En estos tiempos del hiperconsumo virtual y de los eventos rápidos y fugaces, es difícil hallar el sentido pausado y reflexivo de una buena carta pastoral en toda la extensión de la palabra. En Pastores Gregis, san Juan Pablo II desentrañó este munus docendi y la necesidad de los fieles sobre la palabra del obispo tenido como hombre equilibrado, culto y santo. En tanto, una carta pastoral implica la expresión directa del oficio de maestro del obispo mediante la cual ejerce su magisterio auténtico para orientar, instruir, animar y corregir a los fieles clérigos, consagrados y laicos en comunión con toda la Iglesia. Estos aspectos no son relativos ni accidentales, se tratan de la forma más dilecta de llegar a los fieles y pastorear a las ovejas.
En estos tiempos, pocas cartas pastorales guardan esa savia. Algunas son relatos de los egos episcopales y colecciones de fotografías que más que demostrar un carácter pastoral son colecciones de vanidades, imágenes y recetas de cocina; otros, en el peor de los casos, han perdido esa capacidad de la dilecta instrucción cuando ni siquiera han dirigido una cuartilla a sus diócesis y otros han suplido la carta pastoral por la pastoral de los comunicados.
Sin embargo, recientemente, el arzobispo de Monterrey, Rogelio Cabrera López, ha dado a su arquidiócesis un documento que anuncia la clave: “Lo que hemos visto y oído también se lo anunciamos a ustedes” y que se convierte en el hilo conductor de un texto que busca convertir la memoria en responsabilidad misionera; el título mismo, tomado de la Primera Carta de san Juan implica un testimonio comunitario.
Algunos aspectos valen la pena para animar a su lectura. Es una proyección hacia los 250 años de la arquidiócesis de Monterrey la cual, sin duda, es una de las iglesias de México con más empuje hacia el 2031. El arzobispo abre el documento situando ambos aniversarios como ocasiones para mirar con gratitud el camino recorrido y, al mismo tiempo, para renovar el compromiso de edificar la comunión en la secuencia de oír, ver, contemplar, tocar, como itinerario de la fe de una comunidad. Insiste, además, en el plural, no es la experiencia de un individuo ni la obra de un grupo, sino lo que un pueblo ha recibido y está llamado a transmitir. Esta insistencia atraviesa toda la carta y marca su tono. La historia reciente de la Iglesia de Monterrey, afirma, “no pertenece a un obispo ni a un grupo particular, sino que es patrimonio de una comunidad creyente”.
Esa comunidad ha caminado, recuerda el texto, cum Petro et sub Petro. En los últimos años ha acogido los acentos de tres pontificados, el de Benedicto XVI, que ayudó a mantener la mirada fija en Jesucristo y a no separar la verdad de la caridad; el de Francisco, que impulsó una Iglesia en salida, misericordiosa y sinodal, atenta al clamor de las periferias y el de León XIV, que invita a custodiar la dignidad de toda persona y a reconstruir la fraternidad en un mundo herido por la fragmentación.
El documento no elude el contexto cultural y tecnológico en el que esa acogida debe realizarse. El rápido desarrollo de la inteligencia artificial aparece como uno de los signos más evidentes de un cambio que está modificando la manera de aprender, comunicarse y relacionarse. La Iglesia, señala el arzobispo, no puede permanecer ajena ni anunciar el Evangelio como si la realidad no estuviera cambiando. De modo particular, a obispos y presbíteros les corresponde mantenerse atentos y actualizados, conocer las preguntas y los lenguajes de las personas a quienes son enviados. La comunión, afirma en una fórmula que ha repetido en distintas ocasiones, debe ser siempre afectiva, efectiva y contemporánea. Afectiva porque nace del amor a Cristo y a su Iglesia; efectiva porque se traduce en corresponsabilidad y estructuras concretas; contemporánea porque se vive con el pastor que el Señor concede en cada etapa y permanece atenta al tiempo presente. Anclarla en el pasado o hacerla depender de preferencias personales la vacía de sentido.
El arzobispo se pregunta con frecuencia de qué serviría defender la verdad si en el camino se destruyera la comunión. La verdad y la caridad, recuerda citando a san Juan Pablo II, no pueden separarse. La Iglesia está llamada a ser “la casa y la escuela de la comunión”.
