TRIBUNA. Evelyn Waugh, o morir de pena por el destrozo litúrgico del Concilio Vaticano II…

Por: Una Católica ex perpleja

TRIBUNA. Evelyn Waugh, o morir de pena por el destrozo litúrgico del Concilio Vaticano II…

… Pero el Señor escucha el clamor de sus fieles, y concedió a este escritor converso, tras todo su sufrimiento, dormirse en Su paz en el día de Pascua.

Cuando vimos la historia de la hermana Wilhelmina Lancaster, comentamos que dedicaríamos algunos de estos textos a personas que habían sufrido inmensamente con las reformas litúrgicas fruto del Concilio Vaticano II y habían luchado por la liturgia tradicional. Siguiendo este hilo, hoy vamos a ver la triste pero luminosa historia de Evelyn Waugh.

Waugh, nacido en Inglaterra en 1903, se convirtió desde el anglicanismo al catolicismo en 1930, un momento de numerosas conversiones de escritores y artistas ingleses a la Iglesia de Roma; tras la conversión de San John Henry Newman a finales del XIX. En la década de 1930 hubo unas doce mil conversiones anuales al catolicismo tan sólo en Inglaterra.

Adriano Erriguel describe la manera en que, “un buen día, Evelyn Waugh se convirtió al catolicismo. No se trató de una crisis mística, ni de una “caída del caballo”. La conversión de Waugh fue, parece ser, cerebral y discreta. Él mismo explicaba que “a través de un firme convencimiento intelectual, pero con muy poca emoción, fui admitido en la Iglesia”.  Martin D´Arcy, jesuita y director espiritual de Waugh, escribió: “nunca he conocido a un converso que basara tan firmemente sus asentimientos en la verdad”. Este enfoque pragmático y práctico de su fe sirvió a Waugh “a lo largo de las pruebas de su vida”. Y ésta es una de las grandes lecciones que Evelyn Waugh puede enseñar a los católicos de hoy: el sentimentalismo no ha formado nunca parte de nuestra fe. La fe, en su definición tradicional, es un asentimiento del intelecto a la verdad revelada por Dios. Por eso, una vez conocida la Verdad, que uno pueda “no sentir nada” en la oración durante largos periodos de tiempo es de lo menos importante.

El magnífico Joseph Pearce ahonda en los antecedentes de la conversión de Waugh al catolicismo y la razón por la que permaneció fiel a la Iglesia y a su Tradición: el 21 de agosto de 1930, Waugh había escrito al jesuita Martin D’Arcy que había llegado a la conclusión de que la Iglesia católica era «la única forma genuina de cristianismo (y) que el cristianismo es el componente esencial y formativo de la cultura occidental». Seis semanas más tarde, el 29 de septiembre, el padre D’Arcy recibió a Waugh en la Iglesia. A raíz de su conversión y de la controversia que suscitó, Waugh escribió un artículo para el Daily Express en el que explicaba sus razones para convertirse al catolicismo: «Me parece que, en la fase actual de la historia europea, la cuestión esencial ya no es entre el catolicismo, por un lado, y el protestantismo, por otro, sino entre el cristianismo y el caos. Hoy en día podemos verlo por todas partes como la negación activa de todo lo que ha representado la cultura occidental. La civilización —y con esto me refiero a toda la organización moral y artística de Europa— no tiene en sí misma el poder de sobrevivir. Surgió a través del cristianismo y, sin él, no tiene significado ni poder para exigir lealtad. La pérdida de fe en el cristianismo y la consiguiente falta de confianza en las normas morales y sociales se ha plasmado en el ideal de un Estado materialista y mecanizado… Ya no es posible… aceptar los beneficios de la civilización y al mismo tiempo negar la base sobrenatural sobre la que se sustenta». Afirmando que «el cristianismo es esencial para la civilización y que necesita más fuerza combativa que nunca en siglos», Waugh argumentó que «el cristianismo existe en su forma más completa y definitiva en la Iglesia católica romana».

Waugh fue un escritor prolífico y de gran éxito, antes y después de su conversión; su obra más conocida es Retorno a Brideshead, crónica de las luchas de una familia aristocrática al respecto de la verdad y la fe católica.

Tras el repaso a los aspectos fundamentales de su conversión al catolicismo, podrían decirse y se han dicho muchas cosas sobre Waugh, pero aquí vamos a centrarnos solamente en la amarga prueba y el profundo dolor que supusieron para él las reformas que emprendió el Concilio Vaticano II, especialmente en la liturgia.

La espiritualidad católica de Evelyn Waugh puede definirse como profundamente litúrgica, basada en su amor a la Misa de siempre. De hecho, una de las facetas de la fe católica que más atrajo a Waugh fue la Misa tridentina. Por eso, “cuando el Concilio Vaticano II empezó a hacer ajustes en la liturgia, empezó a temer que la hermosa y solemne forma de oración que le había atraído a él – y a tantos otros conversos – a la Iglesia fuera eliminada y sustituida por las nuevas formas de Misa con que se empezó a experimentar, que él consideraba banal, mundano y poco sagrado. Mientras los clérigos revolucionarios introducían cada vez más innovaciones y «reformas», Waugh escribía en nombre de los laicos que seguían fieles a las tradiciones seculares de la Iglesia: «Mantenemos las creencias, intentamos observar la ley moral, vamos a misa los días de precepto y echamos un vistazo a menudo a las traducciones vernáculas del latín… Nos tomamos algunas molestias para educar a nuestros hijos en la fe… En todos los tiempos hemos formado el cuerpo principal de ‘los fieles’, y creemos que la Iglesia fue fundada para nosotros tanto como para los santos y para los pecadores públicos«.

Waugh expresó sus preocupaciones a su obispo, el cardenal John Carmel Heenan de Westminster, en una serie de cartas a lo largo de los años 1960: le preocupaba que, en un intento de hacer que los laicos se sintieran más relevantes, el papel crucial del sacerdote en la misa se viera disminuido y que, en un esfuerzo por hacer que los laicos participaran más activamente en la misa, se olvidaran poco a poco de participar espiritualmente. «Detecto un nuevo tipo de anticlericalismo«, escribió a Heenan: «Los nuevos anticlericales parecen minimizar el carácter sacramental del sacerdocio y sugerir que los laicos son sus iguales».

También consideraba innecesaria la introducción de la lengua vernácula y afirmaba que su obligatoriedad era una afrenta a Dios: «Esta era la misa por cuya restauración los mártires isabelinos fueron al cadalso».

Adriano Erriguel destaca que, más que un reaccionario, Evelyn waugh era un rebelde contra el mundo moderno. Se retiró a vivir lo más lejos posible del mundo moderno, en una remota casa de campo en Gloucestershire. Allí se dedicó a estudiar teología, a escribir sus novelas con pluma de tinta antigua y a trasegar el vino de su bien provista bodega. Desde allí lanzaba diatribas sobre el rumbo de la Iglesia católica y las reformas litúrgicas del Concilio Vaticano II, que el autor de Retorno a Brideshead juzgaba “incoherentes, amorfas e informes, en cuanto introducen caos e incertidumbre, reflejos de una teología eucarística que se aparta del sentido sacerdotal y sacrificial (…) con una pérdida de la claridad del sacrificio en el rito Tridentino”.

La discrepancia entre la fe antigua y la innovación moderna fue el telón de fondo del compromiso cada vez más enérgico de Waugh contra los vientos del modernismo que parecían arrasar la Iglesia en los años sesenta, una tormenta que proyectó su oscuridad siniestra y sombría sobre los últimos años de su vida.

El bloggero Wanderer dedicó en 2015 una serie de 7 entradas en su blog a Evelyn Waugh y la liturgia, constatando que “este sufrimiento fue, en última instancia, una de las causas que lo llevarían a su prematura muerte en 1966”. Wanderer ofrece la traducción de algunos de los párrafos más significativos de una nota que Waugh publicó en The Spectator el 22 de noviembre de 1962 sobre las reformas que ya se preveía que el vendaval conciliar nos iba a regalar. Aquí vamos a mencionar sólo dos extractos, pero dejamos el enlace porque nos parece absolutamente recomendable leer su detallada reflexión sobre la profunda consternación y dolor de su destrucción por parte del Concilio Vaticano II.

