El 21 de abril de 2025, Lunes de Pascua, murió en Santa Marta Jorge Mario Bergoglio. Ha pasado un año y el duelo ya no es noticia: lo que queda es el balance.
I. El hombre
Bergoglio llegó al balcón el 13 de marzo de 2013 con un «buona sera» que fue, a la vez, saludo y programa. Venía de Buenos Aires con la fama de arzobispo austero —metro, piso pequeño, periferias— cuidadosamente construida por sus biógrafos afines. La realidad del gobierno porteño era más compleja: mano de hierro con los colaboradores, memoria larga para las ofensas, una marcada preferencia por la sospecha sobre los sacerdotes de sensibilidad tradicional y una red de lealtades personales que luego replicaría en Roma.
Era jesuita de la generación que siguió a la expulsión de los tradicionalistas de la Compañía, formado en la atmósfera de la teología del pueblo —hermana menor pero indisimulable de la teología de la liberación— que leía el Evangelio en clave de protagonismo sociológico del pobre más que en clave de Reino. Pío en la devoción popular latinoamericana; intelectualmente impaciente con cualquier cosa que oliera a rigor doctrinal. Esa combinación explica casi todo: los besos a los presos el Jueves Santo y las cartas demoledoras a las comunidades que solo pedían poder rezar con el Misal de 1962 no son paradoja, son método.
Murió debilitado tras la larga estancia en el Gemelli de febrero-marzo de 2025. Quiso enterrarse en Santa María la Mayor, fuera del Vaticano. Hasta en la sepultura, el gesto calculado de distancia respecto de una Tradición que había decidido usar como telón de fondo y no como casa.
II. El comunicador
Francisco fue un comunicador intuitivo y eficaz, y aquí hay que dar lo que es suyo. Entendió antes que casi nadie en la Curia que la imagen pesa más que el texto, que el gesto viaja más rápido que la encíclica y que un Papa que camina por Lampedusa sin zapatos tiene más alcance que uno que firma documentos en latín. El problema es que confundió el alcance con la eficacia evangelizadora. Que millones vean una foto no significa que millones se conviertan; significa, simplemente, que millones ven una foto.
El estilo preferido —homilía breve de Santa Marta, entrevista en el avión, frase suelta— produjo durante doce años un goteo constante de ambigüedad calculada. El célebre «¿quién soy yo para juzgar?» no fue un lapsus: fue una fórmula que Francisco dejó circular sabiendo perfectamente cómo sería leída fuera de la Iglesia y dentro de ella. Las entrevistas con Scalfari —agnóstico que reconstruía las conversaciones sin grabadora y publicaba barbaridades teológicas firmadas por el Papa— se repitieron hasta seis veces. Después de la primera, ya no era descuido: era connivencia con un formato que permitía decir lo que no se podía escribir y desmentirlo a medias cuando convenía.
Y luego está la contradicción central del personaje público: un Papa que predicó la sinodalidad, la descentralización y la Iglesia «poliédrica» gobernó con un autoritarismo que Juan Pablo II o Benedicto XVI no hubieran firmado. Nombramientos fulminantes por teléfono, comisariatos improvisados sobre congregaciones enteras, rescripta ex audientia sin paso por los dicasterios competentes, uso del motu proprio como martillo. La Iglesia «en salida» hacia fuera coexistió con una Iglesia hacia dentro donde disentir en público del Papa tenía coste profesional inmediato. No se puede predicar la parresía a los fieles y practicar el silencio forzado con los cardenales.
III. Los cinco documentos que definen el pontificado
De la producción magisterial de Francisco —cuatro encíclicas, siete exhortaciones apostólicas, decenas de motu proprio— cinco textos resumen el legado. No se han elegido los más largos ni los más citados, sino los que más van a pesar en los próximos cincuenta años, para mal o para bien.
1. Evangelii Gaudium (2013)
Exhortación apostólica programática. El manifiesto del pontificado.
Publicada a los ocho meses de la elección, es el texto-matriz. Aquí Francisco fija el vocabulario, el enemigo y el método. El vocabulario: «Iglesia en salida», «misericordia», «pastores con olor a oveja». El enemigo: el «doctor de la ley», el «cristiano de museo», el «neopelagiano» —categorías que en sus doce años de pontificado aplicará sistemáticamente contra quien defienda la norma, nunca contra quien la disuelva—. El método: los cuatro principios del capítulo IV, especialmente el famoso «el tiempo es superior al espacio» (EG 222-225), que es mucho más que un aforismo pastoral. Es una licencia magisterial para abrir procesos doctrinales sin cerrarlos, para lanzar cuestiones sin resolverlas, para sembrar cambios que madurarán con sucesores más audaces. Es el núcleo teórico del método Bergoglio: no definir, condicionar.