Al recordar los 25 años del Primer Sínodo, el documento agradece que aquel acontecimiento no quedara reducido a sus textos. Sembró una convicción que ha ido madurando, la evangelización requiere escucha, discernimiento comunitario y participación. Mucho antes de que la palabra sinodalidad se hiciera habitual en toda la Iglesia, la arquidiócesis de Monterrey había comenzado procesos de planeación pastoral. El Jubileo de la Misericordia renovó el método; después de la pandemia y en el contexto de la convocatoria al Sínodo sobre la Sinodalidad, se revisó el camino recorrido y se proyectó una nueva etapa del Plan de Pastoral con horizonte 2031-2033, en consonancia con el Proyecto Global de Pastoral de la Iglesia en México.
Ese aprendizaje ha tomado forma concreta en asambleas parroquiales, organización por dimensiones, consolidación de los consejos pastorales, articulación entre parroquias, decanatos y zonas, trabajo en red con movimientos y ministerios laicales. La sinodalidad, subraya el arzobispo, no disminuye el ministerio episcopal y lo sitúa en su verdadera naturaleza. El obispo no está llamado a recorrer solo el camino, sino a escuchar, discernir e interpretar los sueños y deseos que el Espíritu suscita en la comunidad. Al promulgar el Plan de Pastoral en 2023, Cabrera expresó esta convicción con una frase sencilla: “No lo hice yo; lo hicimos nosotros”.
El núcleo más denso de la carta es el relato de cómo la comunión ha ido tomando rostro. Cabrera retoma la invitación de Francisco a fomentar una “comunión misionera” y el horizonte de Aparecida de ser discípulos misioneros para que los pueblos tengan vida en Cristo. A partir de ahí describe procesos concretos. La corresponsabilidad se ha expresado en la institución de ministros laicales y en el acompañamiento más cercano de los diáconos permanentes y sus familias. La formación y el diálogo con la cultura encuentran espacios en la Universidad de la arquidiócesis, la Escuela de Teología Papa Francisco y el Instituto de Filosofía Joseph Ratzinger-Benedicto XVI.
El cuidado de las vocaciones y de quienes han entregado su vida al servicio de la Iglesia se ha traducido en los Centros de Animación Vocacional, el Santuario Sacerdotal-Vocacional del Sagrado Corazón, el Plan de Salud Sacerdotal y la Clínica Padre Jardón. La presencia misionera se ha hecho visible en las treinta Misiones Parroquiales erigidas, más de la mitad convertidas ya en parroquias, en la Parroquia Universitaria y en la misión en los ambientes digitales. La misericordia y la cercanía se expresan en la atención a personas privadas de la libertad, migrantes, personas en situación de calle, en la Pastoral del Hermano Mayor, la Fundación del Roble y la Comisión Diocesana para la Tutela. Finalmente, la organización y el servicio se han procurado a través de sistemas como GESPAR y SITEC, orientados a una gestión más responsable y transparente.
Estos procesos, advierte el arzobispo, no pueden considerarse terminados. El Espíritu seguirá pidiendo caminos nuevos. Lo importante será permanecer fieles a la comunión y a la misión que les dieron origen. Esta honestidad fortalece el texto: evita el tono de inventario triunfal y reconoce que la tarea continúa.
Para comprender lo que queda por delante, Cabrera recurre a la imagen de Nehemías que León XIV propone en su encíclica Magnifica Humanitas, un hombre que escucha el clamor de una ciudad herida, lo lleva a la oración, discierne y convoca a su pueblo para reconstruir las murallas. Nehemías no reconstruye solo, ayuda a descubrir que todos tienen una parte de la muralla que levantar. En Monterrey, señala el arzobispo, hay heridas en el tejido social y eclesial que necesitan ser atendidas. Lo recorrido no permite instalarse en la satisfacción; compromete ante lo que todavía falta. Nadie puede permanecer como espectador.
