En este mes de abril se han ido, casi en el mismo día, dos sacerdotes de gran talla: Don Miguel Ponce Cuéllar y Monseñor Nicolás González González. Si ayer escribí yo sobre el primero, hoy quiero evocar a Don Nicolás, en quien la diócesis de Ávila ha tenido uno de sus sacerdotes más representativos: 91 años de vida, casi 70 de ministerio. Nacido en Navatejares el 10 de septiembre de 1934, formado en Ávila y en Roma, fue ordenado en marzo de 1957. Fue en Ávila doctoral de la Catedral —por oposición en 1969—, deán, vicario judicial, ecónomo diocesano en varias etapas, teniente vicario general, y en la sede vacante de 1991, pro vicario general. Fiscal y Defensor del Vínculo, miembro del Consejo de Asuntos Económicos, del Colegio de Consultores, del Consejo Presbiteral… Y la educación católica y la atención a los pobres.
Pero, al pensar yo en don Nicolás, todos estos cargos se me quedan en un segundo plano, porque su figura está, para mí y para tantos, inseparablemente unida al Monasterio de la Encarnación de Ávila.
Llegó allí recién ordenado, en una encrucijada histórica singular. Aquel monasterio, buque insignia del Carmelo femenino, había abrazado la descalcez en 1940 por una promesa de las monjas a Santa Teresa si se libraban de los desmanes de los «sin Dios» en la guerra. Sin embargo, la decadencia comunitaria y la ruina del edificio habían ido en aumento, haciendo urgente una restauración profunda.
Fue entonces cuando el pequeño gran obispo de Avila, Don Santos Moro Briz, acudió a Santa Maravillas de Jesús. Solo ella podía restaurar la Encarnación de Ávila, y la Madre Maravillas, tras resistirse no poco, claudicó, viendo que era la voluntad de Dios. Con su inteligencia y su sentido sobrenatural, envió a Ávila a la simpar Madre Magdalena de Jesús Gutiérrez y Gómez-Acebo, que llegó el 24 de septiembre de 1966 (tras haber sido priora, muy joven, de Duruelo y del Escorial), acompañada de otras ocho monjas.
Allí encontraron al joven capellán don Nicolás. Él mismo contaba, con su tono sobrio, que el primer contacto fue un aviso para recoger en el torno unas verduras de la huerta que querían regalarle para su comida. Así empezaron las cosas. Desde entonces, el tándem entre la Madre Magdalena y don Nicolás fue providencial. Ella fue el alma visible de la comunidad, ad intra y ad extra; él, un colaborador eficacísimo, discretísimo, que nunca se hizo notar, que jamás se inmiscuía en lo que no le correspondía, pero que estaba atento a todo y ayudaba en todo. Entre los dos, contribuyeron a rehacer literalmente el monasterio.
Durante casi medio siglo, su presencia fue algo familiar en la Encarnación: su voz lenta y pastosa, sus pasos rotundos por la capilla de la Transverberación, sus celebraciones de la Santa Misa, sin prisa y con cuidado, su atención a los fieles. Más tarde, a partir de 1992, con la nueva priora, Madre Carmen de Jesús, fiel sucesora de la Madre Magdalena, la colaboración se mantuvo intacta, fiel, en plena continuidad.
¿Cuántas gestiones no habrá hecho Don Nicolás? ¿Cuántas ayudas no habrá conseguido? ¿Para cuántos contactos no habrá sido intermediario? No lo sé, porque todo lo hacía envuelto en una discreción elegante, olvidada de sí. Olvido propio con el que también envolvió los cientos y cientos de horas de investigación y pacienzudo trabajo que cuajó en la «Historia del Monasterio de la Encarnación de Ávila», referencia insoslayable para cualquier investigador.
Era un castellano viejo, parco, recio, poco dado a exteriorizar. Confieso que cuando le conocí, a mis dieciocho años —yo, extremeño, aunque con dos años de infancia vividos en Ávila—, no encontré en él una persona especialmente abordable. Quizá la inmadurez de mi adolescencia, ya en sus acabijos, no me dejaba ver. Pero el tiempo me permitiría descubrir en él una gran nobleza de corazón, una sinceridad profunda, una rectitud limpia, una notable estatura humana y sacerdotal.
