Este domingo 11 de octubre de 2026, el obispo de Aguascalientes, Juan Espinoza Jiménez, dirigió a los fieles de su diócesis un comunicado que confirma lo que días antes ya había trascendido con alarma: amenazas virtuales en su contra, difundidas ampliamente en redes sociales a raíz de sus recientes señalamientos sobre delicadas situaciones que se viven en el país.
El prelado habla con serenidad y confianza en Dios y reitera lo que la Iglesia ha predicado desde siempre, su deber de anunciar el Evangelio, defender la dignidad de toda persona y alzar la voz ante aquello que lastima la vida, la justicia, la paz y el bien común. Sus palabras, aclara, no pretenden favorecer ni atacar a persona, partido o grupo político alguno, mucho menos polarizar; nacen de la responsabilidad pastoral de mirar la realidad con los ojos de la fe y promover siempre la verdad, la justicia y la dignidad humana.
Ese deber pastoral, pronunciado a través de recientes homilías, particularmente la del 27 de septiembre en la Catedral de Aguascalientes, desató una respuesta que reveló cómo un sector del debate público está a la deriva afianzándose de un medio tan ilegal como repudiable. En torno al 1 de octubre comenzó a circular contenido de un vulgar simpatizante del régimen en el que se ofrecían inicialmente 40 mil pesos, luego referidos hasta 60 mil, a quien “madrugara” al obispo, acompañado de descalificaciones como decirle “rata con sotana”.
La Fiscalía General del Estado de Aguascalientes abrió de oficio una carpeta por posibles delitos de amenazas y apología del delito, identificó la cuenta y la IP de origen, giró una orden de protección para el prelado y continúa las diligencias para individualizar al responsable, sin embargo, el presunto responsable, ahora escondiendo la mano que ha lanzado la piedra, ha negado la autoría y atribuido, convenientemente, el material a manipulación con inteligencia artificial.
El caso se inserta en un clima en el que otros pastores han denunciado hostigamiento y un intento de silenciar la voz de la Iglesia cuando señala realidades que incomodan. Sin embargo, lo que destaca es cómo el odio extremo se desata en el campo incontrolable de las redes sociales donde el anonimato, la viralidad y la recompensa de likes, seguidores y, en no pocos casos, del “chayote” hacen abandonar cualquier principio de ética y verdad. Azuzan, deshumanizan y mantienen adeptos dispuestos a ejecutar lo que se vocifera, amparados en la distancia y la impunidad relativa que ofrece internet.
El comunicado del obispo Espinoza Jiménez confronta directamente esa lógica. Las amenazas no deben llevar al miedo, a la confrontación, al odio ni, mucho menos, a callar la verdad. Mantener la calma, evitar cualquier provocación y no responder al mal con el mal.
Este fenómeno es preocupante precisamente porque el odio esparcido en el campo digital no sabe dónde cae ni hasta dónde llega. Puede calar en fanáticos pro régimen, enemigos de la religión o individuos ambiciosos dispuestos a materializar por dinero lo que se ofrece en línea, una frase inflamatoria en esas redes se “transforma” en una amenaza real contra cualquier ministro de la Iglesia o para cualquier ciudadano que señale incongruencias del poder.
Poner precio a la vida de una persona es muy grave porque abre una puerta peligrosa, normalizar la deshumanización del otro como enemigo. Las redes, lejos de ser un simple “juego”, amplifican y aceleran esa lógica y el incentivo de fama, ascenso o prebendas hace que algunos renuncien a cualquier filtro ético.
La respuesta pastoral recuerda que la Iglesia no teme predicar la verdad cuando esta toca la dignidad humana y el bien común. El riesgo real está en que el odio virtual encuentre ejecutores concretos. Mientras las autoridades investigan y la sociedad exige protección, el llamado a la serenidad, el diálogo y la oración no es ingenuo o simplemente de cliché, es la afirmación de que México no puede permitirse que la polarización, alimentada desde redes por quienes priorizan sus pérfidas lealtades sobre la verdad, derive en atrocidades que nadie debería provocar. Estamos a tiempo para evitar una nueva desgracia.