A casi 500 años del acontecimiento Guadalupano aparece otra imagen, la “casita sagrada”, una casa donde todos puedan encontrar acogida, escucha, consuelo y esperanza. Las murallas que hay que reconstruir no son muros para separarse de los demás, sino el esfuerzo compartido por edificar esa casa y hacer en ella un lugar para todos. El horizonte del Plan de Pastoral, ser una Iglesia discípula, unida, misericordiosa, misionera y de esperanza, solo se hará realidad si cada uno asume la parte que le corresponde. Por eso el documento dirige llamados concretos, a los sacerdotes para que las comunidades sean lugares de encuentro y cercanía y ninguna estructura aleje de las personas; a diáconos, consagrados y laicos, para que ofrezcan sus carismas y nadie piense que su aportación es demasiado pequeña; a parroquias y movimientos para que no conserven estructuras por sí mismas y se pregunten continuamente a quiénes están sirviendo y a quiénes todavía no están llegando; a toda la comunidad para que mantenga abiertos ojos y corazón hacia quienes sufren, se sienten solos o aún no encuentran lugar.
La preparación del jubileo del 15 de diciembre de 2027 se plantea con sobriedad. No se trata de multiplicar actividades ni de convertir la celebración en una sucesión de eventos. Cabrera invita a dar un sentido jubilar a los procesos y encuentros que ya forman parte de la vida pastoral. Encomienda a la Vicaría Episcopal de Pastoral y al Comité para la celebración de los 250 años que acompañen y articulen esta preparación. Este horizonte coincide, además, con la segunda etapa del Plan de Pastoral 2026-2029 que invita a continuar con la mirada puesta en Jesús, fortaleciendo la organización por dimensiones y el trabajo en red.
El documento cierra volviendo a las palabras de san Juan. Después de hacer memoria agradecida, lo visto y oído no termina con nosotros; debe convertirse nuevamente en anuncio, servicio y vida para quienes vendrán. Se encomienda el camino a la Virgen María bajo la advocación de Nuestra Señora del Roble, patrona de la arquidiócesis, y se invoca a los venerables padre Raymundo Jardón y sor Gloria María de Jesús Elizondo.
Los 250 años no se presentan como ocasión de autocelebración institucional, sino como oportunidad para reconocer la fidelidad de Dios y renovar la responsabilidad misionera. En un contexto marcado por polarizaciones y por una secularización creciente en zonas urbanas, la insistencia en la comunión como testimonio conserva plena actualidad. La incorporación del horizonte de León XIV y la atención a la inteligencia artificial y a los ambientes digitales evidencian una preocupación por la contemporaneidad que no siempre aparece con tanta claridad en documentos diocesanos.
Al mismo tiempo, una lectura equilibrada debe señalar matices. El texto es predominantemente introspectivo, describe con detalle el camino recorrido y los procesos internos, pero ofrece menos densidad profética respecto a las heridas concretas del tejido social de Nuevo León y de la región metropolitana de Monterrey. Estas realidades se mencionan, pero no se desarrollan con la misma precisión con que se detallan los procesos pastorales internos. En una diócesis de gran dinamismo económico y demográfico, el lector puede echar de menos una interpelación más específica sobre los desafíos de la evangelización en entornos de prosperidad relativa, de alta movilidad laboral o de presencia de nuevas formas de pobreza y exclusión.
Asimismo, aunque la carta insiste en que la historia no pertenece a un pastor, el hecho de que Cabrera haya presentado su renuncia al cumplir 75 años otorga al documento, en la percepción de algunos, el carácter de una entrega de lo vivido y una posibilidad de mantener su gobierno hasta el 2031. El texto mismo no lo plantea así; sin embargo, la intensidad con que sintetiza el camino recorrido invita a leerlo también como un punto de partida para quienes continuarán la historia. Su fecundidad dependerá de que la comunidad lo reciba no como clausura, sino como invitación a la etapa de implementación del Sínodo y a la segunda fase del Plan de Pastoral.
La XII Carta Pastoral es un texto de madurez pastoral que busca convertir la memoria en responsabilidad. En el umbral de los 250 años, su valor principal radica en recordar que la celebración verdadera no consiste en mirar hacia atrás con complacencia, sino en preguntarse, con la comunidad, quién falta todavía en la mesa y qué parte de la muralla le corresponde levantar a cada uno. De eso se trata también hacer comunión.
La carta completa puede leerse aquí: