La noche en que la Virgen de Guadalupe fue escondida para salvarse

La noche en que la Virgen de Guadalupe fue escondida para salvarse

El 30 de julio de 1926 se cumplió el primer día completo en que el Sagrado Original de Santa María de Guadalupe permaneció fuera de las inmediaciones del Tepeyac, resguardado en un ropero de doble fondo bajo la custodia del ingeniero Luis Felipe Murguía Terroba. Cien años después, ese episodio —ocurrido en la oscuridad de la noche del 29 al 30 de julio— sigue siendo uno de los momentos más discretos y trascendentales de la historia guadalupana. Mientras México entraba de lleno en la persecución religiosa que desataría la Guerra Cristera, un reducido grupo de fieles y autoridades eclesiásticas decidió proteger el ayate de Juan Diego de posibles atentados, sustituyéndolo temporalmente por una copia fiel al óleo

El contexto era de extrema tensión. Tras el atentado dinamitero del 14 de noviembre de 1921, cuando un empleado de la Secretaría Particular de la Presidencia colocó un cartucho de dinamita entre las flores del altar sin lograr dañar la imagen, el temor a nuevos ataques se intensificó. Esa década fue de conflictos y choques, de duros enfrentamientos y asesinatos, grupos católicos enfrentaron a otros del gobierno. Todo desembocó a la promulgación de la Ley Calles  que suscitó la Carta Pastoral Colectiva del episcopado mexicano del 25 de julio de 1926, decretando la suspensión del culto público a partir del 31 de julio.

Se temía por la seguridad e integridad del ayate. El abad de Guadalupe, Feliciano Cortés, y el arzobispo José Mora y del Río autorizaron la creación de una réplica. El pintor poblano Rafael Aguirre, experto en representaciones guadalupanas, trabajó a marchas forzadas y en aproximadamente catorce días entregó la pintura que fue conocida como la “Gemela”.

En la medianoche del 29 de julio de 1926, bajo la dirección del propio abad Cortés y con la presencia de testigos, un grupo de obreros desprendió el cuadro de oro por la parte posterior del altar mayor. El Sagrado Original, protegido por su lámina de plata, fue envuelto en telas de seda, sellado, lacrado y cubierto con jerga gruesa. Se introdujo en el doble fondo de un antiguo ropero chino que se encontraba en la Basílica. Simultáneamente, la Gemela ocupó el lugar del original; el ingeniero Murguía sugirió ahumar el cristal para matar el brillo del óleo fresco, de modo que el cambio pasara inadvertido. Nadie lo notó durante los casi tres años siguientes.

El ropero fue trasladado en un camión de mudanzas cargado de camas y colchones viejos hasta la casa del ingeniero Luis Felipe Murguía Terroba, en el centro de la Ciudad de México (primero en la calle de Meave y, más tarde, ante la designación de la zona como “roja”, a la Librería Murguía, en la actual 16 de Septiembre). Allí permaneció la imagen, custodiada con discreción absoluta. Una lámpara ardía permanentemente ante el ropero; cada sábado el abad Cortés celebraba la misa en la casa. La familia Murguía asumió la responsabilidad de proteger el tesoro más preciado de la devoción mexicana en el momento de mayor riesgo. Durante esos años, el arzobispo de México acudía a celebrar la misa todos los sábados en ese templo que se convirtió la casa de los Murguía.

Al finalizar los conflictos, el retorno se produjo también en secreto. El 28 de junio de 1929, dos días antes de la reanudación del culto público tras los llamados “arreglos”, el abad Cortés, dos canónigos, el ingeniero Murguía y tres testigos abrieron el ropero ante notario. La imagen se encontró intacta. Fue reinstalada en su marco de oro y plata esa misma noche sin mayor protocolo y la más absoluta discreción. La Gemela, que había ocupado el altar mayor entre 1926 y 1929, fue obsequiada a la familia Murguía como agradecimiento. Hoy se venera en el templo del Sagrado Corazón de Jesús, en Pachuca, Hidalgo, construido a instancias de esa misma familia junto a la Universidad del Fútbol y las Ciencias del Deporte.

Este centenario cobra una resonancia especial cuando se proyecta hacia el 12 de octubre de 2026, fecha en que se cumplirán cincuenta años del traslado solemne del Sagrado Original a la nueva Basílica de Guadalupe. En 1976 la imagen abandonó el antiguo santuario (hoy Templo Expiatorio a Cristo Rey) para ocupar su lugar actual en un edificio diseñado para recibir a millones de peregrinos. La continuidad es elocuente, la misma imagen que en 1629 salió del Tepeyac durante la Gran Inundación para consolar a una ciudad anegada; la misma que en 1926-1929 fue retirada no para consolar, sino para ser protegida del odio anticlerical y la misma que desde 1976 preside la nueva Basílica, sigue siendo el centro de la piedad mexicana.

El hecho de 1926 no fue solo un acto de prudencia ante los enemigos de la fe. Fue una expresión concreta de la fe que prioriza la conservación del signo visible de la Madre de Dios cuando las circunstancias lo exigen. La discreción de aquella noche, el silencio de los custodios y la fidelidad de la familia Murguía permitieron que, al restablecerse el culto, el pueblo mexicano recuperara intacto el ayate de Juan Diego. En la perspectiva del medio siglo de la nueva Basílica, aquel retiro secreto recuerda que la devoción guadalupana ha sabido adaptarse a las tempestades históricas sin perder su centro. La imagen que hoy millones contemplan cada día es la misma que, hace cien años, viajó oculta en un ropero para seguir siendo, en tiempos de prueba, Madre y Protectora.

 

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