En abril de 2026, la diócesis de Tabasco comunicó la decisión de la Compañía de Jesús de poner fin a su trabajo pastoral en esa Iglesia particular. El vocero diocesano, padre Denis Ochoa Vidal, explicó que los jesuitas, que tenían a cargo la parroquia de San José y Nuestra Señora de los Remedios en la comunidad de Plátano y Cacao, municipio de Centro, entregaban las comunidades parroquiales a la diócesis. No se trató de una petición del obispo Gerardo de Jesús Rojas López o de un conflicto local, fue una determinación de la Provincia Mexicana de la Compañía, motivada por la disminución de vocaciones y la necesidad de concentrar los recursos humanos disponibles.
El 9 de agosto de 2026 se celebró la misa de acción de gracias que marcó el cierre formal. Según el comunicado oficial de Jesuitas México, la presencia en esa parroquia concreta alcanzó 53 años. La huella en Tabasco es más amplia. Durante décadas los jesuitas atendieron también La Conchita, la Santa Cruz y Loma Linda, espacio que en su momento cedieron para el seminario diocesano. En Plátano y Cacao desarrollaron un trabajo que combinó la vida sacramental con la organización comunitaria, la defensa de la dignidad, la promoción de cooperativas, la formación de agentes pastorales y el acompañamiento a jóvenes y familias en un territorio de ranchos y comunidades rurales: «Hoy la parroquia permanece organizada en 27 comunidades distribuidas en seis áreas, acompañadas por animadores y diversos equipos promotores. Entre sus principales signos de esperanza están precisamente las personas jóvenes y adolescentes, así como tantas otras formadas a lo largo de estos años, que continúan poniendo sus dones al servicio de la Iglesia y de sus comunidades», señaló la Provincia Mexicana. El obispo Rojas reconoció públicamente el valor de esa espiritualidad y el vacío que deja su partida, al tiempo que la diócesis asumió la continuidad de la atención pastoral con sacerdotes diocesanos.
La decisión se enmarca en un patrón más amplio. En los últimos tres años la Provincia Mexicana ha reducido su presencia parroquial en varias entidades debido a la escasez de sacerdotes. El caso más emblemático ocurrió en Oaxaca. En octubre de 2024 la Provincia anunció el retiro del Templo de la Inmaculada Concepción, conocido como templo de la Compañía de Jesús, en el centro histórico de la capital oaxaqueña. La entrega a la arquidiócesis de Antequera-Oaxaca se concretó entre finales de 2024 y principios de 2025. Los primeros jesuitas llegaron a esa ciudad en 1574; la presencia ininterrumpida superaba los 450 años. El entonces provincial, Luis Gerardo Moro Madrid, S.J., y posteriormente el superior local Rafael Aguayo Villanueva, S.J., explicaron que cada vez hay menos jesuitas disponibles para cubrir las obras y que el Espíritu invita a fortalecer otros lugares, incluidos aquellos donde la Iglesia acompaña procesos de paz. El arzobispo Pedro Vázquez Villalobos expresó su pesar y reconoció que había insistido en que se quedaran, pero respetó la decisión de la orden.
No se trata de casos aislados. Voceros diocesanos y reportes periodísticos de 2025 y 2026 han señalado que la reducción de personal ha llevado a la Compañía a reevaluar su despliegue parroquial en distintas regiones, priorizando misiones indígenas, educación superior, centros de espiritualidad, trabajo con migrantes y promoción de la justicia social. Según datos públicos citados en medios nacionales, la Provincia Mexicana cuenta con alrededor de 250 sacerdotes (cifras cercanas a las 239-300 miembros totales reportadas en años recientes), una disminución significativa respecto a décadas anteriores. A nivel mundial la Compañía ha pasado de más de 20 mil jesuitas a cerca de 14 mil y la caída de vocaciones golpea con particular fuerza a las órdenes religiosas en México.
Esta reconfiguración obliga a las diócesis a asumir la atención de comunidades que durante decenios fueron acompañadas por religiosos. En Tabasco, el padre Ochoa Vidal dejó clara la gratitud de la Iglesia local y la esperanza de un eventual regreso cuando la Provincia cuente con más personal. En Oaxaca el templo no se cerró; pasó a la administración arquidiocesana. El fenómeno refleja un desafío estructural de la Iglesia mexicana, el número total de sacerdotes, alrededor de 17 mil 449 a finales de 2024, no crece al ritmo de las necesidades pastorales y las congregaciones religiosas experimentan un envejecimiento y una menor afluencia de nuevos miembros más acentuados que los seminarios diocesanos.
La historia de la Compañía de Jesús en México ofrece el marco para comprender tanto la profundidad de estas despedidas de la histórica Orden. El 9 de septiembre de 1572 llegó a San Juan de Ulúa el primer grupo de 15 jesuitas enviados por san Francisco de Borja y liderados por el padre Pedro Sánchez. En pocos años fundaron colegios en la capital del virreinato, Puebla, Oaxaca, Guadalajara, Valladolid (Morelia), Zacatecas y Pátzcuaro, y abrieron misiones entre pueblos indígenas. La Provincia de Nueva España llegó a ser una de las más numerosas fuera de Europa. En 1767 el rey Carlos III decretó la expulsión de los jesuitas de todos los dominios españoles; cerca de 678 miembros de la Provincia de la Nueva España fueron sorprendidos y deportados. La supresión universal de la Compañía por el Papa Clemente XIV en 1773 cerró ese capítulo. Pío VII restauró la orden en 1814; los jesuitas regresaron a México en 1816, aunque la reconstrucción plena se consolidó hasta finales del siglo XIX y principios del XX.
Desde entonces la Compañía ha combinado la tradición educativa (hoy visible en el ITESO, las universidades Iberoamericanas y múltiples colegios) con el trabajo misionero en la Sierra Tarahumara, el acompañamiento a pueblos originarios, la defensa de derechos humanos, la atención a migrantes y la promoción de procesos de paz. La preferencia por las periferias y la espiritualidad ignaciana de los Ejercicios Espirituales han marcado su identidad. Las salidas de Oaxaca y Tabasco no significan un reordenamiento forzado por la realidad demográfica y vocacional. La Compañía sigue activa en más de una docena de estados a través de obras educativas, sociales, pastorales y de espiritualidad.
Lo ocurrido en Plátano y Cacao cierra un ciclo de más de medio siglo de servicio concreto en comunidades tabasqueñas y se suma a la entrega del histórico templo oaxaqueño. Ambas decisiones, tomadas con dolor según los propios superiores jesuitas, ilustran el precio de la escasez de sacerdotes y la necesidad de discernir dónde la orden puede servir con mayor eficacia hoy.