Tepatitlán de Morelos, Jalisco.- La tarde del 21 de septiembre de 2026 se apagó, en la casa de formación que lo había acogido en la última etapa de su vida, el aliento del Reverendo Padre Pastor Hermosillo Lomelí, misionero del Sagrado Corazón de Jesús y de Santa María de Guadalupe.
Tras la recepción de sus restos mortales preparados para las honras fúnebres, el 22 de septiembre, la capilla y los pasillos del Seminario Menor de los Misioneros del Sagrado Corazón de Jesús y Santa María de Guadalupe, en Tepatitlán de Morelos, fueron testigos del sentido homenaje y cariño por parte de sus hermanos de Congregación, sacerdotes de la diócesis de San Juan de los Lagos, familiares, amigos y fieles quienes caminaron con él en la salud y en la postración y que ahora venían a pedir para su alma el descanso eterno.
A las trece horas, la capilla reunía dos círculos celebrativos y de presencia. El primero era el de la Congregación. Presidió las exequias y las recomendaciones últimas por el eterno descanso el propio rector del Seminario Menor. Concelebraban con él cinco misioneros que representan, en su conjunto, el abanico pastoral, el padre Javier Alberto Guerrero Enríquez, director del Instituto Renacimiento Juan Pablo II de Tepatitlán y hoy también segundo consejero del gobierno general de la Congregación; el padre Moisés Cabrera Márquez, orientador vocacional en el mismo Seminario Menor y uno de los que acompañó al enfermo en el hospital; el padre Vicente Noceda Peña, director administrativo del Instituto Zaragoza en Atizapán, Estado de México, y amigo de amistad profunda con el difunto; el padre Adrián López González, maestro de novicios de la Congregación y el padre José de Jesús Valle Álvarez, de la parroquia de San Pedro Apóstol en Jantetelco, Morelos, que había compartido con el padre Pastor el horizonte misionero de aquella tierra.
El segundo círculo era el del clero diocesano de San Juan de los Lagos, diócesis en cuyo territorio nació, se ordenó y murió el padre Pastor. Estuvieron presentes, el padre Luis Manuel González Medina, párroco de San Francisco de Asís, y el padre Miguel Ángel Dávalos Díaz, párroco de la Sagrada Familia.
Completaban la asamblea fieles, familiares y amigos, los estudiantes del Seminario Menor y las religiosas que también pertenecen a la Congregación, obra mexicana nacida el 3 de junio de 1938 en Azcapotzalco, cuando el presbítero Teodosio Martínez Ramos, chiapaneco de Pueblo Nuevo, Sitalá, reunió a los primeros muchachos respondiendo a la invitación de la Sierva de Dios María Amada Sánchez Muñoz, fundadora de las Misioneras del Sagrado Corazón de Jesús y de Santa María de Guadalupe.

El ataúd ocupaba el lugar que la liturgia de exequias asigna al cristiano bautizado, no escondido, no teatralizado, sino puesto ante el altar como quien todavía participa, en silencio, de la asamblea. A su alrededor se ordenaban los concelebrantes, los seminaristas, la familia. El olor del incienso todavía no se había levantado; primero vendría el rito de revestir el cuerpo con los signos del ministerio. Ese gesto, misterio del sacerdocio y de profundo significado teológico, abrió la celebración y dio el tono a cuanto seguiría, los emblemas y signos del sacerdocio, la casulla, la estola y el libro de los Evangelios que dicen quién fue el difunto ante la Iglesia y quién sigue siendo ante Dios. La estola recuerda el yugo de Cristo tomado el día de la ordenación; la casulla, la caridad que debe cubrir al ministro como vestidura propia; el Evangeliario, la Palabra que el presbítero fue enviado a proclamar y que, en el féretro, descansa sobre quien ya no puede predicar.