Ya siendo yo sacerdote, le traté con frecuencia. Y él no se desdeñó de concelebrar conmigo muchas veces, acercándose a mí con una afabilidad que, sin perder su sobriedad, era muy real. Pude asistir en su casa, como un doctrino, a encuentros con mi querido cardenal Don Marcelo y con Don Rafael Palmero, primero obispo auxiliar de Toledo y después obispo de Palencia y de Orihuela-Alicante. En aquellas tertulias, presente su hermana Agueda, su fiel ángel custodio, Don Nicolás se conducía con naturalidad, sin protagonismos, pero con una presencia sólida de verdadero amigo. Así se manifestaba también cada año cuando en agosto Don Marcelo acudía a celebrar la fiesta de la Transverberación: la presencia rotunda del cardenal primado se imponía por sí sola, pero Don Nicolás era un introductor de embajadores incomparable.
Don Marcelo —que le quería entrañablemente, desde los años en que, siendo arzobispo de Barcelona, iba a Ávila y era acogido por el capellán de la Encarnación— siendo ya arzobispo emérito de Toledo y muy anciano, en una de aquellas estancias agosteñas en Ávila me pidió llevarle al hospital de la Seguridad Social, porque tenía el empeño de ver a Don Nicolás que había sufrido un gravísimo accidente de tráfico y se debatía entre la vida y la muerte. Llevé al cardenal, que tuvo que esperar como uno más hasta poder entrar – él solo- en la UCI. Al salir me contaba, conmovido, que le susurró al oído: “Nicolás, Nicolás, soy yo, Marcelo…”, sin obtener respuesta, saliendo con la incertidumbre sobre su recuperación. Aquel día vi húmedos los ojos de Don Marcelo, y respeté su silencio en mi coche, volviendo a la Casa de las Teresianas, donde posaba en la Ciudad de los Caballeros.
Don Nicolás se recuperó casi milagrosamente. Su vuelta a la Encarnación fue una fiesta, con el patio engalanado y las campanas al vuelo. Una década mas tarde, en 2012, muy ancianita, murió su amiga, la Madre Magdalena. Nunca olvidaré la homilía de Don Nicolás en las exequias. Presidía el obispo, pero era evidente que no podía predicar otro. Fue una oración fúnebre medida, sobria, profunda, verdadera, entrañable… como él.
En los últimos años, cuando se vio ya muy mayor y sin fuerzas, se trasladó a la Casa sacerdotal de Ávila. Y, con ascética lucidez, resolvió no volver nunca a la Encarnación, no tanto por desasimiento, sino porque habría sido para él un desgarro indefinible: era más de media vida la que había dejado allí.
Su corazón, sin embargo, no se movió de aquel monasterio. Su pensamiento no se apartó nunca de la Santa Madre Teresa de Jesús, por cuyo legado tanto trabajó, de la que tanto habló y tan bonitamente escribió. Me contaba una persona muy unida a la Encarnación —hasta el punto de poder decir que es una sola cosa con aquella Casa— que, justamente el día antes de su muerte, tuvo una como inspiración de visitar a Don Nicolás, ya inconsciente, y vio que su habitación era como una copia en pequeño del monasterio: un cuadro de la Virgen de la Clemencia, otro de Santa Teresa, otro de San Juan de la Cruz, las fotos de Juan Pablo II con sus carmelitas en 1982… Como si hubiera querido llevar consigo, hasta el final, aquello que había sido el centro de su vida.
Don Nicolás ha sido un hombre cabal, en toda la extensión de la palabra: recto, responsable, trabajador, fiel. Un sacerdote bueno, de los que no buscan ser recordados, pero lo son.
Al escribir estas líneas, en este mes en que se han ido dos sacerdotes tan distintos y tan grandes, doy gracias a Dios por haberlos puesto en mi camino. Porque, de manera diversa, ambos han dejado en mí —y en tantos— una huella muy honda.
Descanse en paz, Don Nicolás, y lleve recuerdos a la Santa Madre Teresa, al santico de fray Juan, a la «madruca», Magdalena de Jesús, a Don Marcelo. ¡Ellos le habrán recibido a lo grande!