El 8 de octubre, la Iglesia celebra la memoria litúrgica de san Tranquilino Ubiarco Robles, sacerdote mártir de la Guerra Cristera, cuya figura, por décadas relegada a un devocionario casi íntimo y silencioso, comienza a emerger con renovada fuerza entre los fieles.
A 98 años de su martirio, su historia vuelve a convocar miradas, plegarias y peregrinaciones, especialmente en Tepatitlán de Morelos, el lugar donde entregó la vida por Cristo y donde reposan sus restos. Allí, en la Alameda de la Ciudad, un templo que poco a poco se ha ido levantando celebra el testimonio de su martirio adjunto al árbol seco seco que sostuvo su cuerpo colgado aquella madrugada del 5 de octubre de 1928, un testigo mudo que ha sobrevivido al tiempo, a la modernidad y ahora convertido en un espacio íntimo el cual invita a momentos de oración y meditación, con música devota y religiosa las 24 horas y donde los transeúntes cobran conciencia de que el lugar que pisan no es cualquiera.
La vida de san Tranquilino Ubiarco, nacido en Zapotlán el Grande en 1899, se distingue por una trayectoria sacerdotal marcada por el celo pastoral, la rectitud y un profundo amor a la Eucaristía. Ingresó al seminario desde niño y fue ordenado sacerdote en 1923. Su ministerio lo llevó por diversas comunidades de Zacatecas y Jalisco, hasta llegar a Tepatitlán como vicario ecónomo de la parroquia de San Francisco de Asís cuyas torres son el símbolo que destingue a la llamada “Perla de los Altos”.
La madrugada de su muerte está narrada con precisión en la tradición local y en las fuentes históricas. Tras ser detenido por soldados federales, Tranquilino fue llevado a los separos del Palacio Municipal. Incluso allí, según relatan los testimonios, organizó a los presos para rezar el rosario. Su verdugo, el coronel José Lacarra, lo condujo a la actual Alameda; desde luego, en ese 1928, Tepatitlán no era más que un caserío; el sacerdote, fue llevado a las afueras del pueblo y en ese lugar solitario, un militar, de apellido Vargas, le fue dada la orden de Lacarra para proceder al “ajusticiamiento” del vicario; sin embargo, se negó a ejecutar la orden afirmando que el sacerdote era “un hombre justo”.
Vargas correría la misma suerte de Ubiarco, su negativa le valió ser pasado por las armas. Pero quedaba el sacerdote. No se conoce quién ejecutó la condena, pero se llegaron a saber las circunstancias del martirio. Tranquilino, antes de entregar su vida, bendijo la soga y pronunció oraciones breves. Su cuerpo quedó suspendido del eucalipto que hoy permanece seco, mientras todos los demás árboles de la zona siguen verdes y vivos.
Ese árbol, convertido en símbolo de resistencia espiritual, recibe aún visitas de devotos que depositan flores, veladoras y pequeños retablos. Durante años, algunos arrancaron trozos de la corteza, convencidos de que poseía propiedades curativas. Para protegerlo, se colocó un barandal y una base de piedra con relieves que narran el martirio. La devoción, aunque modesta, nunca desapareció del todo.
La parroquia de San Francisco de Asís custodió las reliquias de primer grado del santo, sus restos óseos, conservados en una urna que atrae a quienes buscan consuelo, intercesión o simplemente un momento de silencio ante la memoria del mártir, pero el 4 de agosto de 2023, una procesión se organizó por las calles de Tepatitlán para trasladar esas reliquias óseas y depositarlas, definitivamente, en la urna que hoy puede ser vista para la veneración.
El 5 de octubre de 2023, coincidiendo con el aniversario del martirio de San Tranquilino Ubiarco, se dedicó el templo que tardó más de dos décadas, cuya primera piedra fue puesta el 18 de diciembre de 2000, gracias al impulso del padre Salvador Zúñiga, de feliz memoria, y cuya estatua se ha levantado como una muestra de agradecimiento por las innumerables obras realizadas por ese celoso pastor.
También se resguardan sus ropas sacerdotales, aquellas con las que fue colgado, y la rama del árbol que sostuvo su cuerpo. Estos objetos, cargados de historia y espiritualidad, constituyen un pequeño tesoro hagiográfico que ha comenzado a despertar mayor interés entre peregrinos y estudiosos.
Durante años, la devoción a san Tranquilino Ubiarco permaneció en un discreto segundo plano, eclipsada por figuras de gran arraigo regional como el Señor de la Misericordia, el beato Anacleto González Flores y otros mártires como santo Toribio Romo, alcanzando una popularidad explosiva que derivó en un fenómeno religioso y económico sin precedentes. En contraste, la figura de Tranquilino parecía destinada a un culto minoritario, , sin embargo, esa percepción está cambiando. La comunidad ha comenzado a involucrarse más activamente, convencida de que el templo es punto de encuentro espiritual y cultural que podría tener una importancia similar al del mártir Toribio Romo, patrono de los migrantes, cuyo magnífico complejo cultual se encuentra en Jalostotitlán.
La devoción a san Tranquilino Ubiarco está dejando atrás el anonimato. Su historia, profundamente humana y profundamente cristiana, resuena hoy en un país marcado por la violencia y la búsqueda de referentes éticos. Su martirio, aceptado con serenidad y fe, ofrece una luz distinta, la de quien no huyó, no negoció, no se escondió y no depuso su sacerdocio para salvar la vida, sino que permaneció fiel hasta el final. En tiempos donde la memoria parece fragmentarse, su figura emerge como un recordatorio de que la santidad también puede nacer en la vida ordinaria, en el ministerio cotidiano y en la entrega silenciosa.
A 98 años de su muerte, san Tranquilino Ubiarco vuelve a hablar. Habla desde el árbol seco, desde la urna que guarda sus restos, desde las ropas que vistió en su último acto de amor. Habla desde Tepatitlán, que poco a poco redescubre que tiene en casa a un mártir. Y habla, sobre todo, desde la fe de quienes comienzan a invocarlo con renovada confianza, seguros de que su testimonio no pertenece al pasado, sino al presente que busca esperanza en camino hacia los 100 años de su martirio que lo puso entre los santos cristeros.
San Tranquilino Ubiarco, ruega por nosotros.