A esto se suma el tratamiento del pueblo judío en EG 247 —«nunca podemos considerar que el Antiguo Testamento ha perdido su vigor»— que en el contexto del documento se desliza peligrosamente hacia la tesis de las dos alianzas paralelas que Ratzinger había contenido con extremo cuidado. Y una constante que se repetirá hasta el final: la caricatura del católico tradicional como rígido, infeliz y temeroso, presentada como análisis pastoral cuando es, sencillamente, un juicio de intenciones sobre millones de fieles a los que el Papa nunca se molestó en conocer.
Es literariamente brillante. Es pastoralmente útil en tramos. Y es, a la vez, el acta fundacional de todo lo que vendría después.
2. Laudato si’ (2015)
Encíclica sobre el cuidado de la casa común.
La primera encíclica íntegramente suya —Lumen Fidei era un texto terminado de Benedicto XVI con firma cambiada— y el único documento mayor del pontificado que se sostiene si se abstrae de la propaganda ecologista que la acompaña. Recupera la doctrina del hombre como custodio de la creación, denuncia el relativismo práctico del consumo y, sobre todo, vincula explícitamente ecología ambiental y ecología humana: no hay defensa coherente de la selva sin defensa del no nacido, y no se puede proteger al animal mientras se descarta al anciano (LS 117, 120). Esa tesis es profundamente católica y habría que haberla formulado antes.
Dicho esto, la encíclica tiene dos lastres serios. El primero: adopta el consenso climático del IPCC como si fuera dato revelado, confundiendo lo que es opinión científica mayoritaria con lo que sería doctrina vinculante. No corresponde al Papa canonizar un modelo climatológico, del mismo modo que no le correspondió a León XIII canonizar un modelo económico. El segundo: el lenguaje sobre la «Madre Tierra», las citas acríticas de Bartolomé y ciertos pasajes cosmológicos abren una puerta al panteísmo ambiental que teólogos menos prudentes que Francisco —empezando por el ala amazónica del pontificado— cruzarán alegremente cinco años después con la Pachamama paseando por los jardines vaticanos.
El mejor documento del pontificado. Lo cual dice tanto sobre su valor como sobre el nivel general de los otros cuatro.
3. Amoris Laetitia (2016)
Exhortación apostólica postsinodal sobre el amor en la familia.
El documento que rompió la unidad sacramental de la Iglesia católica. Lo que está en juego en el capítulo VIII y en la tristemente célebre nota 351 no es una cuestión pastoral menor: es si un fiel que vive objetivamente en adulterio —segunda unión civil con cónyuge legítimo vivo— puede ser absuelto y admitido a la comunión sin propósito de enmienda. Contra veinte siglos de disciplina, contra Trento, contra Familiaris Consortio, contra Veritatis Splendor, Francisco respondió que sí «en algunos casos». Y luego se negó sistemáticamente a aclarar qué casos, bajo qué condiciones y con qué criterios.
Los cinco dubia presentados por Brandmüller, Caffarra, Meisner y Burke en septiembre de 2016 eran preguntas técnicas, redactadas en el lenguaje canónico más sobrio posible, que admitían respuesta de «sí» o «no». Nunca la hubo. El silencio fue la respuesta. Y el silencio del magisterio ante preguntas legítimas sobre el magisterio no es neutralidad: es una toma de posición deliberada por la ambigüedad. La carta privada a los obispos de Buenos Aires avalando su interpretación permisiva —filtrada después como si fuera acto oficial— completó el mecanismo: orientación real para quien quisiera leerla; negación formal para quien protestara.
El resultado está a la vista. En Polonia se aplica una disciplina; en Alemania, otra; en Argentina, otra. El mismo sacramento, la misma situación objetiva, respuestas incompatibles según el código postal. Eso no es legítima diversidad pastoral: es la disolución de la catolicidad sacramental. Y lo más grave es que el problema es irreversible sin un acto explícito de un sucesor, porque el texto está redactado justamente para que no haya nada que retirar —solo ambigüedad que aclarar—.
El documento donde Bergoglio dejó de ser un pastor con método discutible para convertirse en un Pontífice que eligió conscientemente romper la unidad disciplinar a cambio de un avance pastoral concreto. Y ni siquiera el avance fue pastoral: fue ideológico.
4. Traditionis Custodes (2021)
Carta apostólica en forma de motu proprio sobre el uso de la liturgia romana anterior a 1970.
El documento más revelador del pontificado, porque es el único en el que Francisco actuó sin ambigüedad ninguna. Con Traditionis Custodes revocó Summorum Pontificum de Benedicto XVI —aún vivo, aún residente a pocos metros— y sometió la celebración del Misal romano tradicional a un régimen de autorización, vigilancia y extinción programada. Las Responsa ad dubia del año siguiente, firmadas por Roche, cerraron las rendijas que quedaban: prohibición de parroquias personales, prohibición de promocionar la misa tradicional en los boletines, obligación de usar el leccionario nuevo en latín —combinación absurda que nadie había pedido—, restricción de las ordenaciones ad tramitem.