“Hace poco escuché el sermón de un entusiasta neopresbítero quien habló, probablemente aludiendo a la infeliz frase de Macmillan con relación al África, de un “gran viento” que está a punto de soplar, barriendo las irrelevantes acrecencias de los siglos y que revelará a la Misa en su prístina y apostólica simplicidad. Mientras tanto yo miraba su congregación, compuesta por parroquianos de un pequeño pueblo rural, del cual me considero un miembro típico, y pensaba en cuán poco se correspondían sus aspiraciones con las nuestras (…). Menos todavía aspiramos a usurpar su lugar [el del sacerdote] en el altar. “El sacerdocio de los fieles” es una engañosa frase de esta década, abominable para todos aquellos que nos la hemos topado. No pretendemos ninguna igualdad con nuestros sacerdotes cuyos defectos personales y miserias (cuando existen) sirven sólo para enfatizar el misterio de su llamado único. Cualquier cosa en lo que respecta a indumentaria o maneras o hábitos sociales que tienda a camuflar dicho misterio es algo que nos aleja de las fuentes de la devoción. El fracaso de los “sacerdotes obreros franceses” todavía está fresco en nuestra memoria (…). Mientras la Misa continuaba de la manera habitual me pregunté cuántos de nosotros deseábamos ver algún cambio”.

“En los últimos años hemos experimentado el triunfo de los “liturgistas” en la reforma de la Semana Santa (las reformas de Pío XII, aplicadas a partir de 1955). Durante siglos estos ritos han sido enriquecidos por devociones muy caras a los fieles –la anticipación del oficio matutino de Tinieblas, la vigilia en el Altar del Monumento, la Misa de Presantificados. No se trata de cómo los cristianos del siglo segundo celebraban la Pascua. Se trata del crecimiento orgánico de las necesidades del pueblo. No todos los católicos podían asistir a todos los oficios, pero cientos lo hacían, yéndose a vivir a o cerca de casas monásticas y realizando un retiro anual que comenzaba con el Oficio de Tinieblas en la tarde del Miércoles Santo y culminaba cerca del mediodía del Sábado Santo con la Misa Pascual anticipada. Durante estos tres días el tiempo estaba convenientemente distribuido entre los ritos de la Iglesia y las predicaciones del sacerdote a cargo del retiro, con pocas ocasiones para las distracciones. Ahora nada ocurre antes de la tarde del Jueves Santo. Toda la mañana del Viernes Santo está vacía. Hay una hora aproximadamente en la iglesia el viernes por la tarde. Todo el sábado está en blanco hasta la noche tarde. La Misa Pascual es cantada a la medianoche ante una cansada feligresía que es obligada a “renovar sus votos bautismales” en lengua vernácula para luego irse a la cama. El significado de la Pascua como una fiesta de la aurora ha sido olvidado, como lo ha sido el de la Navidad como Nochebuena. He notado en el monasterio que frecuento una marcada caída en el número de ejercitantes desde las innovaciones, o como los liturgistas preferirían llamarlas, restauraciones. Puede muy bien ser que estos servicios se encuentren más próximos a las prácticas de la primitiva Cristiandad, pero la Iglesia disfruta del desarrollo del dogma; ¿por qué no se le concede entonces el desarrollo de la liturgia?

En otra de las cartas de Waugh puede leerse: “El Concilio Vaticano me tiene hundido. No creo probable que se dé marcha atrás a estas desagradables tendencias dentro de la Iglesia”. En una carta a su obispo, el cardenal Heenan, señala: «La nueva liturgia me parece una tentación contra la Fe, la Esperanza y la Caridad, pero nunca -así se lo pido a Dios- apostataré».

