El admirable intercambio de la misericordia

El admirable intercambio de la misericordia
The first Divine Mercy painting by Eugeniusz Kazimierowski, 1934 [Divine Mercy Sanctuary Vilnius, Lithuania] Source: Wikipedia

Por Matthew Walz

Juan Pablo II falleció en la noche del 2 de abril de 2005. Era sábado de Pascua y, por tanto, la vigilia del Domingo de la Divina Misericordia. Difícilmente se podría imaginar un momento más apropiado para su partida a la casa del Padre.

Casi cinco años antes, el 30 de abril de 2000, tras la misa del segundo domingo de Pascua, Juan Pablo le dijo al Dr. Valentín Fuster: «Este es el día más feliz de mi vida». Acababa de canonizar a santa Faustina Kowalska como la primera santa del nuevo milenio. El Dr. Fuster, un consumado cardiólogo y amigo del Papa, había verificado el segundo milagro requerido para la canonización de Faustina: la curación de un sacerdote diocesano de una insuficiencia cardíaca congestiva.

(Nota al margen: ¿Se puede pensar en una imagen mejor de lo que significa volverse verdaderamente misericordioso —verdaderamente misericors o de «corazón compasivo»— que ser curado de una insuficiencia cardíaca congestiva?)

Siempre atento al significado histórico de los acontecimientos, Juan Pablo afirmó lo siguiente durante su homilía:

«Hoy es verdaderamente grande mi alegría al proponer a toda la Iglesia, como don de Dios para nuestro tiempo, la vida y el testimonio de sor Faustina Kowalska. Por designio de la divina Providencia, la vida de esta humilde hija de Polonia estuvo totalmente ligada a la historia del siglo XX, el siglo que acabamos de dejar atrás. De hecho, fue entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial cuando Cristo le confió su mensaje de misericordia… Jesús dijo a sor Faustina: «La humanidad no encontrará paz hasta que no se dirija con confianza a la divina misericordia»… La luz de la divina misericordia, que el Señor quiso volver a entregar al mundo a través del carisma de sor Faustina, iluminará el camino de los hombres y mujeres del tercer milenio».

Inicialmente, como joven sacerdote polaco y luego como arzobispo de Cracovia, Karol Wojtyla se familiarizó con las enseñanzas de sor Faustina sobre la Divina Misericordia a través de su diario. También conocía bien la imagen de Jesús que se le pidió mandar pintar: Cristo con rayos de luz rojos y blancos que irradian de su corazón, recordándonos la sangre y el agua que brotaron de su costado como fuente de misericordia para nosotros, significando los sacramentos vivificantes de la Iglesia. Para Juan Pablo II, un hombre de una compasión excepcional madurada a través del sufrimiento, no sorprende que la canonización de sor Faustina le trajera tal felicidad.

Santa Faustina no tuvo mayor promotor que Juan Pablo II. No solo la elevó a los altares, sino que también aseguró la pervivencia de su mensaje al establecer el Domingo de la Divina Misericordia. Lex orandi, lex credendi: anualmente, esta fiesta nos recuerda que la misericordia del Padre constituye el corazón de toda la realidad.

Juan Pablo anticipó esto casi 20 años antes en su segunda encíclica, Dives in misericordia, cuyo título deriva de la descripción que hace san Pablo del Padre como «rico en misericordia» (Efesios 2,4). Dives in misericordia complementó su primera encíclica, Redemptor hominis: esta última destacaba la dimensión humana de la obra redentora de Cristo, mientras que Dives in misericordia resaltaba su dimensión divina, es decir, el amor misericordioso preveniente del Padre, revelado primero en la obra de la creación y luego en la ofrenda redentora de su Hijo en la Cruz.

Entre la miríada de intuiciones que se pueden extraer de Dives in misericordia, vale la pena destacar tres.

Primero: Como amigo devoto del Esposo, Juan Pablo escudriñó los Evangelios para descubrir qué informaba la conscientia (la «conciencia») de Cristo mientras llevaba a cabo su misión en la tierra. Juan Pablo anhelaba conocer a Cristo «desde dentro», captar la fuente interior de su acción salvífica. Al principio de la encíclica, Juan Pablo resume lo aprendido: «Hacer presente al Padre como amor y misericordia es, en la conciencia de Cristo mismo, la prueba fundamental de su misión como Mesías» (§3). ¡Qué idea tan iluminadora! Cuando Cristo actuaba en el mundo, nos enseña Juan Pablo, la pregunta que se planteaba continuamente era esta: En esta situación particular, ¿cómo hago presente al Padre como amor y misericordia de la mejor manera? ¿No haríamos bien nosotros —hijos e hijas adoptivos del Padre—, habiendo revestido nuestra mente con la de Cristo, en informar nuestra conciencia de la misma manera?

Segundo: Dos secciones ocupan el centro de Dives in misericordia: una sobre la parábola del hijo pródigo y otra sobre el Misterio Pascual. La conocida parábola revela la misericordia inconmensurable e inimitable de Dios, que impregna nuestra relación con él. Sin embargo, el Misterio Pascual revela una profundidad de misericordia aún mayor; pues, al elegir libremente entrar en el sufrimiento y la muerte humanos, Cristo nos permite no solo recibir misericordia, sino también mostrar misericordia a Dios mismo. De hecho, año tras año durante el Triduo, la Iglesia nos invita a experimentar de nuevo la pasión de Cristo para «misericordiarlo», para compadecerlo y consolarlo, desde su primer suspiro de agonía hasta su último aliento de vida. Por tanto, el Misterio Pascual revela la mayor misericordia que se nos ha mostrado: la inescrutable misericordia de permitirnos «misericordiar» al mismo Dios.

Tercero: Este admirable intercambio de misericordia en el Misterio Pascual proporciona un paradigma para toda misericordia, que la quinta bienaventuranza captura de forma concisa: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mateo 5,7). La acción y la recompensa coinciden en la misericordia, y de esto aprendemos una profunda verdad práctica para informar nuestras conciencias. Como dice Juan Pablo: «Se da verdaderamente un acto de amor misericordioso solo cuando, al realizarlo, estamos profundamente convencidos de que, al mismo tiempo, recibimos misericordia de parte de quienes la aceptan de nosotros» (§14). Si intentamos actuar misericordiosamente sin una convicción plena sobre la mutualidad de la misericordia, entonces «la conversión no se ha cumplido todavía plenamente en nosotros… ni participamos aún plenamente en esa magnífica fuente de amor misericordioso que nos ha sido abierta por Cristo».

En este Domingo de la Divina Misericordia, en nuestro trato mutuo, recordemos la reciprocidad de la misericordia que constituye el núcleo de la vida cristiana, ese admirable intercambio de la misericordia que el mismo Cristo enseñó en el Sermón de la Montaña y ejemplificó en el Misterio Pascual.

Sobre el autor

Matthew Walz comenzará a ejercer como presidente del Thomas More College en New Hampshire el próximo septiembre. Actualmente es profesor asociado de Filosofía y director de los programas de Filosofía y Letras y de Preteología en la Universidad de Dallas. También se desempeña como director de Formación Intelectual en el Seminario Holy Trinity. Este año es profesor visitante de Filosofía en el Augustine Institute y ocupa la cátedra Newman de Estudios Católicos en el Thomas More College. Él y su hermosa esposa, Teresa, han sido bendecidos con ocho hijos.

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