La justificación fue una encuesta a los obispos del mundo cuyos resultados el Vaticano se negó a publicar. Cuando fragmentos se filtraron años después, mostraban exactamente lo contrario de lo afirmado en el preámbulo del motu proprio: la inmensa mayoría de los obispos no reportaba problemas serios con las comunidades tradicionales. El Papa mintió, o al menos permitió que Arthur Roche mintiera en su nombre, sobre la base documental del acto de gobierno más severo contra un grupo de fieles católicos en más de medio siglo.
Lo que se castigó con Traditionis Custodes no fue el cisma —los tradicionalistas en plena comunión son, por definición, no cismáticos— sino la existencia misma de una sensibilidad litúrgica que Bergoglio consideraba insoportable. El argumento oficial —que estos fieles rechazaban el Concilio Vaticano II— es falso para la inmensa mayoría y, en cualquier caso, irrelevante: la Iglesia tiene mecanismos canónicos para tratar las disidencias individuales, no necesita extinguir una liturgia entera. Benedicto XVI había escrito que «lo que para generaciones anteriores fue sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande, y no puede ser de repente totalmente prohibido». Francisco decidió que sí podía. Y la distancia entre esas dos frases mide exactamente la ruptura que este pontificado ha introducido en la hermenéutica de la continuidad.
Es el acto más injusto de los doce años. Punto.
5. Fiducia Supplicans (2023)
Declaración del Dicasterio para la Doctrina de la Fe sobre el sentido pastoral de las bendiciones.
La consumación del método. Víctor Manuel Fernández, instalado al frente del antiguo Santo Oficio sin más credenciales que la amistad personal con el Papa y una bibliografía teológica que mejor no recordar, firmó la declaración que permite bendecir a parejas en situación irregular «incluidas las del mismo sexo». La letra del documento dice que no se bendice la unión, solo a las personas; que no hay rito; que no hay equiparación con el matrimonio. La letra dice muchas cosas. La realidad es que al día siguiente los titulares del mundo entero anunciaban que la Iglesia bendecía las uniones homosexuales, y ni Fernández ni Francisco hicieron nada serio por desmentirlo hasta cuatro semanas después, cuando el incendio en África había forzado la rectificación.
Esa rectificación —la nota complementaria de enero de 2024 admitiendo que las bendiciones deben durar segundos, sin gestos litúrgicos, sin vestiduras, sin anillos— es una confesión de fracaso escrita con la mayor dignidad posible. Pero el daño estaba hecho. Y lo que quedará en la memoria no es la nota complementaria sino el titular.
Más grave aún fue la respuesta eclesial. Prácticamente la totalidad del episcopado africano, liderado por Ambongo, rechazó la aplicación del documento en sus territorios con una declaración firmada que el propio Francisco tuvo que avalar para evitar el ridículo de excomulgar a medio continente. Episcopados de Asia, Europa del Este, algunos obispos en Estados Unidos hicieron lo propio. Una declaración aprobada por el Papa y firmada por el Prefecto de la Doctrina de la Fe fue rechazada por conferencias episcopales enteras sin consecuencia canónica ninguna. Eso no había pasado en la historia moderna de la Iglesia. Y no pasó porque los obispos africanos sean rebeldes: pasó porque el documento era indefendible.
Santo Tomás enseñó que un acto pastoral cuyo significado objetivo para el receptor contradice lo que el texto afirma es escándalo. Fiducia Supplicans es la definición operativa del escándalo en teología moral: se sabía cómo iba a ser leído, se redactó sabiéndolo, y se publicó igualmente. No es un error: es una política.
IV. Lo que queda
Doce años después, la Iglesia que Francisco deja es más conocida y menos creída, más presente en los medios y menos presente en los corazones, con el aplauso de los políticos y medios de la izquierda más rancia pero con estadísticas sacramentales que se hunden en casi todo el mundo occidental. Las vocaciones siguen cayendo. Las diócesis alemanas se acercan al cisma formal sin que Roma haga más que cartas preocupadas. Lo tradicional está perseguido. Los modernistas, premiados. Y el cardenalato, tras doce años de nombramientos, se parece más a una red de lealtades personales que a un colegio representativo de la Iglesia universal.
A su sucesor le espera una tarea ingrata: restaurar sin venganza, aclarar sin humillar, recoger los pedazos sin convertir la restauración en otra ruptura. Rezamos por él, y rezamos también por Francisco, a quien la misericordia que tanto predicó le es necesaria ahora más que nunca.
Requiescat in pace. Et lux perpetua luceat ei.