covadonga. El Escorial. Puede ser Montserrat. Cualquier templo con carga simbólica que a alguien, en algún despacho, le estorbe. O podría ser entrar a legislar las centenarias normas de cualquier hermandad.
Lo que hoy se calla, mañana se firma. Y lo que mañana se firma, pasado se da por bueno.
Por eso importa tanto, y ahora, que esto se haga bien. Porque lo que aquí se resuelva marcará lo que venga después. Y porque el tiempo juega a favor de quienes quieren tocar lo que no se debe tocar.
El Valle de los Caídos es uno de esos lugares donde se cruzan muchas cosas.
Hay historia. Hay religión. Hay un cementerio sagrado donde reposan los caídos en una guerra civil que sufrieron todos nuestros mayores. Hay un centenar de beatos que murieron por amor a Jesús, perdonando a sus matarifes.
Pero también hay algo más que no se explica tan fácilmente: el ámbito de lo sagrado.
Reducirlo todo a un problema de gestión o de uso es quedarse muy corto. Y, siendo honestos, tratar de reducirlo así no es un descuido: es una estrategia.
En pocas semanas, el Papa visitará España.
Antes de eso, la próxima reunión de los obispos es una ocasión inmejorable para pronunciarse con claridad y dejar las cosas en su sitio.
Los muy fieles necesitan consuelo y refugio de sus pastores en tiempos de desasosiego. Y los que no lo somos tanto necesitamos ver que aquello por lo que también luchamos, aunque sea desde un plano más alejado, sigue vivo.
Basta con hablar claro. Y eso es lo que pedimos. Que la Conferencia Episcopal Española marque la línea roja de defender lo sagrado y la defienda no ya a nivel competencial o judicial, que para eso ya están los abogados, sino donde lo tiene que defender.
Por eso, este miércoles a las seis de la tarde, muchos estaremos ante la Conferencia Episcopal en una concentración convocada por una asociación vallisoletana, PATRIAM, ya que, como decíamos, no es sólo cosa de fieles ni de madrileños. Esta es una causa que nos afecta a todos.
No para enfrentarnos a nadie. Y mucho menos para señalar a nuestros pastores.
Estaremos para acompañar. Para arropar. Para aconsejar. Para pedirles, con respeto pero sin medias tintas, que hagan lo que les toca hacer: apoyar a los monjes, defender la inviolabilidad de la basílica y decir alto y claro que un templo no se toca.
Y estaremos también porque el silencio, a estas alturas, ya no es neutral. El silencio ya juega. Y juega a favor de quien no debería.
Allí estaremos los que van a misa y los que no vamos tanto. Los muy creyentes y los que, como yo, reconocemos desde fuera que hay cosas que merecen defenderse.
Porque esto no va sólo de creyentes.
Va de algo más sencillo y más serio: va de respetar lo que tiene un significado especial para tanta gente. Y de no permitir que se convierta, poco a poco y acuerdo a acuerdo, en otra cosa distinta.
Porque aunque uno no sea muy religioso, hay algo que se entiende sin necesidad de explicaciones: que hay cosas que no deben tocarse.
Raúl Murcia, “Pirata”