El gesto tiene, además, una pedagogía para los vivos. Los seminaristas que servían en el altar veían, quizá por primera vez con esa nitidez, el destino visible de la vocación que están discerniendo, no solo el altar lleno, sino también el altar vacío y el cuerpo revestido para el último tránsito. Los familiares veían, sobre el tío y el hermano, no el traje civil de las fotografías de juventud, sino la identidad que él eligió y que la Iglesia le reconoció hasta el final. Los fieles veían confirmado aquello que el rito no se cansa de repetir, el sacerdote no se despide como un funcionario que entrega credenciales, sino como un bautizado cuya configuración con Cristo sacerdote llega, también, a la muerte.
Había, en la imposicion de esos signos, un eco de las palabras que horas más tarde recogería la homilía. El padre Pastor había dejado de presidir la eucaristía de manera habitual hacía ya algunos años, vencido por la enfermedad, pero la comunidad no olvidaba haberlo visto concelebrar en su aniversario sacerdotal del 20 de diciembre, en la Navidad 2025 y el Jueves Santo. Aquellas concelebraciones tardías, el enfermo que todavía se pone de pie junto al altar, quedaban ahora coronadas por la casulla que ya no se pondría él mismo. El ministerio, gracia y no propiedad, volvía a la Iglesia en el mismo acto con que la Iglesia lo encomendaba al Padre.
Tomó la palabra el padre Ricardo Casillas Ríos. No construyó un panegírico de méritos administrativos ni un inventario de cargos. Habló, desde el primer párrafo, de lo que la asamblea había visto con sus propios ojos: «la gran y profunda fe con la que el Padre Pastor fue llevando su enfermedad».
El rector recordó que el padre Pastor ya no presidía la eucaristía como antes, pero que resultaba «muy gratificante» verlo celebrar en su aniversario sacerdotal, el 20 de diciembre, y en su cumpleaños, el 28 del mismo mes. El último tramo de su ministerio visible quedó, así, marcado por la Navidad y el Triduo, concelebró la Navidad pasada y el Jueves Santo. Entre el pesebre y el lavatorio de los pies se cifró, sin que él lo planeara, el compendio de su final.
Luego vino la anécdota que da título a esta crónica y que el homileta situó «hace unos cinco o seis años». El rector veía al padre Pastor cruzar el pasillo, afanoso como siempre, y le dijo, con la franqueza que se permite la vida en común: «Padre, pues si ya no le apura nada, ¿por qué no se pone a ver televisión ahí en su cuarto?» La respuesta, que Casillas Ríos reprodujo ante el féretro, no admitía glosa: «No. Si me he de morir, quiero morirme en la raya».
«Morirse en la raya» es expresión de oficio y de campo, la negativa a retirarse antes de tiempo, a convertir la enfermedad en pretexto para abandonar el puesto. El rector interpretó esa frase como la actitud con la que el padre Pastor afrontó «esta última parte de su vida y su enfermedad». Y añadió lo que más admiró a la conciencia de quienes lo acompañaron: «Con lo doloroso que fue, nunca renegó. Yo nunca lo escuché decir: ya para qué estoy aquí, esta enfermedad me acabó. Nunca se quejó ni renegó de su enfermedad».
Hubo, sí, un momento de verdad física que el homileta no quiso edulcorar. Hacía pocos días, en el hospital, el padre Moisés estaba con él. Lo veían cansado. El médico preguntó si ya lo estaba. Por primera vez, el enfermo dijo que sí. «Pero nada más estaba cansado», precisó el rector. En esa frase mínima, se resumía la honestidad de un hombre que amó vivir hasta que vivir le costó y que no fingió fuerzas que ya no tenía.
De ahí extraía Casillas Ríos la enseñanza que quería dejar a la asamblea, el padre Pastor tuvo un profundo y gran amor por la vida y «le apostó a la vida hasta el último momento, aunque en sus últimos momentos le costaba vivir tanto». No se trataba de una apología del sufrimiento por el sufrimiento. Se trataba de leer, en una biografía concreta, el Evangelio del día, acercarse a Jesús para tomar su yugo y comprobar que su carga es ligera. El yugo se siente. Duele. Pesa. Y, sin embargo, «se hace posible llevarlo. Se hace posible salir adelante». La paradoja evangélica, suave y ligero lo que no lo parece, no se demuestra en abstracto, se verifica, decía el homileta, cuando se toma la carga del Señor y «curiosamente, cuando subimos la carga del Señor, la nuestra se hace ligera. La nuestra se hace llevadera».

El tramo final de la homilía se volvió más íntimo. El padre Pastor, decía Casillas Ríos, escuchó por fin la llamada de regreso a la casa del Padre. Tantas veces lo habían visto enfermo, tantas veces delicado, «pero hasta que terminó escuchando esa amorosa llamada, fue cuando atendió al regreso». Entre los hermanos de Congregación tenía una amistad muy profunda con el padre Vicente Noceda Peña. “Chente” fue de los últimos que estuvieron con él, lo acompañó desde el fin de semana hasta el día anterior en los últimos momentos. «Creíamos, confesó el rector, que le faltaba encontrarse con el padre Vicente», para emprender el viaje al que todos estaremos llamados.
Previo al fin de la misa, el celebrante dio las gracias a toda la comunidad y a los fieles que dieron muestras de apoyo y cariño durante la vida del padre Pastor, especialmente a quienes lo vieron , apoyaron y cuidaron para ayudarle a llevar la enfermedad de Parkinson y la posterior convalecencia tras la cirugía de craneal. El reconocimiento público de esos cuidadores, a menudo invisibles en las crónicas sacerdotales, restituía a la enfermedad su dimensión comunitaria.
Correspondió dirigir el elogio fúnebre familiar a la sobrina del difunto, Isabel. No se transcribió en acta cada frase suya, pero el sentido quedó fijado por quienes la oyeron, definió a su tío sacerdote como muy alegre. Esa palabra volvería en los testimonios posteriores como un estribillo. No era la alegría de quien no ha sufrido. Era la alegría de quien, incluso enojándose, no se volvía agresivo; de quien hacía muecas; de quien convertía en chiste la propia desmesura.
Antes de partir al sitio de la sepultura, el celebrante realizó las recomendaciones por el eterno descanso del alma. Asperjó agua bendita sobre el ataúd como recuerdo de su bautismo e incensó el mismo como signo de la santidad del cuerpo que fue templo del Espíritu Santo mientras el sacerdote vivió. El agua bendita remite a la fuente en la que Pastor Hermosillo Lomelí fue sumergido, niño de Jalostotitlán, y de la que nació a la vida nueva; el incienso honra la carne santificada por los sacramentos y, en el caso de un presbítero, por la unción de las manos y por los mil altares en que esas manos consagraron el Cuerpo de Cristo. Aspersión e incensación no son, por tanto, un «último adiós». Son profesión de fe en la resurrección de la carne.

