La dignidad del trabajo en el pensamiento social católico

La dignidad del trabajo en el pensamiento social católico
Construction by Thomas Hart Benton, 1923 [Nelson-Atkins Museum of Art, Kansas City]

Por Anne Hendershott

La doctrina social católica no considera el trabajo como una carga que deba eliminarse mediante la ingeniería, sino como una parte central de la vida en la que se forma la persona humana. Desde el Génesis hasta la Laborem exercens, la Iglesia enseña que la dignidad del trabajo no reside en cuán nuevo o eficiente sea, sino en cómo forma el carácter, la habilidad y el compromiso con el bien común. Esto es precisamente lo que Arthur Brooks pasa por alto en su ensayo de Free Press titulado «Es 2028: la IA te ha hecho mucho más feliz».

Brooks imagina un futuro en el que la inteligencia artificial nos libera de lo que él llama las tareas «complicadas» de la vida. De hecho, Brooks trata el trabajo intelectual rutinario como si fuera una mera molestia: el correo electrónico, la redacción, el procesamiento de datos, los conjuntos de problemas repetitivos, la lenta acumulación de habilidades.

La visión de Brooks parte de una premisa que la tradición católica ha rechazado desde hace mucho tiempo: que el trabajo es primordialmente una carga de la que hay que escapar. En el pensamiento católico, el trabajo no es un obstáculo para el florecimiento humano, sino uno de sus motores principales. Es el ámbito en el que cultivamos el carácter moral y la responsabilidad.

Para un católico fiel, el trabajo es la práctica diaria a través de la cual participamos en la Creación y contribuimos al bien común. Una sociedad que trata el trabajo como un problema que debe eliminarse malinterpreta tanto la naturaleza humana como la estructura moral de la vida ordinaria.

Brooks traza una línea divisoria tajante entre las tareas «complicadas» (solubles, mecánicas) y las «complejas» (relacionales, existenciales). Parece creer que estas tareas están separadas. Pero, en la práctica, ambas están entrelazadas.

El trabajo complicado de preparar una lección, calificar un examen, redactar un informe o crear un presupuesto no es algo ajeno al sentido de enseñar, tutorizar, dirigir, consultar, crear estrategias o pronosticar. Es la sustancia misma de la vocación.

Cuando la IA elimina la sustancia, corre el riesgo de eliminar la vocación. Brooks no logra ver que estas tareas no son incidentales al aprendizaje; son el aprendizaje mismo. Al celebrar un futuro donde la inteligencia artificial nos libera de lo que Brooks llama «trabajo pesado» o tareas rutinarias, trata dicho trabajo como si estuviera espiritualmente vacío.

Sin embargo, la tradición católica ve lo contrario: la labor lenta y repetitiva de escribir, revisar, practicar, cuantificar, memorizar y perseverar es el modo en que se moldea nuestro intelecto. Es el modo en que forjamos el carácter y la disciplina, y aprendemos a asumir responsabilidades.

Un mundo en el que la IA realiza todo el «trabajo pesado» de una clase universitaria en línea —como promete Einstein— puede hacer que los estudiantes se sientan momentáneamente más felices al verse liberados de lo que pueden considerar la «tediosa tarea» de responder a foros de discusión y preguntas de libros de texto. Pero no los hará más sabios. Y corre el riesgo de vaciar las mismas disciplinas que nos preparan para las dimensiones más profundas y «complejas» de la vida que Brooks afirma valorar.

Cuando se presenta a los estudiantes a Einstein, se les asegura que Einstein es una IA con una computadora. Él inicia sesión en Canvas todos los días, ve las clases magistrales, lee los ensayos, escribe los trabajos, participa en las discusiones y envía las tareas automáticamente.

Mientras Einstein asegura a los estudiantes que «él trabajará mientras ustedes duermen», los críticos han sugerido que, «en un nivel muy básico, Einstein era simplemente una destilación de lo que los chatbots o agentes de IA de propósito más general ya ofrecen a los alumnos: la capacidad de dejar de aprender cualquier cosa o de realizar cualquier trabajo académico por sí mismos, conservando al mismo tiempo la perspectiva de obtener un título universitario».

El mayor error de la «Teoría de la Felicidad por IA» de Brooks es la suposición de que el ocio, y no el trabajo, es el principal motor del florecimiento humano. La tradición católica siempre ha insistido en lo contrario: que el trabajo con sentido ordena el alma hacia un propósito.

Ya en 1963, Josef Pieper advirtió en su libro El ocio y la vida intelectual que una cultura obsesionada con escapar del trabajo acaba perdiendo la capacidad para el ocio auténtico; el tipo de ocio que brota de una vida interior que ha sido moldeada por el propósito y la disciplina.

Cuando tratamos el trabajo como un problema que debe resolverse en lugar de una práctica que nos forma, terminamos sin ninguna de las dos cosas: ni el ocio que se nos prometió, ni ciertamente la dignidad que abandonamos al permitir que las máquinas hagan el trabajo que nosotros deberíamos estar haciendo.

En ciertos aspectos, el ensayo de Brooks trae a la mente la fallida disciplina universitaria de los años setenta llamada «Estudios del Ocio». Como estudiante de sociología en aquella época, me matriculé en cursos de sociología llamados «El ocio a lo largo del ciclo vital» o «Sociología del ocio» y, por supuesto, el memorable «Sociología del juego». El contenido de los cursos se basaba en la creencia —hoy ampliamente desacreditada— de que la automatización reduciría drásticamente las horas de trabajo y crearía un excedente de tiempo libre, y que todos necesitaríamos ayuda para aprender a utilizar bien ese tiempo.

La predicción de un exceso de ocio se desmoronó una década después, ya que las horas de trabajo nunca bajaron, el ocio no se expandió y el campo cambió silenciosamente su imagen hacia la gestión de la recreación y el turismo.

El fiasco de los Estudios del Ocio de los años setenta debería habernos enseñado que los pronósticos utópicos sobre el tiempo libre abundante casi siempre malinterpretan la naturaleza humana y la realidad económica. No nos sentimos más realizados cuando se nos libera del esfuerzo; nos volvemos menos formados, menos capaces y más dependientes.

La afirmación de Brooks de que la IA finalmente traerá la sociedad del ocio que se imaginó en los años setenta repite el mismo error, confundiendo la ausencia de trabajo con la presencia de sentido.

La verdadera crisis no es cómo llenar el tiempo libre, sino cómo recuperar una visión moral del trabajo que resista tanto al utopismo tecnocrático como a la desesperanza que este inevitablemente engendra. La promesa de que la IA nos librará de las cargas del trabajo no es más que la última versión de una idea que ya ha fracasado anteriormente.

La doctrina social católica ofrece una visión mucho más realista del florecimiento humano. Una cultura que entrega todo su trabajo formativo a las máquinas puede ganar en comodidad y ahorrar dinero, pero perderá los mismos hábitos que hacen posible el ocio genuino.

La tarea que tenemos por delante no es escapar del trabajo, sino reclamar su dignidad, para que sigamos siendo capaces de alcanzar el sentido y la alegría que ninguna tecnología puede crear.

Sobre la autora

Anne Hendershott es profesora de Sociología y directora del Centro Veritas de Ética en la Vida Pública en la Franciscan University en Steubenville, Ohio. Es autora de «The Politics of Deviance».

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