Por toda esta revolución litúrgica que venía gestándose en la Iglesia desde hacía décadas, pero de manera clara a partir de las reformas de la Semana Santa de Pío XII y el Concilio Vaticano II, la depresión atormentó la vida de Waugh desde el año 1960, aunque vinculada también a ciertos problemas fisiológicos, como un insomnio severo que sufría. En una de sus cartas puede leerse: “He envejecido mucho estos dos últimos años. No estoy enfermo, pero sí muy débil. No tengo ganas de ir a ningún sitio ni de hacer nada, y sé que soy un aburrimiento. El Concilio Vaticano ha podido conmigo” (…). “La Pascua significaba mucho para mí, antes del Papa Juan y de su Concilio: ellos han acabado con la belleza de la liturgia. Todavía no me he rociado de gasolina y me he prendido fuego, pero ahora tengo que aferrarme tenazmente a la fe sin ninguna alegría”.

Antes de la Semana Santa del año 1965, incapaz de enfrentarse a la nueva liturgia, Waugh pidió a su viejo amigo de la Abadía de Downside, Dom Hubert van Zeller, que celebrara para él una misa privada en el Rito tradicional el domingo de Pascua. La familia de Evelyn, profundamente preocupada por la gravedad de su estado depresivo, intercedió también por esta causa. Pero el abad se opuso a ello. Entonces, Waugh le pidió lo mismo al padre Philip Caraman, su amigo y confidente durante sus últimos y difíciles años. El 10 de abril, Domingo de Pascua, a las diez de la mañana, el padre Caraman celebró misa en latín según la forma antigua en la capilla católica de Wiveliscombe, a la que tan solo asistieron la familia de este y unos cuantos amigos. Al salir de la iglesia, muchos de los presentes se fijaron en lo contento que estaba Waugh. El padre Caraman puso de relieve su serenidad y su alegría, como si la depresión se hubiese evaporado o como si acabara de salir de una noche oscura del alma: «Se mostraba bondadoso y en paz consigo mismo, con esa tranquila serenidad que los sacerdotes solemos encontrar en quienes se están muriendo». Sus amigos que los acompañaron en esa Misa relatan que el Evelyn que sale de la ceremonia fue un Evelyn transformado. Regresan a la casa y, mientras se preparan para el almuerzo pascual, Evelyn Waugh murió repentinamente.

Su hija Margaret relató este hecho en una carta con palabras de gozo más que de pesar: «No estés muy triste por papá. Creo que ha sido como un milagro. Ya sabes cuántos deseos tenía de morir; y hacerlo el domingo de Pascua, cuando toda la liturgia habla de la muerte y de la resurrección, y después de oír la misa en latín y de recibir la Sagrada Comunión, es exactamente lo que él quería. Estoy segura de que en misa pidió por su muerte. Estoy muy contenta por él».

En su panegírico durante la misa de réquiem celebrada en la catedral de Westminster, el padre Caraman destacó el lugar que ocupaba la misa en el corazón de la vida y la fe de Waugh: «La misa era lo más importante para él en este mundo. Durante la mayor parte de su vida, permaneció igual que lo había estado durante siglos, idéntica y reconocible en todas partes, mientras todo lo demás se veía amenazado por el cambio. Se entristecía cuando leía que en algunas iglesias se había retirado el antiguo altar y se había sustituido por una mesa, o que se habían suprimido los altares laterales porque se consideraba que las misas privadas eran i-litúrgicas o innecesarias. Al igual que todos los que conocen algo del curso de la historia, se sentía perturbado».

En el epílogo a su biografía sobre Waugh, Christopher Sykes intentaba explicar las razones de la obstinada oposición de su amigo a las nuevas reformas de la Iglesia: «Su oposición a las tendencias reformistas no era la simple expresión de su conservadurismo o de sus preferencias estéticas. Estaba basada en algo más profundo. Pensaba que, en su larga historia, la Iglesia había desarrollado una liturgia que permitía al hombre corriente y sensual (en oposición al santo, que queda al margen de cualquier generalización) acercarse a Dios y ser consciente de la santidad y de la divinidad. Echar por tierra todo eso con la excusa de actualizarse le parecía no solo una tontería, sino también peligroso… no soportaba pensar en una liturgia modernizada. Si se afina esa cuerda, pensaba él, se perderá la fe… El que su miedo estuviera o no justificado solo la ineludible sentencia del tiempo lo podrá demostrar».

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