Terminada la liturgia, la palabra dejó de ser solo ritual y se volvió memoria compartida. Hablaron sacerdotes que habían convivido con el padre Pastor en distintos tramos de su itinerario. Sus intervenciones coincidían en tres rasgos, la alegría, la vocación misionera y la tierra de origen.
El padre Luis Manuel González Medina, párroco de San Francisco de Asís, situó primero la vocación sacerdotal como signo de predilección: «La vocación de un sacerdote siempre es una bendición».
El párroco añadió que el padre Pastor, «con todo su legado, con todo lo que ha sembrado, puede cosechar, junto con Cristo, ese reino»: aquí, «tierra de justicia, de amor y de paz»; en la eternidad, «contemplar el rostro de Dios». Agradeció a la comunidad de Tepatitlán y a «estos testimonios vivos de Cristo, que camina entre nosotros como sacerdote, que nos santifica con los sacramentos, nos predica el Evangelio y nos motiva a vivir la caridad». Cerró con la exhortación de san Juan Pablo II que ha marcado a una generación de vocaciones mexicanas: «No tengan miedo de darle la vida a Cristo. Cristo no nos quita nada, Él nos plenifica».
El padre José de Jesús Valle Álvarez destacó las cualidades misioneras del padre Pastor, que sirvió en comunidades de Chiapas, de Morelos y en Estados Unidos, en zonas difíciles de Los Ángeles. Bajó al terreno de la anécdota familiar, la misma que la sobrina Isabel había evocado. El padre Pastor nunca había ido al mar. Cuando su padre lo llevó y vio aquella inmensidad, la frase que le brotó, y que después se volvería estribillo de familia, fue: «¡Cuánta agua!». La expresión sobrevivió al viaje. Cuando alguien hacía algo que a los demás no les gustaba, o cuando querían hacerlo enojar, le repetían «¡cuánta agua, cuánta agua!». Se daba sus enojadas, correteaba al provocador, pero no fue agresivo, nunca fue agresivo. «Fue una persona tranquila, hacía sus muecas, hacía muchas cosas y era una persona muy alegre».
En el mismo ambiente de testimonios, el sacerdote valoró el permanecer en la vocación. «Estar con Dios, el servirlo, es algo muy bonito». A renglón seguido introducía la reserva de realismo que evita el pietismo: «aunque somos humanos, aunque a veces fallamos, aunque a veces pecamos como cualquier humano». Dios, aun así, «nos ayuda muchísimo, nos bendice, nos acompaña siempre».

Pastor Hermosillo Lomelí nació el 28 de diciembre de 1947 en Jalostotitlán, región de los Altos de Jalisco. Fue ordenado el 20 de diciembre de 1979, a punto de cumplir treinta y dos años, en Jalostotitlán, por la imposición de manos de Francisco Javier Nuño Guerrero, primer obispo de San Juan de los Lagos. El padre Javier Alberto Guerrero Enríquez, director del Instituto Renacimiento Juan Pablo II, recordó un dato que la Iglesia de san Juan de los Lagos acuñó como señal de identidad. La generación de ordenación del padre Pastor fueron nueve sacerdotes. Se ordenaron en fechas distintas y en lugares distintos, esa fue la generación de «los nueve del 79».
Los nueve, según el recuento del padre Guerrero, fueron el padre Raúl Silva Arredondo, el padre Javier Ochoa Salcedo, el padre Javier Salazar, el padre Andrés Ramos Poblano, el padre Rosario Nuño, el padre Salvador Villarreal, el padre Antonio Garnica, el padre José Luis Aceves y el padre Pastor Hermosillo Lomelí.
De esos nueve, precisó Guerrero, ya descansan en paz cuatro: el padre Javier Ochoa, el padre Javier Salazar, el padre Andrés Ramos Poblano y, ahora, el padre Pastor Hermosillo Lomelí.
Sin embargo, fue una vida sacerdotal de casi cuarenta y siete años, marcada por el servicio misionero en Chiapas, Morelos y zonas difíciles de Los Ángeles hasta la última etapa de su vida en la que padeció la enfermedad de Parkinson que supo llevar de forma heroica, ofreciendo sus dolores por el bien de la comunidad.
Después de una caída, sufrió un duro golpe en el cráneo que obligó a intervenirlo en la cabeza para drenarle un coágulo. Tras casi quince días de dura lucha, su vida se fue apagando y murió la tarde del 21 de septiembre de 2026 en el Seminario Menor, día en el que la Iglesia celebra a san Mateo apóstol y evangelista.
Sus restos mortales fueron inhumados en el mausoleo de la Congregación en el Panteón Nuevo de Tepatitlán, en espera de la resurrección. Descanse en paz.
