Por Randall Smith
Muchos probablemente han visto las impresionantes fotos del telescopio espacial James Webb que muestran miles de galaxias. No solo estrellas, sino galaxias, cada una de las cuales está llena de billones de estrellas. Ahora imagina esas miles y miles de galaxias comprimidas en un punto infinitamente denso del tamaño de —nadie lo sabe realmente— pero digamos, del tamaño de una pelota de béisbol. Algo así es la imagen que tenemos de la teoría del Big Bang sobre el comienzo de nuestro universo. Puede que haya ocurrido así o no, pero podemos concebirlo como una posibilidad.
Menciono esa posibilidad simplemente como una forma de ayudarnos a comprender lo que está implicado en la Encarnación. El Creador de todas esas galaxias y de cada átomo y quark que hay en ellas —la Fuente infinita del Ser y de la Bondad de todo lo que existe— se contrajo a sí mismo hasta el tamaño de un bebé, hasta el tamaño de un embrión. En la película Aladdin, el genio menciona la paradoja de tener un «poder cósmico fenomenal» en un «espacio diminuto». Ni siquiera se acerca a la grandeza del poder ni a la pequeñez del espacio de que aquí hablamos.
En Filipenses 2,7, san Pablo dice que Cristo «se despojó a sí mismo» de su divinidad y asumió nuestra humanidad. ¿Comprendemos realmente cuán radical es esta afirmación? La Encarnación no es como Apolo o Zeus apareciéndose a alguien o tomando el control de un cuerpo humano durante un tiempo. Esos «dioses» son entidades localizadas, no tan vastas como el universo entero. El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob —Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo— es más vasto que el propio universo.
Todo eso ya es bastante difícil de asimilar. De hecho, no creo que jamás podamos comprenderlo del todo. Ni siquiera sabemos qué es la «materia oscura», o qué hay dentro de un agujero negro, o por qué el bosón de Higgs hace lo que hace. Mientras que Dios no solo conoce perfectamente esas realidades, sino que Él mismo las creó, y solo continúan existiendo porque Él las mantiene en la existencia. La diferencia entre esa «mente» y nuestras mentes es como la diferencia entre un tomate cherry y una galaxia entera, solo que ahora habría que multiplicar esa diferencia por el número más grande que puedas imaginar, y aun así no te acercarías.
Bien, ahora intenta comprender la idea de que es precisamente ese Dios quien nos ama. No solo se fija en nosotros, como podrías fijarte en una piedra moderadamente interesante en la playa, lo cual ya sería suficientemente sorprendente. Tiene que haber cosas más interesantes que contemplar en el universo que yo. Hay cosas más interesantes en este escritorio que yo. Pero Dios no solo se fija: realmente nos ama.
¿Cómo lo sabemos? ¿Por qué pensaríamos que siquiera le importamos? Las leyes de la física cuántica no se preocupan por el mundo ni por ti. Simplemente son. ¿Por qué alguien llegaría a la sorprendente conclusión de que el universo es un don de amor infinito y sin límites? No es algo que se perciba de inmediato al mirar el mundo, así que deberíamos ser muy comprensivos cuando algunos de nuestros contemporáneos encuentran difícil creerlo.
Los cristianos creemos que la evidencia de este amor creador que todo lo impregna se encuentra en la Encarnación. Un Dios más grande de lo que podemos imaginar elige hacerse carne en un embrión más pequeño de lo que podemos ver a simple vista. Sin duda, eso pone todo patas arriba. El Papa Benedicto XVI escribió en algún lugar que esto es como equilibrar el bienestar de todo el cosmos sobre la cabeza de un alfiler.
La fuerza más poderosa de todo el universo se hizo carne en quizá la realidad más impotente que podemos imaginar. ¿Hay algo más indefenso que un bebé? Dios no solo «ha asumido nuestra humanidad», la ha asumido en su forma más débil y desprotegida. Y luego va aún más lejos y hace lo único que los dioses clásicos griegos jamás pudieron hacer: morir. Muere por nosotros, cargando sobre sí nuestro pecado y nuestra muerte para vencerlos a ambos. De nuevo, debemos ser comprensivos con quienes no logran asimilar del todo esto. Es mucho.
Pero al menos deberíamos tener esto claro. Si Cristo no es quien los cristianos decimos que es, entonces nos quedamos con un universo vacío y sin sentido. Al menos Nietzsche fue honesto al reconocer que, si Dios está «muerto», entonces el único camino sensato es maximizar la voluntad de poder mientras uno viva. Cualquier otra cosa sería servil. ¿Qué haría razonable vivir según el amor desinteresado?
Cuando proclamamos que «Cristo es Señor», hacemos eco de lo que san Juan escribe al comienzo de su Evangelio: «En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Todo fue hecho por Él, y sin Él no se hizo nada de cuanto existe». Y «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros».
Pero aquí es donde todo se vuelve decisivo. Como ha señalado el Papa Benedicto XVI: «solo si es verdad que el universo procede de la libertad, del amor y de la razón, y que estos son los poderes reales y fundamentales, podemos confiar unos en otros, avanzar hacia el futuro y vivir como seres humanos». Cristo es el Señor de todas las cosas porque por Él vino a la existencia la creación. Y lo que esto nos revela es que «la libertad y el amor no son ideas ineficaces, sino fuerzas que sostienen la realidad».
El nacimiento de Cristo no es solo un don —aunque ciertamente lo es—, sino también (y no debemos pasar esto por alto) el sacramento supremo, encarnado, que señala el sentido del universo y de todo lo que existe. Antes de que Jesús haya crecido lo suficiente como para pronunciar una palabra, Él es el Verbo. Su presencia encarnada en ese Niño ya dice muchísimo.
Sobre el autor
Randall B. Smith es profesor de Teología en la Universidad de St. Thomas, en Houston, Texas. Su libro más reciente es From Here to Eternity: Reflections on Death, Immortality, and the Resurrection of the Body.